Verano, agosto: declinaba el día, pintado el cielo de vapores rojos, y volvían, pisando los rastrojos, dos niños -ella y él- a la alquería. Ella callaba; el chiquitín decía: "Yo era un soldado, y cuanto ven tus ojos, no eran parvas de trigo, eran despojos de una batalla en la que yo vencía". "Pero, ¿y yo?" "Deja, espera: ebrio de gloria, yo volvía después de la victoria y a ti, que eres la reina, te llamaba..." "No..., no...; la reina es poca cosa; yo era -dijo la chiquitina- una enfermera; ¡y tú estabas herido... y te curaba!"
LA NOVIA.
La casita escondía, entre rosales, la humildad de su gracia acogedora; la aldea apenas palpitaba en la hora de las primeras nieblas matinales. Desparramando un vuelo de pardales, pasa la diligencia atronadora; mira a la casa el estudiante y llora su corazón, volando a los cristales. Ella le ha visto; entreabre la ventana, y una mirada azul en la mañana pone el jirón de su saludo tierno... Pasó habre y frío en la ciudad distante, luchó, sufrió... ¡mas, para el estudiante, fué todo el orbe azul aquel invierno!
LA MADRE.
Reíate la vida y tú reías, mientras que cupe niño en tu regazo y mientras fué la forma de tu abrazo el molde y la corona de mis días. Mas creció el niño. Y cuando tú creías que nunca había de aflojarse el lazo, necesidad fué ley que, de un hachazo, separó tus pisadas y las mías. Yo iba lejos... Ya tú no me aguardabas; sola, en casa, gemías, esperabas... "¿Y aquello era vivir..?" A Dios le hablaste, te hallamos muerta un día sobre el lecho; tu alma voló, metiéndose en mi pecho, ¡Y nunca más de mí te separaste!