Tienes razón, el alma sobre todo; pero detrás, el cuerpo insoslayable. Por una vez perdona que te hable de verdad, a mi gusto y a mi modo. Estamos amasados con el lodo mismo de Adán, parduzco y deleznable, pero también, oh cándida inflamable, cáustico y más con la avidez del yodo. Ladra un perro de sangre por las venas. Pide su pan y tensa las cadenas y nos crispa el silencio con su aullido. Démosle, pues, para que calle y coma, y alcémonos después, cóndor, paloma, mientras él queda a nuestros pies dormido.