A LAS CENIZAS DE UN AMANTE PUESTAS EN UN RELOJ DE ARENA.
Esta que te señala de los años las horas de que gozas en empeño muda ceniza, y en cristal pequeño, lengua que te refiere desengaños, un tiempo fue Lisardo, a quien engaños de Filis, su querido ingrato dueño, trasladaron del uno al otro sueño: ¡prevente, huésped, en ajenos daños! En tanto estrecho al miserable puso el incendio de amor y la aspereza de condición esquiva y desdeñosa; póstumo el polvo guarda el primer uso inobediente a la naturaleza: padeció vivo y muerto no reposa.
A LA MUERTE DEL REY DE SUECIA
Aquel soberbio intento en que se viera si no feliz, constante la osadía; el que asombro del orbe parecía, el que esperaban que castigo fuera, despareció veloz como la esfera que forma el agua de la lluvia fría, o cual despide al fallecer el día fingida estrella la región primera; y en su fin, de la pólvora la llama que con lo breve y material del daño envuelve los ejemplos que eterniza, dio fuego a lo mentido de la fama, calor a la razón, luz al engaño, humo a la envidia, a la ambición ceniza.
DOS AMANTES AUSENTES SE SOÑARON JUNTOS
Soñando yo, pensé que no dormía y Celia imaginó que no soñaba: ella que a mi deseo se fiaba y yo que a su belleza merecía. La unión que a nuestras almas asistía al sentido interior se trasladaba que los dos corazones animaba y sus alas solícito batía. Con vuelo igual de la fingida gloria el término llegó al postrer empeño y la dulce ilusión desaparece, pero dejó gustosa la memoria el suceso feliz, que si fue sueño, ¿cuándo el pasado bien no lo merece?