Tu soledad de nieve reclinada, virginal y sencilla, en mi memoria, como agua fiel de fatigada noria viene a regar mi voz enamorada. ¡Cómo recrea el alma sosegada la penumbra y dulzor de aquella historia con resplandores de tardía gloria entre abejas y frutos constelada! ¡Oh, delicada llama, ardor primero velado en llanto y celestial mirada, par del trino, la fuente y la azucena! Mírame combatido y prisionero volver a tu ilusión breve y tronchada como un temblor en la desierta arena.
A LA PIEDRA DEL MOLINO EN TIERRA.
El recto andar del agua prisionera se hizo círculo y copla en tus ardores, pan de roca, en tu danza molinera, alegres de tus albas mis rumores. Sol de espigas, tus labios giradores, labios del llanto, pesadez ligera, enmudecen tu amarga primavera, luna muerta en el llanto de las flores. Hoy te miro, descanso del camino, moneda del recuerdo abandonada en la quieta nostalgia del molino. Cíclope triste, el ojo sin mirada y la forma andadora sin destino, en el eje del aire atravesada.
EL IDILIO QUE SÓLO FUE MIRADA.
Es, si en olvidos dolorosos entro, tu voz jamás oída la que grita. Fuiste eterno después y eterna cita que no cumplió el minuto del encuentro. Como órbita turbada por su centro que en fugas torna y el contacto evita, con la certeza del amor escrita, vivías lejos y latías dentro. Ni caricia ni voz se conocieron, ni el aire sospechó nuestros amores que en un tiempo sin horas se durmieron. Ojos tuvo el amor, siembra sin flores, y en aquellos sin llanto que me vieron aún me verán las lágrimas que llores.
MEMORIA.
Y resbaló el amor estremecido por las mudas orillas de tu ausencia. La noche se hizo cuerpo de tu esencia y el campo abierto se plegó vencido. Un ayer de tus labios en mi oído, una huella sonora, una cadencia, hizo flor de latidos tu presencia en el último borde del olvido. Viniste sobre un aire de amapolas. Como suspiros estallando rojos, bajo el ardor de las estrellas plenas, los labios avenzaron como olas. Y sumido en el sueño de tus ojos murió el dolor en las floridas venas.