¡Con qué ligeros pasos vas corriendo! ¡Oh, cómo te me ausentas, tiempo vano! ¡Ay, de mi bien y de mi ser tirano, cómo tu altivo brazo voy sintiendo! Detenerte pensé, pasaste huyendo; seguite, y ausentástete liviano; gastete a ti en buscarte, ¡oh, inhumano!: mientras más te busqué, te fui perdiendo. Ya conozco tu furia, ya, humillado, de tu guadaña pueblo los despojos; ¡oh, amargo desengaño no admitido! Ciego viví, y al fin desengañpado, hecho Argos de mi mal, con tristes ojos huir te veo, y veo te he perdido.
PIDIÉNDOLE PIEDAD DE SUS MALES AL AMOR.
Amor, déjame; Amor, queden perdidos tantos días en ti, por ti gastados; queden, queden suspiros empleados, bienes, Amor, por tuyos, ya queridos. Mis ojos ya los dejo consumidos, y en sus lágrimas propias anegados; mis sentidos, ¡oh, Amor!, de ti usurpados, queden por tus injurias más sentidos. Deja que sólo el pecho, cual rendido, desnudo salga de tu esquivo fuego, perdido quede, Amor, ya lo perdido. ¡Muévate (no podrá ), cruel, mi ruego! Más yo sé que te hubiera enternecido, si me vieras, Amor, ¡mas eres ciego!
HABLÁNDOLE UN AUSENTE A LA FUENTE
Lloras, oh, solitario, y solamente tu llanto te acompaña, que, lloroso, el eco usurpa deste valle umbroso y triste oficio desta dulce fuente. ¡Ay, cómo en escucharte alivio siente mi pecho, en sus diluvios caudaloso! A no ser natural tu son quejoso, mereciera una ausencia tu corriente. Lloremos juntos, pues, y dure tanto que al brío desta fuente presurosa le dilate sus términos el llanto. Mas vencerá mi ausencia querellosa, pues de una ausente ingrata el dulce encanto es causa a más efectos poderosa.
A LA MUDANZA DEL TIEMPO
Aún no exceder su madre el cuello exento miré de aqueste chopo levantado; sin brazos le vi y sombra, aún no buscado por ella el caminante o por aliento. En su niñez le vi; ya el blando viento resuena entre sus galas abrazado; galán está, mas dellas despojado; a Enero ha de sufrir rigor violento. Más veces lo veré, si el alma dura al desusado ardor que ciñe el pecho, pues su muerte su exceso le asegura. Esto veré: mas en mi ardor deshecho, ausente de mi pecho tu hermosura, no: tal milagro en mí tu rostro ha hecho.
AL TAPARSE Y DESTAPARSE UNA DAMA
Mirásteme, vi el Sol, y en bellos lazos ciño -dulce ceñir- mi rostro y frente. Hízose ocaso su divino Oriente; tomó la noche el hemisferio en brazos. Temí -bien pude- ¡oh, Lisi!, sus abrazos, diralo bien quien de mis males siente; lloré -y amargo fue-, como ausente, robos del alma en sus oscuros brazos. Rompí el silencio de su tez oscura, con desiguales quejas, y a mi llanto mostró, ¡oh, Lisi!, tu Sol su frente pura. Dio nuevas della al alma alegre el canto: tal puede en mi tu Sol, tal tu hermosura; tal el no verte, Lisi, el verte tanto.
A LAS PENAS DEL AMOR, INMORTALES
Hambriento desear, dulce apetito, hambriento apetecer, dulce deseo, detened el rigor, ¡ay!, ya, pues veo mi negro día en vuestro enojo escrito. Mientras con más calor os solicito vuestro ardiente querer, mi dulce empleo, por más que el bien a vuestro bien rodeo, huye el remedio término infinito. Sin duda moriré, pues que mis bienes alimentan hambrientos a mis males. Tú, dulce apetecer, la culpa tienes. Muriendo, de sus penas desiguales pecho, será imposible te enajenes; hijos del alma son, son inmortales.