PEDRO GARCÍA DOMÍNGUEZ

 

 

 

AMOR CORTÉS Y GNOSIS

CÁTARA

 

 

 

 

 

 

Publicose el presente trabajo, con el mismo título, en el número 5 la revista mensual ÁLBUM de las Artes y las letras, en Madrid, el mes de noviembre de 1986. Este trabajo ha tenido enmiendas y adiciones, pero en esencia conserva el espíritu que lo inspiró.

 

 

 

 

ÍNDICE

 

1. Occitania: Amor cortés y gnosis cátara                                              

2. Agonía cátara y génesis de la Santa Inquisición                                                                 

3. El milano y el buitre                                                                

4. La mujer occitana y la moral cátara                                                                                      

5. La emancipación de la mujer                                                   

 

BIBLIOGRAFÍA                                                                           

 

 

 

 

1

 

 

OCCITANIA

SU CONCEPCIÓN DE LA VIDA Y SU

ANIQUILACIÓN

 

 

Estar enamorado es tender hacia el cielo

por medio de una mujer.

 

Uc de Saint Circ

 

    Siguen siendo hoy un misterio las causas que llevaron al aniquilamiento de la cultura más floreciente de la Edad Media. En el siglo XIV Francia ha sometido totalmente a sus vecinos del sur. Los condados de Tolosa, Poitiers, Provenza, el ducado de Aquitania y un largo etcétera. Vinculados a la Corona de Aragón, pasarán a ser vasallos del rey de Francia, que se encargará de liquidar las lenguas y la cultura más florecientes del occidente medieval. Sólo nos quedará, de esos trescientos poetas trovadores, su testimonio manuscrito en un centenar largo de códices, hoy repartidos por los archivos y bibliotecas del mundo.

 

En este proceso de transculturización, de sometimiento y de aniquilación, el papel principal, sin ningún género de dudas, lo desempeñó la Iglesia de Roma.

Occitania, en el siglo XIV, ocupa el territorio que se extiende desde el Macizo Central a los Pirineos, y desde el Mediterráneo al Atlántico. Es el territorio más poblado de Francia, y también el más floreciente: cátaros y cristianos fieles a Roma conviven sin problemas bajo la mirada complaciente de sus príncipes.

Mucho se ha escrito sobre la concepción de la vida y la idiosincrasia de las diferentes culturas de la Francia medieval: los señores de la Francia septentrional, más rústicos e identificados con la guerra y la defensa de la fe; con una concepción jerárquica de la vida. El Mediodía, Occitania, de costumbres más refinadas, es la cuna de la poesía lírica europea, del espíritu caballeresco que engendraría seguidamente el placer de vivir, el amor a la gloria y al culto a la mujer. Aquí nace el  amor cortés. El año de 1140 marca su mayor momento de esplendor: proliferan los poetas y mecenas; su tolerancia religiosa les permite albergar bajo un mismo techo, sin aparente contradicción, cátaros y cristianos fieles a Roma. La Tolosa de Raimundo VI será, después de Venecia y de Roma, la ciudad más prestigiosa y con mayor actividad cultural de Occidente. Aquí se gestan las primeras sociedades comunales, el milagro del paratge es el ocaso de la sociedad feudal, al tiempo que el primer consulado europeo llega a su apogeo: la primera representación de la burguesía. Sin duda el paratge es de concepción cátara, y sin embargo nadie se sintió amenazado, ni siquiera los condes de Tolosa. En muchos aspectos podemos parangonar la escuela de Montpelier con la de traductores de Toledo en tiempos de Alfonso X el Sabio. El racismo y la intolerancia religiosa eran desconocidos; juntos trabajaban cristianos y judíos, en su mayoría procedentes de España.

    Aquí se desarrollan los estudios cabalísticos, y los rabinos y los cristianos fieles a Roma se reunían con los perfectos cátaros. Si exceptuamos los tiempos actuales, nunca conoció Europa, y menos Francia, tiempos de semejante tolerancia religiosa. El  amor y la Cortes de Amor se convierten en Occitania en algo más que un quehacer, será una forma de vida. André Nataf explica ampliamente, en Le Miracle Cathare, cómo reinaba una atmósfera de libertad, y los grandes señores no podían ser soberanos absolutos, pues la clase burguesa , comerciantes y artesanos, tenían sus representantes y parte del poder político.

 

 

 

 

 

 

2

 

AGONÍA CÁTARA

Y

GÉNESIS DE LA SANTA INQUISICIÓN

 

 

    Ateniéndonos, en principio, a su étimo, el término herejía no es peyorativo. Derivado del griego airaseis, significa filosofía u opción doctrinal libremente elegida, y en este sentido lo emplea san Pablo cuando aconseja a los cristianos de Corinto: “Oportet ut heresses esse...”, “Conviene que entre vosotros haya quien opine libremente, para así poder descubrir quienes son de probada virtud”.

    Una de las herejías medievales que mayor controversia ha levantado es el catarismo, tendencia religiosa de signo dualista. En 1849 C. Shmidt publica la Historia de los Cátaros Albigenses, y desde entonces la bibliografía sobre este asunto es desbordante. No obstante, en el siglo XIV y siguiente, la confusión es grande. Pocos conocen a ciencia cierta en qué consiste esta concepción religiosa, que rápidamente se extiende por Occitania. En los tratados de la época encontramos pruebas de esta confusión de ideas en los muchos sinónimos que los tratadistas, inquisidores o pueblo llano emplean para referirse a los cátaros: en alemán ketzer, palabra  que claramente proviene de cátaro y que significa hereje. Se les conoce como albigenses por el número elevado de creyentes cátaros residentes en Albí; el navarro Guillermo de Tudela los llama búlgaros, por referencia a los dualistas occidentales. En Inglaterra, Guillermo de Newbourgh se refiere a ellos como publicanos, posible corrupción de  paulicianos. También se les llama en Italia patarinos, sinónimo de hereje, lo que parece una confusión entre patarini/catarini. Tisserands es otro de los nombres con que se designa a los cátaros, por la  gran fuerza y predicamento que tenía este movimiento entre los tejedores. En Italia también se les designa como albanenses y concorenses por el nombre de las dos ciudades italianas donde se había extendido esta herejía.

    Ya en el siglo XII, época de expansión de la doctrina cátara por Europa, se confunden las herejías y se mide groseramente a todos los disidentes por el mismo rasero. Los términos citados se emplean indiscriminadamente para referirse a los cátaros.

    Paradójicamente, la fuente esencial para conocer uno de los capítulos más vergonzosos del exterminio físico de un pueblo lo constituye el Registro de la Inquisición, de Jacobo Fournier, obispo de Pamiers  (1318-1328), manuscrito latino nº 4030 de la Biblioteca Vaticana, editado por Jean Divernoy, en Tolosa, en 1965, en tres volúmenes.

    Conocemos dos libros importantes de la doctrina cátara: Liber de duabis principiis, que se completa con  el Ritual Cátaro. El conocimiento de estos dos textos es indispensable para el estudio y conocimiento del catarismo. Otra fuente indispensable es la consultada por Emmanuel Le Roy Ladurie, Montaillou, village occitan, de 1293 à 1324, tomado de los capítulos conciliares y los registros de la Inquisición. La tercera fuente es la consulta de las crónicas de la época. El cronista Vaux-de-Cernay, gran conocedor y acérrimo enemigo del catarismo, facilita a los inquisidores las siguientes características de la doctrina cátara:

    1.- Existencia de dos principios creadores.

    2.- Rechazo del Antiguo Testamento.

    3.- Diferencias entre un Cristo malo y otro bueno, que espiritualmente          se manifiesta en san Pablo.

    4.- Rechazo de la Iglesia Romana (cueva de ladrones).

    5.- Rechazo de los sacramentos.

    6.- Identificación del matrimonio con la prostitución.

    7.- Negación de la resurrección de la carne.

    8.- División de la secta en dos categorías: perfectos y creyentes.

    9.- Sustitución de la penitencia por el consolamentum.

    10.- Niegan el dogma de la trinidad: Cristo y el Espíritu Santo son                            simples emanaciones de Dios, no miembros de una Trinidad.

    A diferencia de otras herejías medievales, la cátara no puede ser explicada, ni tan siquiera es una pugna entre laicos y heréticos de un lado y la Iglesia romana de otro. Aunque no sin dificultades, el catarismo se extiende rápidamente entre todas las clases sociales occitanas: letrados, mercaderes, nobleza y gente humilde, lo adoptan por distintas razones, prescindiendo de las compensaciones espirituales. La liberación de los impuestos, diezmos y carnerías que los fieles tenían que pagar a la Iglesia de Roma,  que aconseja la doctrina cátara, será el pretexto que exgrimirá la monarquía fancesa para anexionarse los estados occitanos.

    Podemos asegurar, sin temor a errar, que la injusticia histórica cometida con Occitania aún no ha sido reparada. Sólo ahora, en Francia, y tímidamente, se empieza a contar su historia, una historia que narra la aniquilación de la cultura más refinada del medievo europeo.

    Pero veamos un ejemplo interesante. Utilizando ese extraordinario documento que es el Registro de la Inquisición de Jacques Fournier, obispo de Pamiers (1318-1325), Emmanuel Le Roy Ladurie escribe  Montaillou, village occitan, de 1294 à 11294 obra que narra las investigaciones, en 1320, de Jacques Fournier, obispo de Pamiers y más tarde Papa de Aviñón, Benedicto XII, en una aldea del alto Ariège, a 1.300 metros de altitud: Montaillou.

      La acción del obispo Fournier en su diócesis no se limita a las persecuciones contra la tendencias heterodoxas. También ha sabido agravar el peso de los impuestos y de los diezmos agrícolas: sobre la producción de quesos, rábanos y nabos de los que hasta entonces los habitantes de esta diócesis estaban dispensados.

    Jacques Fournier, según lo estipulado en una decisión del Concilio de Viena (1312), constituye su propio oficio de inquisición en 1318. Lo dirigirá él mismo en estrecha unión con el hermano Gallard de Pomiès, O.P., que desempeña el papel de ayudante, vicario y lugarteniente. Jacques Fournier es, naturalmente, la cabeza del oficio. Inaccesible tanto a las súplicas como a los sobornos. Hábil en hacer aflorar la verdad: “en hacer saltar a las corderas”, como dicen sus víctimas.

    Las estadísticas relativas a la actividad del oficio son elocuentes. He aquí algunos elementos: el tribunal inquisitorial apameo trabaja durante 370 días, entre 1318 y 1325. En estas 275 jornadas se hacen 578 interrogatorios. Estos se distribuyen en 418 comparecencias de reos, y 160 de testigos. Dichas sesiones conciernen en total a 98 causas o expedientes. Los 98 expedientes inquietaron o encausaron a 114 personas, 94 comparecieron efectivamente. En el conjunto del grupo inquietado se encuentran algunos nobles, notarios y sobre todo una masa abrumadora de gente humilde: campesinos, artesanos y comerciantes. Entre los 114 individuos procesados o inquietados se encuentran 18 mujeres. La aldea de Montaillou proporciona, por sí sola, 25 encausados.

    El proceso inquisitorial de Pamiers, aunque significativo, es una pieza más de ese engranaje, que en manos de la Iglesia de Roma, servirá a la monarquía francesa para anexionarse los territorios occitanos: el ducado de Aquitania, los condados de Poitiers, de Tolosa y de Provenza, es decir: la zona más rica y fértil de Francia, y sin lugar a dudas, la que contaba con una cultura y un refinamiento en las costumbre y modos de vida sin parangón en Europa. Una cultura que después de tres siglos de esplendor, la monarquía absoluta de Felipe IV de Valois, hará desaparecer, hasta nuestros días, de la faz de la tierra.

    Es una historia que comienza con Blanca de Castilla, esposa de Luis VIII y madre de Luis IX (San Luis). Blanca de Castilla encuentra el modo de terminar con lesa rebeldía de sus súbditos occitanos, que consiste en no pagar los diezmos a la Iglesia y los impuestos a la Casa Real: El pretexto se lo ofrece en bandeja el asesinato del legado pontificio, Pedro de Castelnau, en 1209 por un paje del conde Raimundo VI de Tolosa. Raimundo será fulminantemente excomulgado por el papa Inocencio III, quien convoca la cruzada contra los albigenses. Los cruzados, mandados por Simón de Monfort , conquistan , arrasan, Provenza y Tolosa después de derrotar a Raimundo VI de Tolosa y a su cuñado Pedro II de Aragón en Muret (1213). Inmediatamente, en 1215, Inocencio III en el IV Concilio Ecuménico Lateranense, instituye el tribunal episcopal para la persecución de las herejías: la Santa Inquisición. Queda prohibida, entre otras cosas, la fundación de nuevas órdenes religiosas, y delegado en los obispos el poder de inquirir cualquier causa que atente contra la fe. Esta tarea será continuada con esmerado celo por sus sucesores, Gregorio IX e Inocencio IV. La idea de una Iglesia Romana de carácter universal se estructura jurídicamente mediante el Decretum Gratiniani, primera recopilación del derecho eclesiástico, que con posteriores adiciones configurará el  Corpus Iuris Canonici. De este modo quedarán claramente definidas las competencias del Tribunal de la Santa Inquisición .

    Hasta el siglo XIII la Iglesia había castigado la herejía con el destierro o el enclaustramiento. Tras la institución de la Inquisición Episcopal, en 1215, Gregorio IX crea la Inquisición Papal, en 1231, y simultáneamente, Francia y Germania, se establece la pena de muerte para los herejes. La acción del tribunal inquisitorial se extiende rápidamente por todos los reinos cristianos, y no sólo contra los herejes: los judíos por un decreto de Felipe IV, el Hermoso, son expulsados de Francia en 1306, y definitivamente en 1394. Es, pues, un momento histórico trascendente: Felipe IV instituye la monarquía absoluta, tarea que quedará plenamente instituida en el siglo XVII con Luis XIV.

 

 

 

 

 

3

 

 

EL MILANO Y EL BUITRE

 

 

“Ni milano ni buitre

olfatean antes la carne podrida

que el clérigo y el predicador,

que huelen dónde está el rico.

 

Rápido, se hacen sus íntimos,

y cuando es víctima de la enfermedad

le fuerzan a hacer tal donación

que dejan sin nada a la familia.

 

Los franceses y los clérigos son famosos

por hacer el mal, en lo que son habilidosos:

usureros y traidores

se reparten este siglo,

 

pues entre mentiras y trampas

han puesto el mundo del revés,

y no hay religioso

que no haya aprendido la lección.”

 

Peire Cardenal

 

 

    En el siglo  X, algunas doctrinas religiosas heterodoxas se extienden  por centroeuropa, los bogomilos, desde Bulgaria e Italia, se infiltran en Francia. Los primeros gnósticos, maniqueos, son quemados en 1017 en Orleans y en 1020 en Tours. Rápidamente los cátaros  ganan adeptos en toda Occitania, donde la tolerancia contrasta con la intolerancia de Francia. Cátaros y cristianos fieles a Roma pugnarán juntos en Occitania contra la prédica de san Bernardo, que fracasará en 1147. Juntos se opondrán en 1178 a la cruzada predicada por san Crisógono, que se saldará con un sonado fracaso. En 1208 el papa Inocencio III llamará a todos los cristianos a luchar contra los albigenses o cátaros, en realidad contra Occitania, y también en esta ocasión, cristianos fieles a Roma y cátaros unidos harán frente a Simón de Monfort, el jefe de los cruzados, que asedia, saquea y degüella a los habitantes de Montpelier, Béziers, Minerve, Carcasona, Termes, Tolosa, Muret, y después las incendia. El mismo que, a la ingenua pregunta de uno de sus cruzados, que piensa de buena fe que la cruzada es contra los herejes cátaros, y que ve que estos, en el sitio de Béziers, luchan junto a los cristianos fieles a Roma, pregunta cómo podrá distinguirlos, responderá: “Matadlos a todos y que Dios distinga a los suyos”, y así se hará.

    La historia de Francia conoce pocos episodios tan vergonzosos, y vergonzantes, como la llamada cruzada contra los albigenses.

    En 1229 Raimundo VII de Tolosa se somete a los cruzados en Meaux, y en este mismo año se celebra el Concilio de Tolosa, que confiará a la Santa Inquisición a los dominicos, a los que popularmente, y utilizando la similitud fónica de la locución latina Domini canes, se les denominaba los canes del Señor. En 1244, la última fortaleza cátara, Montsegur, capitula. Doscientos diez cátaros, hombres, mujeres y niños son quemados. Raimundo VII de Tolosa (digamos, entre paréntesis, que era cristiano, fiel a Roma) es obligado por Luis VIII de Francia a caminar de rodillas, solamente cubierto con una camisa de esparto, hasta el atrio de la catedral de Nuestra Señora de París. Ninguna humillación le fue escatimada. Allí le esperaban el Rey de Francia, el Arzobispo de París y la nobleza francesa. Durante la absolución, Raimundo VII, uno de los hombres más cultos de Europa, y el más munificente de los mecenas, estalló en carcajadas. Los historiadores franceses han hablado de demencia, los psicólogos de conducta de fracaso y la Iglesia de Roma lo explica como un castigo divino. En realidad, esta carcajada explica bastante bien esa frontera que demarca dos concepciones de vida, dos mentalidades, dos culturas. Así se unificó un reino, así terminó el Languedoc unido a la corona de Francia y comienza su traumática pérdida de identidad, la prohibición de hablar sus lenguas: “lenguas de herejes”, y la aniquilación de la cultura más avanzada de Europa. Corría el año del Señor de 1248.

    La pugna existente en el campo político también la encontramos en la poesía, el trovador Peire Cardenal es testigo de la Cruzada contra los albigenses, desde su comienzo hasta su fin, es el defensor excepcional de una causa perdida. En sus poemas satíricos se muestra partidario de la causa albigense -cátara- y ataca, como hemos visto, a sus feroces enemigos: los clérigos y los franceses, sobre todo a los dominicos a los que apoda predicadores o canes del Señor. En el otro bando Folquet de Marsella, obispo de Tolosa desde 1205, mentor espiritual de la cruzada contra los albigenses, protector y colaborador de santo Domingo de  Guzmán y consejero, siempre escuchado, de Simón de Monfort.

 

 

 

 

 

4

 

 

LA MUJER OCCITANA Y LA MORAL CÁTARA

 

 

¡Roma! Sé, sin lugar a dudas,

que bajo un falso pendón guiáis

a los franceses a la lucha,

lejos del paraíso,

y que al buen rey Luis,

Roma, habéis matado con engaños

lejos de París.

 

Guilhem Figueira

 

 

    El catarismo o albigeísmo es una herejía cristiana. Sus seguidores se llaman “verdaderos cristianos”, “buenos cristianos”, por oposición a los cristianos fieles a la Iglesia de Roma, pero al mismo tiempo se distancian considerablemente de la concepción monoteísta del cristianismo ortodoxo. El catarismo acusa ciertas semejanzas con la gnosis y como tal con el maniqueísmo. Cristo y Lucifer “emanan” de Dios; el mundo ha sido organizado por un Demiurgo, mas o menos “demoníaco”; el espíritu del hombre es a la vez “salvador” y “salvado” en la medida en que es incorruptible.

    El principio general de la moral cátara es que el Bien, la Virtud y la Salvación consisten en desprenderse absolutamente del mundo material, malo por naturaleza. Los pecados son los mismos en el catarismo que en el cristianismo romano, pero rechazan los sacramentos y el antiguo Testamento.

    Existe entre los cátaros una organización superior, una elite formada por los puros, es decir los perfectos, bonshommes -hombres buenos-, que sólo pueden comer pescado, verduras y fruta; a su cuidado está la estricta observación de las reglas de la Iglesia de administrar el consolameentum -consuelo-, ceremonia esencial de los cátaros, que perdona los pecados del moribundo. Tenían que observar la endura o ayuno prolongado -a veces hasta la muerte voluntaria-. No jurar jamás.

    Los simples creyentes tenían menos obligaciones: bendecir el pan, darse el beso de la paz y practicar la confesión en voz alta, el aparelhament; no jurar jamás. Todos ellos dependían de los obispos. Evidentemente, los inquisidores, cuando interrogaban a un sospechoso, lo primero que exigían era el juramento.

Pero esta doctrina en sí era peligrosa. ¿Dónde estaba, pues, el peligro?

    Como ya hemos visto, lo peor a los ojos de la Iglesia es que los cátaros se negaban a pagar diezmos a Roma e impuestos a la Corona, el rechazo a la jerarquía y al vasallaje; es decir, ponían en entredicho los cimientos tradicionales de la autoridad y de la sociedad feudal.

    Según el razonamiento de los puros, y según la lógica traducianista, “el alma procedente de Dios existía en germen en Adán y  se perpetuó por vía de generación, como los cuerpos”. Esta doctrina, no sólo sostenida por los cátaros sino por Tertuliano y san Agustín, representaba un serio peligro para la concepción jerárquica de la sociedad feudal, ya que si es así, ¿quién puede asegurar que el rey no proceda de un villano?

       Pero además, existen otros aspectos considerados como crímenes por la Iglesia de Roma y la Corona de Francia en las creencias cátaras, como el rechazo de la guerra y lo que es más grave, de la familia patriarcal, que otorga al hombre las prerrogativas y a su esposa una sola, la sumisión; lo que desatará indirectamente un fenómeno de actualidad con varios siglos de anticipación: la emancipación de la mujer, que ya había comenzado en el siglo XI en las Cortes de Amor. Pero veamos algunos preceptos de la doctrina cátara al respecto: “la encarnación es un sufrimiento, ¿por qué pues engendrar nuevas almas?”. Es decir que, lo que hay que evitar es traer hijos a este mundo. “Evitemos la procreación, y en consecuencia el matrimonio”. “ El matrimonio es un estado de pecado permanente . El cuerpo exige perfección y el matrimonio se la niega. Es preferible el concubinato, estado temporal que es susceptible de modificación”.

    Lo cierto es que el concubinato no fue introducido en Occitania por los teóricos cátaros, puesto que ya era costumbre extendida en todas las clases sociales en el siglo XI, pero sin duda, por influencia cátara, adquirió valor de protesta y un significado de contramatrimonio.

    Los perfectos cátaros se mantenían al respecto a una prudente distancia, tolerantes, evidentemente, dentro de sus límites dogmáticos, sólo así recomendaban la unión libre espiritual o el adulterio ”moral” como un mal menor. Y si no llegaron tan lejos como los trovadores, que aplican el principio por el cual “se alcanza el cielo mediante el amor de una mujer”, así al menos, admitían que más valía tolerarlo que ceder a los principios ilusorios de un falso sacramento.

    Tenemos en los Registros de la Inquisición, testimonios que documentan que los hombres de los pueblos y burgos occitanos están convencidos de que el acto sexual es inocente siempre que cumpla dos condiciones: primera, que se haga de mutuo acuerdo, en cuyo caso el placer no es pecado, resulta agradable en sí mismo y no ofende a Dios. Y, segunda, que en caso contrario sea efectuado como contraprestación, es        Durand de San PourÇain, teólogo y maestro del Sagrado Palacio bajo Clemente V y Juan XXII, quien escribió un Comentario de sentencias en el que aseguraba que por “derecho natural la fornicación simple constituye únicamente un pecado venial. Si se considera mortal es por las sanciones de la ley positiva”. Lo que, en los tiempos que corrían, conjugar, para oponerlos, el derecho natural y la ley positiva, conducía únicamente a devaluar esta última. En el siglo XIII aparece una glosa frecuentemente utilizada: “La mujer pública es en la sociedad lo que lo que la sentina en la mar y la cloaca en el palacio. Quita la cloaca y todo el palacio quedará infectado”. Sin embargo, los eruditos remitían frecuentemente a las palabras de san Agustín: “Expulsad a las cortesanas y en seguida las pasiones lo confundirán todo, ya que llevan una vida impura, pero las leyes del orden les asignan un lugar, por más vil que sea”. Es evidente que no utilizan la misma vía que los cátaros o la moral occitana de los trovadores, pero que ambos caminos, si no llevan a un mismo fin, porque las líneas paralelas nunca se encuentran -salvo en el infinito-, al menos sí tenían el mismo sentido.

 

 

 

 

 

5

 

 

LA EMANCIPACIÓN DE LA MUJER

 

 

Buen compañero, no sé si dormís o veláis.

Despertad suavemente, no durmáis más,

pues veo la estrella del alba crecida,

la que trae el día, que me es conocida,

¡y pronto llegará el alba!

 

Buen compañero, cantando os llamo;

no durmáis ya, que oigo el pájaro cantar

buscando el día por el monte

y tengo miedo de que el celoso os sorprenda,

¡y pronto llegará el alba!

 

Buen compañero, desde que me separé de vos

poder no he dormido ni he dejado de estar de rodillas.

A Dios he pedido, al hijo de Santa María,

que me devolviese vuestra leal compañía.

¡Y pronto os llegará el alba!

 

Dulce buen compañero, estoy en tan feliz compañía

que quisiera ya no hubiera ni alba ni día,

en brazos tengo lo más bello nacido de madre,

por lo que nada me importa, ni el necio celoso

ni el alba.

 

Giraut de Bornelh

 

 

    Esta alba narra la relación amorosa entre una dama adúltera y un trovador del siglo XII, Giraut de Bornelh, y, por lo que podemos ver, no era una situación extraordinaria, si tenemos en cuenta que las mujeres en el medievo pasaban largas temporadas solas durante años, mientras que el marido -el celoso- guerreaba, cazaba o viajaba.

    El siglo XII es el momento cumbre de la lírica occitana, y también en el cual el amor cortés deja paso a otro amor mucho más carnal, el amor caballeresco. Florecen las Cortes de amor y una edad de oro de la poesía femenina, las trovatrices: la Condesa de Día, Tibors, Azalais, María de Ventadorn, Alamanda, Clara de Anduza y así hasta dieciocho de las cuales tenemos noticias, cultivadoras de una lírica exquisita.

 

Sois el árbol y la rama

donde madura el fruto de la alegría

 

dirá de ellas Peire Vidal.

    Tenemos textos sobrados para analizar las relaciones sexuales en la Occitania medieval, los trovadores nos los han suministrado. Pero existe un documento importante que lo explica más detalladamente, se trata del  De arte amandi de André Le Chapelain, texto que, en efecto, constituye la cartilla o, si se quiere el catecismo, del amor cortés.

    El señor medieval vive para la guerra, que es para él, no sólo un deber, sino una razón de existir. En primer término porque le gusta; en ella despliega toda su fuerza física y pone a prueba su honor y valor, pero también porque además de ahuyentar el aburrimiento causado por la monótona inactividad de la vida del castillo, la guerra era una fuente de provecho: los saqueos y la rapiña eran un medio fácil de enrriquecimiento, lo mismo que el rescate exigido siempre al enemigo prisionero. Durante los ocios que le dejaba la guerra, el caballero se entregaba sobre todo a la caza, que era un sustituto de la guerra y un buen ejercicio para mantenerse en forma. Pero además, otra fuente de ingresos, ya que los productos de la caza remplazaban ventajosamente, en la mesa de los ricos, la carne procedente de los animales domésticos, por otra parte producto escaso. Alternaban la caza y la guerra con los torneos. Esto hacía que el caballero estuviese casi siempre ausente del castillo. En el castillo quedaban la esposa y los hijos. Hasta aquí este panorama era común a todas las sociedades medievales europeas.

    La diferencia entre Occitania y el resto de Europa estribaba en lo que hacían con su tiempo las mujeres.

    En general, el matrimonio feudal es, ante todo, un negocio arreglado entre familias, en el que una parte esencial era la cuantía de la dote y la consideración de los intereses, lo que sin duda era más importante que la voluntad de amor de los futuros esposos.

    Si exceptuamos Occitania, en el resto de la Europa medieval, por ejemplo en Francia, la Iglesia, por boca de sus doctores, es terriblemente dura con la mujer. San Juan Crisóstomo, san Antonio, san Juan Damasceno y san Jerónimo le dedican epítetos tales como,  “soberana peste, puerta del infierno, arma del diablo, centinela avanzada del infierno, larva del demonio, flecha del diablo”. La sociedad cristiana es patriarcal; el marido no necesita molestarse mucho para tomar u obtener lo que por derecho le pertenece. También tiene derecho de aplicar correctivos físicos: “cualquier marido puede pegarle a su mujer cuando ella le desobedezca o cuando lo maldiga, o cuando lo desmienta, siempre que sea con moderación y sin que se siga la muerte”. En caso de adulterio, la costumbre es severa con la mujer: se encierra a la culpable de por vida en un convento, y si se la sorprende en flagrante delito, el marido puede ir en busca de su hijo y hacerse asistir por él en el acto de matar a la adúltera. El marido , en cambio, en cuestión de adulterio, goza de inmunidad.

    ¿Cómo se ha producido la transformación en la sociedad feudal occitana? ¿Cómo se han suavizado, relajado, las costumbres hasta el punto de otorgar a la mujer occitana el poder desempeñar una función preeminente en la sociedad a partir del siglo XII?

    Sin duda alguna la doctrina cátara desempeñó un papel esencial al permitir el amancebamiento al matrimonio y al conseguir la mujer desempeñar un papel, y una importancia tal, que la equiparaba al hombre en la sociedad. Ese papel reservado al hombre en el desempeño del ministerio sacerdotal, en el catarismo no existía. Uno de los papeles preponderantes en la historia del catarismo le corresponde a una perfecta cátara, noble y de una gran cultura, Esclaramunda de Foix, hermana del conde Raimond Roger de Foix, uno de esos nobles que sin ser cátaros eran tolerantes con las creencias religiosas de su súbditos.

    El Condado de Foix era un importante centro cátaro y valdense. Poco se sabe de Esclaramunda de Foix, en torno a la cual se han tejido innumerables fantasías, con excepción de la mención que de ella hace Guilhem de Tudela en la  Canción de Cruzada Albigense según la cual el papa Inocencio III recomendó a dos predicadores, Diego y -santo- Domingo de Guzmán que fuesen a tierra de cátaros. Una de estas conversaciones se celebró en Pamiers, villa del Condado de Foix, en 1207. Se nombró un árbitro, Arnaud de Campagna, clérigo secular, que simpatizaba con los heréticos. El conde Raimond Roger ofreció una amplia sala en el castillo de Castela.

    El obispo de Osma, Domingo y otros predicadores cistercienses recibieron el refuerzo de Foulques, obispo de Tolosa y de Navarra. La discusión con los perfectos cátaros no discurrió por los cauces amistosos que cabía esperar, y en un momento tenso en que Esclaramunda de Foix rebatía, con especial habilidad, las tesis de Domingo, un monje dominico, el hermano Esteban de Minia, la mandó callar diciéndole, “señora, vuelva a su rueca, cállese, usted no tiene la palabra en esta asamblea”.

    La fama de Esclaramunda de Foix, probablemente muerta en Montsegur, ha llegado hasta nosotros envuelta en una aureola de misterio y admiración no exenta de fantasía. Lo que sí es cierto es que se trata de una de esas mujeres que marcaron un hito en la emancipación femenina aunque en Occitania ella no fuese la excepción, sino la regla.

    En este ambiente se desarrolla la vida de la mujer occitana, pero no sólo. La poesía y la música íntimamente ligadas, desempeñaron en las Cortes de amor y la concepción de la vida un papel sin precedentes.

    Es la época de las cruzadas y los señores feudales en Tierra Santa. Han conocido el lujo y las comodidades de los castillos, la elegancia en el atuendo, la delicadeza en los modales y gustado de refinados manjares. Cualquier pretexto será bueno para cantar y recitar y, en esta sociedad, la mujer desempeña un papel esencial. La influencia del Islam se hará sentir en Occitania. La sociedad se transformará por completo: la juventud de ambos sexos se divierte. Aparece un vocablo la cortesía, que designa el conjunto de cualidades nacida de este trato frecuente entre los sexos, y que constituía el prototipo de caballero ideal. Gracia, cortesía, galantería, generosidad hacían al caballero cortés. La presencia de las mujeres y la emulación a la que incitaban imprimieron una fisonomía absolutamente nueva y desconocida a las fiestas, las justas y los torneos, que abarcan esta parte de la historia. Se peleaba por llevar los colores y el amor de su señora tanto como por la gloria.

    El hombre occitano comprendió que la mujer ocupaba un puesto destacado y prestigioso en la sociedad, ella tenía la preeminencia en el campo de lo moral e intelectual; daba ejemplo, sentaba la regla de los buenos modales y del buen tono, ya no podía seguir siendo conquistada por la fuerza, habría que obtenerla mediante méritos, valorizándose él mismo, debería agradar, profesarle las vías del corazón, sus favores los podría obtener o ganar con sumisión, fidelidad y el fervor de su servicio de hombre esforzado. De aquí nace lo que se llamará amor cortés: una mística nueva, una exaltación del alma, la que por amor a la dama sólo suena con las perfecciones de la virtud caballeresca y la pureza del corazón, por las cuales el amante merecerá su recompensa. Y así la mujer acaba de alcanzar la categoría de juez.

    Es en Occitania de donde parte el movimiento de las Cortes de Amor señoriales de Poitiers, Narbona, Tolosa. Fue allí donde mujeres inteligentes y cultas se complacieron en retener a los trovadores convirtiéndose en sus protectoras. Y, aunque el hombre occitano del siglo XII no era completamente iletrado y cultivaba la afición por la poesía, la música y por las hazañas, la partida quedará completamente ganada cuando esas mujeres influyentes y cultas consiguieron que los hombres que vivían a su alrededor participaran de sus gustos.

    En el siglo XI ya funcionaban las Cortes de Amor, verdadera cuna de la emancipación femenina, pero será en el siglo XII cuando llegan a su máximo esplendor. Los tribunales de amor, hacían comparecer a los culpables de alguna falta de amor, los jueces sopesaban la falta, imponían una pena proporcionada, ordenaban la ruptura o prescribían la forma de reconciliación; y sus sentencias, llamadas arrets d’amour, que durante mucho tiempo constituyeron en Occitania un verdadero código legal, gozaban de tal relevancia que todos las respetaban.

    Veamos una cita de Stendhal, datada en 1822. En el apéndice de De l’amour leemos, “...hubo Cortes de Amor desde el año 1150 hasta el 1200. Esto es lo que se ha probado, pero probablemente la existencia de las Cortes de Amor se remonta a una época muy anterior.

    Las damas que se reunían en las Cortes de Amor fallaban sobre cuestiones de derecho, por ejemplo, si el amor puede existir entre personas casadas, o bien sobre casos particulares que sometían a su juicio los amantes.

    Las Cortes de Amor se regían por: primero, la Teoría de la Cortesía, uno de cuyos párrafos rige: “no debes ser amante de varias mujeres. Pero sí debes, en una sola, servir a todas, mostrándote de todas devoto”. Segundo, Preceptos de Amor, con un total de trece:

    1º. Huye de la avaricia como de una plaga peligrosa y practica la liberalidad.

    2º. Evita siempre la mentira.

    3º. No seas maledicente.

    4º. No divulgues los secretos de los amantes.

    5º. No tengas varios confidentes de tu amor.

    6º. Resérvate para tu amante.

    7º. No trates a sabiendas de apartar a tu prójimo de su amiga.

    8º. No busques el amor de una mujer que de algún modo te avergonzara desposar.

    9º. Estate siempre atento a los requerimientos de las damas.

    10º. Trata siempre de ser digno de pertenecer a la caballería del amor.

    11º. En toda circunstancia muéstrate fino y cortés.

    12º. Al entregarte a los placeres del amor, no sobrepases nunca los deseos de tu amante.

    13º.  Así des o recibas los placeras del amor, observa siempre cierto pudor.

    Y, tercero, las Reglas de Amor:

    1º.  El pretexto del matrimonio no es una excusa válida contra el amor.

    2º. Quien no es celoso no puede amar.

    3º. Nadie puede tener dos amantes a la vez.

    4º. El amor siempre debe disminuir o aumentar.

    5º. No tiene ningún sabor lo que el amante obtiene sin el consentimiento de su amada.

    6º. El hombre no puede amar sino después de la pubertad.

    7º. Al morir uno de los amantes, el que sobrevive esperará dos años.

    8º. Nadie, sin razón suficiente, debe ser privado del objeto de su amor.

    9º. Nadie ama verdaderamente, si no está impulsado por la esperanza del amor.

    10º. El amor abandona siempre el domicilio de la avaricia.

    11º. No conviene amar a una dama a la que uno se avergonzaría desposar.

    12º. El verdadero amante no desea otros besos que los de su amada.

    13º. El amor rara vez dura cuando se lo divulga demasiado.

    14º. Una conquista fácil quita al amor su validez; una conquista difícil, lo acrecienta.

    15º. Todo amante debe palidecer en presencia de su amada.

    16º. A la vista súbita de su amada, el corazón del amante debe estremecerse.

    17º. Amor nuevo expulsa al viejo.

    18º. Sólo los merecimientos nos hacen dignos de amar.

    19º. Cuando el amor disminuye, se debilita con rapidez, y rara vez se recupera.

    20º. El enamorado es siempre tímido.

    21º. Los celos verdaderos siempre acrecientan el amor.

    22º. Una sola sospecha en cuanto a la amada, y los celos y el ardor de amar aumentan.

    23º. Ni come ni duerme aquel a quien carcome una pasión de amor.

    24º. Cualquier acto del amante termina con el pensamiento de la amada.

    25º. El verdadero amante no halla nada bueno en lo que a su amada no le place.

    26º. El amante no rehusa nada a su amada.

    27º. El amante no se harta nunca de los placeres de su amada.

    28º. La menor presunción empuja al amante hacia las peores sospechas sobre su amada.

    29º. No ama verdaderamente quien ama con demasiada lujuria.

    30º. El verdadero amante está siempre absorto en la imagen de su amada.

    31º. Nada impide a una mujer ser amada por dos hombres, ni a un hombre ser amado por dos mujeres.

    Algunas de estas reglas nos parecen inalcanzables en estos tiempos.

    Los sociólogos tienen la inmensa ventaja de explicar, a veces claramente, cómo las religiones y los movimientos culturales nacen en determinado medio, y no en otro, y por qué causas sociales enraízan y se desarrollan con mayor o menor éxito. No es difícil explicar las causas de la expansión del catarismo; conectan directamente con los intereses sociales. La doctrina cátara paulatinamente se convertirá en la causa de todas las clases: los nobles simpatizaban con los cátaros porque querían apropiarse de los bienes de la Iglesia y sustraerse a su tutela, de este modo se liberaban de los dos castigos más temidos, la excomunión y el entredicho. La burguesía de los siglos XII y XIII, porque quería obtener rentabilidad de su dinero; los plebeyos podrían ahogar su precaria situación de desposeídos en un ideal que les exhortaba a burlar y desacreditaba el orden feudal establecido y, las mujeres, en general, para liberarse de la potestas patriarcal. Recuérdese que para la mujer siempre ha primado la lucha de sexos sobre la lucha de clases, y en el catarismo ellas desempeñaban un papel de igualdad con el hombre.

    Este aspecto sociológico se nos presenta aparentemente claro. Lo que ya no vemos tan claro es ¿por qué la moral cátara y la vida social y cultural occitanas marchaban al unísono? Es cierto que sin inmiscuirse la una en la otra; cierto también que dando pruebas de una gran tolerancia mutua.

 

 

 

 

 

 

 

 

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