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"...Tomarla en mis brazos, besar aquel trozo de piel donde el cabello dorado se convertía en una pelusilla blanca y sedosa. El perfume dulzón mezclándose con otro aroma, el mío; su mano que descansa en mi vientre, y las puntas de sus dedos que descienden tamborileando hacia la cumbre de mis muslos; abrir las piernas y adelantar las caderas; rodar y revolcarnos enredadas en una masa de brazos y piernas; estremecimiento salvaje y la habitación que se fragmenta en trocitos y se disuelve..."
Fragmento de "Beatriz y los cuerpos celestes"
de Lucía Etxebarria
Un cigarrillo a medio consumir
Consumidas las dos terceras partes del menú, volvimos al tema con la complicidad propia de aquellas adolescentes que hacía veinte y tantos años habían ser jurado amigas siempre y que en los últimos tiempos sólo tenían oportunidad de verse una vez al año, precisamente a primeros de diciembre, en tránsito al extranjero. Ella venía a saludar a sus familiares, a dejar los obsequios de Navidad a sus amigos, mientras, en alguna playa de moda, le esperaban su esposo y sus hijos para unas largas vacaciones. El tiempo, era insuficiente para compartir tantas confidencias, y las dos horas cortando mi jornada laboral para almorzar juntas, se agotaba ...
Saltándonos el postre, le sugerí que tomáramos el café en mi oficina, a lo cual accedió reconociendo que el café de los restaurantes perdía su sabor y aroma en menos de media hora... y que estaría algunos días sin beber un café recién colado. Así que pagamos apresuradamente la cuenta no sin antes dejarle una buena propina al maitre.
El trayecto a la oficina era corto, y cuando llegamos no habían regresado de sus respectivos descansos el resto de empleados. Luego de poner a punto la cafetera, nos fuimos al baño... Mientras ella encendía un cigarrillo, yo opté por clarear la oprobiosa mancha de patilla en mi falda blanca.
Entonces, cometí la torpeza de desvestirme delante de ella. El cigarrillo quedó a medio consumir...
Cuentos de Pocatontas
Introducción
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