MI MADRE Era tan blanca como la azucena, y su acento tan puro y cristalino, que al deshojarse parecía el trino, de un ave que en el bosque se enajena. ¡Madre mía! Tu voz en mí resuena, como el canto del cielo más divino. ¡Y qué triste sin ti todo el camino, bajo el palio tendido de mi pena...! Eran tus manos como níveas rosas. Eras menuda como flor de huerto. Y es mi pecho una cuna en que reposas. Y en mi carne tu esencia me florece, ahuyentando el dolor de mi desierto, como rosal de amor que crece y crece.