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John LOCKE (1632-1704)  


El "padre" del liberalismo en el siglo XVIII

Datos recogidos por el Dr. Ignacio Medina




LOCKE, John (1632-1704) y el Liberalismo del siglo XVIII.

 

La tolerancia en Locke, Voltaire y Montesquieu

 

1. John Locke fue un filósofo inglés, fundador de la escuela del empirismo y llamado también el padre del liberalismo. Locke nació en el pueblo de Wrington, Somerset, el 29 de agosto de 1632. Estudió en la Universidad de Oxford e impartió clases de griego, retórica y filosofía moral en Oxford desde 1661 hasta 1664. En 1667 inició su relación con el estadista inglés Anthony Ashley Cooper, primer conde de Shaftesbury, de quien fue amigo, consejero y médico. Shaftesbury consiguió para Locke algunos cargos menores en el Gobierno. En 1669, en una de sus funciones oficiales, Locke escribió una constitución para los propietarios de la colonia de Carolina, en Norteamérica, pero nunca se aplicó.

 

En 1675, después de que el liberal Shaftesbury hubiera perdido el favor de la corona, Locke se estableció en Francia. Regresó a Inglaterra en 1679, pero debido a su oposición a la Iglesia católica romana, que contaba con el apoyo de la monarquía inglesa de esa época, pronto tuvo que regresar al continente. Desde 1683 hasta 1688 vivió en Holanda, y tras la llamada Revolución gloriosa de 1688 y la restauración del protestantismo, Locke regresó una vez más a Inglaterra. El nuevo rey Guillermo III de Orange nombró a Locke para que desempeĖara el ministerio de Comercio en 1696, cargo del que dimitió en 1700 debido a una enfermedad. Murió en Oates el 28 de octubre de 1704.

 

La concepción empirista de Locke hizo hincapié en la importancia de la experiencia de los sentidos en la búsqueda del conocimiento en vez de la especulación intuitiva o la deducción. La doctrina empirista fue expuesta por primera vez por el filósofo y estadista inglés Francis Bacon a principios del siglo XVII, pero Locke la dotó de una expresión sistemática en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). Afirmaba que la mente de una persona en el momento del nacimiento es como una tabula rasa, una hoja en blanco sobre la que la experiencia imprime el conocimiento, y no creía en la intuición o teorías de las concepciones innatas. También mantenía que todos nacen buenos, independientes e iguales.

 

Teorías políticas:

 

En la teoría política, Locke criticó en sus dos Tratados sobre el gobierno civil (1690) la teoría del derecho divino de los reyes y la naturaleza del Estado tal y como estaba concebido por el filósofo y teórico político inglés Thomas Hobbes. En resumen, Locke afirmó que la soberanía no reside en el Estado sino en la gente, y que el Estado es supremo pero sólo si respeta la ley civil y la que él llamó ley "natural". Locke mantuvo más tarde que la revolución no sólo era un derecho, sino, a menudo, una obligación y abogó por un sistema de control y equilibrio en el Gobierno, que tenía que tener tres ramas, siendo la legislativa más importante que la ejecutiva o la judicial. También creía en la libertad religiosa y en la separación de la Iglesia y el Estado.

La influencia de Locke en la filosofía moderna ha sido muy grande y, con su aplicación del análisis empírico a la ética, política y religión, se convirtió en uno de los filósofos más importantes y controvertidos de todos los tiempos. También escribió Pensamientos sobre la educación (1693) y Racionabilidad del cristianismo (1695).

 

Acerca del liberalismo.

 

Se trata de una concepción moderna de la sociedad tanto a nivel económico, político y hasta filosófico que aboga como premisa principal por el desarrollo de la libertad personal individual y, a partir de ésta, por el progreso de la sociedad. Surgió en el contexto de la lucha contra el absolutismo particularmente en el siglo XVIII. Hoy en día se considera que el objetivo político del nuevo liberalismo es la democracia, pero en el pasado muchos liberales consideraban este sistema de gobierno como algo poco saludable por alentar la participación de las masas en la vida política. A pesar de ello, el liberalismo acabó por confundirse con los movimientos que pretendían transformar el orden social existente mediante la profundización de la democracia. Debe distinguirse pues entre el liberalismo que propugna el cambio social de forma gradual y flexible, y el radicalismo, que considera el cambio social como algo fundamental que debe realizarse a través de distintos principios de autoridad.

 

El desarrollo del liberalismo en un país concreto, desde una perspectiva general, se halla condicionado por el tipo de gobierno con que cuente ese país. Por ejemplo, en los países en que los estamentos políticos y religiosos están disociados, el liberalismo implica, en síntesis, cambios políticos y económicos. En los países confesionales o en los que la Iglesia goza de gran influencia sobre el Estado, el liberalismo ha estado históricamente unido al anticlericalismo. En política interior, los liberales se oponen a las restricciones que impiden a los individuos ascender socialmente, a las limitaciones a la libertad de expresión o de opinión que establece la censura y a la autoridad del Estado ejercida con arbitrariedad e impunidad sobre el individuo. En política internacional los liberales se oponen al predominio de intereses militares en los asuntos exteriores, así como a la explotación colonial de los pueblos indígenas, por lo que han intentado implantar una política cosmopolita de cooperación internacional. En cuanto a la economía, los liberales han luchado contra los monopolios y las políticas de Estado que han intentado someter la economía a su control. Respecto a la religión, el liberalismo se ha opuesto tradicionalmente a la interferencia de la Iglesia en los asuntos públicos y a los intentos de grupos religiosos para influir sobre la opinión pública.

 

A veces se hace una distinción entre el llamado liberalismo negativo y el liberalismo positivo. Entre los siglos XVII y XIX, los liberales lucharon en primera línea contra la opresión, la injusticia y los abusos de poder, al tiempo que defendían la necesidad de que las personas ejercieran su libertad de forma práctica, concreta y material. Hacia mediados del siglo XIX, muchos liberales desarrollaron un programa más pragmático que abogaba por una actividad constructiva del Estado en el campo social, manteniendo la defensa de los intereses individuales. Los seguidores actuales del liberalismo más antiguo rechazan este cambio de actitud y acusan al liberalismo pragmático de autoritarismo camuflado. Los defensores de este tipo de liberalismo argumentan que la Iglesia y el Estado no son los únicos obstáculos en el camino hacia la libertad, y que la pobreza también puede limitar las opciones en la vida de una persona, por lo que aquélla debe ser controlada por la autoridad real.

 

La primera expresión del liberalismo fue el Humanismo. Después de la edad media, el liberalismo se expresó quizá por primera vez en Europa bajo la forma del humanismo, que reorientaba el pensamiento del siglo XV para el que el mundo (y el orden social), emanaba de la voluntad divina. En su lugar, se tomaron en consideración las condiciones y potencialidad de los seres humanos. El humanismo se desarrolló aún más con la invención de la imprenta que incrementó el acceso de las personas al conocimiento de los clásicos griegos y romanos. La publicación de versiones en lenguas vernáculas de la Biblia favoreció la elección religiosa individual. Durante el renacimiento el humanismo se impregnó de los principios que regían las artes y la especulación filosófica y científica. Durante la Reforma protestante, en algunos países de Europa, el humanismo luchó con intensidad contra los abusos de la Iglesia oficial. Según avanzaba el proceso de transformación social, los objetivos y preocupaciones del liberalismo evolucionaron. Pervivió, sin embargo, una filosofía social humanista que buscaba el desarrollo de las oportunidades de los seres humanos, y así también las alternativas sociales, políticas y económicas para la expresión personal a través de la eliminación de los obstáculos a la libertad individual.

 

El liberalismo moderno

 

En el siglo XVII, durante la Guerra Civil inglesa, algunos miembros del Parlamento empezaron a debatir ideas liberales como la ampliación del sufragio, el sistema legislativo, las responsabilidades del gobierno y la libertad de pensamiento y opinión. Las polémicas de la época engendraron uno de los clásicos de las doctrinas liberales: Areopagitica (1644), un tratado del poeta y prosista John Milton en el que éste defendía la libertad de pensamiento y de expresión. Uno de los mayores oponentes al pensamiento liberal, el filósofo Thomas Hobbes, contribuyó sin embargo al desarrollo del liberalismo a pesar de que apoyaba una intervención absoluta y sin restricciones del Estado en los asuntos de la vida pública. Hobbes pensaba que la verdadera prueba para los gobernantes debía ser por su efectividad y no por su apoyo doctrinal a la religión o a la tradición. Su pragmático punto de vista sobre el gobierno, que defendía la igualdad de los ciudadanos, allanó el camino hacia la crítica libre al poder y hacia el derecho a la revolución, conceptos que el propio Hobbes repudiaba con virulencia. Uno de los primeros y más influyentes pensadores liberales fue el filósofo inglés John Locke. En sus escritos políticos defendía la soberanía popular, el derecho a la rebelión contra la tiranía y la tolerancia hacia las minorías religiosas.

 

Según el pensamiento de Locke y de sus seguidores, el Estado no existe para la salvación espiritual de los seres humanos sino para servir a los ciudadanos y garantizar sus vidas, su libertad y sus propiedades bajo una constitución. Gran parte de las ideas de Locke se ven reflejadas en la obra del pensador político y escritor inglés Thomas Paine, según el cual la autoridad de una generación no puede transmitirse a sus herederos, que si bien el Estado puede ser necesario eso no lo hace menos malo, y que la única religión que se puede pedir a las personas libres es la creencia en un orden divino. Thomas Jefferson también se adhirió a las ideas de Locke en la Declaración de Independencia y en otros discursos en defensa de la revolución, en los que atacaba al gobierno paternalista y defendía la libre expresión de las ideas.

 

En Francia la filosofía de Locke fue rescatada y enriquecida por la Ilustración francesa y de forma más destacable por el escritor y filósofo Voltaire, el cual insistía en que el Estado era superior a la Iglesia y pedía la tolerancia para todas las religiones, la abolición de la censura, un castigo más humano hacia los criminales y una organización política sólida que se guiara sólo por leyes dirigidas contra las fuerzas opuestas al progreso social y a las libertades individuales. Para Voltaire, al igual que para el filósofo y dramaturgo francés Denis Diderot, el Estado es un mecanismo para la creación de felicidad y un instrumento activo diseĖado para controlar a una nobleza y una Iglesia muy poderosas. Ambos consideraban ambas instituciones como las dedicadas con mayor intemperancia al mantenimiento de las antiguas formas de poder. En EspaĖa y Latinoamérica, a comienzos del siglo XIX se generalizó entre los pensadores y políticos ilustrados una poderosa corriente de opinión liberal. La propia palabra ‘liberal’ aplicada a cuestiones políticas y de partido se utilizó por vez primera en las sesiones de las Cortes de Cádiz y sirvió para caracterizar a uno de los grupos allí presentes. Entre los primeros y más destacados pensadores y políticos liberales espaĖoles se hallaban el jurista Agustín de Argüelles, el conde de Toreno y Álvaro Flórez Estrada, entre otros. En Latinoamérica, las nuevas ideas de los ilustrados de los siglos XVII y XIX ejercieron notable influencia y tanto los escritores franceses, como los ingleses y los padres de la independencia en Estados Unidos, además de los liberales espaĖoles, fueron conocidos, estudiados y leídos con gran fruición, generando una profunda influencia en su proceso de emancipación e independencia respecto de EspaĖa.

 

El utilitarismo

 

En Gran BretaĖa el liberalismo fue elaborado por la escuela utilitarista, principalmente por el jurista Jeremy Bentham y por su discípulo, el economista John Stuart Mill. Los utilitaristas reducían todas las experiencias humanas a placer y dolor, y sostenían que la única función del Estado consistía en incrementar el bienestar y reducir el sufrimiento pues si bien las leyes son un mal, son necesarias para evitar males mayores. El liberalismo utilitarista tuvo un efecto benéfico en la reforma del código penal británico. Bentham demostró que el duro código del siglo XVIII era antieconómico y que la indulgencia no sólo era inteligente sino también digna. Mill defendió el derecho del individuo a actuar en plena libertad, aunque sea en su propio detrimento. Su obra Sobre la libertad (1859) es una de las reivindicaciones más elocuentes y ricas de la libertad de expresión.

 

El liberalismo en transición

 

A mediados del siglo XIX, el desarrollo del constitucionalismo, la extensión del sufragio, la tolerancia frente a actitudes políticas diferentes, la disminución de la arbitrariedad gubernativa y las políticas tendentes a promover la felicidad hicieron que el pensamiento liberal ganara poderosos defensores en todo el mundo. A pesar de su tendencia crítica hacia Estados Unidos, para muchos viajeros europeos era un modelo de liberalismo por el respeto a la pluralidad cultural, su énfasis en la igualdad de todos los ciudadanos y por su amplio sentido del sufragio. A pesar de todo, en ese momento el liberalismo llegó a una crisis respecto a la democracia y al desarrollo económico. Esta crisis sería importante para su posterior desarrollo. Por un lado, algunos demócratas como el escritor y filósofo francés Jean-Jacques Rousseau no eran liberales. Rousseau se oponía a la red de grupos privados voluntaristas que muchos liberales consideraban esenciales para el movimiento. Por otro lado, la mayor parte de los primeros liberales no eran demócratas. Ni Locke ni Voltaire creyeron en el sufragio universal y la mayor parte de los liberales del siglo XIX temían la participación de las masas en la política pues opinaban que las llamadas clases más desfavorecidas no estaban interesadas en los valores fundamentales del liberalismo, es decir que eran indiferentes a la libertad y hostiles a la expresión del pluralismo social. Muchos liberales se ocuparon de preservar los valores individuales que se identificaban con una ordenación política y social aristocrática. Su lugar como críticos de la sociedad y como reformadores pronto sería retomada por grupos más radicales como los socialistas.

 

El liberalismo económico.

 

La crisis respecto al poder económico era aún más profunda. Una parte de la filosofía liberal era el modo de entender la economía de los llamados economistas clásicos como los británicos Adam Smith y David Ricardo. En economía los liberales se oponían a las restricciones sobre el mercado y apoyaban la libertad de las empresas privadas. Pensadores como el estadista John Bright se opusieron a legislaciones que fijaban un máximo a las horas de trabajo basándose en que reducían la libertad y en que la sociedad, y sobre todo la economía, se desarrollaría más cuanto menos regulada estuviera. Al desarrollarse el capitalismo industrial durante el siglo XIX, el liberalismo económico siguió caracterizado por una actitud negativa hacia la autoridad estatal. Las clases trabajadoras consideraban que estas ideas protegían los intereses de los grupos económicos más poderosos, en especial de los fabricantes, y que favorecían una política de indiferencia e incluso de brutalidad hacia las clases trabajadoras. Estas clases, que habían empezado a tener conciencia política y un poder organizado, se orientaron hacia posturas políticas que se preocupaban más de sus necesidades, en especial, hacia los partidos socialistas.

 

El resultado de esta crisis en el pensamiento económico y social fue la aparición del liberalismo pragmático. Como se ha dicho, algunos liberales modernos, como el economista anglo-austriaco Friedrich August von Hayek, consideran la actitud de los liberales pragmáticos como una traición hacia los ideales liberales. Otros, como los filósofos británicos Thomas Hill Green y Bernard Bosanquet conocidos como los idealistas de Oxford, desarrollaron el llamado liberalismo orgánico, en el que defendían la intervención activa del estado como algo positivo para promover la realización individual, que se conseguiría evitando losmonopolios económicos, acabando con la pobreza y protegiendo a las personas en la incapacidad por enfermedad, desempleo o vejez. También llegaron a identificar el liberalismo con la extensión de la democracia.

A pesar de la transformación en la filosofía liberal a partir de la segunda mitad del siglo XIX, todos los liberales modernos están de acuerdo en que su objetivo común es el aumento de las oportunidades de cada individuo para poder llegar a realizar todo su potencial humano. (Enciclopedia Microsoft Encarta 99).

 

 

 

La Revolución Etica.

Por JUAN MARIA ALPONTE

(Tomado del periódico Excelsior. Sábado 12 de Febrero del 2000)

Locke y Voltaire, la Tolerancia y la Libertad * Se Hizo Posible el Desarrollo Moral, no Sólo Económico. * Hacer Cumplir la ley, la Misión de un Gobierno Elegido. * Montesquieu Mostró que con los que Gritan no se Avanza.

 

Voltaire -bautizado en la parroquia de Saint-André-des-Arts de París bajo el nombre de Francois Arouet, es decir, el mismo nombre que su padre, notario y consejero real- tenía 69 aĖos cuando publicó, en un momento crítico de lucha por los derechos humanos y la libertad, un libro que consagraría un combate: "Traité sur la Tolérance", "Tratado sobre la Tolerancia".

John Locke, filósofo y médico inglés, había publicado su "Carta Sobre la Tolerancia" (A Letter Concerning Toleration) en 1689-1690. Contaba su autor, cuando publicó ese breve texto y sus "Dos Tratados Sobre el Gobierno", 56 aĖos. Escribiría su "Carta de la Tolerancia" cuando Inglaterra, en 1688, había consagrado, históricamente, el camino hacia el régimen parlamentario y la división de poderes. Antes, no se olvide, de la Revolución industrial. Primero se creó un nuevo régimen político que haría posible el desarrollo. No sólo el económico, sino el moral.

 

La batalla de Voltaire: el caso Jean Calas

 

Voltaire se encontraba, en 1762, en su bella mansión de Ferney, cercana a la Ginebra calvinista (decía que cuando le perseguían en Suiza, Ferney era Francia y cuando le perseguían en Francia, Ferney estaba a un paso de la Ginebra libre) cuando un comerciante de origen protestante, Dominique Audibert, que acababa de abandonar Toulouse, le hizo un relato, apremiante y terrible, de un juicio en el que el Estado y la Iglesia habían cometido, en nombre del absolutismo y el fanatismo, un terrible error que había llevado al suplicio, a la tortura y el despedazamiento de su cuerpo, en nombre de la "Justicia", a un tejedor. El caso de Jean Calas entraba, ese día, en la historia humana. Nadie lo sabía aún.

 

El 13 de octubre de 1761, hacia las 10 de la noche, en la calle de los Filatiers de Toulouse, un padre de familia, el tejedor hugonote, es decir, protestante o luterano, de 68 aĖos, se encontró en el centro de un drama. Acaba de terminar de cenar la familia. Todos eran protestantes, menos su hijo Louis, católico, al cual pasaba el padre una ayuda para que pudiera vivir. Convivencia pacífica, sin fanatismo, en una sociedad que todavía no había resuelto la coexistencia entre las dos religiones que se habían combatido a muerte, durante dos siglos, en los campos de batalla de Europa y que había dejado en París, en 1572, una memoria trágica: la Noche de San Bartolomé. Noche terrible, cierto, la del 24 de agosto de 1572. Durante ella se procedió, sistemáticamente, a la matanza de todos los hugonotes. ņDos mil? ņTres mil? Aún se duda. La reina Catalina de Médicis aparece, sin certidumbre total, como el punto de referencia para aquella massacre; aquella de Saint-Barthélemy.

 

El 13 de octubre de 1761, en la noche, toda la calle de los Calas despertó por unos gritos desgarradores. La familia y un amigo de la casa habían encontrado en la planta baja a un hijo de Jean Calas, Marco-Antonio, muerto. El amigo corrió hacia la calle Coq en busca de un médico. Cuando regresó la calle estaba alborotada y el jefe de la policía criminal, David Beaudrige, un integrista, estaba en la casa con unas decenas de policías. A la luz de las velas se revisó el cadáver y se encontraron rastros de estrangulamiento. Inmediatamente, sin más, se encontró un culpable y un motivo: que Jean Calas y los suyos habían asesinado a Marco-Antonio porque se iba a convertir al catolicismo. Se descartó cualquier otra causa y, sin más, se hizo artículo de fe que se trataba de un horrible crimen religioso del padre, que tenía una convivencia ejemplar con su otro hijo católico, contra un joven que pensaba -nadie pudo probarlo- abandonar la religión de los padres.

La verdad era otra. Marco Antonio, joven violento, con numerosos problemas económicos y amorosos, se había colgado. La familia cuando le descubrió, aterrorizados, le tendió sobre tierra, intentó reanimarle, pero inútilmente. En aquel momento sabían que un suicida deshonraba a una familia entera -así era el tiempo histórico- y que el cuerpo de un suicida no tenía derecho a la tierra santa y, por tanto, sería arrojado al horror de un baldío. La máquina represiva, partiendo de una idea fija (dejando al margen los problemas de Marco-Antonio y los versos obscenos que le encontraron en las bolsas, lo que no propiciaba, en nada, la idea de un camino místico hacia la abjuración religiosa), convirtió el drama familiar en el crimen de un padre hugonote. Todo ello condujo a toda la familia ante una mascarada: un juicio execrable y fanático. No existía nada más que un motivo y una responsabilidad. ņPara qué investigar más?

 

Los Calas explicaron todo a los jueces. Lavaysse, el amigo que estaba en la casa, declaró que él mismo había cortado la cuerda del ahorcado. Toda la familia, sin más, fue declarada cómplice. Jean Calas fue torturado y condenado a muerte. El verdugo, con una barra de hierro le quebró, sucesivamente, las piernas y los brazos. El cuerpo dislocado fue exhibido. Todavía se oyeron sus últimas palabras. Constan en el sumario que se conserva por entero y que fueron sólo estas: "He dicho la verdad, muero inocente".  El verdugo terminó su trabajo estrangulándole. Se quemaron, públicamente, sus restos. Duró dos horas el sacrificio ritual. Era el 9 de marzo de 1762. Los hombres de la Enciclopedia y la Ilustración, Diderot, D’Alambert, Rousseau, Voltaire, estaban vivos. Voltaire llegó a París en la exaltación moral. Todo su nombre, todo su peso intelectual y todo su poder lo puso en un texto memorable exigiendo, en el régimen absoluto de Luis XVI, la revisión de un juicio inicuo.

 

Ante el asombro colectivo, ese acto de valor, en el momento decisivo, cambió la historia. El régimen, infalible y de derecho divino, aceptó la revisión. Voltaire puso su fortuna, su talento, su ingenio, su energía en la apelación a los testigos, reveló las contradicciones del sumario, hizo patentes los fanatismos, demostró que la decisión adoptada por los jueces, desde el principio, se fundó en el prejuicio. En 1765, el tribunal rectificó, Jean Calas ya martirizado y quemado, destruida la honra de su familia, separada y desahuciada por la sociedad, se encontraría con la rehabilitación de su nombre y el de los suyos. La justicia tuvo que asumir su plena injusticia. Fue un hecho memorable. En ese mismo aĖo Voltaire publicaba el "Tratado Sobre la Tolerancia". En su última página recuperaba el nombre de Jean Calas, para la historia, como prueba del horror de la intolerancia y el prejuicio. Dice Voltaire que cuando se hizo pública la rehabilitación del tejedor hugonote "París vivió un día de alegría universal. La gente se atropellaba en las plazas y se visitaba, masivamente, a la infortunada familia". Eso ocurrió el 9 de marzo, en ese mismo día, tres aĖos antes, despedazado y quemado su cuerpo, había muerto Jean Calas. El "Tratado de la Tolerancia" es inseparable de ese inmenso valor moral, en el Estado absoluto, de la lucha por la justicia. Voltaire nos consuela de la iniquidad.

 

John Locke y "la revolución gloriosa".

 

El ensayo de Locke, su "Carta sobre la Tolerancia", se publicó 40 ó 41 aĖos después de la Revolución parlamentaria. El Parlamento, levantado contra el rey Carlos I de Inglaterra (por vez primera en la historia del régimen de derecho divino), llevaría al monarca, el día 30 de la helada maĖana de enero de 1649, al patíbulo en el escenario prodigioso de Whitehall. Fue el fin de una guerra civil entre dos instituciones (no entre caudillos legendarios y arbitrarios) perfectamente definidas: el Parlamento y la Monarquía absoluta. El ejército parlamentario derrotó al ejército del rey en aquel aĖo y en aquel mes histórico bajo al dirección de Olivier Cromwell.

El lunes 23 de enero de 1649 comenzó el juicio. El Parlamento acusaba al rey de abuso de poder (fue una batalla contra el poder fiscal y lo arbitrario de la justicia bajo el control del monarca y poder eclesial) y traición. El rey, sentado, inició su defensa ante el procurador general Cook: "He protestado contra la ilegalidad de mi detención porque ningún poder de la tierra tiene derecho a juzgarme: yo soy vuestro rey". SeĖaló que sólo él era la fuente del derecho y la legitimidad. Ningún tribunal podía condenarle. El era la ley y estaba por encima de las leyes. Ese fue el debate histórico. Todavía es actual. Durante casi una semana, en un proceso atenido a la existencia de una nueva legitimidad, el poder parlamentario representando al pueblo se dirimió un impresionante combate dialéctico. Tenemos el proceso íntegro. Día por día. Carlos I seĖaló que ninguna autoridad terrenal le había nombrado y que la monarquía no era electiva, sino hereditaria y dependía, su juicio, solamente, de Dios. El 30 de enero de 1649 Carlos I, después del voto parlamentario (por un sólo voto en contra), fue ejecutado.

 

La República comenzaba bajo el régimen parlamentario y el liderazgo de Cromwell. Cuando Cromwell murió en 1658 no se había resuelto –cuestión extremadamente compleja como pasó después de la ejecución de Luis XVI en Francia en 1793-, el tema institucional. En 1660 se restableció la monarquía en el hijo de Carlos I, es decir, Carlos II, pero en 1688, en el seno de un gran conflicto político, religioso y cultural, el Parlamento nombró y eligió, él mismo, a un nuevo rey, extranjero, Guillermo III de Orange, y desde su ascenso al trono, en 1689, quedaría establecida, históricamente, la Revolución gloriosa, es decir, la Revolución parlamentaria, imponiendo un monarca y creando las condiciones sociales, culturales y jurídico-políticas que fundarían ya el régimen parlamentario -antes de la Revolución industrial Revolución política- como un verdadero Poder Legislativo, es decir, con un rey constitucional, sometido a la ley, y un Poder Judicial autónomo.

 

En ese momento decisivo, el genio, lúcido, de John Locke arrojó, a la candela de la vida inglesa y europea, dos libros que coronarían el edificio comenzado en el patíbulo de Carlos I: su "Carta Sobre la Tolerancia" y su estudio sobre las formas de gobierno. Un viajero universal, procedente de la Francia absolutista que viera el juicio de Jean Calas, viviría, en Inglaterra, durante un tiempo. Allí descubrió que se podía gobernar en nombre de instituciones (una institución, en sociología, es un "hecho social") y del Derecho. Ese viajero asombroso fue el barón de Montesquieu. En 1748 publicaba en Ginebra (donde Voltaire fue casi un ciudadano de la libertad, como Rousseau), sin nombre aún, un libro que sería la herramienta de la democracia: "El Espíritu de las Leyes". En ese texto asombroso se seĖalaba que la Constitución de un país se basa en la separación o división de Poderes (un Poder Legislativo, un Poder Ejecutivo y un Poder Judicial autónomos y separados) y que, sin esa separación, aunque exista la Constitución, así no más, esa Constitución no existe. Radicalismo ético total para un hombre moderado como era Montesquieu. Con los que gritan no se avanza, se retrocede y se da la razón a los dinosaurios. Los dinosaurios temen a Montesquieu; nunca a los que gritan.

 

En 1749 "El Espíritu de las Leyes" rompió todas las barreras nacionales y se transformó en el fundamento jurídico-político de la democracia. Rousseau, implacable, seĖalaría, a su vez, -en el contrato social- que el gobierno elegido por el pueblo tiene una doble misión: hacer cumplir la ley y garantizar las libertades. Sobre esa concepción, inseparable de la tolerancia, y la tolerancia inseparable del Estado de Derecho y la libertad sobrevuelan, con Montesquieu, dos contemporáneos: John Locke y Francois Marie Arouet, llamado Voltaire, cuyos libros estuvieron -la historia devora la estupidez humana- en el índice de los libros prohibidos: "Prohibido prohibir", dijeron, lúdicos, los estudiantes de París de 1968. Así es la vida: corta, admirable y eterna.