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Los espías informaron:    Dan pena estos pobres muchachos, que vinieron de tan lejos...

  Apenas dos mil personas asistieron a aquel primer partido. La bandera uruguaya fue izada al revés, con el sol para abajo, y en lugar del himno nacional se escuchó una marcha brasileña. Aquella tarde, Uruguay derrotó a Yugoslavia 7 a 0.

   Y entonces ocurrió algo así como el segundo descubrimiento de América. Partido tras partido, la multitud se agolpaba para ver a aquellos hombres escurridizos como ardillas, que jugaban al ajedrez con la pelota. La escuela inglesa había impuesto el pase largo y la pelota alta, pero estos hijos desconocidos, engendrados en la remota América, no repetían al padre. Ellos preferían inventar un fútbol de pelota cortita y al pie, con relámpagueantes cambios de ritmo y fintas a la carrera. Henri de Montherlant, escritor aristocrático, publicó su entusiasmo: "Una revelación! He aquí el verdadero fútbol. Lo que nosotros conocíamos, lo que nosotros jugábamos, no era, comparado con esto, más que un pasatiempo de escolares".

Aquel fútbol uruguayo de las Olimpíadas del 24 y del 28, que después ganó los Mundiales del 30 y del 50, fue posible, en gran medida, gracias a una política oficial de impulso a la educación física, que había abierto campos de deportes en todo el país. Han pasado los años, y de aquel Estado con vocación social sólo queda la nostalgia. De aquel fútbol, también. Algunos jugadores, como el muy sutil Enzo Francescoli, han sabido heredar y renovar las viejas artes, pero en general el fútbol uruguayo está lejos de ser lo que era. Son cada vez menos los niños que lo juegan, y cada vez menos los hombres que lo juegan con gracia. Sin embargo, no hay ningún uruguayo que no se considere doctor en tácticas y estrategias del fútbol y erudito en su historia. La pasión futbolera de los uruguayos viene de aquellas lejanías, y todavía sus hondas raíces están a la vista: cada vez que la selección nacional juega un partido, sea contra quien sea, se corta la respiración del país y se callan la boca de los políticos, los cantores y los charlatanes de feria, los amantes detienen sus amores y las moscas paran el vuelo.