Novedades en el
Diccionario de la Academia
(edición del 2001)
José Martínez de
Sousa
Este trabajo se
basa en otro que apareció en El Noticiero de las Ideas (Madrid),
núm. 9 (enero-marzo 2002), pp. 60-67, con el título «La nueva edición del DRAE:
aciertos y errores», y en La Voz de Galicia (La Coruña, 3/2/2002),
Cultura, pp. 34-35, con el título «Buenas y malas palabras en el nuevo
Diccionario». La publicación en este lugar se lleva a cabo con la autorización
de ambas fuentes.
A la hora de criticar el
contenido de un diccionario, son muchos los aspectos que se pueden tener en
cuenta. En efecto, se puede analizar el lemario, lo que los lexicógrafos llaman
la macroestructura y la Academia nomenclatura (palabra que con
esta acepción entra en el DRAE por vez primera), es decir, el conjunto
de lemas o entradas que lo forman; la especificidad de las voces que se definen
y la calidad de las definiciones con que se despachan tales palabras. Unos y
otros pueden estar completos o mancos y ser actuales o anticuados. Pueden las
definiciones ser adecuadas al momento que se vive o estar envejecidas,
necesitadas de una puesta al día. Todos esos aspectos, considerados en
conjunto, pueden estar equilibrados o no, ser coherentes o incoherentes,
presentar unidad de criterio o bien formar un batiburrillo más o menos notable.
Y si esto se da con obras actuales y de autoría personal o de equipo limitado,
imagínese lo que puede suceder con un léxico, como el académico, que tiene más
de doscientos setenta años y en torno a cuatrocientos autores potenciales.
1. El Diccionario por antonomasia
La edición 22.ª del Diccionario
de la lengua española o DRAE tiene sus orígenes en el Diccionario
de la lengua castellana, más conocido por Diccionario de autoridades,
aunque este, que es un título genérico, se entienda en este caso como un
título propio y así se escriba incluso con cursiva. Tal impropiedad procede del
hecho de que ningún diccionario académico lleva el título de Diccionario de
autoridades, sino que se considera tal el primer diccionario realizado por
la corporación madrileña, impreso en seis volúmenes entre 1726 y 1739 y formado
por definiciones amparadas por citas de autores, las autoridades (de ahí el
título). Este primer diccionario académico, considerado una joya de la
lexicografía mundial, no está a salvo de desequilibrios en su contenido, pues,
realizado con las aportaciones de colaboradores voluntarios distribuidos por
todo el país, algunos de estos abandonaron su función después de la publicación
del primer volumen, cuando descubrieron que la Academia no solo no les
agradecía el trabajo realizado, sino que ni siquiera los mencionaba. Es el
caso, por ejemplo, de José Siesso de Bolea, que colaboraba desde Aragón. Por
esta razón la primera parte de la obra contiene muchos aragonesismos y muy
pocos la última. La obra nunca se reeditó en su integridad. Solamente el primer
volumen apareció en 1770, muy enriquecido (2200 términos nuevos), pero el
trabajo de reedición no debió de convencer a la Academia y lo que hizo fue
suprimir las autoridades, es decir, las citas, y publicar el resto de la
información en un solo volumen, cuya primera edición se hizo en 1780. De
entonces acá van ya 22, la última, que es objeto de nuestros desvelos en este
momento, aparecida en octubre del 2001; por ello suele conocerse ya como DRAE01,
como antes se hizo con el DRAE92, DRAE84, etcétera.
Discutido por muchos, incluso
rechazado a veces, es, sin duda, el diccionario «oficial» de la lengua española
y como tal aceptado por la inmensa mayoría de los hispanohablantes, tanto de
aquí como de allende los mares. Con razón o sin ella, ningún otro diccionario
goza de su prestigio ni ocupa un lugar semejante al suyo. Y ello, no solo en
los despachos oficiales, los juzgados, las redacciones de los periódicos y
editoriales, las empresas y fábricas para dirimir o confirmar cualquier
desacuerdo en torno al significado o la grafía de una palabra o frase, sino
también en muchos hogares donde la lengua ocupe el lugar que entre los
elementos de la cultura le corresponde.
A tal extremo llega esta
influencia que, incluso cuando la Academia se equivoca, el Diccionario (escrito
con inicial mayúscula, por antonomasia, el de la Academia) tiene siempre razón
y lo que dice va a misa. A mayor abundamiento, para muchas personas las
palabras que no están registradas en él... sencillamente no existen. Hasta tal
punto es importante la obra que analizamos. Y hasta tal punto es o debiera ser
responsable la tarea de los académicos a la hora de decidir su contenido, sus
significados, sus grafías. Evidentemente, porque no es un diccionario
cualquiera, sino el Diccionario.
2. Buena introducción
En primer lugar, hay que
felicitar a la Academia por la calidad y oportunidad de los textos
introductorios. Especialmente interesante y digno de aplauso es el hecho de
que, por primera vez, haya incluido un texto técnico en el que explica
pormenorizadamente las características lexicográficas del Diccionario. Es
cierto que con frecuencia muestra excesivas precauciones por los fallos que sin
duda ha cometido en la aplicación de los principios que expone, pero estos
serán mucho mejor comprendidos por quien tenga la paciencia de leer y asimilar
el texto, en la seguridad de que tal esfuerzo vale la pena.
En ese texto está la clave de los
principios lexicográficos que rigen la formación de la obra, y sin duda será
bien acogido no solo por los lexicógrafos (tanto los profesionales como los
aficionados), sino por todos los lectores interesados en conocer la maquinaria
interna de un diccionario (concretamente, de este Diccionario, el de la
Academia), como si de un reloj se tratara. A partir de ahora tendrá nociones más
que suficientes para conocer las tripas del diccionario mayor del mundo
hispánico y saber cómo se ha confeccionado esta edición del que ya se designa
como DRAE01 (es decir, Diccionario de la Real Academia Española, edición
del 2001).
3. Cuestión previa: la ch y
la ll, ¿letras o dígrafos?
Llama la atención el hecho de que
la Academia, que en 1994 decidió situar los dígrafos ch y ll en
sus respectivos lugares dentro de la c y la l, parezca ahora
medio arrepentida y, en contra de los usos y costumbres de la lexicografía
general, les cree a estos dos dígrafos un a modo de subencabezamiento dentro de
sus respectivas letras, de modo que allí donde comienza la ch hay una
ruptura del orden sucesivo para dar entrada a una CH que encabeza las palabras
que empiezan por ese dígrafo, y lo mismo sucede en la l, donde, en un
subencabezamiento igual, aparece la LL presidiendo las palabras que, dentro de
la l, comienza con ll. Esto obliga a la Academia, en uno y otro
caso, a añadir, entre chuzonería y cía y entre lluvioso y lo,
dos líneas de blanco que carecen en absoluto de sentido y que a más de uno
sorprenderán por inesperadas.
Se tiene la sensación de que la
Academia, que para el cambio antedicho siguió las recomendaciones de organismos
internacionales, se niega a prescindir de la consideración de letras para la ch
y la ll. Si eso es así, nada más valiente, sensato y coherente que
negarles con claridad meridiana el estatuto de dígrafos. De hecho, la Academia
dice en su Diccionario panhispánico de dudas colocado en Internet: «Esta
reforma [colocar la ch y la ll en la c y la l,
respectivamente] afecta únicamente al proceso de ordenación alfabética de las
palabras, no a la composición del abecedario, del que los dígrafos ch y ll
siguen formando parte». Esta contradicción es difícil de entender y por ello
más parece una arbitrariedad. Porque, como sabemos, en las lenguas de cultura
los alfabetos no ordenan dígrafos, sino solo letras. El nuestro, ya se ve, se
distinguirá del alfabeto universal no solo por la presencia de la ñ,
sino también porque registra entre sus letras dos dígrafos, lo cual no se da en
inglés, francés, alemán, italiano, portugués, catalán, vasco, etcétera, idiomas
que también tienen dígrafos.
4. Problemas generales
4.1. Los extranjerismos
Uno de los aspectos por los que
se distingue esta edición es la que se refiere a la admisión masiva, diríase
que exagerada y muchas veces inaceptable, de extranjerismos crudos, que entran
en el Diccionario y ocupan un lugar en el lemario como si se tratara de voces
patrimoniales. Por ejemplo, admite la Academia gay, fox terrir, foxtrot
o fox trot, todas escritas de redondo y en algunos casos sin etimología.
En otros casos las ha escrito en negrita cursiva: en negrita porque es la
grafía propia de las entradas del DRAE para las palabras patrimoniales o
ya acomodadas y en cursiva porque la Academia las siente aún como palabras
extranjeras. En las advertencias se dice que se escriben sin diacríticos si su
escritura o pronunciación se ajustan mínimamente a los usos del español, y en
cursiva en caso contrario. Esto puede explicar, por ejemplo, que muchos
extranjerismos crudos figuren de redondo en la macroestructura del DRAE01,
pero no explica por qué en demasiados casos ni siquiera les acompaña la
etimología, la cual nos permitiría saber si una palabra como gay,
escrita de negrita redonda, es de raigambre castellana (como parece ahora, por
no llevar etimología) o de introducción reciente a través del inglés.
Véanse las siguientes
voces extranjeras, todas seguidas en la letra s (página 1424):
speech, sponsor, sport, spot (dos entradas), spray, sprint. Podemos
añadir, de la misma página, soufflé, souvenir, stand, standing, stock,
striptease. ¿Es razonable incluir en el DRAE tal cantidad de
extranjerismos? ¿Debemos considerar que se trata ya de palabras españolas que
pueden utilizarse libremente? ¿Acaso se pueden utilizar pero de cursiva? Y lo
peor de todo es que no se adivina el criterio aplicado en la aceptación o
rechazo de tales palabras. Por ejemplo, ya existía gigoló, tomada del
francés, pero en esta edición desaparece sin que se sepa por qué. Sin embargo,
una que no existía, también francesa como ella, bibelot, entra sin
cursiva, y de igual forma entran, por ejemplo, queimada, muiñeira, fox
terrier, fox trot, emmental. Escribe con negrita cursiva las voces bourbon,
brandy y whisky, pero, por el contrario, brut, palabra tan
extranjera como las tres anteriores, aparece sin cursiva.
Admite la Academia
extranjerismos como camping, catering, holding, marketing, overbooking,
ranking, standing, todas escritas con negrita cursiva, pero la más popular
de todas, parking, no aparece. Tampoco rafting. Entre las
palabras que la Academia escribe con negrita cursiva en esta edición figuran
algunas tan viejas e insustituibles ya como ballet y suite, pero film,
un anglicismo crudo, aparece de redondo. Lo mismo puede decirse de striptease,
admitida como anglicismo, sin tener en cuenta la forma por la cual podría
sustituirse cómodamente, estriptís, recomendada por más de un autor (pienso,
por ejemplo, en Joan Fuster, el conocido escritor valenciano ya fallecido) y
además registrada en la lista de enmiendas y adiciones del boletín académico
(enmienda que posteriormente se ignoró). En este caso habría que preguntarse
por qué razón la Academia prefiere un mal anglicismo a una buena adaptación y
acomodación.
Hay otras palabras cuya inclusión
en esta edición es sorprendente. En efecto, no se entiende que registre un
extranjerismo crudo y a su lado, como remisión, aparezca una forma española.
Por ejemplo, en déshabillé envía a salto de cama; en ring, a
cuadrilátero; en rouge, a pintalabios; en roulotte,
a caravana... La pregunta es obligada: si esos extranjerismos tienen
exacta correspondencia en español, ¿por qué se registra en el DRAE la
forma extranjera?
Resulta curioso que a veces la
Academia se haya saltado las etapas, tirado por la calle de en medio y obrado
sin tenerse en cuenta a sí misma. Por ejemplo, en el caso del jeep o yip,
sencillamente ha admitido todoterreno directamente, sin pasar siquiera
por el estadio de todo terreno. Lo mismo ha hecho con fovismo (no
registra fauvismo) y con estárter (no registra starter).
Pero en el caso de flash ha obrado exactamente al revés: ya tenía
aceptada la forma flas (DRAE92), pero ha renunciado a ella y ha
admitido la inglesa. Con otras palabras ha actuado de forma diversa. Por
ejemplo, en la lista de enmiendas y adiciones publicada en el boletín académico
había admitido la grafía fuagrás para sustituir al galicismo foie
gras. Pues bien: en la 22.ª edición del DRAE no figura fuagrás
y, en compensación, admite la Academia dos grafías galicanas: foie-gras
o foie gras, diciéndonos que es voz francesa y que significa «paté de
hígado, generalmente de ave o cerdo», la mismísima definición que tenía
preparada en el boletín para fuagrás. Sin embargo, no admite croissant
y sí cruasán, «bollo de hojaldre en forma de media luna», definición que
concuerda más o menos con la de la propia palabra medialuna: «pan o
bollo en forma de media luna». Un extranjerismo ya admitido por la Academia en
el DRAE92, cadi (del inglés caddie), ya no aparece en el DRA01
y sí la grafía extraña, caddie. Y una forma tan fácil de adaptar como paddle,
cuya grafía pádel es admisible, ha sido incluida con la grafía inglesa.
Tampoco registra en esta edición escúter (cierta motocicleta), forma
prevista en las enmiendas y adiciones, y sí scooter como extranjerismo.
En la misma fuente citada, las enmiendas y adiciones, el inglés bulldozer
iba para buldóser... (aunque mejor fuera excavadora), pero
se quedó en el camino: lo único que la Academia registra es la forma inglesa.
También es notable que algunas voces no las admita, como estanflación
(inflación con estancamiento) o playback ‘sonido grabado’. No
admite contemplar en su sentido de ‘prever, tener en cuenta, considerar,
establecer, incluir, etcétera’, pese a su extendido uso. Sabemos que es un
anglicismo, pero puesto que la Academia hace gala de tanta magnanimidad para
admitir extranjerismos crudos, este al menos está españolizado.
Sin embargo, no rechazamos de
plano el hecho de que las palabras extranjeras a que nos hemos referido,
habituales en el léxico hablado y escrito, puedan figurar en la obra. Decimos
que tales voces son propias de un anexo en el que no solo se definan, sino que
se trate de proporcionar formas por las cuales pudieran sustituirse, para guía
del lector. No hay que olvidar que, quiérase o no, el DRAE es un
diccionario normativo, y en la norma española no entra la grafía de la inmensa
mayoría de las palabras que el Diccionario registra con negrita cursiva. Ahora
bien: si la Academia cambia de criterio y pretende hacer un diccionario
descriptivo (hasta ahora los diccionarios descriptivos han estado confiados a
la empresa privada), entonces parece que tendrá que renunciar al carácter
normativo de su léxico y cambiar lo que haya que cambiar para competir con los
demás (siempre con el viento a su favor, de todas maneras). El Diccionario dice
en su título que es "de la lengua española" y de ella debe ser, en
efecto. Pero palabras como las que la Academia introduce en negrita cursiva (y
aun otras que van de redondo) no son "de la lengua española" y no
debieran figurar en el lemario de esta.
4.2. Palabras biacentuales
Desde la edición del Diccionario
de autoridades, la Academia ha venido registrando palabras con dos
acentuaciones y dos pronunciaciones, como pabilo/pábilo, que fue la
primera que registró en la obra citada (en el vol. v, 1737). En los últimos
sesenta años, las palabras afectadas por este fenómeno han ido aumentando
edición tras edición del DRAE. El que fuera secretario perpetuo de la
Academia, Julio Casares, haciendo referencia al DRAE de 1947, decía que
«si las tres docenas de artículos que en el Diccionario se registran con dos
formas de acentuación se ampliaran hasta un centenar, todavía estaríamos muy
lejos de la cifra que se registra en los léxicos ingleses», y añade en nota que
en un apéndice del Standard Dictionary pueden verse no menos de mil
artículos con cambios de acentuación. Aceptamos las palabras de Casares, pero
añadimos que ese es un problema de los ingleses. Se trata de un método
indeseable. Como dice Ángel Rosenblat, hispanista polaco que vivió muchos años
en Venezuela hasta su fallecimiento en 1985, la Academia hace dejación de uno
de sus principios fundamentales: fijar el idioma. Y es cierto que algunas
palabras son biacentuales casi por naturaleza. Tomemos, por ejemplo, la palabra
fútbol, que se pronuncia mayoritariamente como llana en el español
europeo y como aguda (futbol) en algunos países de Hispanoamérica
(especialmente México).
Esta realidad justifica la
admisión de voces biacentuales. Sin embargo, habría que preguntarse quién
pronuncia hoy orgia, medula, réptil, rail, pénsil, pentágrama, utopia y
otras semejantes, por poner solo unos ejemplos. En la edición del DRAE92
registraba la Academia en torno a doscientas diez voces biacentuales. Pues
bien: después de haber eliminado veinticinco (acne, alergeno, ambrosia,
auréola, badminton, caá-miní, caranday o carandaí, ciclope, conclave,
cratera, egida, emprio o emprío, énclisis, endosmosis, esporófita o esporofita,
genetliaca o genetlíaca, guaba, homeóstasis, mático, osmosis, parasito,
plébano, simoníacamente, termóstato y zoster), en la edición del
2001 no hay menos de doscientas cuarenta (yo he contado 243 voces biacentuales,
salvo error u omisión). Si suprimimos 25 palabras de las 210, nos quedan 185 de
la edición anterior, y si las restamos de las 243 que yo cuento en esta edición
del 2001, tenemos 58 nuevas pala bras biacentuales. Esto quiere decir que el
fenómeno, lejos de tener remedio, va en notable aumento.
Dentro del campo de las voces
biacentuales se dan algunas inconsecuencias. Por ejemplo, registra la
alternancia cenit o cénit (admite cénit sin duda cediendo
a un mal uso de cenit), pero en la z solo registra zenit
(aguda). ¿No sería lógico que también aquí funcionara la alternancia
acentual? Registra atríaca y atriaca, pero solo triaca, a
la que remiten aquellas. Suprime la forma auréola en la alternancia aureola/auréola,
pero no se comporta de igual forma en areola/aréola, que son de la misma
familia.
Todas las palabras que terminan
en -sfera son llanas en español menos atmósfera, que comparte
acento con atmosfera. Sin embargo, la Academia ha unificado casi todo el
grupo convirtiendo las -sferas llanas en -sferas esdrújulas, y
así tenemos alternancias acentuales como estratosfera/estratósfera,
heterosfera/heterósfera (todas las esdrújulas, válidas en Hispanoamérica,
según hace constar la Academia), pero, sin embargo, en el caso de homosfera
y semiesfera solo admite las formas llanas, sin alternancia.
Todas las palabras terminadas en –lisis
‘disolución’ se han escrito como esdrújulas. Sin embargo, en esta edición
aparecen fotolisis/fotólisis y electrolisis/electrólisis como
alternancia, pero, por un lado, solo alcoholisis, fibrinolisis y hemolisis,
llanas, y por otro, solo glicólisis y glucólisis, esdrújulas.
Todas las palabras terminadas en –plejía ‘golpe’ son llanas con hiato en
español, pero la Academia registra dos alternancias, hemiplejía/hemiplejia
y paraplejía/paraplejia. Sin embargo, registra apoplejía con esta
sola forma.
Las palabras que acaban en –fito
‘planta’ son esdrújulas, pero la Academia tiene a este respecto serios desajustes.
Por ejemplo, admite las alternancias (no justificadas) esporófito/esporofito,
gametófito/gametofito y rizófito/rizofito, pero, sin embargo, solo briofito,
(p)teridofito, saprofito y talofita, llanas, y, por otro lado, talófito,
micrófito y zoófito, esdrújulas.
Para las palabras que acaban en stato
‘estable, fijo’, la Academia tiene varias soluciones. En las alternancias reostato/reóstato
y aerostato/aeróstato prefiere las formas llanas; en heliósto/heliostato
y giróstato/girostato se inclina por las esdrújulas, y en termostato
solo registra esta acentuación llana, no la esdrújula.
4.3. Otros problemas con la
acentuación
Cambia la acentuación y
pronunciación de voces que antes acentuaba de otra forma, como sóviet,
antes escrito soviet; aligátor, antes aligator; dalái-lama, antes
dalai-lama; sónar, antes sonar (y, sin embargo, solo radar,
pese a que a veces aparece rádar), y clárens, antes clarens;
renuncia, con buen criterio, a la grafía tedéum en favor de tedeum,
ya que la tilde no tenía ningún sentido; en efecto, puesto que el hiato /e.u/
no existe en español, colocando una tilde en la vocal abierta tónica de esa
palabra no se convierte el diptongo en hiato.
También tilda ahora ápud e
ínter (en ínter nos e ínter vivos), como no podía ser de
otra manera, ya que, si bien como preposiciones latinas no ten drían acento de
frase (como no lo tienen las preposiciones españolas en ese mismo caso), no
cabe duda de que como palabras aisladas sí que deben llevar tilde, como la
lleva según, preposición española.
Después de tantos años de
escribir dirham y dirhem, la Academia se descuelga ahora con que
son palabras llanas, no agudas; por lo tanto, dírham y dírhem. En
saharaui escribe Sáhara, esdrújula, pero cinco líneas más
adelante, en sahariano, escribe Sahara, lo mismo que en tuareg.
Escribe emesis ‘vómito’, pero junto a hematemesis, llana,
escribe hiperémesis, esdrújula, siendo así que todas tienen el mismo
origen.
4.4. Las etimologías
La Academia decidió desde bien
pronto registrar la etimología u origen de las palabras que define, lo cual
sirve, entre otras cosas, para garantizar o justificar la propia grafía de la
palabra. Y aunque a lo largo de la historia de la lexicografía oficial del
español la Academia ha faltado a este principio, en general es bueno lo
mantenga y trate de cumplirlo. Ello, pese a que suponga para la institución
poner de manifiesto sus err o res de grafía. El DRAE sigue
trasmitiendo esos errores derivados de una etimología errónea o desconocida en
el momento en que se realizó el primer diccionario académico. En efecto, entre
otras disgrafías ya enquistadas y probablemente inamovibles, recordemos las
siguientes: abogado por avogado, albergue por halbergue,
arriero por harriero, barbecho por varvecho, basura por vasura,
boda por voda, coger por cojer, hinchar por inchar, hule
por ule, invierno por himbierno, ojiva por ogiva, olvidar
por olbidar, viga por biga. Pero en esta edición especialmente,
la Academia ha omitido la etimología en muchísimas palabras que la necesitaban.
Por ejemplo, es imperdonable que no la dé en gay, palabra que registra
como si se tratase de una vieja voz castellana. Tampoco la da en tuareg
y talibán ni en otras palabras semejantes.
4.5. Las definiciones
Definir es la parte más difícil y
compleja de la lexicografía. Dominar el arte de definir es dominar
prácticamente todo el arte de hacer diccionarios, porque de nada sirven los
demás conocimientos aplicados a ese menester si la definición es errónea,
pobre, insuficiente, anacrónica u obsolescente. La Academia arrastra este
problema edición tras edición, puesto que las palabras también envejecen, y con
ellas sus definiciones. Por ejemplo, define cachondez diciendo que es
«apetito venéreo», y de cachondo dice que es «[persona] dominada por el
apetito venéreo». Hoy hablaríamos de «apetito sexual», de la misma manera que
no se habla de enfermedades venéreas, sino de enfermedades de
trasmisión sexual. También está envejecida la definición de calcografía,
de la que dice que es «oficina donde se hace dicha estampación». Lo actual es
decir que la calcografía es un taller, no una oficina. Pero hay palabras con
definiciones mucho más obsoletas, como le sucede a rabona en su sentido
de «mujer que suele acompañar a los soldados en las marchas y en campaña», que
se usó en Hispanoamérica. En la definición, el verbo está en presente, pero
¿cuánto tiempo hace de esto? Al parecer, sucedió entre 1820 y 1850... Hay
también definiciones incorrectas. En anteportada dice la Academia que es
«hoja que precede...», cuando en realidad la anteportada o portadilla no puede
ser una hoja porque es una página... Define así la palabra latinoamericano:
«Se dice del conjunto de los países de América colonizados por naciones
latinas, es decir, España, Portugal y Francia». ¿Y qué hacemos con los
naturales de esos países tomados en conjunto? ¿No se llaman a sí mismos latinoamericanos?
Sorprende también que en el artículo no se haga referencia, al menos en la
etimología, a Latinoamérica.
Admite la institución madrileña la frase en olor de multitud,
que, por analogía con en olor de santidad, no debía rechazarse de plano
y sin análisis, como a menudo se ha hecho. Lo que no parece admisible es la
definición que proporciona el DRAE. Dice así: «con la admiración de
muchas personas». Esto podría decirse de muchos cantantes y otros artistas sin
que se movieran siquiera de su casa. Estaría mejor definida si dijera algo así
como «con el aplauso y el entusiasmo de una multitud». Esto es lo que quiere
decirse cuando se informa de que «el papa fue recibido o despedido en olor de
multitud».
Algunas definiciones parecen
insatisfactorias. Por ejemplo, las voces neomexicano y texano se
definen diciendo: «Perteneciente o relativo a este Estado de la Unión
norteamericana». ¿Qué es aquí la Unión norteamericana? ¿Por ventura se
referirá a los Estados Unidos, que es su nombre oficial actual? Talibán
entra con dos acepciones: como adjetivo de una sola terminación y como
sustantivo común. Nos parece un error: en primer lugar, porque en tanto que
adjetivo podría muy bien admitir la marca morfológica de género: ejército
talibán, centro talibán, pero también política talibana, posición
talibana, postura talibana, como, por no ir más lejos, musulmán da musulmana
y patagón da patagona; en cuanto al sustantivo, difícilmente
podrá ser común, porque, por lo que sabemos, las mujeres no pueden ser
talibanas, solo los hombres; por consiguiente, es sustantivo masculino, no
común.
Sorprendente nos parece la
definición de jueza: «Mujer que desempeña el cargo de juez». ¿Por qué no
se define por ella misma, diciendo, por ejemplo, que es la «Mujer que tiene
autoridad y potestad para juzgar y sentenciar»? Lo mismo habría que cambiar en fiscala,
«Mujer que ejerce el cargo de fiscal». Obsérvese que poetisa se define
por sí misma y no por referencia a poeta, pese a que esta se ha
convertido de masculina en común. También la definición de web es
problemática, porque despacharla con ‘red informática’ es, a nuestro entender,
no decir nada o, en el mejor de los casos, muy poco.
La definición de autoestop
(forma nueva en esta edición, ya que en la anterior escribía solamente autostop)
sigue siendo la misma de la edición anterior, y ya entonces nos pareció
errónea: «Manera de viajar por carretera solicitando transporte a los
automóviles que transitan». Entendemos que a quien se pide trasporte es a los
automovilistas, porque los automóviles no suelen conceder nada. La Academia
admite en esta edición la palabra hispanoparlante, antes rechazada por
algunos con el argumento de que los hispanos no parlan, sino que hablan. Hemos
ido a la voz parlar y ninguna de sus acepciones podría aplicarse para
definir al hispanoparlante partiendo del segundo componente del compuesto.
5. Etnónimos
Entre los etnónimos admite talibán,
pero no muyahidín. Registra tuareg y lo define como «individuo de
un pueblo bereber...», pero omite la información (como la omite asimismo en talibán)
de que esta palabra es, originalmente, un plural de otra menos conocida, targui
(no admitida), que es su singular. No admite jemer o jmer,
pese al uso que la historia reciente hace de esta palabra. Parece que de todo
esto se ha hablado y escrito lo suficiente como para que esas palabras ocupen
su lugar en el DRAE. Admite la nueva grafía paquistaní (y pakistaní),
lo mismo que pekinés se puede escribir ahora también pequinés. No
admite kosovar, nombre de los naturales de Kosovo o Kósovo.
6. Género
En la edición de 1992 piloto
era solo voz masculina; en la del 2001 es común: el piloto o la
piloto; de igual manera ha actuado con la voz miembro, antes solo
masculina y ahora común: un miembro o una miembro. En este
sentido, recuérdese, es distinto de carcamal, que se usa en masculino
aplicado a hombres y a mujeres: Manolo es un carcamal, Inés es un carcamal.
La palabra autodidacta ya puede aplicarse por igual al masculino y al
femenino.
7. Incoherencias y fallos
7.1. Incoherencias
Aunque son inevitables, nada peor
para un diccionario que mostrar demasiadas incoherencias. Como era de esperar
por sus características, el DRAE01 también las muestra. Por ejemplo, en vírico
prefiere la forma viral, pero en antiviral prefiere antivírico.
Admite, por un lado, cópec, con dos ces y llana y, sin embargo, su
alternancia con dos kas, kopek, solo es aguda. ¿Es posible que el cambio
de una letra por otra que suena igual dé lugar al surgimiento de una
acentuación distinta? Admite biempensante, con m ante p,
como manda la norma, pero, sin embargo, escribe bienplaciente con n
ante p, en contra de la norma. Elimina la grafía cha-cha-chá, que
es impropia en español, y la sustituye por chachachá, que es la
adecuada. Sin embargo, admite ahora bla-bla-bla como alternancia de blablablá,
que me parece la única admisible, pese a que la forma con guiones no sea aquí
incorrecta. En la edición anterior, la de 1992, convirtió el inglés zoom
en zum, pero en la actual admite boom, aunque no bum
con el sentido que actualmente corresponde a boom. En la entrada bádminton,
con tilde, dice que se deriva de Badminton, sin tilde, lugar de Gran
Bretaña que sin duda se lee como palabra esdrújula, pero en cemento
escribe cemento de Pórtland, con una tilde que el topónimo inglés
normalmente no lleva. Admite pH, pero no el pehachímetro (o
incluso peachímetro) para medirlo.
Registra milord,
tratamiento que se da en el Reino Unido a los lores, pero no milady,
tratamiento que se da a la esposa de un lord o a la mujer de la nobleza
inglesa. La inclusión de milord justificaría la de milady. Aunque
se pueda alegar que lady no tiene uso en español y sí lo tiene lord
(en el sintagma Cámara de los Lores), la realidad nos dice que en las
novelas y otros relatos tanto aparece lord como lady y, por
consiguiente, milord y milady. Después de haber admitido tanto
extranjerismo cuya justificación vemos difícil, ¿cómo mostrarse tan cicatero
con lady?
7.2. Algunos fallos
Entre los fallos, lo son el hecho
de que registre sponsor con remisión a espónsor, palabra que se
ha quedado sin entrada en el DRAE. Pero, además, si registra la forma
española, ¿por qué también la inglesa? Y si en el caso de sponsor acepta
su españolización, ¿por qué no aplica la misma receta en otros casos
semejantes, como, por ejemplo, en esprint, palabra que no recibe (sí sprint)
pese a registrar esprintar y esprínter? En la entrada nord-
pone como ejemplo de uso nordirlandés..., palabra que carece de entrada
en el DRAE (el cual admite la grafía lógica: norirlandés). En decapar
escribe métodos físico-químicos, pero la entrada físico-químico
no está y sí fisicoquímico (como era de esperar). Registra las parejas chalé
y chalet, chevió y cheviot, vermú y vermut, pero, por el
contrario, solo las formas debut y complot, por un lado, y bidé,
carné, cabaré, por otro; son, estas últimas, grafías con las que se
concuerda (se forman mejor los plurales), pero lo que no se adivina es la causa
de la no coincidencia en el criterio de aceptación.
8. Novedades discutibles
Entre las admisiones más
discutibles, millardo, palabra que no resuelve el problema de la
traducción del billion del inglés estadounidense, que careció de uso
hasta que la Academia la admitió y que sigue siendo muy poco utilizada por su
inutilidad. En cuanto a los gentilicios, renuncia la Academia al nunca bien
entendido guineoecuatorial y lo sustituye por guineo, guineano o ecuatoguineano.
Y ya que estamos en ello, sorprende un tanto que la palabra guineo se
pueda aplicar indiferentemente a los naturales de Guinea, Guinea-Bissáu y
Guinea Ecuatorial. ¿Por qué no especializarlos? Así, guineo podría
referirse a Guinea; guineano, a Guinea-Bissáu, y para Guinea Ecuatorial
ya tenemos ecuatoguineano. Registra alzheimer, pero en negrita
cursiva y con minúscula; ¿no indica esta grafía con minúscula que está
lexicalizada?; ¿y no se habrá lexicalizado en español y no en alemán ni en
inglés?; ¿no sería entonces razonable admitirla tal cual, pero con tilde, alzhéimer?
El DRAE01 admite privacidad
sin siquiera dar la etimología, pero la define como «ámbito de la vida privada
que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión». ¿No era esto la intimidad,
«zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente
de una familia»? Filosofía ya significa «manera de pensar o de ver las
cosas», sentido en el que muchos la rechazaban. La palabra geografía se
enriquece (?) con una acepción cuyo alcance no es fácil establecer. En efecto,
dice: «Territorio, paisaje». No se ve la forma de encajar esa definición en geografía.
Es casi seguro que, definida así, no puede considerarse admitida la manida
frase la geografía nacional o la geografía española (cuya
impropiedad corre parejas con la climatología aplicada al estado del
tiempo). La Academia ha admitido usamericano como sinónimo de estadounidense,
usada en el Ecuador. Ante tal engendro, uno se pregunta si la presión social
del uso es tal que obliga a admitirlo.
Entre las palabras del mundo
tipográfico, se echan de menos en esta edición las siguientes: ozálida
(sí está fotolito, en mi opinión mal definida, ya que la aplica
especialmente al huecograbado, cuando es mucho más utilizado en ófset); esta misma
palabra, offset, admitida con su grafía inglesa, debería escribirse ófset,
al parecer la única forma de españolizarla); tampoco admite fuente
‘surtido de letras de un determinado diseño’, tan utilizada hoy en día por
tirios y troyanos (y no solo por tipógrafos profesionales).
9. Términos científicos
En el campo de la ciencia y la
técnica, sorprende no poco el desorden que se aprecia en las decisiones
aplicadas a las unidades de los sistemas de medida. Por ejemplo, la Academia
escribe de negrita cursiva los nombres de las unidades siguientes: ampere,
coulomb, gilbert, henry, hertz, joule, newton, oersted, roentgen, siemens,
sievert, watt, weber. También escribe con negrita cursiva hassio,
nombre de un elemento químico. La Academia toma por extranjeros nombres que en
realidad son internacionales; es decir, que se emplean en todas las lenguas que
siguen las recomendaciones de los organismos internacionales relacionados con
estos temas (en España, además, están regulados y autorizados por un real decreto),
razón por la cual no hay por qué escribirlos de cursiva. ¿Se imagina la
Academia que los científicos y los técnicos, en sus textos, van a escribir de
cursiva esas palabras en casos como ‘25 joules’, ‘60 amperes’,
‘se cuenta en newtons’? Pero he aquí que, con la misma categoría de
nombres internacionales, escribe de redondo farad, gray, ohm, pascal, volt,
y no resulta fácil adivinar por qué es esto así (aparte de lo ya apuntado
acerca de los términos pronunciables). También sorprende que hayan desaparecido
de esta edición del DRAE los nombres españolizados gilbertio,
kelvinio, neutonio, siemensio, que figuraban en la edición anterior, pero,
al propio tiempo, mantenga amperio, faradio, henrio, hercio, ohmio, vatio,
voltio (pero no pascalio, que se echa de menos, ya que nos parece
tan correcta como faradio, por ejemplo). Habría que preguntarse asimismo
por qué renuncia a la grafía ángstrom y la sustituye por angstrom
escrita de negrita cursiva, siendo así que esa no es la forma original
extranjera, sino ångström. Teniendo en cuenta las normas de adaptación,
debería volver al ángstrom desechado. De todo este galimatías queda
clara una cosa: debe optarse por la nomenclatura internacional (pero escrita de
redondo), porque la académica ha quedado incompleta.
No admite la Academia grafías
como gílbert, óersted, siémens, siévert, wéber, con una tilde permitida
en la nomenclatura internacional si con ella se contribuye a una mejor
pronunciación de los términos internacionales (lo cual, como se ve, es
evidente), de la misma manera que permite suprimir una tilde si para la
pronunciación en una lengua es innecesaria, como sucede con ampere en
vez de la francesa ampère; y, sin embargo, admite wélter en peso
wélter con una preciosa tilde, no más necesaria que las señaladas antes. Y
ya que hablamos de ampere, ¿por qué registra la Academia en esta edición
la grafía ampère escrita de negrita cursiva, si esta forma nunca es
necesaria en español, ya que la unidad se llama ampere?
10. Cuestiones de grafía
10.1. Erratas y errores
Que cualquier impreso tenga erratas es fácilmente comprensible. Sin embargo, parece que al Diccionario no se le perdonan, lo cual se entiende: cualquier errata en el DRAE puede tomarse por aplicación de ignotas doctrinas académicas reflejadas en la práctica. Ya dije al principio que los errores académicos son aciertos para quienes no juzgan el DRAE, sino que lo aceptan a ciegas. En aindamáis escribe «aun más, además», sin tilde en aun; lo que debería haber escrito es «aún más», con tilde. En luna dice que cuando significa «único satélite natural de la Tierra» se escribe con mayúscula, pero en alunizar dice que es «posarse en la superficie de la luna», con minúscula. En antonomasia escribe un Nerón, con inicial mayúscula, pero en nerón, con minúscula, dice que un nerón, también con minúscula, es un «hombre muy cruel». En este campo de la mayúscula y la minúscula, escribe adviento con inicial mayúscula, pero carnaval, con minúscula.
10.2. Contradicciones en
ortografía
La ortografía del DRAE01
encierra también contradicciones. Mientras en la Ortografía de 1999 (OLE99)
escribe Bangladesh, el DRAE01 escribe, no se sabe por qué, Bangla
Desh (en bengalí). Mientras esta fuente pide la mayúscula inicial
para policía, en el mismo caso no la pide para judicatura (para
la cual la exige otra fuente académica «en construcción»). Otras mayúsculas
bailan a lo largo y lo ancho de esta fuente: en LP escribe Long Play,
y en elepé, long play. En regiomontano escribe Prusia
oriental, pero, puesto que no se refiere a una parte de Prusia, sino a una
provincia, debería escribir Prusia Oriental. En papa escribe «ser
alguien más papista que el Papa» (con mayúscula en papa), frase genérica
que no se refiere a ningún papa en concreto y que en los libros didácticos
sobre ortografía se pone como ejemplo de palabra que se escribe con minúscula
en este caso. En meca escribe bálsamo de la Meca, con minúscula
en el artículo. Es lo cierto que ya se ha dicho muchas veces, y aceptado, que
el artículo La de La Meca se escribe con mayúscula. ¿Tiene la
Academia razones para no admitirlo?
10.3. Nuevas grafías para el
español
La Academia ha realizado un
esfuerzo para dar carta de naturaleza a ciertas grafías que el genio de la
lengua rechaza como anormales en español. No son más que los efectos de la
presión enorme que el inglés ejerce sobre las demás lenguas, la nuestra
incluida. Por ejemplo, la y vocal ocupa lugar en interior de palabra en
sílaba libre o directa, como en lycra, fraybentino, body, pyme, byroniano,
byte. Lo mismo se puede decir de ovni, en la cual la v ocupa
una posiciónen sílaba trabada o cerrada que en español siempre ha ocupado solo
la b.
La OLE99 no prevé la
existencia del dígrafo sh, pero habrá que empezar a tenerlo en cuenta y
a tratarlo, porque en el DRAE01 es una novedad importante el masivo
registro de voces que llevan ese dígrafo; por ejemplo, flash (del
inglés), bushido (del japonés), cafisho (Ur.), ancashino
(de Ancash [Perú]), gei sha (del japonés), boshito (Méx.),
maquilishuat (El Salv. y Hond.), mashka (Ecuador), guashpira
(El Salv.), pishishe (El Salv.), washingtoniano, marshalés (de
las Marshall), además de shaurire, sheriff, sherpa, short, show,
shuar, shunte, todas seguidas escritas con cursiva negrita en una misma
columna de la página 1398. Tenemos también ejemplos de th, como goethiano.
Y otro dígrafo que también traerá problemas es ss: la Academia registra
ya algunas palabras con él: hassio, dossier, mass media, motocross, mousse,
brassavola, ossobuco, rabassa morta; hasta ahora se trata solo de
extranjerismos, pero... La palabra dossier, por supuesto, deberían dejar
atrás una de sus dos eses, dosier (si no se quiere escribir expediente,
que es más claro). El grupo zz, que comprendía voces como pizza,
pizzería, pizzicato, puzzle y razzia, se ha visto reducido en las
voces puzle y razia, que ya solo se escriben con una z;
pero, por el contrario, se ha enriquecido con los italianismos mozzarella
y paparazzi, que, ya puestos, podían haber entrado con la grafía mozarela
y paparazi, respectivamente.
10.4. El uso del guión
No suele la Academia utilizar
mucho el guión para unir las partes de un compuesto, pero se dan algunos casos.
Por ejemplo, en la edición de 1992 escribía agar-agar, aovado-lanceolada,
astur-leonés, balto-eslavo, judeo-español, caá-miní, cha-cha-chá, cri-cri.
Actualmente, en la edición del 2001, escribe, respectivamente, agaragar,
aovadolanceolada, asturleonés, baltoeslavo, judeoespañol, caaminí, chachachá,
cricrí. Sin embargo, la Academia admite en esta edición alternancias como galaicoportugués
o galaico-portugués, gallegoportugués o gallego-portugués,
castellano-leonés o castellanoleonés, castellano-manchego o castellanomanchego,
fino-ugrio o finoúgrio. Habría que preguntarse: si siempre escribe hispanoamericano,
hispanomusulmán, hispanojudío, hispanorromano, judeocristiano, judeoespañol, sin
guión, ¿por qué ahora duda entre el guión y su ausencia y admite las
alternancias mencionadas, que solo contribuyen gratuitamente a hacer más
difícil la escritura?
En decapar registra el
término físico-químico, pero esta forma, con guión intermedio, no es
correcta. Como era de esperar, en el lugar correspondiente del lemario aparece
la forma correcta: fisicoquímico, en un solo término y sin guión. En
esta edición escribe con guión esquimal-aleutiano, nilo-sahariano,
tucu-tuco. Es de esperar que en la próxima prescinda de él y escriba esquimalaleutiano,
nilosahariano y tucutuco. Pese a todo, tal vez valga la pena el
guión en tupí-guaraní, con objeto de mantener la acentuación de tupí,
ya que con la grafía tupiguaraní la perdería.
10.5. Las comas lexicográficas
Hay un uso de la coma, la llamada
por algunos coma lexicográfica, que consiste en colocar este signo
ortográfico ante que en ciertas definiciones, del tipo «parte de la
astronomía, que...». Esta coma es inútil y debe evitarse. La Academia va
afinando paulatinamente, edición tras edición, de tal forma que actualmente,
aunque aún pudiera quedar algún resto, la verdad es que no resulta fácil hallar
esa coma. Pero tiene esta edición otras comas similares, generalmente también
ante que, asimismo incorrectas. Por ejemplo, véase lo que se encuentra
en una sola página, la 36: aerofagia: «Deglución espasmódica de aire,
que se observa en algunas neurosis»; aerolito: «Fragmento de un bólido,
que cae sobre la Tierra»; aerotaxi: «Avión o avioneta de alquiler,
destinado al tráfico no regular», y, finalmente, en aeta: «Indígena de
las montañas de Filipinas, que se distingue por su estatura pequeña y color
pardo muy oscuro». Ninguna de esas comas debiera figurar en esas definiciones.
Pero la situación contraria también se da; es decir, cuando debería utilizarse
una coma que en el texto académico no aparece. Por ejemplo, para la Academia,
al revés que para otros, una locución aclarativa como o sea no va
seguida de coma. A nosotros más bien nos parece que debería llevarla siempre,
se pronuncie o no, como sucede con sí, señor; sí, ciertamente; no, señora,
coma que es gramatical, pero que no indica pausa.
10.6. Informaciones ortográficas,
fonéticas y morfológicas
En la edición anterior, la de
1992, la Academia registraba, en algunos casos, indicaciones fonológicas, como
las referentes a la pronunciación de ciertas palabras (hegeliano, por
ejemplo, de la que decía que se pronuncia como «jegueliano») o bien si las
haches de ciertas palabras (como hachís, hámster, holgorio o hipido)
eran aspiradas. En la presente edición da algunas indicaciones ortográficas
(por ejemplo, las palabras que se usan con inicial mayúscula), pero nunca
indicaciones fonológicas o morfológicas. Así pues, nos quedamos sin saber, de
momento, cómo se pronuncian palabras como byroniano o byte o qué
plurales corresponden a palabras como píxel, tótem, módem, escáner, láser,
híper, blíster, bóxer, bóer, káiser, hámster, máster, súper, afrikáner, córner,
chárter, cárter, póster.
En agote, escribe la
Academia: «Se dice de un linaje o gente del valle de Baztán, en Navarra,
España». ¿Tendremos que decirle a la Academia que existen los paréntesis y que
estos se emplean para encerrar una unidad geográfica amplia cuando se cita otra
de menor entidad que queda comprendida por aquella? Aquí debería haber escrito:
«Se dice de un linaje o gente del valle de Baztán, en Navarra (España)»,
poniendo la unidad mayor entre paréntesis.
Quedan problemas ortográficos por
resolver. Por ejemplo, no deja de sorprender que la Academia haya convertido en
adjetivo la partícula latina ex, siempre considerada preposición y
definida así: «antepuesta a nombres de
dignidades o cargos, denota que los tuvo y ya no los tiene la persona de
quien se habla» (DRAE92). Ahora, en el DRAE01, dice (en la
etimología) que es preposición latina, la considera adjetivo y significa «que
fue y ha dejado de serlo», y pone los ejemplos ex ministro, ex marido.
La considera también sustantivo común, definido como «persona que ha dejado de
ser cónyuge o pareja sentimental de otra» (no dice que este uso pertenezca al
nivel coloquial, pero no parece que se pueda utilizar en un contexto formal).
Si resulta fácil considerar esa partícula como sustantivo en el uso moderno que
de ella se hace (Se acerca el ex de Juanita, Me lo dijo la ex de Manolo),
es difícil verla como adjetivo en casos como los que menciona la Academia: ex
ministro, ex marido, porque no parece que ex sea ni exprese una
cualidad o un accidente. Si decimos que alguien es un buen ministro,
un mal presidente, un excelente marido y expresiones semejantes, entendemos
lo que expresamos, pero no lo entenderemos si decimos que el ministro, el presidente
o el marido son ex. ¿Qué cualidad o accidente denota la partícula ex? Un
sintagma como ex ministro significa «ministro que fue y ya no lo es» (o
solo «ministro que fue», que es suficiente) y eso es una información, pero no
un adjetivo. Todo ello, sin duda, se produce a consecuencia de la discutida
grafía de las palabras que pueden ser afectadas por esa partícula. En efecto,
existen serias dudas de que la grafía académica, en dos palabras (ex
ministro, ex marido), sea la única correcta, y mientras unos autores
admiten la grafía ex-ministro, ex-marido, otros sostienen que ex,
como todas las partículas que afectan a un sustantivo o adjetivo, debe
escribirse en una sola palabra con el sustantivo o adjetivo a que afecta: exministro,
exmarido, exmonárquico. La solución académica no satisface. Porque si ex
podía ser considerado adjetivo, ¿cómo es que ningún lingüista se había dado
cuenta antes?
11. Siglas, siglónimos y acrónimos
Por primera vez, la Academia ha
admitido siglas en el lemario. En primer lugar, no se entiende que lo haga, por
cuanto las siglas no son palabras ordinarias, y si bien se comprende que las
registre y defina un diccionario descriptivo, no parece razonable que lo haga
así un diccionario normativo. Porque, habiendo tantas como hay en todos los
campos de la cultura, ¿cuál es el criterio para su admisión o rechazo? ¿Por qué
IVA sí e IRPF no? ¿Por qué admite ADN y ARN en español y también sus formas en
inglés, DNA y RNA? En relación con muchas de las siglas admitidas, no se
adivina ni la intención ni la utilidad. ¿Qué pinta en el DRAE la sigla IPC
‘índice de precios al consumo’, sigla que, además de responder a un
enunciado tan poco gramatical, puede ser sustituida mañana mismo por otra
meramente por razones de conveniencia política? Es incomprensible que a la
Academia le haya costado tan poco admitir CD-ROM y la extraña grafía cederrón
y sin embargo le cueste tanto, por lo que se ve, registrar ONG, tan
omnipresente como problemática, o, mejor aún, la palabra oenegé, cuyo
plural oenegés supera el incómodo plural de la sigla. Registra DDT
y PNN, dos siglas que dan lugar a los alfónimos dedeté y penene,
respectivamente, con tratamiento lexicográfico distinto, ya que en el primer
caso remite de la sigla al alfónimo, mientras que en el segundo define la
sigla, pero no dice que esta da lugar al alfónimo correspondiente. Incluso más:
si dan lugar a un sustantivo, ¿para qué recoger las siglas en entradas propias?
En estos casos, las siglas pertenecen a un estadio superado en la evolución de
las palabras correspondientes. ¿Para qué volver a ellas?
La Academia admite una serie de
palabras ordinarias derivadas de una sigla previa que se ha lexicalizado. Ya
tenía registrada alguna, como inri (de INRI ‘Iesus Nazarenus Rex
Iudaeorum [Jesús Nazareno Rey de los Judíos]’) y, más recientemente, láser
(de LASER ‘light amplification by stimulated emission of radiation
[amplificación de luz mediante emisión inducida de radiación]’). A este tipo de
voces las denomino yo siglónimos, es decir, palabras formadas con el
mismo procedimiento que las siglas, pero que no se tienen por tales, sino por
nombres ordinarios, sean propios o comunes. La Academia les da el nombre de acrónimos,
pero no todos estamos de acuerdo con esta terminología. El más conocido
actualmente, por razones bien tristes, es sida, palabra derivada de la
sigla SIDA ‘síndrome de inmunodeficiencia adquirida’, ya admitida en la
edición de 1992. En la presente admite talgo (de TALGO ‘tren
articulado ligero Goicoechea-Oriol’), definida como un tipo de tren; es
palabra procedente de una marca o nombre de empresa. Asimismo, registra ovni
(de OVNI ‘objeto volador no identificado’); uci (de UCI
‘unidad de cuidados intensivos’), uvi (de UVI ‘unidad de
vigilancia intensiva’), opa (de OPA ‘oferta pública de adquisición de
acciones’), pero no admite diu (de DIU ‘dispositivo
intrauterino’) ni geo (de GEO ‘Grupos Especiales de Operaciones’
del Cuerpo Nacional de Policía). Está grapo (de GRAPO ‘Grupo
Revolucionario Antifascista Primero de Octubre’ [eso dice la Academia; en
realidad, ‘Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre’]), pero en etarra,
a pesar de que menciona a ETA, no la define. Se echan de menos otros
siglónimos como gal (de GAL ‘Grupos Antiterroristas de
Liberación’) e incluso vip (de VIP ‘very important person
[persona muy importante]’).
Entre los que yo considero
acrónimos (neologismos formados con extremos de palabras que forman un
enunciado), la Academia ya registraba algunos, como radar (del inglés radio
detecting and ranging ‘detección y localización por radio’), rasí
(del nombre Rabbi Shelomo Ishaki, cuyos comentarios se imprimieron en un
tipo de letra que recibe este nombre). Pues bien: el procedimiento sigue siendo
útil para la obtención de neologismos, porque en esta edición añade tokamak
(del ruso toroidal kamera aksial), que da nombre a un aparato toroidal
empleado en experimentos de fusión nuclear.
12. Restos de naufragios anteriores
De ediciones anteriores arrastra
el Diccionario ciertas peculiaridades que ya deberían haberse tenido en cuenta.
Nos referimos, por ejemplo, a la definición de las palabras terminadas en -enio
‘año’, como bienio ‘tiempo de dos años’, trienio ‘tiempo o
espacio de tres años’, cuatrienio ‘tiempo y espacio de cuatro años’, quinquenio
‘tiempo de cinco años’, sexenio ‘tiempo de seis años’, septenio
‘tiempo de siete años’, decenio ‘período de diez años’, milenio
‘periodo de 1000 [mejor, mil] años’. Como se puede observar, palabras
que pertenecen al mismo campo asociativo son definidas con fórmulas
definitorias totalmente distintas: tiempo, tiempo o espacio, tiempo y
espacio, período.
13. Colofón
Mantener al día un diccionario
como el de la Academia no es tarea fácil, lo sabemos. Equilibrarlo es asimismo
difícil, como lo es dotarlo de coherencia interna. Pero de sus aciertos y sus
fracasos solo la Academia es responsable, y tal responsabilidad debe
exigírsele. Para eso tiene el prestigio que tiene, para eso goza de la
obediencia de que goza en el mundo hispánico, para eso dispone de los medios de
que actualmente dispone, con apoyos oficiales y empresariales varios. Es
obligación de todos pedir que el trabajo reflejado en el Diccionario común esté
conforme con los tiempos que corren y con la época que nos toca vivir. Del
superficial análisis que precede parece que puede deducirse que la Academia no
le ha dedicado el tiempo y la atención que esta edición merecía. Intuimos las
causas, a la vista del programa académico de confección de obras ajenas a la
ortografía, la gramática y el Diccionario, pero no nos creemos autorizados a
indicarle qué debe hacer, cómo ni cuándo en relación, sobre todo, con las obras
normativas del español. Ella debe saberlo...
Para finalizar, digamos que no
merece aplauso el cambio en la encuadernación (nos gustaba más la pasta
española, aunque las pieles fueran artificiales); que la edición económica debe
leerse con lupa y carece hasta de márgenes, y que el precio de la versión
grande (21 450 pesetas, o sea, 128,92 euros) es excesivo. Aunque el producto lo
valga si pensamos en una edición de pocos miles de ejemplares, la amplia tirada
que sin duda va a tener (¿cuántos centenares de miles?) aconsejaría un precio
más asequible. Porque el Diccionario solo será de todos si está al alcance de todos
en una edición digna, cómoda y legible.