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LA RUTA DE LAS ESPECIAS

 


  Con seguridad, en la Historia, sólo en dos ocasiones se han visto trastocados los conocimientos que de la realidad circundante tenían los humanos, en el último tercio del presente siglo y en el Renacimiento.

 

  En el siglo XV, la Serenísima República de Venecia crea la diplomacia, ciencia que ha de hacerse indispensable en la vida de las naciones.  El derecho de gentes, regula coaliciones, ligas, alianzas que compensen con la unión la debilidad de los Estados. Los árabes traen de China la pólvora y la brújula; la aguja imantada, que el comerciante de Amalfi Flavio Gioja, en el s. XIV, difunde por toda Europa; introducida en una cajita, dispuesta sobre un pivote, flotando en un recipiente con agua, inserta en un cuadrante, queda así convertida en un instrumento de precisión.

 

  Pero el invento más trascendental de la historia de la cultura moderna es la imprenta, al que favoreció oportunamente el descubrimiento del papel vegetal, de algodón, y, sobre todo, el de trapo, que sustituirá al pergamino ventajosamente. Johann Gensfleisch de Gutemberg, natural de Maguncia sustituyó las lentas y pesadas planchas xilográficas por caracteres movibles, creando la tipografía. Primero, los tipos se hicieron de madera, que se gastaban pronto; después de hierro, que rasgaba el papel. Fue el propio Gutemberg quien descubrió la aleación de plomo, estaño y antimonio, que sirvió en adelante para fundir los caracteres de imprenta.

 

  Como consecuencia de la propagación de dichos inventos en Europa, y la nueva cosmovisión, se multiplican los viajes y los descubrimientos. Existía, entre los comerciantes europeos el vivo deseo de encontrar un camino rápido para ir a las Indias, de donde venía la seda y telas preciosas, los perfumes, el marfil y sobre todo especias -clavo, canela pimienta, moscada, cúrcuma, etc.-, que constituían elementos indispensables para la vida cotidiana.

 

  Todos estos productos eran traídos a Europa por  los árabes, por vía terrestre, hasta el mar Negro, donde las compraban marinos genoveses; o por el océano Índico y mar Rojo hasta Alejandría, donde eran adquiridas por los venecianos. Lo que encarecía las mercancías y acrecentaba la necesidad de encontrar un nuevo camino de las Indias.

  Varias causas agudizaron este deseo latente: la toma de Constantinopla por los turcos, que cortó las rutas comerciales a genoveses y venecianos;  el espíritu caballeresco medieval de buscar en la aventura, en lejanas tierras, una compensación a sus afanes de gloria y de riquezas. Por último, la leyenda áurea de las tierras de oriente, avivada por los relatos de Marco Polo, la difusión del Libro de las maravillas, donde las riquezas se encontraban al alcance de la mano de quien llegase.

 

  Los primeros en buscar una solución fueron los portugueses. En 1415 conquistan Ceuta, y a partir de esta fecha, descubren, exploran, y conquistan la costa atlántica africana, tratando de encontrar una nueva ruta para la Especiería, tarea nada fácil, ya que el instrumento náutico utilizado por las naves lusitanas era el astrolabio, que con gran precisión señalaba la posición de la estrella polar, pero que a partir del ecuador ya no se podía manejar, por lo que la navegación desde la línea equinoccial hacia el sur era azarosa. Para solucionar este problema técnico, el rey Juan II llama a Lisboa al geógrafo de más renombre de Europa, a Martín Bechaim, o de Bohemia, quien ideó navegar más al sur de la línea equinoccial, valiéndose de la posición del Sol. La empresa decisiva la protagoniza Bartolomé Díaz, en 1487, al doblar el cabo de las Tormentas o Tormentoso, que a partir de este momento se llamará cabo de Buena Esperanza. Con ello, quedaba abierta la ruta hacia Asia. Su información servirá a Vasco de Gama en su gran expansión hacia la India , donde Portugal instala varias factorías, llegando así al punto neurálgico del comercio de las especias, y adueñándose de sus rutas marítimas por el Atlántico y el Índico.

 

A la Corona española no le queda más remedio que llegar a la Especiería por occidente, para evitar enfrentamientos con los portugueses.

 

  Lo que pretendía Colón, en 1492, fue encontrar nuevos caminos hacia las Indias, las llamadas islas Malucas, Molucas o el Noluco; donde esperaba llegar por occidente, contando con la idea recelosa de que la Tierra era redonda. Colón estaba absolutamente convencido de la lógica de su proyecto. Había calculado que entre el Mediterráneo y Cipango -Japón- había 1.200 leguas marinas y desde la Gomera, 1.000 leguas -una legua marítima equivale a 5,555 km-, lo que podría recorrerse en tres semanas. Es decir, Colón calculaba que la longitud del circulo máximo de la Tierra medía la mitad de lo que en realidad mide. Cinco semanas fueron las que tardó en alcanzar la isla de Guanahaní; con lo que se afianzó más en la idea de que había llegado a Cipango y había descubierto la nueva ruta de la Especiería. Todo un cúmulo de afortunados errores y despropósitos que le llevarían a protagonizar la gesta más gloriosa de la Historia: descubrir, por equivocación, el Nuevo Mundo.

 

  Paradójicamente, el descubrimiento de América retrasaría unos años el objetivo primordial de la Corona y del viaje de Colón: llegar por la ruta de occidente a las islas de las especias, tan cotizadas en Europa para la conservación de alimentos.

 

  Es evidente que los Reyes Católicos, al regreso de Colón, tienen conciencia de la importancia del Descubrimiento, y toman medidas legales para protegerlo y afianzarlo, sobre todo frente a Portugal. Solicitan al Papa la consagración de los nuevos territorios a favor de Castilla y León, como únicos reinos con derechos sobre las tierras recién descubiertas; lo que el Sumo Pontífice, Alejandro VI, concederá a los Reyes Católicos en tres bulas. Ante la temida reacción de Portugal, el 7 de junio de 1492, ambos reinos firman en Tordesillas un tratado, en el que de común acuerdo, se ratificaba la línea de demarcación establecida por el Sumo Pontífice en la segunda bula: fija el meridiano de partición a 370 leguas de Cabo Verde. El hemisferio occidental queda para Castilla y León el oriental para Portugal. Dicha línea o meridiano tiene una longitud exacta de 44º 58' 7'' al oeste, y, por tanto, la del meridiano opuesto tiene una longitud de 135º 1' 53'' al este de Greenwich.

 

  En los círculos científicos y culturales europeos volaban las noticias, se rectifican las teorías cosmográficas, las cartas náuticas, las nociones geográficas y astronómicas. Las imprentas difunden las noticias del Descubrimiento del Nuevo Mundo vertiginosamente. Es en este momento en el que aparece una figura fascinante y sutil: Américo Vespucio, un florentino con sed de aventuras y conocimientos, que navegaba al servicio de Portugal y que  recorrió la costa sudamericana hasta el sur del recién descubierto Brasil; con ello se convenció de que las tierras recién descubiertas formaban parte de un nuevo continente. De acuerdo con su relación, el cosmógrafo alemán Waldsermüller dio el nombre de América a esta parte del Orbe en su Cosmographiae introductio, en 1507. La relación hecha por Américo Vespucio en la carta a Soderini entusiasmó de tal maneara a Martín Waldsemüller que decide publicarla. Las noticias contenidas en la relación de Vespucio trastrocaban por completo las concepciones geográficas. Las cartas de Colón, igualmente difundidas, no conmovieron tanto como las relaciones vespucianas debido a que las descripciones del genovés se aferraban a la idea de que lo que ha hallado es Asia, mientras que Vespucio asevera que lo encontrado es la cuarta parte del mundo, el cuarto continente.

 

  El 1º de septiembre de 1513, partía de La Antigua Vasco Nuñez de Balboa con 190 españoles y 800 indios; iba a buscar la mar del Sur, según los informes de Panquiano. La hueste llega a Puerto Careta, atraviesa el Darién, y, el 29 de octubre, en las playas del golfo de San Miguel "con el pendón real de Sus Altezas en una mano y la espada en la otra, entró en el agua de la mar salada hasta que le dio en las rodillas e comenzó a pasear diciendo: ¡Vivan los muy altos y poderosos reyes don Fernando y doña Johana!".

 

  Una vez descubierta la mar del Sur -el Pacífico- no quedaba duda del descubrimiento de un nuevo continente.

 

 

 


 

 

“PRIMUS CIRCUNDIDISTI ME”



  Después de la hazaña colombina, en el golfo de México y en el mar Caribe, en la cintura del Nuevo Mundo, los españoles se afanan por encontrar una rendija que les lleve a la Especiería. La unión entre el océano Atlántico y la mar del Sur.

 

  En Lisboa (1515), un soldado nacido en Oporto, que ha luchado por su Rey en la India, África y Marruecos, donde ha participado en numerosas contiendas, en las que ha sido herido, pide audiencia al rey don Manuel el Afortunado, tiene 35 años y se llama Hernando de Magallanes. Es áspero de carácter, bronco, de mirada penetrante, no despierta simpatías y en su caminar se percibe una ligera cojera a causa de una herida de guerra. La audiencia no llega, y cuando le recibe don Manuel recibe un “no” regio por respuesta. Sólo le había pedido un aumento simbólico de la gratificación que percibía para gozar de un mayor prestigio social. Magallanes había cometido un desfalco, en un turbio negocio, en la plaza de Azamor, en África y a pesar de haber saldado el fraude, había caído en desgracia en la Corte. Se le cerraron todas las puertas. Esa circunstancia desagradable y el convencimiento de que la Molucas estaban situadas en la demarcación española lo decidieron a trasladarse a España, en compañía del bachiller Rui Faleiro.

 

  Lógicamente, su plan no interesaba a Portugal, que hacía la ruta por el  cabo de Buena Esperanza, por el Índico; pero a España sí que le interesaba demostrar que las Molucas estaban dentro de su demarcación, según la línea trazada en el tratado de Tordesillas. Calculo errado, ya que la papal e imaginaria línea -el meridiano 44º 58' 7''-, delimitaba la polémica frontera hispanobrasileña. En la mar del sur, la línea -la del meridiano opuesto, 135º 1' 53''-, pasa por el extremo occidental de la isla de Nueva Guinea, es decir que las Molucas y Filipinas están fuera de la demarcación española y en rigor pertenecían a Portugal.

 

  Plújole a Carlos I el proyecto de Magallanes y apoyó la empresa. El 22 de marzo de 1518, Carlos I, en nombre de su madre, doña Juana, firma capitulaciones y distingue a Magallanes con el título de comendador de la Orden de Santiago

 

  En Sevilla se casa con Beatriz Barbosa, hija de su amigo Diego de Barbosa. Fruto de dicho matrimonio tendría un hijo, Rodrigo.

Arma, pertrecha y carga aprestos para dos años en cinco naos situadas cerca de la Torre del Oro: Trinidad, San Antonio, Concepción, , Victoria y la Santiago.

 

  Lleva como conjuncta persona a Juan de Cartagena, que le equiparaba en poderes a Magallanes. Afortunadamente para la Historia, entre los 268 hombres que formaban parte de la tripulación, también embarcaron Antonio de Pigafetta, un italiano que tenía la manía de escribir, cargado con varias manos de papel de algodón, tinta y cálamo, y Juan Sebastián Del Cano -es la grafía correcta-, un marinero de Guetaria, Guipúzcoa. Nunca le mencionará Pigafetta en sus Relaciones. Juan Sebastián Elcano era hijo y hermano de hombres de mar. Participó, como maestre de una nao de su propiedad , al servicio de la Corona, en las campañas de Levante y África. Cargado de deudas malvendió su embarcación. Esta debió ser la razón que le encaminara a Sevilla y le hiciera embarcar en la armada magallánica, para probar fortuna. También Elcano redactó su Diario, no encontrado, y el contramaestre Francisco Albo redactó un tercero.

 

  El 10 de agosto de 1519 zarparon de Sevilla y el lunes 3 de octubre, a medianoche, largamos velas en la dirección austral engolfándose en el Mar Océano.  Navegaban lentamente. El 26 de  septiembre  llegan a la isla Tenerife, dice Pigafetta, donde permanecerán tres días para hacer agua y carbonear, pero luego añade: después nos acercamos a otro puesto de la misma isla, Monte Rosso por nombre, tardando dos días. No se encuentra una mala gota de agua que brote; sino que, al mediodía, se ve bajarse una nube del cielo, y circunda un enorme árbol que en aquella isla hay; destilando entonces sus hojas y ramas agua a placer. Es decir que estaban en la isla del Hierro, no en Tenerife, ya que el árbol al que se refiere es el garoé, que solo crece en esta isla. ¡Mal sitio para abastecerse de agua y leña!

 

  Pusieron proa a las costas de Brasil. Han comenzado las desavenencias y los recelos entre castellanos y portugueses. La nao Trinidad, la capitana, va delante; su capitán general les ordena navegar lentamente; arriar velas inferiores, por temor al viento racheado y son sorprendidos por una tremenda tempestad a la que pone fin el fuego de San Telmo. El variopinto Brasil, a la altura del cabo de San Agustín, les entretiene trece días; hacen acopio de gallinas, patatas, que saben al comerlas a castañas, son largas como nabos, y piñas muy dulces.

 

  Cuando zarparon, continuaron navegando lentamente, procurando que no se distanciaran mucho las carabelas entre sí. Para navegar por la noche habían ideado un código de señales por medio de antorchas, una en el palo mayor indicaba su posición, si en lugar de una son dos, significa que hay que aminorar la marcha; si son tres, recoger la vela inferior; si cuatro, varias velas; un cañonazo o una tea agitada, que había bajos.

 

  En el mes de abril anclaron al abrigo del puerto de San Julián. Aquí pasarán el invierno austral, permanecerán cinco meses, a la espera de que termine el crudo invierno. Fueron reparadas y pertrechadas las naves. Los indígenas se acercaron; de estatura gigantesca, llevaban descomunales calzas de piel, por lo que les llamaron “patagones", ya que les recordaban a uno de los personajes más celebrados en la novela de caballerías Primaleón, el gigante Patagón. Además de aprovisionarse de víveres y leña, hacían incursiones para explorar el paso hacia la mar del Sur. En una de ellas perdieron la nao Santiago.

 

  El descontento que se había generado en las Canarias se convirtió en motín en la bahía de San Julián, y Magallanes se vio obligado a apresar a Juan de Cartagena, jefe de los amotinados. Es ahora cuando aparece Juan Sebastián Elcano, entre los sediciosos. Se hace cargo de la nao Concepción, en poder de los conjurados, junto a la Victoria y la San Antonio. Aunque Magallanes estaba en minoría, con gran decisión, da un astuto golpe de mano y apresa a los amotinados. Ejecuta a los cabecillas de los rebeldes rápidamente. Juan de Cartagena fue abandonado a su suerte en tan inhóspitas tierras y nunca se supo más de él.

 

  Finalmente, se hicieron a la mar, guiábase el capitán general por  un mapa hecho por aquel excelentísimo hombre llamado Martín de Bohemia. El 21 de octubre de 1520 dieron con el cabo que llaman de las Once mil Vírgenes y entraron en lo que llamarían el estrecho de los Patagones -de Magallanes-. Las inclemencias del tiempo, una tremenda tempestad, naufragios a causa de los bajos, dificultan su marcha. Los barcos como sombras avanzan en la oscuridad, el temor atenazaba sus almas al navegar por aguas que jamás habían sido surcadas, un silencio paralizador venía de los acantilados; durante el día no vieron hombre alguno, pero en la oscuridad de la noche se divisaban numerosas hogueras; Magallanes llamó a esta parte de Nuevo Mundo Tierra de Fuego. A veces se creen perdidos en este laberinto de canales. La San Antonio, pilotada por Esteban Gómez, no lo soporta, desertará y emprende el regreso a España. La flota está compuesta ahora por tres naos. El 27 de noviembre divisan el ancho mar, la mar del Sur. El capitán general lloró de alegría, designando aquel “Cabo Deseado”, porque lo deseamos todos tanto tiempo. Habían tomado los marineros como suya, la moda de los patagones de adornarse con un arete o pendiente de metal una oreja, costumbre que adoptarían, ya que, por superstición, atribuyeron a este adorno la buena suerte que les acompañara en tan azarosa travesía y, a un tiempo, la señal que distinguiese a los marineros que habían doblado tan temeroso estrecho -moda que, aunque bastardeada, ha llegado a nuestros días-.

 

  Estaban, las tres naos, en la porción de agua más extensa del vasto mundo. la más azotada por tifones, tormentas y maremotos, pero se les apareció en calma y sosegada: El miércoles 28 de noviembre de 1520 nos desencajonamos de aquel estrecho, sumiéndonos en el mar Pacífico. Estuvimos tres meses sin probar clase alguna de viandas frescas, comíamos galleta; ni galleta ya, sino su polvo, con los gusanos a puñados, porque lo mejor habiánselo comido ellos, olía endiabladamente a orines de rata. Y bebíamos agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días, completando nuestra alimentación los cellos de cuero de buey, que, en la cofa del palo mayor, protegían del roce de las jarcias, pieles más que endurecidas por el sol, la lluvia y el viento. A lo narrado en este patético relato por Pigafetta, por cada rata pagaban medio ducado, al hambre hay que añadir el escorbuto. Habían subido por la costa de Chile hasta situarse en la línea equinoccial. Navegaron 103 días sin divisar una isla, desde el estrecho de Magallanes hasta recalar en las Molucas, la expedición Magallanes-Elcano recorrió 12.000 millas. Afortunadamente, tomaron la derrota entre en trópico de Cancer y el océano Austral, la zona más tranquila para la navegación por el Pacífico.

 

  Más de cien veces habían deseado que con las primeras luces del alba se divisase tierra. Al fin, el día 6 de marzo de 1521 avistan una isla del archipiélago de la Marianas; Magallanes la denomina, y no arbitrariamente, isla de los Ladrones. Son ladrones de buena fe. Se llevan lo que pueden entre risas. Al cabo de una semana de navegación tropiezan con una isla desierta. Magallanes ordena que se baje a los enfermos, es decir, a casi todos, para que se repongan. Los habitantes de una isla vecina les traen plátanos, cocos y otras viandas, después de estar en la isla Samar ocho placenteros días prosiguen el rumbo, hasta llegar a la isla de Leyte. De aquí fueron a la de Cebú. Magallanes intercambia regalos con el reyezuelo Humabón. Establece un almacen y entabla  relaciones mercantiles con los nativos. Logra que el rey se bautice, quien pasará a llamarse Carlos y su esposa, Juana. Traza un plan en el que cometerá dos errores que le serán fatales: desviarse de su objetivo, las Molucas e inmiscuirse en la política local. Piensa que si somete al rey Carlos a los demás reyezuelos sometería al archipiélago bajo la soberanía de España. Por ello, el 27 de abril, lanza una ofensiva contra el cacique Sipapulapu. Es una escaramuza sin importancia, pero que le será fatal. Caerá herido de muerte. Lo sucedido es catastrófico. Cae Magallanes y con él el prestigio de los españoles, que son invitados a una cena de despedida por el rey Carlos. Veintinueve hombres bajan de los barcos y antes de finalizar el banquete serán degollados. Juan Sebastián Elcano, enfermo y Pigafetta, herido, no asisten al banquete y se salvan.

  Han muerto 72 hombres incluidos los capitanes y los pilotos. Se ven obligados a hundir la nao Concepción para completar la tripulación de la Trinidad y de la Victoria que mandará Juan Sebastián Elcano. Su hora ha llegado.

 

  Después de una navegación zigzagueante y caótica por los archipiélagos de Sonda, Mindanao y Célebes, el 7 de noviembre de 1521 llegan a las Molucas, la Especiería, su destino anhelado. Anclan en el puerto de Tidor. Son bien recibidos, truecan regalos y se les concede un almacén donde hacen acopio de las ansiadas especias. La estancia no podía ser más grata. A medida que pasan los días las bodegas se hinchan de clavo.

 

  Elcano, antes de abandonar las Molucas, pacta alianzas con los caciques y deja a cuatro hombres como guardianes de los intereses hispanos. Rápidamente se aprovisionaron las naves de víveres. En la vela mayor de la Victoria, Elcano mandó pintar la cruz de Santiago y un lema: Esta es la figura de nuestra Buenaventura.

 

 

El 21 de diciembre de 1521 parte sólo la Victoria cargada de especias y llevando 47 europeos y 13 indígenas. Igual que Elcano zarpa para abrazar el globo, lo hace  Gómez de Espinosa, piloto de la Trinidad, por la ruta del Pacífico. Espinosa, fiel a Magallanes en el motín del Puerto de San Julián, cae en manos de los portugueses; por poco también Elcano al doblar el cabo de Buena Esperanza. El uno marcha camino de la gloria, el otro, del olvido. Así es la historia.

 

De los 268 hombres que zarparon de Sevilla sólo regresarán 18, famélicos, hambrientos y agotados. Entre ellos está Pigafetta. El 6 de septiembre, finalmente arrivaron nuevamente a España; así tres años de travesía y 14.000 leguas recorridas fueron la epopeya vivida por los diechiocho supervivientes. El odio y el rencor mutuo entre Elcano y Pigafetta, primero en Sevilla y finalmente en Valladolid, volvieron a aflorar. En una carta el Emperador ordena a Elcano que le informe del viaje. Rápidamente Elcano se aprestó para ir a Valladolid acompañado de dos personas, Francisco Albo y Fernando Bustamante, este último, barbero de la expedición, cuando lo lógico hubiera sido que le hubiera acompañado Pigafetta. Pero para Elcano había llegado el momento de la venganza. Las causas que habían alimentado los sentimientos de odio hacia Elcano por parte de Pigafetta eran bien conocidas. Probablemente le tenía antipatía personal pero, sobre todo, no olvidaba que Elcano había formado parte de los amotinados contra Magallanes, por quien sentía una profunda admiración.

 

El Emperador recibió a Elcano y a sus acompañantes y les pidió información sobre las Molucas. Debió de quedar satisfecho porque aparte de entregarle una remuneración cuantiosa le dio el título de Comendador de la Orden de Santiago y un lema: PRIMUS CIRCUNDIDISTI ME.

 

Pigafetta, por su cuenta, se trasladó a la Corte e hizo entrega al Emperador de un manuscrito. Al poco tiempo Carlos I ordenaba a Leguizano, alcalde de la Sala del Crimen, abrir una investigación contra Elcano. Del juicio salió bien parado, se le reconocieron con esplendidez sus méritos y muestra de ello fue la concesión vitalicia de una renta de 500 ducados de oro anuales con cargo a la recién creada Casa de la Especiería.

 

Durante siglos la figura de Elcano y su gesta han quedado difuminadas. Aún hoy en día son poco conocidas. Si en España los americanistas se pueden contar con los dedos de una mano, y aún sobran dedos, los estudiosos de los descubrimientos y colonización de los españoles en el Pacífico no existen. De hecho, no existe ni siquiera una palabra para referirnos a los estudiosos de la obra de España en el Pacífico ¿”Pacifistas”?

 

 

Pedro García Domínguez.