Immanuel
Kant
Señor:
Fomentar
el progreso de las ciencias, en la parte en que cada uno puede hacerlo, es
trabajar en el interés de Vuestra Excelencia; pues éste se halla íntimamente
unido con aquéllas, no sólo por el elevado puesto de protector que ocupáis,
sino porque tenéis con las ciencias la íntima relación de un aficionado y de un
conocedor ilustrado de las mismas. Por eso hago uso del único medio que está en
cierto modo a mi alcance, para testimoniar mi agradecimiento por la confianza
con que Vuestra Excelencia ha querido honrarme, considerándome capaz de
contribuir en algo a sus propósitos.
A la
misma favorable atención con que Vuestra Excelencia honró la primera edición de
esta obra, dedico ahora esta segunda; y le encomiendo al mismo tiempo también
las demás circunstancias de mi vocación literaria. Soy con la más profunda
veneración de Vuestra Excelencia súbdito y obediente servidor,
IMMANUEL
KANT
Königsberg,
el 23 Abril 1787
Si la
elaboración de los conocimientos que pertenecen a la obra de la razón, lleva o
no la marcha segura de una ciencia, es cosa que puede pronto juzgarse por el
éxito. Cuando tras de numerosos preparativos y arreglos, la razón tropieza, en
el momento mismo de llegar a su fin; o cuando para alcanzar éste, tiene que
volver atrás una y otra vez y emprender un nuevo camino; así mismo, cuando no
es posible poner de acuerdo a los diferentes colaboradores sobre la manera cómo
se ha de perseguir el propósito común; entonces puede tenerse siempre la
convicción de que un estudio semejante está muy lejos de haber emprendido la
marcha segura de una ciencia y de que, por el contrario, es más bien un mero
tanteo. Y es ya un mérito de la razón el descubrir, en lo posible, ese camino,
aunque haya que renunciar, por vano, a mucho de lo que estaba contenido en el
fin que se había tomado antes sin reflexión.
Que la lógica
ha llevado ya esa marcha segura desde los tiempos más remotos, puede colegirse,
por el hecho de que, desde Aristóteles, no ha tenido que dar un paso
atrás, a no ser que se cuenten como correcciones la supresión de algunas
sutilezas inútiles o la determinación más clara de lo expuesto, cosa empero que
pertenece más a la elegancia que a la certeza de la ciencia. Notable es también
en ella el que tampoco hasta ahora hoy ha podido dar un paso adelante. Así
pues, según toda apariencia, hállase conclusa y perfecta. Pues si algunos
modernos han pensado ampliarla introduciendo capítulos, ya psicológicos
sobre las distintas facultades de conocimiento (la imaginación, el ingenio), ya
metafísicos sobre el origen del conocimiento o la especie diversa de
certeza según la diversidad de los objetos (el idealismo, escepticismo,
etc...), ya antropológicos sobre los prejuicios (sus causas y sus
remedios), ello proviene de que desconocen la naturaleza peculiar de esa
ciencia. No es aumentar sino desconcertar las ciencias, el confundir los
límites de unas y otras. El límite de la lógica empero queda determinado con
entera exactitud, cuando se dice que es una ciencia que no expone al detalle y
demuestra estrictamente más que las reglas formales de todo pensar (sea este a
priori o empírico, tenga el origen o el objeto que quiera, encuentre en
nuestro ánimo obstáculos contingentes o naturales).
Si la
lógica ha tenido tan buen éxito, debe esta ventaja sólo a su carácter limitado,
que la autoriza y hasta la obliga a hacer abstracción de todos los objetos del
conocimiento y su diferencia. En ella, por tanto, el entendimiento no tiene que
habérselas más que consigo mismo y su forma. Mucho más difícil tenía que ser,
naturalmente, para la razón, el emprender el camino seguro de la ciencia,
habiendo de ocuparse no sólo de sí misma sino de objetos. Por eso la lógica,
como propedéutica, constituye solo por decirlo así el vestíbulo de las ciencias
y cuando se habla de conocimientos, se supone ciertamente una lógica para el
juicio de los mismos, pero su adquisición ha de buscarse en las propias y
objetivamente llamadas ciencias.
Ahora
bien, por cuanto en estas ha de haber razón, es preciso que en ellas algo sea
conocido a priori, y su conocimiento puede referirse al objeto de dos
maneras: o bien para determinar simplemente el objeto y su concepto
(que tiene que ser dado por otra parte) o también para hacerlo real. El
primero es conocimiento teórico, el segundo conocimiento práctico de
la razón. La parte pura de ambos, contenga mucho o contenga poco, es
decir, la parte en donde la razón determina su objeto completamente a
priori, tiene que ser primero expuesta sola, sin mezclarle lo que procede
de otras fuentes; pues administra mal quien gasta ciegamente los ingresos, sin
poder distinguir luego, en los apuros, qué parte de los ingresos puede soportar
el gasto y qué otra parte hay que librar de él.
La
matemática y la física son los dos conocimientos teóricos de la razón que
deben determinar sus objetos a priori; la primera con entera pureza,
la segunda con pureza al menos parcial, pero entonces según la medida de otras
fuentes cognoscitivas que las de la razón.
La matemática
ha marchado por el camino seguro de una ciencia, desde los tiempos más remotos
que alcanza la historia de la razón humana, en el admirable pueblo griego. Mas
no hay que pensar que le haya sido tan fácil como a la lógica, en donde la
razón no tiene que habérselas más que consigo misma, encontrar o mejor dicho
abrirse ese camino real; más bien creo que ha permanecido durante largo tiempo
en meros tanteos (sobre todo entre los egipcios) y que ese cambio es de
atribuir a una revolución, que la feliz ocurrencia de un sólo hombre
llevó a cabo, en un ensayo, a partir del cual, el carril que había de tornarse
ya no podía fallar y la marcha segura de una ciencia quedaba para todo tiempo y
en infinita lejanía, emprendida y señalada. La historia de esa revolución del
pensamiento, mucho más importante que el descubrimiento del camino para doblar
el célebre cabo, y la del afortunado que la llevó a bien, no nos ha sido
conservada. Sin embargo, la leyenda que nos trasmite Diógenes Laercio, quien
nombra al supuesto descubridor de los elementos mínimos de las demostraciones
geométricas, elementos que, según el juicio común, no necesitan siquiera de
prueba, demuestra que el recuerdo del cambio efectuado por el primer
descubrimiento de este nuevo camino, debió parecer extraordinariamente
importante a los matemáticos y por eso se hizo inolvidable. El primero que
demostró el triángulo isósceles (háyase llamado Thales o como
se quiera), percibió una luz nueva; pues encontró que no tenía que inquirir lo
que veía en la figura o aún en el mero concepto de ella y por decirlo así
aprender de ella sus propiedades, sino que tenía que producirla, por medio de
lo que, según conceptos, él mismo había pensado y expuesto en ella a priori
(por construcción), y que para saber seguramente algo a priori, no
debía atribuir nada a la cosa, a no ser lo que se sigue necesariamente de
aquello que él mismo, conformemente a su concepto, hubiese puesto en ella.
La física
tardó mucho más tiempo en encontrar el camino de la ciencia; pues no hace más
que siglo y medio que la propuesta del judicioso Bacon de Verulam ocasionó
en parte -o quizá más bien dio vida, pues ya se andaba tras él- el
descubrimiento, que puede igualmente explicarse por una rápida revolución
antecedente en el pensamiento. Voy a ocuparme aquí de la física sólo en cuanto
se funda sobre principios empíricos.
Cuando Galileo
hizo rodar por el plano inclinado las bolas cuyo peso había él mismo determinado;
cuando Torricelli hizo soportar al aire un peso que de antemano había
pensado igual al de una determinada columna de agua; cuando más tarde Stahl
transformó metales en cal y ésta a su vez en metal, sustrayéndoles y
devolviéndoles algo, entonces percibieron todos los físicos una luz nueva.
Comprendieron que la razón no conoce más que lo que ella misma produce según su
bosquejo; que debe adelantarse con principios de sus juicios, según leyes
constantes, y obligar a la naturaleza a contestar a sus preguntas, no empero
dejarse conducir como con andadores; pues de otro modo, las observaciones
contingentes, los hechos sin ningún plan bosquejado de antemano, no pueden
venir a conexión en una ley necesaria, que es sin embargo lo que la razón busca
y necesita. La razón debe acudir a la naturaleza llevando en una mano sus
principios, según los cuales tan sólo los fenómenos concordantes pueden tener
el valor de leyes, y en la otra el experimento, pensado según aquellos
principios; así conseguirá ser instruida por la naturaleza, mas no en calidad
de discípulo que escucha todo lo que el maestro quiere, sino en la de juez
autorizado, que obliga a los testigos a contestar a las preguntas que les hace.
Y así la misma física debe tan provechosa revolución de su pensamiento, a la
ocurrencia de buscar (no imaginar) en la naturaleza, conformemente a lo que la
razón misma ha puesto en ella, lo que ha de aprender de ella y de lo cual por
si misma no sabría nada. Solo así ha logrado la física entrar en el camino
seguro de una ciencia, cuando durante tantos siglos no había sido más que un
mero tanteo.
La metafísica,
conocimiento especulativo de la razón, enteramente aislado, que se alza por
encima de las enseñanzas de la experiencia, mediante meros conceptos (no como
la matemática mediante aplicación de los mismos a la intuición), y en donde por
tanto la razón debe ser su propio discípulo, no ha tenido hasta ahora la
fortuna de emprender la marcha segura de una ciencia; a pesar de ser más vieja
que todas las demás y a pesar de que subsistiría aunque todas las demás
tuvieran que desaparecer enteramente, sumidas en el abismo de una barbarie
destructora. Pues en ella tropieza la razón continuamente, incluso cuando
quiere conocer a priori (según pretende) aquellas leyes que la experiencia
más ordinaria confirma. En ella hay que deshacer mil veces el camino, porque se
encuentra que no conduce a donde se quiere; y en lo que se refiere a la
unanimidad de sus partidarios, tan lejos está aún de ella, que más bien es un
terreno que parece propiamente destinado a que ellos ejerciten sus fuerzas en
un torneo, en donde ningún campeón ha podido nunca hacer la más mínima
conquista y fundar sobre su victoria una duradera posesión. No hay pues duda
alguna de que su método, hasta aquí, ha sido un mero tanteo y, lo que es peor,
un tanteo entre meros conceptos.
Ahora
bien ¿a qué obedece que no se haya podido aún encontrar aquí un camino seguro
de la ciencia? ¿Es acaso imposible? Mas ¿por qué la naturaleza ha introducido
en nuestra razón la incansable tendencia a buscarlo como uno de sus más
importantes asuntos? Y aún más ¡cuán poco motivo tenemos para confiar en
nuestra razón, si, en una de las partes más importantes de nuestro anhelo de
saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con ilusiones, para acabar
engañándonos! O bien, si solo es que hasta ahora se ha fallado la buena vía,
¿qué señales nos permiten esperar que en una nueva investigación seremos más
felices que lo han sido otros antes?
Yo
debiera creer que los ejemplos de la matemática y de la física, ciencias que,
por una revolución llevada a cabo de una vez, han llegado a ser lo que ahora
son, serían bastante notables para hacernos reflexionar sobre la parte esencial
de la transformación del pensamiento que ha sido para ellas tan provechosa y se
imitase aquí esos ejemplos, al menos como ensayo, en cuanto lo permite su
analogía, como conocimientos de razón, con la Metafísica. Hasta ahora se
admitía que todo nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos; pero
todos los ensayos, para decidir a priori algo sobre estos, mediante
conceptos, por donde sería extendido nuestro conocimiento, aniquilábanse en esa
suposición. Ensáyese pues una vez si no adelantaremos más en los problemas de
la metafísica, admitiendo que los objetos tienen que regirse por nuestro
conocimiento, lo cual concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un
conocimiento a priori de dichos objetos, que establezca algo sobre
ellos antes de que nos sean dados. Ocurre con esto como con el primer pensamiento
de Copérnico quien, no consiguiendo explicar bien los movimientos
celestes si admitía que la masa toda de las estrellas daba vueltas alrededor
del espectador, ensayó si no tendría mayor éxito haciendo al espectador dar
vueltas y dejando en cambio las estrellas inmóviles. En la metafísica se puede
hacer un ensayo semejante, por lo que se refiere a la intuición de los
objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la constitución de los
objetos, no comprendo como se pueda a priori saber algo de ella. ¿Rígese
empero el objeto (como objeto de los sentidos) por la constitución de nuestra
facultad de intuición?, entonces puedo muy bien representarme esa posibilidad.
Pero como no puedo permanecer atenido a esas intuiciones, si han de llegar a
ser conocimientos, sino que tengo que referirlas, como representaciones, a algo
como objeto, y determinar este mediante aquéllas, puedo por tanto: o bien
admitir que los conceptos, mediante los cuales llevo a cabo esa
determinación, se rigen también por el objeto y entonces caigo de nuevo en la
misma perplejidad sobre el modo como pueda saber a priori algo de él;
o bien admitir que los objetos o, lo que es lo mismo, la experiencia, en
donde tan sólo son ellos (como objetos dados) conocidos, se rige por esos
conceptos y entonces veo en seguida una explicación fácil; porque la
experiencia misma es un modo de conocimiento que exige entendimiento, cuya
regla debo suponer en mí, aún antes de que me sean dados objetos, por lo tanto a
priori, regla que se expresa en conceptos a priori, por los que
tienen pues que regirse necesariamente todos los objetos de la experiencia y
con los que tienen que concordar. En lo que concierne a los objetos, en cuanto
son pensados sólo por la razón y necesariamente, pero sin poder (al menos tales
como la razón los piensa) ser dados en la experiencia, proporcionarán, según
esto, los ensayos de pensarlos (pues desde luego han de poderse pensar) una
magnífica comprobación de lo que admitimos como método transformado del
pensamiento, a saber: que no conocemos a priori de las cosas más que
lo que nosotros mismos ponemos en ellas.
Este
ensayo tiene un éxito conforme al deseo y promete a la metafísica, en su
primera parte (es decir en la que se ocupa de conceptos a priori, cuyos
objetos correspondientes pueden ser dados en la experiencia en conformidad con
ellos), la marcha segura de una ciencia. Pues según este cambio del modo de
pensar, puede explicarse muy bien la posibilidad de un conocimiento a
priori y, más aún, proveer de pruebas satisfactorias las leyes
que están a priori a la base de la naturaleza, como conjunto de los
objetos de la experiencia; ambas cosas eran imposibles según el modo de
proceder hasta ahora seguido. Pero de esta deducción de nuestra facultad de
conocer a priori, en la primera parte de la metafísica,
despréndese un resultado extraño y al parecer muy desventajoso para el fin
total de la misma, que ocupa la segunda parte, y es a saber: que con esa
facultad no podemos salir jamás de los límites de una experiencia posible, cosa
empero que es precisamente el afán más importante de esa ciencia. Pero en esto
justamente consiste el experimento para comprobar la verdad del resultado de
aquella primera apreciación de nuestro conocimiento a priori de razón,
a saber: que éste se aplica sólo a los fenómenos y, en cambio considera la cosa
en sí misma, si bien real por sí, como desconocida para nosotros. Pues lo que
nos impulsa a ir necesariamente más allá de los límites de la experiencia y de
todos los fenómenos, es lo incondicionado, que necesariamente y con
pleno derecho pide la razón, en las cosas en sí mismas, para todo condicionado,
exigiendo así la serie completa de las condiciones. Ahora bien, ¿encuéntrase
que, si admitimos que nuestro conocimiento de experiencia se rige por los
objetos como cosas en sí mismas, lo incondicionado no pude ser pensado sin
contradicción; y que en cambio, desaparece la contradicción, si
admitimos que nuestra representación de las cosas, como ellas nos son dadas, no
se rige por ellas como cosas en sí mismas, sino que más bien estos efectos,
como fenómenos, se rigen por nuestro modo de representación? ¿Encuéntrase por
consiguiente que lo incondicionado ha de hallarse no en las cosas en cuanto las
conocemos (nos son dadas), pero sí en ellas en cuanto no las conocemos, o sea
como cosas en sí mismas? Pues entonces se muestra que lo que al comienzo
admitíamos solo por vía de ensayo, está fundado. Ahora bien, después de haber
negado a la razón especulativa todo progreso en ese campo de lo suprasensible,
quédanos por ensayar si ella no encuentra, en su conocimiento práctico, datos
para determinar aquel concepto transcendente de razón, aquel concepto de lo
incondicionado y, de esa manera, conformándose al deseo de la metafísica,
llegar más allá de los límites de toda experiencia posible con nuestro
conocimiento a priori, aunque sólo en un sentido práctico. Con su
proceder, la razón especulativa nos ha proporcionado por lo menos sitio para
semejante ampliación, aunque haya tenido que dejarlo vacío, autorizándonos por
tanto, más aún, exigiéndonos ella misma que lo llenemos, si podemos, con sus
datos prácticos.
En ese
ensayo de variar el proceder que ha seguido hasta ahora la metafísica,
emprendiendo con ella una completa revolución, según los ejemplos de los
geómetras y físicos, consiste el asunto de esta crítica de la razón pura
especulativa. Es un tratado del método, no un sistema de la ciencia misma; pero
sin embargo, bosqueja el contorno todo de la ciencia, tanto en lo que se
refiere a sus límites, como también a su completa articulación interior. Pues
la razón pura especulativa tiene en sí esto de peculiar, que puede y debe medir
su propia facultad, según la diferencia del modo como elige objetos para el
pensar; que puede y debe enumerar completamente los diversos modos de
proponerse problemas y así trazar el croquis entero de un sistema de
metafísica. Porque, en lo que a lo primero atañe, nada puede ser atribuido a
los objetos en el conocimiento a priori, sino lo que el sujeto
pensante toma de sí mismo; y, en lo que toca a lo segundo, es la razón pura
especulativa, con respecto a los principios del conocimiento, una unidad
totalmente separada, subsistente por sí, en la cual cada uno de los miembros
está, como en un cuerpo organizado, para todos los demás, y todos para uno, y
ningún principio puede ser tomado con seguridad, en una relación, sin
haberlo al mismo tiempo investigado en la relación general con todo el
uso puro de la razón. Por eso tiene la metafísica una rara fortuna, de la que
no participa ninguna otra ciencia de razón que trate de objetos (pues la lógica
ocúpase sólo de la forma del pensamiento en general); y es que si por medio de
esta crítica queda encarrilada en la marcha segura de una ciencia, puede
comprender enteramente el campo de los conocimientos a ella pertenecientes y
terminar por tanto su obra, dejándola para el uso de la posteridad, como una
construcción completa; porque no trata más que de principios de las
limitaciones de su uso, que son determinadas por aquellos mismos. A esa
integridad está pues obligada como ciencia fundamental, de ella debe poder
decirse: nil actum reputans, si quid superesset agendum.
Pero se
preguntará: ¿cuál es ese tesoro que pensamos dejar a la posteridad con
semejante metafísica, depurada por la crítica, y por ella también reducida a un
estado inmutable? En una pasajera inspección de esta obra, se creerá percibir
que su utilidad no es más que negativa, la de no atrevernos nunca, con
la razón especulativa, a salir de los límites de la experiencia; y en realidad
tal es su primera utilidad. Ésta empero se torna pronto en positiva, por
cuanto se advierte que esos principios, con que la razón especulativa se atreve
a salir de sus límites, tienen por indeclinable consecuencia, en realidad, no
una ampliación, sino, considerándolos más de cerca, una reducción de
nuestro uso de la razón; ya que ellos realmente amenazan ampliar
descomedidamente los límites de la sensibilidad, a que pertenecen propiamente,
y suprimir así del todo el uso puro (práctico) de la razón. Por eso una crítica
que limita la sensibilidad, si bien en este sentido es negativa, sin
embargo, en realidad, como elimina de ese modo al mismo tiempo un obstáculo que
limita y hasta amenaza aniquilar el uso puro práctico, resulta de una utilidad positiva,
y muy importante, tan pronto como se adquiere la convicción de que hay un
uso práctico absolutamente necesario de la razón pura (el moral), en el cual
ésta se amplía inevitablemente más allá de los límites de la sensibilidad; para
ello no necesita, es cierto, ayuda alguna de la especulativa, pero sin embargo,
tiene que estar asegurada contra su reacción, para no caer en contradicción
consigo misma. Disputar a este servicio de la crítica su utilidad positiva,
sería tanto como decir que la policía no tiene utilidad positiva alguna, pues
que su ocupación principal no es más que poner un freno a las violencias que
los ciudadanos pueden temer unos de otros, para que cada uno vaque a sus
asuntos en paz y seguridad. Que espacio y tiempo son solo formas de la
intuición sensible, y por tanto sólo condiciones de la existencia de las cosas
como fenómenos; que nosotros además no tenemos conceptos del entendimiento y
por tanto tampoco elementos para el conocimiento de las cosas, sino en cuanto a
esos conceptos puede serles dada una intuición correspondiente; que
consiguientemente nosotros no podemos tener conocimiento de un objeto como cosa
en sí misma, sino sólo en cuanto la cosa es objeto de la intuición sensible, es
decir como fenómeno; todo esto queda demostrado en la parte analítica de la
Crítica. De donde se sigue desde luego la limitación de todo posible
conocimiento especulativo de la razón a los meros objetos de la experiencia.
Sin embargo, y esto debe notarse bien, queda siempre la reserva de que
esos mismos objetos, como cosas en sí, aunque no podemos conocerlos, podemos
al menos pensarlos. Pues si no, seguiríase la proposición absurda de
que habría fenómeno sin algo que aparece. Ahora bien vamos a admitir que no se
hubiere hecho la distinción, que nuestra Crítica ha considerado necesaria,
entre las cosas como objetos de la experiencia y esas mismas cosas como cosas
en sí. Entonces el principio de la casualidad y por tanto el mecanismo de la
naturaleza en la determinación de la misma, tendría que valer para todas las
cosas en general como causas eficientes. Por lo tanto, de uno y el mismo ser,
v. g. del alma humana, no podría yo decir que su voluntad es libre y que al
mismo tiempo, sin embargo, está sometida a la necesidad natural, es decir, que
no es libre, sin caer en una contradicción manifiesta; porque habría tomado el
alma, en ambas proposiciones, en una y la misma significación, a
saber, como cosa en general (como cosa en sí misma). Y, sin previa crítica, no
podría tampoco hacer de otro modo. Pero si la Crítica no ha errado, enseñando a
tomar el objeto en dos significaciones, a saber como fenómeno y como
cosa en sí misma; si la deducción de sus conceptos del entendimiento es exacta
y por tanto el principio de la casualidad se refiere sólo a las cosas tomadas
en el primer sentido, es decir a objetos de la experiencia, sin que estas cosas
en su segunda significación le estén sometidas; entonces una y la misma
voluntad es pensada, en el fenómeno (las acciones visibles), como necesariamente
conforme a la ley de la naturaleza y en este sentido como no libre, y
sin embargo, por otra parte, en cuanto pertenece a una cosa en sí misma, como
no sometida a esa ley y por tanto como libre, sin que aquí se cometa
contradicción. Ahora bien, aunque mi alma, considerada en este último aspecto,
no la puedo conocer por razón especulativa (y menos aún por la
observación empírica), ni por tanto puedo tampoco conocer la libertad,
como propiedad de un ser a quien atribuyo efectos en el mundo sensible, porque
tendría que conocer ese ser como determinado según su existencia, y, sin
embargo, no en el tiempo (cosa imposible, pues no puedo poner intuición alguna
bajo mi concepto), sin embargo, puedo pensar la libertad, es decir que
la representación de ésta no encierra contradicción alguna, si son ciertas
nuestra distinción crítica de ambos modos de representación (el sensible y el
intelectual) y la limitación consiguiente de los conceptos puros del
entendimiento y por tanto de los principios que de ellos dimanan. Ahora bien,
supongamos que la moral presupone necesariamente la libertad (en el sentido más
estricto) como propiedad de nuestra voluntad, porque alega a priori principios
que residen originariamente en nuestra razón, como datos de ésta, y
que serían absolutamente imposibles sin la suposición de la libertad;
supongamos que la razón especulativa haya demostrado, sin embargo, que la
libertad no se puede pensar en modo alguno, entonces necesariamente aquella
presuposición, es decir la moral, debería ceder ante ésta, cuyo contrario
encierra una contradicción manifiesta, y por consiguiente la libertad y
con ella la moralidad (pues su contrario no encierra contradicción
alguna, a no ser que se haya ya presupuesto la libertad) deberían dejar el
sitio al mecanismo natural. Mas para la moral no necesito más sino que
la libertad no se contradiga a sí misma y que, por tanto, al menos sea
pensable, sin necesidad de penetrarla más, y que no ponga pues obstáculo alguno
al mecanismo natural de una y la misma acción (tomada en otra relación);
resulta pues, que la teoría de la moralidad mantiene su puesto y la teoría de
la naturaleza el suyo, cosa que no hubiera podido ocurrir si la crítica no nos
hubiera previamente enseñado nuestra inevitable ignorancia respecto de las cosas
en sí mismas y no hubiera limitado a meros fenómenos lo que podemos conocer
teóricamente. Esta misma explicación de la utilidad positiva de los
principios críticos de la razón pura, puede hacerse con respecto al concepto de
Dios y de la naturaleza simple de nuestra alma. La omito sin
embargo, en consideración a la brevedad. Así pues, no puedo siquiera admitir
Dios, la libertad y la inmortalidad para el uso práctico
necesario de mi razón, como no cercene al mismo tiempo a la razón especulativa
su pretensión de conocimientos transcendentes. Porque ésta, para llegar a tales
conocimientos, tiene que servirse de principios que no alcanzan en realidad más
que a objetos de la experiencia posible, y por tanto, cuando son aplicados, sin
embargo, a lo que no puede ser objeto de la experiencia, lo transforman
realmente siempre en fenómeno y declaran así imposible toda ampliación
práctica de la razón pura. Tuve pues que anular el saber, para
reservar un sitio a la fe; y el dogmatismo de la metafísica, es decir
el prejuicio de que puede avanzarse en metafísica, sin crítica de la razón
pura, es la verdadera fuente de todo descreimiento opuesto a la moralidad, que
siempre es muy dogmático. Así pues, no siendo difícil, con una metafísica
sistemática, compuesta según la pauta señalada por la crítica de la razón pura,
dejar un legado a la posteridad, no es éste un presente poco estimable. Basta
comparar lo que es la cultura de la razón mediante la marcha segura de una
ciencia, con el tanteo sin fundamento y el vagabundeo superficial de la misma
sin crítica; o advertir también cuanto mejor empleará aquí su tiempo una
juventud deseosa de saber, que en el dogmatismo corriente, que inspira tan
tempranos y poderosos alientos, ya para sutilizar cómodamente sobre cosas de
que no entiende nada y en las que no puede, como no puede nadie en el mundo,
conocer nada, ya para acabar inventando nuevos pensamientos y opiniones, sin
cuidarse de aprender las ciencias exactas. Pero sobre todo se reconocerá el
valor de la crítica, si se tiene en cuenta la inapreciable ventaja de poner un
término, para todo el porvenir, a los ataques contra la moralidad y la
religión, de un modo socrático, es decir por medio de la prueba clara
de la ignorancia de los adversarios. Pues alguna metafísica ha habido siempre
en el mundo y habrá de haber en adelante; pero con ella también surgirá una
dialéctica de la razón pura, pues es natural a ésta. Es pues el primer y más
importante asunto de la filosofía, quitarle todo influjo desventajoso, de una
vez para siempre, cegando la fuente de los errores.
Tras esta
variación importante en el campo de las ciencias y la pérdida que de
sus posesiones, hasta aquí imaginadas, tiene que soportar la razón
especulativa, todo lo que toca al interés universal humano y a la utilidad que
el mundo ha sacado hasta hoy de las enseñanzas de la razón pura, sigue en el
mismo provechoso estado en que estuvo siempre. La pérdida alcanza sólo al monopolio
de las escuelas, pero de ningún modo al interés de los hombres. Yo
pregunto al dogmático más inflexible si la prueba de la duración de nuestra
alma después de la muerte, por la simplicidad de la substancia; si la de la
libertad de la voluntad contra el mecanismo universal, por las sutiles, bien
que impotentes distinciones entre necesidad práctica subjetiva y objetiva; si
la de la existencia de Dios por el concepto de un ente realísimo (de la
contingencia de lo variable y de la necesidad de un primer motor) han llegado
jamás al público, después de salir de las escuelas y han tenido la menor
influencia en la convicción de las gentes. Y si esto no ha ocurrido, ni puede
tampoco esperarse nunca, por lo inadecuado que es el entendimiento ordinario
del hombre para tan sutil especulación; sí, en cambio, en lo que se refiere al
alma, la disposición que todo hombre nota en su naturaleza, de no poder nunca
satisfacerse con lo temporal (como insuficiente para las disposiciones de todo
su destino) ha tenido por sí sola que dar nacimiento a la esperanza de una vida
futura; si en lo que se refiere a la libertad, la mera presentación clara
de los deberes, en oposición a las pretensiones todas de las inclinaciones, ha
tenido por sí sola que producir la conciencia de la libertad; si,
finalmente en lo que a Dios se refiere, la magnífica ordenación, la belleza y
providencia que brillan por toda la naturaleza ha tenido, por sí sola, que
producir la fe en un sabio y grande creador del mundo, convicción que
se extiende en el público en cuanto descansa en fundamentos racionales;
entonces estas posesiones no sólo siguen sin ser estorbadas, sino que ganan más
bien autoridad, porque las escuelas aprenden, desde ahora, a no preciarse de
tener, en un punto que toca al interés universal humano, un conocimiento más
elevado y amplio que el que la gran masa (para nosotros dignísima de respeto)
puede alcanzar tan fácilmente, y a limitarse por tanto a cultivar tan sólo esas
pruebas universalmente comprensibles y suficientes en el sentido moral. La
variación se refiere pues solamente a las arrogantes pretensiones de las
escuelas, que desean en esto (como hacen con razón en otras muchas cosas) se
las tenga por únicas conocedoras y guardadoras de semejantes verdades, de las
cuales sólo comunican al público el uso, y guardan para sí la clave (quodmecum
nescit, solus vult scire videri). Sin embargo se ha tenido en cuenta aquí
una equitativa pretensión del filósofo especulativo. Éste sigue siempre siendo
el exclusivo depositario de una ciencia, útil al público que la ignora, a
saber, la crítica de la razón, que no puede nunca hacerse popular. Pero tampoco
necesita serlo; porque, así como el pueblo no puede dar entrada en su cabeza
como verdades útiles, a los bien tejidos argumentos, de igual modo nunca llegan
a su sentido las objeciones contra ellos, no menos sutiles. En cambio, como la
escuela y asimismo todo hombre que se eleve a la especulación, cae
inevitablemente en argumentos y réplicas, está aquella crítica obligada a
prevenir de una vez para siempre, por medio de una investigación fundamentada
de los derechos de la razón especulativa, el escándalo que tarde o temprano ha
de sentir el pueblo, por las discusiones en que los metafísicos (y, como tales,
también al fin los sacerdotes) sin crítica se complican irremediablemente y que
falsean después sus mismas doctrinas. Sólo por medio de esta crítica pueden
cortarse de raíz el materialismo, el fatalismo, el ateísmo,
el descreimiento de los librepensadores, el misticismo y la superstición,
que pueden ser universalmente dañinos, finalmente también el idealismo
y el escepticismo, que son peligros más para las escuelas y que no
pueden fácilmente llegar al público. Si los gobiernos encuentran oportuno el
ocuparse de los negocios de los sabios, lo más conforme a su solícita
presidencia sería, para las ciencias como para los hombres, favorecer la
libertad de una crítica semejante, única que puede dar a las construcciones de
la razón un suelo firme, que sostener el ridículo despotismo de las escuelas,
que levantan una gran gritería sobre los peligros públicos, cuando se rasga su
tejido, que el público sin embargo, jamás ha conocido y cuya pérdida por lo
tanto no puede nunca sentir.
La
crítica no se opone al proceder dogmático de la razón en su conocimiento
puro como ciencia (pues ésta ha de ser siempre dogmática, es decir,
estrictamente demostrativa por principios a priori, seguros), sino al dogmatismo,
es decir, a la pretensión de salir adelante sólo con un conocimiento puro
por conceptos (el filosófico), según principios tales como la razón tiene en
uso desde hace tiempo, sin informarse del modo y del derecho con que llega a
ellos. Dogmatismo es, pues, el proceder dogmático de la razón pura, sin
previa crítica de su propia facultad. Esta oposición, por lo tanto, no ha
de favorecer la superficialidad charlatana que se otorga el pretencioso nombre
de ciencia popular, ni al escepticismo, que despacha la metafísica toda en
breves instantes. La crítica es más bien el arreglo previo necesario para el momento
de una bien fundada metafísica, como ciencia, que ha de ser desarrollada por
fuerza dogmáticamente, y según la exigencia estricta, sistemáticamente, y, por
lo tanto, conforme a escuela (no popularmente). Exigir esto a la crítica es
imprescindible, ya que se obliga a llevar su asunto completamente a priori,
por tanto a entera satisfacción de la razón especulativa. En el desarrollo
de ese plan, que la crítica prescribe, es decir, en el futuro sistema de la
metafísica, debemos, pues, seguir el severo método del famoso Wolf, el
más grande de todos los filósofos dogmáticos, que dio el primero el ejemplo (y
así creó el espíritu de solidez científica, aún vivo en Alemania) de cómo,
estableciendo regularmente los principios, determinando claramente los conceptos,
administrando severamente las demostraciones y evitando audaces saltos en las
consecuencias, puede emprenderse la marcha segura de una ciencia. Y por eso
mismo fuera él superiormente hábil para poner en esa situación una ciencia como
la metafísica, si se le hubiera ocurrido prepararse el campo previamente por
medio de una crítica del órgano, es decir, de la razón pura misma: defecto que
no hay que atribuir tanto a él como al modo de pensar dogmático de su tiempo y
sobre el cual los filósofos de este, como de los anteriores tiempos, nada
tienen que echarse en cara. Los que rechacen su modo de enseñar y al mismo
tiempo también el proceder de la crítica de la razón pura, no pueden proponerse
otra cosa que rechazar las trabas de la Ciencia, transformar el trabajo
en juego, la certeza en opinión y la filosofía en filodoxia.
Por
lo que se refiere a esta segunda edición, no he querido, como es justo,
dejar pasar la ocasión, sin corregir en lo posible las dificultades u
obscuridades de donde puede haber surgido más de una mala interpretación que
hombres penetrantes, quizá no sin culpa mía, han encontrado al juzgar este
libro. En las proposiciones mismas y sus pruebas, así como en la forma e
integridad del plan, nada he encontrado que cambiar; cosa que atribuyo en parte
al largo examen a que los he sometido antes de presentar este libro al público,
y en parte también a la constitución de la cosa misma, es decir a la naturaleza
de una razón pura especulativa, que tiene una verdadera estructura, donde todo
es órgano, es decir donde todos están para uno y cada uno para todos y donde,
por tanto, toda debilidad por pequeña que sea, falta (error) o defecto, tiene
que advertirse imprescindiblemente en el uso. Con esta inmutabilidad se
afirmará también según espero, este sistema en adelante. Esta confianza la
justifica no la presunción, sino la evidencia que produce el experimento, por
la igualdad del resultado cuando partimos de los elementos mínimos hasta llegar
al todo de la razón pura y cuando retrocedemos del todo (pues éste también es
dado por sí mediante el propósito final en lo práctico) a cada parte, ya que el
ensayo de variar aún sólo la parte más pequeña, introduce enseguida
contradicciones no sólo en el sistema, sino en la razón universal humana.
Pero en
la exposición hay aún mucho que hacer y he intentado en esta edición
correcciones que han de poner remedio a la mala inteligencia de la estética
(sobre todo en el concepto del tiempo) a la obscuridad de la deducción de los
conceptos del entendimiento, al supuesto defecto de suficiente evidencia en las
pruebas de los principios del entendimiento puro, y finalmente a la mala
interpretación de los paralogismos que preceden a la psicología racional. Hasta
aquí (es decir hasta el final del capítulo primero de la dialéctica
transcendental) y no más, extiéndense los cambios introducidos en el modo de
exposición, porque el tiempo me venía corto y, en lo que quedaba por revisar,
no han incurrido en ninguna mala inteligencia quienes han examinado la obra con
conocimiento del asunto y con imparcialidad. Éstos, aun que no puedo nombrarlos
aquí con las alabanzas a que son acreedores, notarán por sí mismos en los
respectivos lugares, la consideración con que he escuchado sus observaciones.
Esa corrección ha sido causa empero de una pequeña pérdida para el lector, y no
había medio de evitarla, sin hacer el libro demasiado voluminoso. Consiste en
que varias cosas que, si bien no pertenecen esencialmente a la integridad del
todo, pudiera, sin embargo, más de un lector echarlas de menos con disgusto,
porque pueden ser útiles en otro sentido, han tenido que ser suprimidas o
compendiadas, para dar lugar a esta exposición, más comprensible ahora, según
yo espero. En el fondo, con respecto a las proposiciones e incluso a sus pruebas,
esta exposición no varía absolutamente nada. Pero en el método de presentarlas,
apártase de vez en cuando de la anterior de tal modo, que no se podía llevar a
cabo por medio de nuevas adiciones. Esta pequeña pérdida que puede además
subsanarse, cuando se quiera, con solo cotejar esta edición con la primera
queda compensada con creces, según yo espero, por la mayor comprensibilidad de
ésta.
He
notado, con alegría, en varios escritos públicos (ora con ocasión de dar cuenta
de algunos libros, ora en tratados particulares), que el espíritu de exactitud
no ha muerto en Alemania. La gritería de la nueva moda, que practica una genial
libertad en el pensar, lo ha pagado tan sólo por poco tiempo, y los espinosos
senderos de la crítica, que conducen a una ciencia de la razón pura, ciencia de
escuela, pero sólo así duradera y por ende altamente necesaria, no han impedido
a valerosos clarividentes ingenios, adueñarse de ella. A estos hombres de
mérito, que unen felizmente a la profundidad del conocimiento el talento de una
exposición luminosa (talento de que yo precisamente carezco), abandono la tarea
de acabar mi trabajo, que en ese respecto puede todavía dejar aquí o allá algo
que desear; pues el peligro, en este caso, no es el de ser refutado, sino el de
no ser comprendido. Por mi parte no puedo de aquí en adelante entrar en
discusiones, aunque atenderé con sumo cuidado a todas las indicaciones de
amigos y de enemigos, para utilizarlas en el futuro desarrollo del sistema,
conforme a esta propedéutica. Cógenme estos trabajos en edad bastante avanzada
(en este mes cumplo sesenta y cuatro años); y si quiero realizar mi propósito,
que es publicar la metafísica de la naturaleza y la de la moralidad, como
confirmación de la exactitud de la crítica de la razón especulativa y la de la
práctica, he de emplear mi tiempo con economía, y confiarme, tanto para la
aclaración de las obscuridades, inevitables al principio en esta obra, como
para la defensa del todo, a los distinguidos ingenios, que se han compenetrado
con mi labor. Todo discurso filosófico puede ser herido en algún sitio aislado
(pues no puede presentarse tan acorazado como el discurso matemático); pero la
estructura del sistema, considerada en unidad, no corre con ello el menor
peligro, y abarcarla con la mirada, cuando el sistema es nuevo, es cosa para la
cual hay pocos que tengan la aptitud del espíritu y, menos aún, que posean el
gusto de usarla, porque toda innovación les incomoda. También, cuando se
arrancan trozos aislados y se separan del conjunto, para compararlos después
unos con otros, pueden descubrirse en todo escrito, y más aún si se desarrolla
en libre discurso, contradicciones aparentes, que a los ojos de quien se confía
al juicio de otros, lanzan una luz muy desfavorable sobre el libro. Pero quien se
haya adueñado de la idea del todo, podrá resolverlas muy fácilmente. Cuando una
teoría tiene consistencia, las acciones y reacciones que al principio la
amenazaban con grandes peligros, sirven, con el tiempo, solo para aplanar sus
asperezas y si hombres de imparcialidad, conocimiento y verdadera popularidad
se ocupan de ella, proporciónanle también en poco tiempo la necesaria
elegancia.
Königsberg,
Abril de 1787
De la
distinción del conocimiento puro y el empírico
No hay duda
alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia. Pues ¿por
dónde iba a despertarse la facultad de conocer, para su ejercicio, como no
fuera por medio de objetos que hieren nuestros sentidos y ora provocan por sí
mismos representaciones, ora ponen en movimiento nuestra capacidad intelectual
para compararlos, enlazarlos, o separarlos y elaborar así, con la materia bruta
de las impresiones sensibles, un conocimiento de los objetos llamado
experiencia? Según el tiempo, pues, ningún conocimiento precede en nosotros a
la experiencia y todo conocimiento comienza con ella.
Mas si
bien todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, no por eso
origínase todo él en la experiencia. Pues bien podría ser que nuestro
conocimiento de experiencia fuera compuesto de lo que recibimos por medio de
impresiones y de lo que nuestra propia facultad de conocer (con ocasión tan
sólo de las impresiones sensibles) proporciona por sí misma, sin que
distingamos este añadido de aquella materia fundamental hasta que un largo
ejercicio nos ha hecho atentos a ello y hábiles en separar ambas cosas.
Es pues
por lo menos una cuestión que necesita de una detenida investigación y que no
ha de resolverse enseguida a primera vista, la de si hay un conocimiento
semejante, independiente de la experiencia y aún de toda impresión de los
sentidos. Esos conocimientos llámanse a priori y distínguense
de los empíricos, que tienen sus fuentes a posteriori, a
saber, en la experiencia.
Aquella expresión,
empero, no es bastante determinada para señalar adecuadamente el sentido todo
de la cuestión propuesta. Pues hay algunos conocimientos derivados de fuentes
de experiencia, de los que suele decirse que nosotros somos a priori partícipes
o capaces, de ellos, porque no los derivamos inmediatamente de la experiencia,
sino de una regla universal, la cual, sin embargo, hemos sacado de la
experiencia. Así, de uno que socavare el fundamento de su casa, diríase que
pudo saber a priori que la casa se vendría abajo, es decir, que no
necesitaba esperar la experiencia de su caída real. Mas totalmente a priori
no podía saberlo. Pues tenía que saber de antemano por experiencia que los
cuerpos son pesados y por tanto que cuando se les quita el sostén, caen.
En lo que
sigue, pues, entenderemos por conocimientos a priori no los que tienen
lugar independientemente de esta o aquella experiencia, sino absolutamente de
toda experiencia. A estos opónense los conocimientos empíricos o sea los que no
son posibles más que a posteriori, es decir por experiencia. De entre
los conocimientos a priori llámanse puros aquellos en los
cuales no se mezcla nada empírico. Así por ejemplo, la proposición: todo cambio
tiene su causa, es una proposición a priori, mas no es pura, porque el
cambio es un concepto que no puede ser sacado más que de la experiencia.
Estamos en
posesión de ciertos conocimientos a priori y aun el entendimiento
común no está nunca sin conocimientos de esa clase
Trátase
aquí de buscar una característica por la que podamos distinguir un conocimiento
puro de uno empírico. Cierto es que la experiencia nos enseña que algo está
constituido de este u otro modo, pero no que ello no pueda ser de otra manera.
Así pues, primero: si se encuentra una proposición que sea pensada al
mismo tiempo con su necesidad, es entonces un juicio a priori; si
además no está derivada de ninguna otra que no sea a su vez valedera como
proposición necesaria, es entonces absolutamente a priori. Segundo: la
experiencia no da jamás a sus juicios universalidad verdadera o estricta, sino
sólo admitida y comparativa (por inducción), de tal modo que se debe
propiamente decir: en lo que hasta ahora hemos percibido no se encuentra
excepción alguna a esta o aquella regla. Así pues si un juicio es pensado con
estricta universalidad, de suerte que no se permita como posible ninguna
excepción, entonces no es derivado de la experiencia, sino absolutamente a
priori. La universalidad empírica es pues solo un arbitrario aumento de la
validez: que, de valer para la mayoría de los casos, pasa a valer para todos
ellos, por ejemplo en la proposición: todos los cuerpos son pesados. Pero en
cambio cuando un juicio tiene universalidad estricta, ésta señala una fuente
particular de conocimiento para aquel juicio, una facultad del conocimiento a
priori. Necesidad y universalidad estrictas son pues, señales seguras de
un conocimiento a priori y están inseparablemente unidas. Mas como, en
el uso, es a veces más fácil mostrar la contingencia que la limitación empírica
de los juicios, o a veces también es más claro mostrar la universalidad
ilimitada, atribuida por nosotros a un juicio, que su necesidad, es de
aconsejar el uso separado de ambos criterios, cada uno de los cuales por sí es
infalible.
Es fácil
mostrar ahora que hay realmente en el conocimiento humano juicios necesarios y
universales, en el más estricto sentido, juicios por tanto puros a priori. Si
se quiere un ejemplo sacado de las ciencias, no hay más que fijarse en todas
las proposiciones de la matemática. Si se quiere un ejemplo del uso más
ordinario del entendimiento, puede servir la proposición: todo cambio tiene que
tener una causa. Y aun en este último ejemplo, encierra el concepto de causa
tan manifiestamente el concepto de necesidad del enlace con un efecto y de
universalidad estricta de la regla, que se perdería completamente, si se le
quisiera derivar, como hizo Hume, de una conjunción frecuente entre lo
que ocurre y lo que precede y de una costumbre nacida de ahí (por tanto de una
necesidad meramente subjetiva) de enlazar representaciones. Y también, sin
necesidad de semejantes ejemplos para demostrar la realidad de principios puros
a priori en nuestro conocimiento, podría mostrarse lo indispensable
que son éstos para la posibilidad de la experiencia misma y por tanto
exponerlos a priori. Pues ¿de dónde iba a sacar la experiencia su
certeza si todas las reglas, por las cuales progresa, fueran empíricas y por
ende contingentes? Por eso no se puede fácilmente dar a éstas el valor de primeros
principios. Podemos empero contentarnos aquí con haber expuesto el uso puro de
nuestra facultad de conocer, como un hecho, con todas sus señales. Pero no sólo
en juicios, sino también en conceptos muéstrase que algunos tienen un origen a
priori. Prescindid poco a poco, en el concepto que la experiencia os da de
un cuerpo, de todo lo que es en él empírico: color, dureza o blandura, peso,
impenetrabilidad; siempre queda el espacio que aquel cuerpo (que ahora ha
desaparecido por completo) ocupaba; de este no podéis prescindir. De igual
modo, si en vuestro concepto empírico de todo objeto, corporal o incorporal,
prescindís de todas las propiedades que os enseña la experiencia, no podréis
sin embargo suprimirle aquella por la cual lo pensáis como substancia o como
adherente a una substancia (aunque este concepto encierra más determinación que
el de un objeto en general). Así pues, tenéis que confesar, empujados por la
necesidad conque se os impone ese concepto, que tiene un lugar en vuestra
facultad de conocer a priori
La filosofía
necesita una ciencia que determine la posibilidad, los principios y la
extensión de todos los conocimientos a priori
Pero hay
algo más importante aún que lo antes dicho, y es que ciertos conocimientos abandonan
incluso el campo de todas las experiencias posibles y, mediante conceptos para
los cuales no puede ser dado en la experiencia ningún objeto correspondiente,
parece que amplifican la extensión de nuestros juicios por encima de todos los
límites de la experiencia.
Y
precisamente en estos últimos conocimientos, que se salen del mundo de los
sentidos y en donde la experiencia no puede proporcionar ni hilo conductor ni
rectificación alguna, es donde están las investigaciones de nuestra razón, que nosotros
consideramos, por su importancia, como mucho más excelentes y sublimes en su
intención última que todo lo que el entendimiento puede aprender en el campo de
los fenómenos. Y aún en ellas nos atrevemos a todo, corriendo el peligro de
errar, antes que abandonar investigaciones tan importantes por motivo de duda o
por menosprecio e indiferencia. [Estos problemas inevitables de la razón pura
son Dios, la libertad y la inmortalidad. La ciencia
empero, cuyo último propósito, con todos sus armamentos, se endereza sólo a la
solución de esos problemas, llámase metafísica, cuyo proceder, al
comenzar, es dogmático, es decir, que sin previo examen de la capacidad o
incapacidad de la razón para una empresa tan grande, emprende confiada su
realización].
Ahora
bien, parece natural que tan pronto como se ha abandonado el campo de la
experiencia, no se levante un edificio con conocimientos que se poseen sin
saber de donde y sobre el crédito de principios, cuyo origen no se conoce, sin
antes haber asegurado, por medio de cuidadosas investigaciones, la
fundamentación de dicho edificio; y que, por lo tanto se habrá lanzado hace
tiempo la cuestión de cómo el entendimiento puede llegar a todos esos
conocimientos a priori, y qué extensión, validez y valor pueden tener.
Nada, en realidad, es más natural, si por natural se entiende lo que
debiera ocurrir equitativa y racionalmente. Mas si se entiende lo que ocurre de
costumbre, entonces nada más natural y más comprensible que el que esa
investigación no se haya hecho en tanto tiempo. Pues una parte de esos
conocimientos, los matemáticos, está de antiguo en posesión de la certidumbre y
da de ese modo una esperanza favorable para los otros, aunque éstos sean de una
naturaleza totalmente distinta. Además, cuando se ha salido del círculo de la
experiencia, hay seguridad de que no ha de venir la experiencia a refutarnos.
El encanto que nos produce ampliar nuestros conocimientos es tan grande, que no
nos detiene en nuestra marcha más que el tropiezo con una contradicción clara.
Ésta, empero, puede evitarse; basta con hacer cuidadosamente las invenciones,
que no por eso dejan de ser invenciones. La matemática nos da un brillante
ejemplo de cuán lejos podemos ir en el conocimiento a priori, independientemente
de la experiencia. Ahora bien ella se ocupa, es cierto, sólo de objetos y
conocimientos que se pueden exponer en la intuición. Pero esta circunstancia
pasa fácilmente desapercibida, porque esa intuición puede ella misma ser dada a
priori y por tanto se distingue a penas de un mero concepto puro.
Arrebatado por una prueba semejante del poder de la razón, el afán de
acrecentar nuestro conocimiento no ve límites. La paloma ligera que hiende en
su libre vuelo los aires, percibiendo su resistencia, podría forjarse la
representación de que volaría mucho mejor en el vacío. De igual modo abandonó Platón
el mundo sensible, porque éste pone al entendimiento estrechas limitaciones y
se arriesgó más allá, en el espacio vacío del entendimiento puro, llevado por
las alas de las ideas. No notó que no ganaba camino alguno con sus esfuerzos;
pues no tenía, por decirlo así, ningún apoyo, ninguna base sobre que hacer
fuerzas y en que poder emplearlas para poner el entendimiento en movimiento. Es
un destino habitual de la razón humana en la especulación, el acabar cuanto
antes su edificio y sólo después investigar si el fundamento del mismo está
bien afirmado. Pero entonces se buscan toda clase de pretextos para quedar
contentos de su solidez o incluso para excusarse de hacer esa prueba tardía y
peligrosa. Mas lo que nos libra de todo cuidado y de toda sospecha durante la
construcción y nos promete una aparente solidez es lo siguiente. Una gran
parte, quizá la mayor parte de la labor de nuestra razón, consiste en análisis
de los conceptos que ya tenemos de los objetos. Ella nos proporciona una
multitud de conocimientos que, aunque no son más que aclaraciones o
explicaciones de lo que ya estaba pensado en nuestros conceptos (aunque sólo de
un modo confuso), son apreciados sin embargo, al menos según la forma, al igual
que conocimientos nuevos, aunque, por la materia o el contenido, no amplían,
sino sólo dilucidan los conceptos que tenemos. Ahora bien, como ese proceder
nos da un verdadero conocimiento a priori, que tiene un progreso
seguro y útil, la razón sin notarlo ella misma, introduce subrepticiamente por
debajo de esa engañosa ilusión, afirmaciones de muy otra especie, añadiendo, y
esto a priori, a conceptos dados otros enteramente extraños, sin que
se sepa cómo llega a hacerlo y sin dejar que venga ni siquiera a las mientes
semejante pregunta. Por eso quiero al comenzar, tratar enseguida de la
distinción de esas dos especies de conocimiento.
De la
distinción de los juicios analíticos y sintéticos
En todos
los juicios en donde se piensa la relación de un sujeto con el predicado
(refiriéndome sólo a los afirmativos, pues la aplicación a los negativos es
luego fácil), es esa relación posible de dos maneras. O bien el predicado B
pertenece al sujeto A como algo contenido (ocultamente) en ese concepto A; o
bien B está enteramente fuera del concepto A, si bien en enlace con el mismo.
En el primer caso llamo el juicio analítico; en el otro sintético.
Los juicios analíticos (los afirmativos) son pues aquellos en los cuales el
enlace del predicado con el sujeto es pensado mediante identidad. Aquéllos,
empero, en que este enlace es pensado sin identidad, deben llamarse juicios
sintéticos. Los primeros pudieran también llamarse juicios de explicación, los
segundos juicios de ampliación, porque aquéllos no añaden nada con el
predicado al concepto del sujeto, sino que lo dividen tan sólo, por medio de
análisis, en sus conceptos-partes, pensados ya (aunque confusamente) en él; los
últimos en cambio añaden al concepto del sujeto un predicado que no estaba
pensado en él y no hubiera podido sacarse por análisis alguno. Por ejemplo, si
yo digo: todos los cuerpos son extensos, es éste un juicio analítico. Pues no
he de salir fuera del concepto que uno al cuerpo, para hallar la extensión como
enlazada con él, sino que tan sólo tengo que analizar aquel concepto, es decir,
tomar conciencia de la multiplicidad que siempre pienso en él, para encontrar
en esa multiplicidad dicho predicado; es pues un juicio analítico. En cambio si
yo digo: todos los cuerpos son pesados, entonces el predicado es algo
enteramente distinto de lo que pienso en el mero concepto de un cuerpo en
general. La adición de un predicado semejante da pues un juicio sintético.
Los
juicios de experiencia, como tales, son todos sintéticos. Sería
efectivamente absurdo fundamentar en la experiencia un juicio analítico, pues
no he de salir de mi concepto para formular el juicio y no necesito para ello,
por lo tanto, testimonio alguno de la experiencia. La proposición: un cuerpo es
extenso, es una proposición que subsiste a priori y no es juicio
alguno de experiencia. Pues antes de ir a la experiencia, tengo ya en el
concepto todas las condiciones para mi juicio, y del concepto puedo sacar el
predicado por medio del principio de contradicción, pudiendo asimismo tomar
conciencia al mismo tiempo, de la necesidad del juicio, cosa que la experiencia
no podría enseñarme. En cambio, aunque yo no incluya en el concepto de un
cuerpo en general el predicado de la pesantez, aquel concepto sin embargo
señala un objeto de la experiencia por medio de una parte de la misma, a la
cual puedo yo añadir aún otras partes de esa misma experiencia como
pertenecientes a la primera. Puedo conocer antes analíticamente el
concepto de cuerpo, mediante los caracteres de la extensión, de la
impenetrabilidad, de la figura, etc... que todos son pensados en ese concepto.
Ahora bien, si amplifico mi conocimiento y me vuelvo hacia la experiencia, de
donde había separado ese concepto de cuerpo, encuentro, unida siempre con los
anteriores caracteres, también la pesantez, y la añado, pues, como predicado, sintéticamente
a aquel concepto. Es pues en la experiencia en donde se funda la
posibilidad de la síntesis del predicado de la pesantez con el concepto de
cuerpo, porque ambos conceptos, aun cuando el uno no está contenido en el otro,
sin embargo, como partes de un todo (a saber, la experiencia que es ella misma
una unión sintética de las intuiciones) pertenecen uno a otro, si bien sólo por
modo contingente.
Pero en
los juicios sintéticos a priori falta enteramente esa ayuda. Si he de
salir del concepto A para conocer otro B, como enlazado con él, ¿en qué me
apoyo? ¿Mediante qué es posible la síntesis, ya que aquí no tengo la ventaja de
volverme hacia el campo de la experiencia para buscarlo? Tómese esta
proposición: todo lo que sucede tiene una causa. En el concepto de algo que
sucede pienso ciertamente una existencia, antes de la cual precede un tiempo,
etc..., y de aquí pueden sacarse juicios analíticos. Pero el concepto de una causa
[está enteramente fuera de aquel concepto y] me ofrece algo distinto del
concepto de lo que sucede y no está por tanto contenido en esta última
representación. ¿Cómo llego a decir de lo que sucede en general algo
enteramente distinto y a conocer como perteneciente a ello [y hasta
necesariamente] el concepto de causa, aún cuando no se halle contenido en ello?
¿Cuál es aquí la incógnita x, sobre la cual se apoya el entendimiento
cuando cree encontrar fuera del concepto A un predicado B extraño a aquel concepto
y lo considera, sin embargo, enlazado con él? La experiencia no puede ser,
porque el principio citado añade esta segunda representación a la primera, no
sólo con más universalidad de la que la experiencia puede proporcionar, sino
también con la expresión de la necesidad y, por tanto, enteramente a priori
y por meros conceptos. Ahora bien, en semejantes principios sintéticos, es
decir, de amplificación, descansa todo el propósito último de nuestro
conocimiento especulativo a priori; pues los analíticos, si bien
altamente importantes y necesarios, lo son tan sólo para alcanzar aquella
claridad de los conceptos, que se exige para una síntesis segura y extensa, que
sea una adquisición verdaderamente nueva.
En todas las
ciencias teóricas de la razón están contenidos juicios sintéticos a priori
como principios
Los
juicios matemáticos son todos ellos sintéticos.- Esta proposición parece
haber escapado hasta ahora a los analíticos de la razón humana y hasta hallarse
en directa oposición a todas sus sospechas, aunque es cierta irrefutablemente y
muy importante en sus consecuencias. Pues habiendo encontrado que las
conclusiones de los matemáticos se hacen todas según el principio de
contradicción (cosa que exige la naturaleza de toda certeza apodíctica),
persuadiéronse de que también los principios eran conocidos por el principio de
contradicción; en lo cual anduvieron errados, pues una proposición sintética,
si bien puede ser conocida por medio del principio de contradicción, no lo es
nunca en sí misma, sino sólo presuponiendo otra proposición sintética de la
cual pueda ser deducida.
Hay que
notar, ante todo, que las proposiciones propiamente matemáticas son siempre
juicios a priori y no empíricos, pues llevan consigo necesidad, la
cual no puede ser derivada de la experiencia. Mas si no se quiere admitir esto,
¡muy bien!, entonces limito mi proposición a la matemática pura, cuyo
concepto lleva ya consigo el contener no un conocimiento empírico, sino tan
sólo un conocimiento puro a priori.
Podría
pensarse al principio que la proposición: 7 + 5 = 12, es una proposición
meramente analítica, que se sigue del concepto de una suma de siete y de cinco,
según el principio de contradicción. Pero, cuando se considera más de cerca, se
encuentra que el concepto de la suma de 7 y 5 no encierra nada más que la
reunión de ambos números en uno sólo, con lo cual no se piensa de ningún modo
cuál sea ese número único que comprende los otros dos. El concepto de doce no
es, en modo alguno, pensado ya en el pensamiento de aquella reunión de siete y
cinco, y por mucho que analice mi concepto de una suma semejante posible, no
encontraré en él el número doce. Hay que salir de esos conceptos, ayudándose
con la intuición que corresponde a uno de ellos, por ejemplo, los cinco dedos o
bien (como Segner en su Aritmética) cinco puntos, y así poco a poco
añadir las unidades del cinco, dado en la intuición, al concepto del siete.
Pues tomo primero el número 7 y, ayudándome como intuición de los dedos de mi
mano para el concepto del 5, añado las unidades, que antes había recogido para
constituir el número 5, poco a poco al número 7, siguiendo mi imagen, y así veo
surgir el número 12. Que 5 ha de añadirse a 7, es cierto que lo he pensado en
el concepto de una suma = 7 + 5; pero no que esa suma sea igual al número 12.
La proposición aritmética es, por tanto, siempre sintética y de esto se
convence uno con tanta mayor claridad cuanto mayores son los números que se
toman, pues entonces se advierte claramente que por muchas vueltas que le demos
a nuestros conceptos, no podemos nunca encontrar la suma por medio del mero
análisis de nuestros conceptos y sin ayuda de la intuición.
De igual
modo, ningún principio de la geometría pura es analítico. Que la línea recta es
la más corta entre dos puntos, es una proposición sintética. Pues mi concepto
de recta no encierra nada de magnitud, sino sólo una cualidad. El
concepto de lo más corto es enteramente añadido y no puede sacarse, por medio
de ningún análisis, del concepto de línea recta; la intuición tiene pues que
venir aquí a ayudarnos y por medio de ella tan sólo es posible la síntesis.
Algunos
pocos principios, que los geómetras presuponen, son ciertamente analíticos y
descansan en el principio de contradicción; pero, como las proposiciones
idénticas, tampoco sirven más que como cadena del método y no como principios,
por ejemplo, a = a, el todo es igual a sí mismo, o bien (a + b)
> a, el todo es mayor que la parte. Y aun estos mismos, aunque valen
según meros conceptos, no son admitidos en la matemática más que porque pueden
ser expuestos en la intuición.
Lo que
comúnmente nos hace creer aquí que el predicado de esos juicios apodícticos
está ya en nuestro concepto y que el juicio es, por tanto, analítico, es tan
sólo la ambigüedad de la expresión. Tenemos efectivamente que pensar, en un
concepto dado, un cierto predicado, y esa necesidad yace ya en los conceptos.
Mas la cuestión no es qué debemos pensar en el concepto dado, sino qué
es lo que pensamos realmente en él, aunque obscuramente; y entonces se
muestra que el predicado pende de aquel concepto necesariamente, es cierto,
pero no como pensado en el concepto mismo, sino por medio de una intuición, que
tiene que añadirse al concepto.
2º. La
ciencia de la naturaleza (Fhysica) contiene juicios sintéticos a priori como
principios.- Quiero adelantar tan sólo un par de proposiciones como
ejemplos: que en todas las transformaciones del mundo corporal la cantidad de
materia permanece inalterada, o que en toda comunicación del movimiento tienen
que ser siempre iguales la acción y la reacción. En ambas, no sólo la necesidad
y por ende el origen a priori está claro, sino que se ve claramente
también que son proposiciones sintéticas. Pues en el concepto de materia no
pienso la permanencia, sino sólo la presencia de la materia en el espacio,
llenándolo. Así, pues, salgo realmente del concepto de materia, para pensar a
priori unido a él, algo que no pensaba en él. La proposición no es, por
tanto, analítica, sino sintética y, sin embargo, pensada a priori. Así
también en las demás proposiciones, que constituyen la parte pura de la física.
3º. En
la metafísica, aun no considerándola más que como una ciencia sólo
ensayada hasta ahora, pero indispensable, sin embargo, por la naturaleza de la
razón humana, deben estar contenidos conocimientos sintéticos a
priori. No se trata en ella de analizar solamente y explicar así analíticamente
los conceptos que nos hacemos a priori de ciertas cosas, sino que queremos
ampliar nuestro conocimiento a priori, para lo cual tenemos que
servirnos de principio s tales que añadan al concepto dado algo que no estaba
contenido en él, saliendo de él por medio de juicios sintéticos a priori, y
llegando tan lejos, que la experiencia misma no puede seguirnos. Ejemplo, la
proposición: el mundo tiene que tener un primer comienzo. Y otras más. Y así la
metafísica consiste, al menos según su fin, en proposiciones
sintéticas a priori.
Problema
general de la razón pura
Mucho se
gana ya cuando se logra reducir a la fórmula de un solo problema una multitud
de investigaciones. Pues de ese modo no solo se facilita el propio trabajo,
determinándolo con exactitud, sino también el juicio de cualquier otra persona,
que quiera examinar si hemos cumplido o no nuestro propósito. Pues bien, el
problema propio de la razón pura está encerrado en la pregunta: ¿Cómo son
posibles juicios sintéticos a priori?
Si la
metafísica hasta ahora ha permanecido en un estado tan vacilante de inseguridad
y contradicciones, es porque el pensamiento no se planteó este problema, ni aun
quizá siquiera la diferencia entre los juicios analíticos y los sintéticos.
Ahora bien, la metafísica se mantendrá en pie o se derrumbará, según la
solución que se le dé a este problema o que se demuestre que la
posibilidad de que quiere obtener explicación, no tiene en realidad lugar. David
Hume, que entre todos los filósofos fue el que más se acercó a este
problema, aunque sin pensarlo, ni con mucho, con suficiente determinación y en
su universalidad, sino quedándose en la proposición sintética del enlace del
efecto con su causa (principium causalitatis),creyó haber demostrado
que semejante proposición es enteramente imposible a priori y, según
sus conclusiones, todo lo que llamamos metafísica vendría a ser una mera
ilusión de supuesto conocimiento racional de lo que en realidad sólo de la
experiencia está sacado y ha recibido por el hábito la apariencia de la
necesidad. Jamás hubiera caído en semejante afirmación, destructora de toda
filosofía pura, si hubiese tenido ante los ojos nuestro problema en su
universalidad; pues entonces hubiera visto que, según su argumento, tampoco
podría haber matemática pura, porque ésta encierra seguramente proposiciones
sintéticas a priori; y de hacer esta afirmación le hubiera guardado su
buen entendimiento.
En la
solución del anterior problema está al mismo tiempo comprendida la posibilidad
del uso puro de la razón en la fundación y desarrollo de todas las ciencias que
encierran un conocimiento a priori teórico de los objetos, es decir,
la contestación a estas preguntas:
¿Cómo
es posible la matemática pura?
¿Cómo es
posible la física pura?
Como estas
ciencias están realmente dadas, puede preguntarse sobre ellas: ¿cómo son
posibles? Pues que tienen que ser posibles queda demostrado por su
realidad. Pero en lo que se refiere a la metafísica, su marcha, hasta
ahora defectuosa, puede hacer dudar a cualquiera, con razón, de su posibilidad;
porque, además, no se puede decir de ninguna de las presentadas hasta ahora
que, en lo que toca a su fin esencial, se halle realmente dada ante nosotros.
Ahora
bien; esa especie de conocimiento ha de considerarse también como dada
en cierto sentido, y la metafísica es real, sí bien no como ciencia, como
disposición natural al menos (metaphysica naturalis).
Pues la
razón humana va irresistiblemente, sin que a ello la mueva la mera vanidad del
saber mucho, impulsada por necesidad propia, a cuestiones tales que no pueden
ser contestadas por ningún uso empírico de la razón, ni por principios sacados
de la experiencia; y así realmente, por cuanto la razón en los hombres se
extiende hasta la especulación, ha habido siempre alguna metafísica y la habrá
siempre. Acerca de ésta se plantea pues la cuestión: ¿Cómo es posible la
metafísica, en el sentido de una disposición natural?, es decir, ¿cómo las
preguntas que se hace la razón pura a sí misma y a las que se siente impulsada,
por propia necesidad, a contestar de la mejor manera que pueda, surgen de la
naturaleza de la razón humana universal?
Mas como
en todos los ensayos hechos hasta ahora para contestar a esas preguntas
naturales (v. g. si el mundo tiene un comienzo o existe desde toda eternidad,
etc.), se han encontrado siempre contradicciones inevitables, no podemos
atenernos a la mera disposición natural a la metafísica, es decir, a la
facultad pura misma de la razón, de donde siempre nace alguna metafísica (sea
cual sea), sino que ha de ser posible llegar sobre ello a alguna certidumbre o
sobre el saber o sobre el no saber de los objetos, es decir, a una decisión
sobre los objetos de sus preguntas o sobre la capacidad e incapacidad de la
razón de juzgar acerca de esos objetos. Así pues, o bien a extender con
confianza nuestra razón pura, o bien a ponerle determinadas y seguras
limitaciones. Esta última pregunta, emanada del problema universal anterior,
sería con razón la siguiente: ¿cómo es posible la metafísica como ciencia?
La
crítica de la razón conduce pues, en último término, necesariamente a la
ciencia; el uso dogmático de la misma, sin crítica, conduce, en cambio, a
afirmaciones que carecen de fundamento, frente a las cuales se pueden oponer
otras igualmente ilusorias y, por tanto, al escepticismo.
Tampoco puede
esta ciencia ser de una longitud grande, descorazonadora, porque no tiene que
tratar de los objetos de la razón, cuya multiplicidad es infinita, sino sólo de
sí misma, de problemas que nacen en su seno y que le son propuestos no por la
naturaleza de las cosas que son distintas de ella, sino por su propia
naturaleza; pues entonces, habiendo primero conocido completamente su propia
facultad, en consideración de los objetos que puedan presentársele en la
experiencia, tiene que serle fácil determinar completa y seguramente la
extensión y los límites de su uso, cuando se ensaya más allá de todos los
límites de la experiencia.
Se puede pues y se debe considerar como
no acaecidos todos los intentos hechos hasta ahora para llevar a cabo dogmáticamente
una metafísica. Pues lo que en unos u otros haya de analítico, es decir,
mera descomposición de los conceptos que residen a priori en nuestra
razón, no es el fin de la metafísica, sino solamente un preparativo para la
metafísica propiamente dicha, o sea para extender el conocimiento a priori
sintéticamente; y eso no sirve para ello, pues no muestra más que lo que se
halla contenido en esos conceptos, pero no cómo nosotros llegamos a priori
a esos conceptos para luego poder determinar también su uso valedero en
consideración de los objetos de todo conocimiento en general. No hace falta
tampoco mucha abnegación para sacrificar todas esas pretensiones, pues las
contradicciones innegables y, en el uso dogmático, inevitables también, de la
razón consigo misma, han despojado ya desde hace tiempo a la metafísica de su
autoridad. Más perseverancia hará falta para no dejarse vencer interiormente
por la dificultad, y exteriormente por la resistencia, que se oponen a
fomentar, por medio de un tratamiento enteramente opuesto al usado hasta ahora,
la pujanza, por fin saludable y fructífera, de una ciencia imprescindible para
la razón humana, ciencia cuyas ramas pueden podarse pero cuya raíz no puede
cortarse nunca.
Idea y
división de una ciencia particular, bajo el nombre de crítica de la razón pura
De todo
esto se deduce la idea de una ciencia particular que puede llamarse crítica
de la razón pura. Pues razón es la facultad que proporciona los principios
del conocimiento a priori. Por eso es razón pura aquella que contiene
los principios para conocer algo absolutamente a priori. Un organon
de la razón pura sería un conjunto de los principios según los cuales
todos los conocimientos puros a priori pueden ser adquiridos y
realmente establecidos. La detenida aplicación de un organon semejante
nos proporcionaría un sistema de la razón pura. Mas como éste es muy solicitado
y sin embargo no sabemos aún si aquí también es posible en general una
ampliación de nuestro conocimiento y en qué casos lo es, resulta que no podemos
considerar una ciencia del mero juicio de la razón pura, sus fuentes y límites,
más que como la propedéutica para el sistema de la razón pura. Ésta no
debería llamarse doctrina sino sólo crítica de la razón pura
y su utilidad sería realmente solo negativa [en consideración de la
especulación] y serviría no para la ampliación sino sólo para la depuración de
nuestra razón, y la guardaría de los errores; en lo cual se habría ganado ya
mucho. Llamo transcendental todo conocimiento que se ocupa en general
no tanto de objetos como de nuestro modo de conocerlos, en cuanto éste debe ser
posible a priori. Un sistema de semejantes conceptos se llamaría Filosofía
transcendental. Ésta empero es a su vez demasiado para el comienzo. Pues
como una ciencia semejante debe contener por completo no sólo el conocimiento
analítico sino también el sintético a priori, resulta demasiado
extensa en cuanto se refiere a nuestro propósito, ya que no podemos llevar el
análisis sino hasta el punto en que nos es absolutamente necesario, para
penetrar en toda su extensión los principios de la síntesis a priori, que
es solamente de lo que tenemos que tratar. Esta investigación, que no podemos
propiamente llamar doctrina, sino sólo crítica transcendental, porque tiene
como propósito no la ampliación de los conocimientos, sino solo la
rectificación de los mismos, y debe proporcionar la piedra de toque del valor o
no valor de todos los conocimientos a priori, es lo que aquí nos ocupa
ahora. Una crítica semejante es según eso una preparación, en lo posible, para
un organon y, si éste no resulta bien, por lo menos, para un canon,
según el cual en todo caso podría ser expuesto en adelante, tanto analítica
como sintéticamente, el sistema completo de la filosofía de la razón pura,
consista éste en una ampliación o en una limitación de su conocimiento. Y esto
es posible; más aún: puede decirse que un sistema semejante no ha de tener una
extensión muy grande, y que cabe esperar terminarlo completamente. En efecto,
de antemano podemos colegirlo, porque aquí constituye el objeto no la
naturaleza de las cosas, que es inagotable, sino el entendimiento que juzga
sobre la naturaleza de las cosas, y aún este a su vez sólo en consideración de
sus conocimientos a priori, cuya provisión no puede permanecer oculta
para nosotros, ya que no podemos buscarla fuera, y, según toda probabilidad es
bastante pequeña para poder ser enteramente recogida, juzgada en su valor o no
valor y reducida a una exacta apreciación. [Menos aún podrá esperarse aquí una
crítica de los libros y sistemas de la razón pura, sino solamente la de la
facultad pura misma de la razón. Sólo sobre la base de una crítica semejante,
encuéntrase una piedra de toque segura para apreciar el contenido filosófico de
las obras antiguas y modernas en esa especialidad; de lo contrario el
historiador y juez sin autoridad falla su juicio sobre las afirmaciones
infundadas de los demás, por medio de las suyas que no tienen tampoco mejor
base].
La
filosofía transcendental es la idea de una ciencia para la cual la crítica de
la razón pura debe bosquejar todo el plano, de un modo arquitectónico, es decir
por principios, con garantía completa de la integridad y certeza de todas las
partes que constituyen ese edificio. [Ella es el sistema de todos los principios
de la razón pura]. El que la crítica no se llame Filosofía transcendental,
obedece tan sólo a que para ser un sistema completo debía contener también un
detallado análisis de todo el conocimiento humano a priori. Es cierto
que nuestra crítica debe desde luego presentar una enumeración completa de
todos los conceptos madres, que constituyen el referido conocimiento puro. Mas
es justo que se abstenga del detallado análisis de esos conceptos mismos, como
también de la recensión completa de los que de ellos se derivan; porque por una
parte ese análisis no sería adecuado a nuestro fin, ya que no tiene las
dificultades que se hallan en la síntesis, para la cual propiamente está hecha
toda la crítica, y por otra parte porque sería contrario a la unidad del plan
cargar con la responsabilidad de que fueran completos ese análisis y esa
derivación, pudiéndose dispensar de ellos por lo que respecta a su propósito.
Esa integridad del análisis como de la derivación, que habrían de hacerse sobre
los conceptos a priori que luego se han de proporcionar, puede en
cambio completarse fácilmente, una vez que esos conceptos estén ya en nuestro
poder, como amplios principios de la síntesis y nada falte de lo que toca a ese
propósito esencial.
A la
crítica de la razón pura pertenece según eso todo lo que constituye la
filosofía transcendental, y es la idea completa de la filosofía transcendental,
pero no esta ciencia misma; porque la crítica no adelanta en el análisis más
que lo necesario para el completo juicio del conocimiento sintético a
priori.
El
principal cuidado que hay que tener en la división de una ciencia semejante, es
que no debe entrar en ella ningún concepto que contenga algo empírico, esto es:
que el conocimiento a priori sea enteramente puro. Por esa aunque los
principios supremos de la moralidad y los conceptos fundamentales de la misma
son conocimientos a priori, no pertenecen sin embargo a la filosofía
transcendental; porque si bien no ponen como fundamento de sus preceptos los conceptos
de placer y dolor, de apetitos e inclinaciones, etc... todos de origen
empírico, sin embargo, con el concepto del deber, que como obstáculo debe ser
superado o, como excitante, no debe convertirse en motivo, tienen
necesariamente que introducirlos en la construcción del sistema de la moralidad
pura. Por eso la filosofía transcendental es una filosofía de la razón pura,
meramente especulativa. Pues todo lo práctico, por cuanto encierra motivos, se
refiere a sentimientos, los cuales pertenecen a las fuentes empíricas del
conocimiento.
Ahora
bien, si desde el punto de vista universal de un sistema en general se quiere
hacer la división de esa ciencia, entonces ésta que ahora exponemos debe
contener primero una doctrina elemental, y segundo una metodología
de la razón pura. Cada una de estas partes principales tendría sus
divisiones, cuyos fundamentos sin embargo no se pueden exponer aún. Como
introducción o recuerdo previo parece que sólo es necesario lo siguiente: que
hay dos ramas del conocimiento humano, que quizá se originen en una raíz común,
pero desconocida para nosotros, y son a saber, la sensibilidad y el
entendimiento. Por medio de la primera nos son dados objetos; por
medio de la segunda son los objetos pensados. Ahora bien, por cuanto la
sensibilidad debe contener representaciones a priori, que constituyan
la condición bajo la cual nos son dados objetos, pertenecerá a la Filosofía
transcendental. La doctrina transcendental de los sentidos correspondería a la
primera parte de la ciencia de los elementos, porque las condiciones bajo las
cuales tan sólo son dados los objetos del conocimiento humano, preceden a las
condiciones bajo las cuales los mismos son pensados.
La estética transcendental
Sean cualesquiera el modo y los medios con que un
conocimiento se refiera a sus objetos, la referencia inmediata -que todo pensar
busca como medio- se llama intuición. Pero ésta no se verifica sino en
cuanto el objeto nos es dado. Mas esto, a su vez, no es posible [para nosotros
hombres por lo menos], sino mediante que el objeto afecte al espíritu de cierta
manera. La capacidad (receptividad) de recibir representaciones por el modo
como somos afectados por objetos, llámase sensibilidad. Así, pues, por
medio de la sensibilidad nos son dados objetos y ella sola nos proporciona intuiciones;
por medio del entendimiento empero son ellos pensados y en él se
originan conceptos. Pero todo pensar tiene que referirse ya directa,
ya indirectamente [mediante ciertas características] en último término a
intuiciones, por lo tanto, en nosotros a la sensibilidad, porque ningún objeto
puede sernos dado de otra manera.
El efecto
de un objeto sobre la capacidad de representación, en cuanto somos afectados
por él, es sensación. Aquella intuición que se refiere al objeto por
medio de la sensación, llámase empírica. El objeto indeterminado de
una intuición empírica, llámase fenómeno.
En el
fenómeno, llamo materia a lo que corresponde a la sensación; pero lo
que hace que lo múltiple del fenómeno pueda ser ordenado en ciertas relaciones,
llámolo la forma del fenómeno. Como aquello en donde las sensaciones
pueden ordenarse y ponerse en una cierta forma, no puede, a su vez, ser ello
mismo sensación, resulta que si bien la materia de todos los fenómenos no nos
puede ser dada más que a posteriori, la forma de los mismos, en
cambio, tiene que estar toda ella ya a priori en el espíritu y, por
tanto, tiene que poder ser considerada aparte de toda sensación.
Llamo puras
(en sentido transcendental) todas las representaciones en las que no se
encuentre nada que pertenezca a la sensación. Según esto, la pura forma de las
intuiciones sensibles en general, en donde todo lo múltiple de los fenómenos es
intuido en ciertas relaciones, se hallará a priori en el espíritu.
Esta forma pura de la sensibilidad se llamará también ella misma intuición
pura. Así, cuando de la representación de un cuerpo separo lo que el
entendimiento piensa en ella, como substancia, fuerza, divisibilidad, etc..., y
separo también lo que hay en ella perteneciente a la sensación, como
impenetrabilidad, dureza, color, etc., entonces réstame de esa intuición
empírica todavía algo, a saber, extensión y figura. Éstas pertenecen a la
intuición pura, la cual se halla en el espíritu a priori y sin un
objeto real de los sentidos o sensación, como una mera forma de la
sensibilidad.
A la
ciencia de todos los principios a priori de la sensibilidad, llamo yo Estética
transcendenta. Tiene que haber, por tanto, una ciencia semejante, que
constituya la primera parte de la doctrina elemental transcendental, en
oposición a aquella otra que encierra los principios del pensar puro y se llama
lógica transcendental.
Así,
pues, en la estética transcendental aislaremos primeramente la sensibilidad,
separando de ella todo lo que el entendimiento, con sus conceptos, piensa en
ella, para que no nos quede nada más que la intuición empírica. En segundo
término, separaremos aún de ésta todo cuanto pertenece a la sensación, para que
no nos quede nada más que la intuición pura y la mera forma de los fenómenos,
que es lo único que la sensibilidad a priori puede proporcionar. En
esta investigación se hallará que hay, como principios del conocimiento a
priori, dos puras formas de la intuición sensible, a saber, espacio y
tiempo, con cuya consideración vamos ahora a ocuparnos.
Exposición
metafísica de este concepto
Por medio
del sentido externo (propiedad de nuestro espíritu) nos representamos objetos
como fuera de nosotros y todos ellos en el espacio. En él es determinada o
determinable su figura, magnitud y mutua relación. El sentido interno, mediante
el cual el espíritu intuye a sí mismo o intuye su estado interno, no nos da, es
cierto, intuición alguna del alma misma como un objeto; pero, sin embargo, es
una forma determinada, bajo la cual tan sólo es posible una intuición de su
estado interno, de modo que todo lo que pertenece a las determinaciones
internas es representado en relaciones de tiempo. Exteriormente no puede el
tiempo ser intuido, ni tampoco el espacio, como algo en nosotros. ¿Qué son,
pues, espacio y tiempo? ¿Son seres reales? ¿Son sólo determinaciones o también
relaciones de las cosas, tales que les corresponderían a las cosas en sí
mismas, aun cuando no fuesen intuidas? O se hallan sólo en la forma de la
intuición y, por tanto, en la constitución subjetiva de nuestro espíritu, sin
la cual no podrían esos predicados ser atribuidos a ninguna cosa? Para
dilucidar esto vamos a exponer primeramente el concepto del espacio. [Por
exposición (expositio) entiendo la representación clara (si bien no
detallada) de lo que pertenece a un concepto; metafísica es la
exposición, cuando encierra aquello que representa al concepto como dado a
priori].
1) El
espacio no es un concepto empírico sacado de experiencias externas. Pues para
que ciertas sensaciones sean referidas a algo fuera de mí (es decir, a algo en
otro lugar del espacio que el que yo ocupo), y asimismo para que yo pueda
representarlas como fuera [y al lado] unas de otras, por tanto no sólo como
distintas, sino como situadas en distintos lugares, hace falta que esté ya a la
base la representación del espacio. Según esto, la representación del espacio
no puede ser tomada, por experiencia, de las relaciones del fenómeno externo,
sino que esta experiencia externa no es ella misma posible sino mediante dicha
representación.
2) El
espacio es una representación necesaria, a priori, que está a la base
de todas las intuiciones externas. No podemos nunca representarnos que no haya
espacio, aunque podemos pensar muy bien que no se encuentren en él objetos
algunos. Es considerado, pues, el espacio como la condición de la posibilidad
de los fenómenos y no como una determinación dependiente de éstos, y es una
representación a priori, que necesariamente está a la base de los
fenómenos externos.
3) El
espacio no es un concepto discursivo o, según se dice, universal, de las
relaciones de las cosas en general., sino una intuición pura. Pues primeramente
no se puede representar más que un único espacio, y cuando se habla de muchos
espacios, se entiende por esto sólo una parte del mismo espacio único. Estas partes
no pueden tampoco preceder al espacio uno, que lo comprende todo, como si
fueran, por decirlo, así, sus componentes (por donde la composición del espacio
fuera posible). Por el contrario sólo en él pueden ser pensadas. Él es
esencialmente uno; lo múltiple en él y, por tanto también el concepto universal
de espacios en general, se origina sólo en limitaciones. De aquí se sigue que
en lo que a él respecta, una intuición a priori (que no es empírica)
sirve de base a todos los conceptos del mismo. Así todos los principios
geométricos, v. g. que en un triángulo dos lados juntos son mayores que el
tercero, no son nunca deducidos de los conceptos universales de línea y
triángulo, sino de la intuición; y ello a priori, con certeza
apodíctica.
4) El
espacio es representado como una magnitud infinita dada. Ahora bien,
hay que pensar todo concepto como una representación que está contenida en una
multitud infinita de diferentes representaciones posibles (como su
característica común) y, por lo tanto, que las comprende debajo de sí; mas
ningún concepto, como tal, puede ser pensado como si encerrase en sí una
infinita multitud de representaciones. Sin embargo, así es pensado el espacio
(pues todas las partes del espacio en el infinito son a la vez). Así, pues, la originaria representación
del espacio es intuición a priori y no concepto).
Exposición
trascendental del concepto del espacio
Entiendo
por exposición transcendental la explicación de un concepto como un
principio por donde puede conocerse la posibilidad de otros conocimientos
sintéticos a priori. Para este propósito, se requiere: 1º., que esos
conocimientos salgan realmente del concepto dado; 2º., que esos conocimientos
no sean posibles más que bajo la presuposición de un modo dado de explicación
de ese concepto.
La
Geometría es una ciencia que determina las propiedades del espacio
sintéticamente y, sin embargo, a priori. ¿Qué tiene que ser pues la
representación del espacio para que sea posible semejante conocimiento de él?
Tiene que ser originariamente intuición, porque de un mero concepto no se
pueden sacar proposiciones que vayan más allá del concepto. Esto es, sin embargo,
lo que ocurre en la Geometría (v. Introducción V). Pero esa intuición tiene que
hallarse en nosotros a priori, es decir, antes de toda percepción de
un objeto y ser, por tanto, intuición pura, no empírica. Porque las
proposiciones geométricas son todas apodícticas, es decir, están unidas con la
conciencia de su necesidad, como por ejemplo: el espacio solo tiene tres
dimensiones. Ahora bien, semejantes proposiciones no pueden ser juicios
empíricos o de experiencia, ni ser deducidas de esos juicios. (Introducción
II).
Mas,
¿cómo puede estar en el espíritu una intuición externa que precede a los
objetos mismos y en la cual el concepto de estos últimos puede ser determinado a
priori? Manifiestamente no puede estar de otro modo que teniendo su
asiento en el sujeto, como propiedad formal de éste de ser afectado por objetos
y así de recibir representación inmediata de estos últimos, es decir, intuición.
Esto es, sólo como forma del
sentido externo en general.
Por tanto,
sólo nuestra explicación hace concebible la posibilidad de la geometría
como conocimiento sintético a priori. Todo modo de explicación
que no proporcione esto, aunque en apariencia tenga con él alguna semejanza,
puede distinguirse seguramente de él por esas características.
Exposición metafísica del concepto del
tiempo
1) El tiempo
no es un concepto empírico que se derive de una experiencia. Pues la
coexistencia o la sucesión no sobrevendría en la percepción, si la
representación del tiempo no estuviera a priori a la base. Solo
presuponiéndola es posible representarse que algo, sea en uno y el mismo tiempo
(a la vez) o en diferentes tiempos (uno después de otro).
2) El
tiempo es una representación necesaria que está a la base de todas las
intuiciones. Por lo que se refiere a los fenómenos en general, no se puede
quitar el tiempo, aunque se puede muy bien sacar del tiempo los fenómenos. El
tiempo es pues dado a priori. En él tan sólo es posible toda realidad
de los fenómenos. Estos
todos pueden desaparecer; pero el tiempo mismo (como la condición universal de
su posibilidad) no puede ser suprimido.
3) En
esta necesidad a priori fúndase también la posibilidad de principios
apodícticos de las relaciones de tiempo o axiomas del tiempo en general. Éste
no tiene más que una dimensión; diversos tiempos no son a la vez, sino unos
tras otros (así como diversos espacios no son unos tras otros, sino a la vez).
Estos principios no pueden ser sacados de la experiencia, pues ésta no les
daría ni estricta universalidad, ni certeza apodíctica. Nosotros podríamos sólo
decir: eso enseña la percepción común; más no: así tiene que suceder. Esos
principios valen como reglas bajo las cuales en general son posibles
experiencias y nos instruyen antes de la experiencia y no por medio de la
experiencia.
4) El
tiempo no es un concepto discursivo o, como se le llama, universal, sino una
forma pura de la intuición sensible. Diferentes tiempos son sólo partes del
mismo tiempo. La representación que no puede ser dada más que por un objeto
único, es intuición. Tampoco la proposición: «diferentes tiempos no pueden ser
a la vez», podría deducirse de un concepto universal. La proposición es
sintética y no puede originarse sólo en conceptos. Ella está pues
inmediatamente contenida en la intuición y representación del tiempo.
5) La
infinidad del tiempo no significa otra cosa sino que toda magnitud determinada
del tiempo es sólo posible mediante limitaciones de un tiempo único
fundamental. Por eso la representación primaria tiempo tiene que ser
dada como ilimitada. Pero cuando hay algo en lo cual las partes mismas y toda
magnitud de un objeto solo pueden ser representadas determinadamente, mediante
limitación, entonces, la representación total no puede ser dada por conceptos
(pues éstos sólo contienen representaciones parciales) sino que ha de fundarse
en una intuición inmediata.
Exposición
transcendental del concepto del tiempo
Sobre
esto puedo referirme al núm. 3 en donde, para abreviar, he puesto ya lo que es propiamente
transcendental, entre los artículos de la exposición metafísica. Aquí añado que
el concepto del cambio y con él el concepto del movimiento (como cambio de
lugar) no son posibles sino mediante y en la representación del tiempo; que si
esa representación no fuese intuición (interna) a priori, no podría
concepto alguno, fuere el que fuere, hacer comprensible la posibilidad de un
cambio, es decir de un enlace de predicados contradictoriamente opuestos (v. g.
el ser en un lugar y el no ser esa misma cosa en el mismo lugar) en uno y en el
mismo objeto. Sólo en el tiempo pueden hallarse ambas determinaciones
contradictoriamente opuestas en una cosa, a saber una después de otra. Así pues
nuestro concepto del tiempo explica la posibilidad de tantos conocimientos
sintéticos a priori, como hay en la teoría general del movimiento, que
no es poco fructífera.
Conclusiones
sacadas de estos conceptos
a)
El tiempo no es algo que exista por sí o que convenga a las cosas como
determinación objetiva y, por lo tanto, permanezca cuando se hace abstracción
de todas las condiciones subjetivas de su intuición. Pues en el primer caso
sería algo que, sin objeto real, sería, sin embargo, real. Mas en lo que al
segundo caso se refiere, siendo una determinación u ordenación inherente a las
cosas mismas, no podría preceder a los objetos como su condición, ni ser
intuido y conocido a priori mediante proposiciones sintéticas. Sin
embargo, esto último ocurre perfectamente, si el tiempo no es nada más que la
condición subjetiva bajo la cual tan sólo pueden intuiciones tener lugar en
nosotros. Pues entonces esa forma de la intuición interna puede ser
representada antes de los objetos y, por lo tanto, a priori.
b)
El tiempo no es nada más que la forma del sentido interno, es decir, de la
intuición de nosotros mismos y de nuestro estado interno. Pues el tiempo no
puede ser una determinación de fenómenos externos; ni pertenece a una figura ni
a una posición, etc., y en cambio, determina la relación de las representaciones
en nuestro estado interno. Y, precisamente, porque esa intuición interna no da
figura alguna, tratamos de suplir este defecto por medio de analogías y
representamos la sucesión del tiempo por una línea que va al infinito, en la
cual lo múltiple constituye una serie, que es sólo de una dimensión; y de las
propiedades de esa línea concluimos las propiedades todas del tiempo, con
excepción de una sola, que es que las partes de aquella línea son a la vez,
mientras que las del tiempo van siempre una después de la otra. Por aquí se ve
también, que la representación del tiempo es ella misma intuición, pues que
todas sus relaciones pueden expresarse en una intuición externa.
c)
El tiempo es la condición formal a priori de todos los fenómenos en
general. El espacio, como forma pura de toda intuición externa, está limitado,
como condición a priori, sólo a los fenómenos externos. En cambio
todas las representaciones, tengan o no cosas exteriores como objetos,
pertenecen en sí mismas al estado interno, como determinaciones del espíritu, y
este estado interno se halla bajo la condición formal de la intuición interna,
por lo tanto del tiempo. De donde resulta que el tiempo es una condición a
priori de todo fenómeno en general y es condición inmediata de los fenómenos
internos (de nuestra alma) y precisamente por ello condición inmediata también
de los fenómenos externos. Si puedo decir a priori: todos los
fenómenos externos están determinados en el espacio y según las relaciones del
espacio a priori, puedo decir, por el principio del sentido interno,
con toda generalidad: todos los fenómenos en general, es decir, todos los
objetos de los sentidos son en el tiempo y están necesariamente en relaciones
de tiempo.
Si
hacemos abstracción de nuestro modo de intuirnos interiormente y de comprender
mediante esa intuición, todas las intuiciones externas en la facultad de
representación; si por tanto tomamos los objetos tales y como puedan ser ellos
en sí mismos, entonces el tiempo no es nada. Sólo tiene validez objetiva con
respecto a los fenómenos, porque tales son ya las cosas que admitimos como objetos
de nuestros sentidos; pero el tiempo no es objetivo si hacemos abstracción
de la sensibilidad de nuestra intuición y, por tanto, del modo de
representación que nos es peculiar y hablamos de cosas en general. El
tiempo es, pues, solamente una condición subjetiva de nuestra (humana)
intuición (la cual es siempre sensible, es decir, por cuanto somos afectados
por objetos) y no es nada en sí, fuera del sujeto. Sin embargo, en
consideración de todos los fenómenos y, por tanto, también de todas las cosas
que se nos pueden presentar en la experiencia, es necesariamente objetivo. No
podemos decir: todas las cosas están en el tiempo; porque en el concepto de las
cosas en general se hace abstracción de todo modo de intuición de las mismas,
siendo éste sin embargo la propia condición bajo la cual el tiempo pertenece a
la representación de los objetos. Ahora bien, si se añade la condición al
concepto y se dice: todas las cosas, como fenómenos (objetos de la intuición
sensible) están en el tiempo, entonces el principio tiene exactitud objetiva y
universalidad a priori.
Nuestras
afirmaciones enseñan, pues, la realidad empírica del tiempo, es decir,
su validez objetiva con respecto a todos los objetos que pueden ser dados a
nuestros sentidos. Y como nuestra intuición es siempre sensible, no puede nunca
sernos dado un objeto en la experiencia, que no se encuentre bajo la condición
del tiempo. En cambio, negamos al tiempo toda pretensión a realidad
absoluta,,esto es, a que, sin tener en cuenta la forma de nuestra
intuición sensible, sea inherente en absoluto a las cosas como condición o
propiedad. Tales propiedades que convienen a las cosas en sí, no pueden sernos
dadas nunca por los sentidos. En esto consiste, pues, la idealidad
transcendental del tiempo, según la cual éste, cuando se hace abstracción
de las condiciones subjetivas de la intuición sensible, no es nada y no puede
ser atribuido a los objetos en sí mismos (sin su relación con nuestra
intuición) ni por modo subsistente ni por modo inherente. Sin embargo, esta
idealidad, como la del espacio, no ha de compararse con las subrepciones de la
sensación, porque en éstas se presupone que el fenómeno mismo, en quien esos
predicados están inherentes, tiene realidad objetiva, cosa que aquí desaparece
enteramente, excepto en cuanto es meramente empírica, es decir, que aquí se
considera el objeto mismo, sólo como fenómeno: sobre esto véase la nota
anterior de la sección primera
Explicación
Contra
esta teoría que concede al tiempo realidad empírica, pero le niega la absoluta
y transcendental, presentan una objeción los entendidos, con tanta unanimidad,
que me hace pensar que ha de hacerla también naturalmente todo lector para
quien no sean habituales estas consideraciones. Dice la objeción como sigue:
las mutaciones son reales (esto lo demuestra el cambio de nuestras propias
representaciones, aunque se quisieran negar todos los fenómenos externos con
sus mutaciones). Las mutaciones, empero, no son posibles más que en el tiempo;
el tiempo, pues, es algo real. La contestación no ofrece dificultad. Concedo todo el argumento. El tiempo
es, desde luego, algo real, a saber: la forma real de la intuición interna.
Tiene, pues, realidad subjetiva en lo tocante a la experiencia interna; es
decir, tengo realmente la representación del tiempo y de mis determinaciones en
él. Es pues, real, no como
objeto, sino considerado como el modo de representación de mí mismo como
objeto. Mas si yo mismo u otro ser pudiese intuirme sin esa condición de la
sensibilidad, esas mismas determinaciones, que nos representamos ahora como
mutaciones, nos darían un conocimiento en el cual no se hallaría la
representación del tiempo y, por ende, tampoco de la mutación. Subsiste, pues,
su realidad empírica como condición de todas nuestras experiencias. Sólo la
realidad absoluta no le puede ser concedida, por lo anteriormente dicho. No es
más que la forma de nuestra intuición interna. Si se quita de él la particular condición
de nuestra sensibilidad, desaparece también el concepto del tiempo. El tiempo,
pues, no es inherente a los objetos mismos, sino sólo al sujeto que los intuye.
Pero la
causa por la cual esa objeción vuelve con tanta unanimidad, en boca de quienes,
por cierto, nada pueden, sin embargo, oponer a la teoría de la idealidad de
espacio, es ésta: que no confiaban en poder demostrar apodícticamente la
realidad absoluta del espacio, porque frente a ellos está el idealismo, según
el cual, no es posible demostrar estrictamente la realidad de los objetos
exteriores. Pero, en cambio, la del objeto de nuestro sentido interno (yo mismo
y mi estado) es inmediatamente clara por la conciencia. Aquellos objetos
externos podrán ser mera apariencia; este objeto interno empero es, según su
opinión, innegablemente algo real. Pero no pensaron que ambos, objetos, el
externo y el interno, sin que se pueda discutir su realidad como
representaciones, pertenecen, sin embargo, solo al fenómeno, el cual tiene
siempre dos lados, el uno cuando el objeto es considerado en sí mismo
(prescindiendo del modo de intuirlo, por lo cual su modo de ser, precisamente
por eso, permanece siempre problemático) y el otro cuando se mira a la forma de
la intuición de ese objeto, forma que ha de buscarse no en el objeto en sí
mismo, sino en el sujeto a quien éste aparece, aunque corresponde, sin embargo,
necesaria y realmente al fenómeno de ese objeto.
Espacio y
tiempo son, por tanto, dos fuentes de conocimiento de las cuales a priori
podemos extraer diferentes conocimientos sintéticos; la matemática pura nos da
un ejemplo brillante, por lo que se refiere a los conocimientos del espacio y
sus relaciones. Ambas, tomadas juntas, son formas puras de toda intuición
sensible y, por eso, hacen posibles proposiciones sintéticas a priori.
Mas esas fuentes de conocimiento a priori determinan sus límites
precisamente por eso (porque son meras condiciones de la sensibilidad) a saber:
que se refieren sólo a objetos en cuanto son considerados como fenómenos, mas
no representan cosas en sí mismas. Aquellos fenómenos solos constituyen el
campo de su validez y cuando nos salimos de ellos, no podemos hacer uso alguno
objetivo de esas fuentes. Esa realidad(51) del espacio
y del tiempo deja incólume la certeza del conocimiento de experiencia: pues
estamos ciertos de él, pertenezcan necesariamente esas formas a las cosas en sí
mismas o a nuestra intuición. En cambio, los que sostienen la realidad absoluta
del espacio y del tiempo, admítanla como subsistente o solo inherente, tienen
que hallarse en contradicción con los principios de la experiencia misma. Pues,
si se deciden por lo primero (partido que generalmente adoptan los que
investigan matemáticamente la naturaleza), tienen que admitir dos nadas
eternas, infinitas, existentes por sí (el espacio y el tiempo) que existen (sin
que, sin embargo, ninguna realidad exista) sólo para comprender dentro de sí
todo lo real. Si se deciden por el segundo partido (al cual pertenecen algunos
que investigan metafísicamente la naturaleza) y consideran el espacio y el
tiempo como relaciones de los fenómenos (al lado o después unos de otros)
abstraídas de la experiencia, si bien confusamente representadas en la
separación, entonces tienen que negar a las teorías matemáticas a priori, en
lo que se refiere a cosas reales (v. g. en el espacio) su validez o, al menos,
la certeza apodíctica. Porque ésta no puede tener lugar a posteriori y
los conceptos a priori del espacio y del tiempo, según esta opinión,
son sólo creaciones de la imaginación, cuya fuente ha de buscarse realmente en
la experiencia, con cuyas relaciones, abstraídas, ha hecho la imaginación algo
que, si bien contiene lo universal de las mismas, no puede, sin embargo, tener
lugar sin las restricciones que la naturaleza ha enlazado con ellas. Los
primeros ganan tanto que abren el campo de los fenómenos para las afirmaciones
matemáticas, en cambio, confúndense mucho, por esas mismas condiciones, cuando
el entendimiento quiere salir de ese campo. Los segundos ganan, es cierto, en
lo que a esto último se refiere, puesto que las representaciones de espacio y
tiempo no les cierran el camino cuando quieren juzgar de los objetos no como
fenómenos, sino sólo en relación al entendimiento; mas, en cambio, ni pueden
señalar el fundamento de la posibilidad de conocimientos matemáticos a
priori (ya que les falta una intuición a priori verdadera y con
valor objetivo), ni poner las leyes de la experiencia en necesaria concordancia
con aquellas afirmaciones. En nuestra teoría de la verdadera constitución de
esas dos formas originarias de la sensibilidad, quedan remediadas ambas
dificultades.
En fin,
se comprende también claramente que la estética transcendental no pueda
contener más que esos dos elementos, a saber: espacio y tiempo. Todos los demás
conceptos, en efecto, que pertenecen a la sensibilidad, incluso el del
movimiento, que reúne ambas partes, presuponen algo empírico. El movimiento
presupone percepción de algo que se mueve. Mas en el espacio, considerado en
sí, nada es móvil; lo móvil tiene que ser algo que no se encuentra en el
espacio más que por experiencia; por lo tanto, un dato empírico. De igual
modo no puede la estética transcendental contar el concepto de la variación
entre sus datos a priori; pues el tiempo mismo no muda, sino algo que
está en el tiempo. Así, pues, se exige, además, la percepción de alguna
existencia y de la sucesión de sus determinaciones, por ende, la experiencia.
Observaciones
generales a la Estética transcendental
1.(52)
Primeramente será necesario explicar lo más claramente posible cuál es nuestra
opinión respecto de la constitución fundamental del conocimiento sensible en
general, para prevenir toda mala interpretación acerca de ella.
Hemos
querido decir, pues, que toda nuestra intuición no es nada más que la
representación del fenómeno; que las cosas que intuimos no son en sí mismas lo
que intuimos en ellas, ni tampoco están constituidas sus relaciones en sí
mismas como nos aparecen a nosotros; y que si suprimiéramos nuestro sujeto o
aún sólo la constitución subjetiva de los sentidos en general, desaparecerían
toda constitución, todas relaciones de los objetos en el espacio y el tiempo, y
aún el espacio y el tiempo mismos que, como fenómenos, no pueden existir en sí
mismos, sino sólo en nosotros. ¿Qué son los objetos en sí y separados de toda
esa receptividad de nuestra sensibilidad? Esto permanece para nosotros
enteramente desconocido. No conocemos más que nuestro modo de percibirlos, que
nos es peculiar, y que no debe corresponder necesariamente a todo ser, si bien
sí a todo hombre. Mas de éste tan sólo hemos de ocuparnos. El espacio y el
tiempo son las formas puras de ese modo de percibir; la sensación, en general,
es la materia. Aquellas podemos sólo conocerlas a priori, es decir,
antes de toda percepción real y por eso se llaman intuiciones puras; la
sensación, empero, es, en nuestro conocimiento, lo que hace que éste sea
llamado conocimiento a posteriori, es decir, intuición empírica.
Aquellas formas penden de nuestra sensibilidad con absoluta necesidad, sean del
modo que quieran nuestras sensaciones; éstas pueden ser muy diferentes. Aunque
pudiéramos elevar esa nuestra intuición al grado sumo de claridad, no por eso
nos acercaríamos más a la constitución de los objetos en sí mismos. Pues, en
todo caso, no haríamos más que conocer completamente nuestro modo de intuición,
es decir, nuestra sensibilidad, y aun ésta siempre bajo las condiciones de
espacio y tiempo, originariamente referidas al sujeto. Pero jamás podremos
conocer lo que son los objetos en sí, por luminoso que sea nuestro conocimiento
del fenómeno, que es lo único que nos es dado.
Por lo
tanto, decir que nuestra sensibilidad toda no es más que la representación
confusa de las cosas, representación que encierra solamente lo que les conviene
a las cosas en sí mismas, aunque en tal amontonamiento de caracteres y
representaciones parciales, que no podemos analizarlo con clara consciencia, es
falsear el concepto de sensibilidad y de fenómeno, haciendo inútil y vacía toda
la teoría de éstos. La diferencia entre una representación clara y una confusa
es una diferencia meramente lógica y no toca al contenido. Sin duda el concepto
de derecho usado por el entendimiento común, contiene las mismas cosas
que una especulación sutil extrae y desarrolla, sin que en el uso común y
práctico tenga nadie consciencia de esas múltiples representaciones contenidas
en ese pensamiento. Mas no por eso puede decirse que el concepto común sea
sensible y encierre un mero fenómeno, pues el derecho no puede en modo alguno
aparecer como fenómeno, sino que su concepto yace en el entendimiento y
representa una constitución (la moral) de las acciones, que les corresponde en
sí mismas. En cambio la representación de un cuerpo no encierra en la
intuición nada que pueda convenir a un objeto en sí, sino contiene el fenómeno
de algo y el modo como nosotros somos afectados por ese algo; y esa
receptividad de nuestra capacidad de conocimiento se llama sensibilidad y sigue
siendo totalmente diferente del conocimiento del objeto en sí mismo, aunque se
penetre en el fenómeno hasta el mismo fondo.
La
filosofía Leibnizo-Wolfiana ha colocado pues todas las investigaciones acerca
de la naturaleza y el origen de nuestros conocimientos, bajo un punto de vista enteramente
erróneo, considerando la diferencia entre la sensibilidad y lo intelectual como
meramente lógica, cuando manifiestamente es transcendental y toca no sólo a la
forma de claridad o confusión, sino al origen y al contenido de los
conocimientos; por modo tal que en la primera no es sólo que conocemos
confusamente la constitución de las cosas en sí mismas, sino que no la
conocemos de ninguna manera y, tan pronto como suprimimos nuestra constitución
subjetiva, no hallamos en parte alguna ni podemos hallar ya el objeto
representado, con las propiedades que lo confirió la intuición sensible, porque
precisamente esa constitución subjetiva determina la forma del objeto como
fenómeno.
Distinguimos
por lo demás en los fenómenos, lo que depende esencialmente de la intuición y
vale para todo sentido humano en general, de aquello otro que les corresponde
sólo casualmente, por no ser valedero para la relación de la sensibilidad en
general, y sí sólo para una particular posición u organización de este o aquel
sentido. Y entonces decimos del primer conocimiento, que representa el objeto
en sí mismo, del segundo que sólo su fenómeno. Mas esa diferencia es sólo empírica. Si permanecemos en
ella (como suele ocurrir) y no consideramos aquella intuición empírica a su vez
como mero fenómeno (como debiera ocurrir), de tal modo que en ella no se
encuentra nada que se refiera a una cosa en sí misma, entonces está perdida
nuestra distinción transcendental y entonces creemos conocer las cosas en sí
mismas, aunque por doquiera (en el mundo sensible), y aún en la investigación
más profunda de sus objetos, no tenemos conocimiento más que de fenómenos. Así
por ejemplo diremos que el arco iris es un mero fenómeno cuando llueve y sale
el sol y que la lluvia es la cosa en sí misma; y esto es exacto, siempre que
entendamos este último concepto en su sentido físico, es decir como aquello
que, en la experiencia universal y bajo las distintas posiciones respecto a los
sentidos, está sin embargo determinado en la intuición así y no de otro modo.
Pero si tomamos el elemento empírico en general y sin preocuparnos de la
coincidencia del mismo con todo sentido humano, preguntamos si representa
también un objeto en sí mismo (no las gotas de lluvia, pues éstas, como
fenómenos, son ya objetos empíricos), entonces la cuestión de la referencia de
la representación al objeto es transcendental, y no sólo esas gotas son meros
fenómenos, sino también su figura redonda y hasta el espacio en que caen no son
nada en sí mismos, sino meras modificaciones o fundamentos de nuestra intuición
sensible; el objeto transcendental empero permanece desconocido para nosotros.
El
segundo asunto importante de nuestra estética transcendental es que no sólo
como hipótesis aparente conquista algún favor, sino que es tan cierta e
indudable como puede exigirse a una teoría que debe servir de organon. Para
hacer plenamente luminosa esa certeza, vamos a elegir un caso en el cual su
validez puede hacerse patente y servir para aclarar más lo dicho en el § 3.
Supongamos
que el espacio y el tiempo sean objetivos en sí mismos y condiciones de la
posibilidad de las cosas en sí mismas. Se ve entonces primero: que de ambos
resultan proposiciones a priori apodícticas y sintéticas en gran
número, sobre todo del espacio, que por eso vamos a investigar aquí
preferentemente como ejemplo. Como las proposiciones de la geometría son
conocidas sintéticamente a priori y con certeza apodíctica, pregunto
yo: ¿de dónde sacáis semejantes proposiciones? y ¿sobre qué se apoya nuestro
entendimiento para llegar a semejantes verdades absolutamente necesarias y
universalmente valederas? No hay más camino que o por medio de conceptos o por
medio de intuiciones; pero ambos son dados a priori o a
posteriori. Estos últimos, a saber los conceptos empíricos, así como
aquello en que se fundan, la intuición empírica, no pueden dar proposición
sintética alguna, a no ser que sea solo empírica, es decir, proposición de
experiencia, que por tanto no puede encerrar nunca necesidad y absoluta
universalidad, cosa que es sin embargo lo característico de todas las
proposiciones de la geometría. Queda el primero y único modo, que sería
alcanzar semejantes conocimientos por medio de conceptos o intuiciones a
priori; pero es claro que por meros conceptos no se puede alcanzar
conocimiento alguno sintético, sino sólo analítico. Tomad la proposición
siguiente: con dos líneas rectas no se puede encerrar ningún espacio, por tanto
ninguna figura es posible. Tratad de deducirla del concepto de línea recta y de
número dos. O tomad esta otra: que con tres líneas rectas es posible una figura
y tratad del mismo modo de deducirla de esos conceptos. Vuestros esfuerzos
serán vanos y os veréis obligados a refugiaros en la intuición, como también
hace siempre la geometría. Os dais pues un objeto en la in tuición. ¿De qué
especie es esta intuición? ¿Es pura a priori o empírica? Si fuera esto
último, nunca podría salir de ella una proposición universalmente valedera y
menos aún apodíctica, pues la experiencia no puede proporcionar nunca
semejantes proposiciones. Tenéis pues que dar vuestro objeto a priori
en la intuición y fundar en éste vuestra proposición sintética. Ahora bien, si
no hubiera en vosotros una facultad de intuir a priori; si esa
condición subjetiva no fuera, según la forma, al mismo tiempo la condición
universal a priori, bajo la cual tan sólo el objeto de esa intuición
(exterior) misma es posible; si el objeto (el triángulo) fuera algo en sí
mismo, sin relación a vuestro sujeto, ¿cómo podríais decir que lo que yace
necesariamente en vuestras condiciones subjetivas para construir un triángulo,
tiene que convenir también al triángulo en sí mismo? Pues a vuestros conceptos
(de tres líneas) no podríais añadir nada nuevo (la figura) que hubiese
necesariamente de hallarse en el objeto; porque éste es dado antes de nuestro
conocimiento y no por él. Así pues si el espacio (y también el tiempo) no fuese
una mera forma de vuestra intuición, que contiene las condiciones a priori
bajo las cuales solamente las cosas pueden ser para vosotros objetos exteriores
(que, sin esas condiciones subjetivas no son nada en sí) no podríais decidir
nada sintéticamente y a priori sobre objetos exteriores. Es pues,
indudablemente cierto y no sólo posible o verosímil, que el espacio y el
tiempo, como condiciones necesarias de toda experiencia (externa e interna) son
solo condiciones subjetivas de toda nuestra intuición, en relación con las
cuales, por tanto, todos los objetos son meros fenómenos y no cosas dadas por
sí en ese modo; de esos fenómenos pueden decirse por lo tanto a priori muchas
cosas, en lo que toca a la forma de los mismos; pero no se puede nunca decir lo
más mínimo de la cosa en sí misma, que está a la base de esos fenómenos.
II. Para
confirmar esta teoría de la idealidad del sentido externo como del interno y
por tanto de todos los objetos de los sentidos como meros fenómenos, puede
servirnos muy bien la siguiente observación: que lo que en nuestro conocimiento
pertenece a la intuición (exceptuando por lo tanto el sentimiento de placer y
dolor y la voluntad, que no son conocimientos) no encierra nada más que meras
relaciones de los lugares en una intuición (extensión), cambio de los lugares
(movimiento) y leyes según las cuales es determinado ese cambio (fuerzas motoras).
Más ¿qué es lo que está presente en el lugar? o ¿qué es lo eficiente en las
cosas mismas a parte del cambio de lugar? Nada de esto nos es dado en las
citadas relaciones. Por meras relaciones no es conocida una cosa en sí misma;
así pues, hay que juzgar que, puesto que mediante el sentido externo no nos son
dadas más que meras representaciones de relación, ese sentido no puede tampoco
contener más que la relación de un objeto con el sujeto en su representación y
no lo interno que convenga al objeto en sí. Lo mismo ocurre con la intuición
interna. No sólo constituyen en ella las representaciones de los sentidos
externos, la materia propia conque ocupamos nuestro espíritu, sino que el
tiempo en el cual ponemos esas representaciones, y que precede a la conciencia
de las mismas en la experiencia, estando en su base como condición formal del
modo como las colocamos en el espíritu, encierra ya las relaciones de sucesión,
de simultaneidad y de aquello que es simultáneo con la sucesión (lo
permanente). Ahora bien, lo que, como representación, puede preceder a toda
acción de pensar algo, es la intuición y, si no encierra nada más que
relaciones, es la forma de la intuición; la cual, no representando nada sino
por cuanto algo es puesto en el espíritu, no puede ser otra cosa que el modo
como el espíritu es afectado por la propia actividad, a saber, por ese poner
sus representaciones y, por lo tanto, por sí mismo; es decir, que es un sentido
interior según su forma. Todo lo que es representado por un sentido es siempre
fenómeno y o no se admite el sentido interno, o el sujeto, que constituye el
objeto de dicho sentido, no puede ser representado por él, más que como
fenómeno y no al modo como juzgaría el sujeto de sí mismo si su intuición fuese
mera actividad propia, es decir, intelectual Aquí toda la dificultad estriba
tan sólo en cómo un sujeto pueda intuirse a sí mismo interiormente; mas esta
dificultad es común a toda teoría. La conciencia de sí mismo (apercepción) es
la simple representación del yo y si mediante ella sola todo lo múltiple en el
sujeto fuese dado por propia actividad, entonces la intuición interna
sería intelectual. En el hombre, esa conciencia exige una percepción interna de
lo múltiple que es dado anteriormente en el sujeto; y el modo como ese múltiple
es dado en el espíritu sin espontaneidad tiene que llamarse -teniendo en cuenta
esa distinción- sensibilidad. Si la facultad de ser consciente ha de aprehender
lo que está en el espíritu, tiene entonces que afectarle y sólo de ese modo
puede producir una intuición de sí misma, cuya forma empero, anteriormente en
el espíritu, determina en la representación del tiempo el modo cómo lo múltiple
está reunido en el espíritu; y entonces, éste se construye a sí mismo, no como
él representaría, siendo inmediatamente activo por sí mismo, sino según el modo
cómo es afectado por dentro; consiguientemente no como es, sino como se aparece
a sí mismo.
III. Al
decir que en el espacio y en el tiempo la intuición de los objetos exteriores y
también la propia intuición del espíritu representan ambas cosas tal como
afectan a nuestros sentidos, es decir, tal como aparecen, no quiere
esto decir que esos objetos sean una mera apariencia. Pues en el
fenómeno son siempre considerados los objetos, y aun las cualidades que les atribuimos,
como algo realmente dado; sólo que en cuanto esa cualidad depende del modo de
intuición del sujeto, en la relación del objeto dado con él, diferénciase dicho
objeto, como fenómeno, de sí mismo como objeto en sí. Así, no digo:
los cuerpos parecen solamente estar fuera de mí, o: mi alma parece
solamente estar dada en mi conciencia propia, cuando afirmo que la
cualidad del espacio y del tiempo (según la cual, como condición de la
existencia de cuerpos y alma, pongo estas cosas) está en mi modo de intuir y no
en esos objetos en sí. Sería culpa mía si hiciese una mera apariencia de lo que
debería considerar como fenómeno. Mas esto no ocurre según nuestro principio de
la idealidad de todas nuestras intuiciones sensibles; más bien, cuando se
atribuye a aquellas formas de representación una realidad objetiva, entonces
es cuando no se puede evitar que todo se convierta por ello en mera apariencia.
Pues si consideramos el espacio y el tiempo como cualidades que, según su
posibilidad, tienen que hallarse en las cosas en sí, y reflexionamos en los
absurdos en que nos vemos entonces complicados -puesto que dos cosas infinitas,
que no son substancias ni algo realmente inherente a las substancias, y que,
sin embargo, existen y hasta han de ser la condición necesaria de la existencia
de todas las cosas, seguirían siendo, aunque se suprimiesen todas las cosas
existentes-entonces- no podemos censurar al bueno de Berkeley por
haber rebajado los cuerpos a meras apariencias; es más, nuestra propia
existencia (que, de ese modo, resultaría depender de la realidad de un
imposible como el tiempo), debería tornarse en mera apariencia, absurdo que
nadie hasta ahora ha querido cargarse en cuenta.
IV. En la
teología natural, en donde se piensa un objeto que no sólo no puede ser para
nosotros objeto de intuición, sino que no puede ser para sí mismo, en modo
alguno, objeto de intuición sensible, se ha tenido sumo cuidado de excluir de
toda su intuición las condiciones del tiempo y del espacio (pues todo su
conocimiento ha de ser siempre intuitivo y no pensamiento, pues
siempre el pensamiento demuestra limitaciones). Mas ¿con qué derecho puede
hacerse esto si el espacio y el tiempo han sido considerados antes como formas
de las cosas en sí mismas y aun como tales formas, que como condiciones de la
existencia de las cosas a priori, subsisten, aunque se hayan suprimido
las cosas mismas? En efecto, como condiciones de su existencia en general,
deberían serlo también de la existencia de Dios. Si no se quiere hacer de ellas
formas objetivas de todas las cosas, no queda más sino hacerlas formas
subjetivas de nuestro modo de intuir tanto interno, como externo; el cual se
llama sensible porque no es originario, es decir, porque no es tal,
que por medio de él la existencia misma del objeto de la intuición sea dada
(éste no puede convenir, según lo que conocemos, más que el ser primero), sino
que depende de la existencia del objeto y por lo tanto no es posible más que en
cuanto la facultad de representación del sujeto es afectada por el objeto.
Tampoco
es necesario que limitemos el modo de intuir en el espacio y el tiempo, a la
sensibilidad del hombre; puede ser que todo ser finito pensante tenga
necesariamente que coincidir en esto con el hombre (aunque no lo podemos
decidir). Mas no por esa validez universal deja de ser sensibilidad, porque es
intuición derivada (intuitus derivatus) y no originaria (intuitus
originarius) y por tanto no intelectual; ésta, por el fundamento que
acabamos de exponer, parece convenir sólo al ser primero, nunca empero a un ser
dependiente según su existencia y según su intuición (determinada por su
existencia en relación con objetos dados). Esta última observación, sin embargo, debe considerarse sólo
como aclaración a nuestra teoría estética, no como fundamento de prueba.
La lógica transcendental]
Idea de una lógica transcendental
De la lógica
en general
Nuestro
conocimiento se origina en dos fuentes fundamentales del espíritu; la primera
es la facultad de recibir representaciones (la receptividad de las
impresiones), la segunda es la facultad de conocer un objeto mediante esas
representaciones; por la primera nos es dado un objeto, por la segunda
es éste pensado en la relación con aquella representación (como mera
determinación del espíritu). Intuición y conceptos constituyen, pues, los
elementos de todo nuestro conocimiento; de tal modo que ni conceptos sin
intuición, que de alguna manera les corresponda, ni intuición sin conceptos,
pueden dar un conocimiento. Ambos son o puros o empíricos. Empíricos,
cuando una sensación (que presupone la presencia real del objeto) está
contenida en ellos; puros, cuando con la representación no se mezcla
sensación alguna. Esta última puede llamarse la materia del conocimiento
sensible. Por eso la intuición pura encierra solamente la forma bajo la cual
algo es intuido; y el concepto puro, sólo la forma del pensar un objeto en
general. Sólo intuiciones puras o conceptos puros son posibles a priori; conceptos
o intuiciones empíricas sólo son posibles a posteriori.
Llamaremos sensibilidad
a la receptividad de nuestro espíritu para recibir
representaciones, en cuanto éste es afectado de alguna manera; llamaremos en
cambio entendimiento a la facultad de producir nosotros mismos
representaciones, o a la espontaneidad del conocimiento. Nuestra
naturaleza lleva consigo que la intuición no pueda ser nunca más que sensible,
es decir, que encierre sólo el modo como somos afectados por objetos. En
cambio es el entendimiento la facultad de pensar el objeto de
la intuición sensible. Ninguna de estas propiedades ha de preferirse a la otra.
Sin sensibilidad, no nos sería dado objeto alguno; y sin entendimiento, ninguno
sería pensado. Pensamientos sin contenido son vanos, intuiciones sin conceptos
son ciegas. Por eso es tan necesario hacerse sensibles los conceptos (es decir,
añadirles el objeto en la intuición), como hacerse comprensibles las
intuiciones (es decir, traerlas bajo conceptos). Ambas facultades o capacidades no pueden tampoco trocar sus
funciones. El entendimiento no puede intuir nada, y los sentidos no pueden
pensar nada. Sólo de su unión puede originarse conocimiento. No por
eso, sin embargo, es lícito confundir la aportación de cada uno, sino que hay
fuertes motivos para separar y distinguir cuidadosamente unos y otros. Por eso
distinguimos la ciencia de las reglas de la sensibilidad en general, es decir,
la estética, de la ciencia de las reglas del entendimiento en general, es
decir, la lógica.
Ahora
bien, la lógica puede a su vez tomarse en dos sentidos; o como lógica del uso
general del entendimiento, o como lógica del uso particular del mismo. La
primera encierra las reglas del pensar, absolutamente necesarias, sin las
cuales no hay uso alguno del entendimiento, y se dirige, pues, a él sin tener
en cuenta la diferencia entre los objetos a que pueda referirse. La lógica del
uso particular del entendimiento encierra las reglas para pensar rectamente
sobre una cierta especie de objetos. Aquélla puede llamarse lógica elemental;
ésta, en cambio, es el organon de tal o cual ciencia. Esta última
suele, en las escuelas, ir por delante como propedéutica de las ciencias, aunque,
según la marcha de la razón humana, es lo último a que ésta llega, cuando ya la
ciencia está desde hace tiempo hecha, y necesita sólo la última mano para su
comprobación y perfección. Pues hay que conocer los objetos ya en un grado
bastante elevado, para dar las reglas de cómo pueda llevarse a cabo una ciencia
de ellos.
La lógica general es o lógica pura o
lógica aplicada. En la primera hacemos abstracción de todas las
condiciones empíricas bajo las cuales nuestro entendimiento se ejercita, v. g.,
del influjo de los sentidos, del juego de la imaginación, de las leyes de la
memoria, de la fuerza de la costumbre, de la inclinación,. etc., y por lo
tanto, también de las fuentes de los prejuicios y, en general, de todas las
causas que pueden originar o introducir en nosotros ciertos conocimientos,
porque éstas se refieren al entendimiento sólo bajo ciertas circunstancias de
su aplicación y para conocerlas es necesario la experiencia. Una lógica general,
pero pura, tiene sólo que ocuparse de principios a priori y
es un canon del entendimiento y de la razón; pero sólo por lo que se
refiere a la parte formal de su uso, sea el contenido el que quiera (empírico o
transcendental). Mas la lógica general se llama luego aplicada cuando
se refiere a las reglas del uso del entendimiento, bajo las condiciones
subjetivas empíricas que nos enseña la psicología. Tiene pues, principios
empíricos, si bien es general en cuanto se ocupa del uso del entendimiento, sin
distinción de objetos. Por eso no es ni un canon del entendimiento en general,
ni un organon de ciencias particulares, sino solamente un katharticon
del entendimiento común.
En la
lógica general, la parte que ha de constituir la doctrina pura de la razón
debe, pues, separarse enteramente de la parte que constituye la lógica aplicada
(aunque siempre general). La primera sola es propiamente ciencia, si bien corta
y seca y tal como la exige la exposición escolástica de una doctrina elemental
del entendimiento. En ésta no deben los lógicos perder de vista nunca dos
reglas:
1) Como
lógica general, hace abstracción de todo contenido del conocimiento intelectual
y de la diferencia de sus objetos y no se ocupa de nada más que de la mera
forma del pensar.
2) Como lógica pura, no tiene principios
empíricos. Por lo tanto, no toma nada (como a veces se ha creído) de
la psicología, la cual, pues, no tiene influjo alguno en el canon del
entendimiento. En una doctrina demostrada y todo en ella tiene que ser
enteramente cierto a priori.
Lo que yo
llamo lógica aplicada (contrariamente a la significación ordinaria de esta
palabra, según la cual ha de contener ciertos ejercicios para los cuales la
lógica pura da la regla) es una representación del entendimiento y de las
reglas de su uso necesario in concreto, a saber, bajo las condiciones
contingentes del sujeto, que pueden impedir o facilitar ese uso y que todas
ellas sólo empíricamente son dadas. Trata de la atención, de sus obstáculos y
sus consecuencias, del origen del error, del estado de duda, del escrúpulo, de
la convicción, etc. La lógica general y pura guarda con ella la misma relación
que la moral -que contiene sólo las leyes morales necesarias de una voluntad
libre en general- guarda con la teoría propia de la virtud, que considera esas
leyes bajo los obstáculos de los sentimientos, inclinaciones y pasiones a que
los hombres, más o menos, están sometidos, y no puede nunca proporcionar una
ciencia verdadera y demostrada, porque, igual que aquella lógica aplicada,
necesita principios empíricos y psicológicos.
De la lógica transcendental
La lógica
general hace abstracción, como hemos visto, de todo contenido del conocimiento,
es decir, de toda referencia del conocimiento al objeto y considera solamente
la forma lógica en la relación de los conocimientos entre sí, es decir, la
forma del pensamiento en general. Ahora bien, así como hay intuiciones puras y
empíricas (según demuestra la estética transcendental), así también podría
hallarse una distinción entre un pensar puro y un pensar empírico de los
objetos. En este caso, habría una lógica en la cual no se hiciera abstracción
de todo contenido del conocimiento; pues aquella lógica que encerrase sólo las
reglas del pensar puro de un objeto, excluiría todos los conocimientos que
tuvieran un contenido empírico. Esta lógica se referiría también al origen de
nuestros conocimientos de los objetos, por cuanto ese origen no puede ser
atribuido a los objetos. En cambio, la lógica general no se preocupa del origen
del conocimiento, pues no considera las representaciones -sean desde un
principio dadas a priori en nosotros mismos o séannos sólo
empíricamente dadas- más que por las leyes según las cuales el entendimiento
las usa en relación mutua, cuando piensa; es decir, que trata sólo de la forma
del entendimiento que puede ser proporcionada a las representaciones,
cualquiera que sea su origen.
Y aquí
hago yo una observación que extiende su influjo a todas las consideraciones
posteriores y que no deberá perderse de vista, a saber: que no todo conocimiento
a priori ha de llamarse transcendental. Sólo aquél por el cual
conocemos que ciertas representaciones (intuiciones o conceptos) son empleadas
o son posibles solamente a priori y cómo lo son, debe llamarse
transcendental (es decir, que se refiere a la posibilidad del conocimiento o al
uso del mismo a priori). Por eso ni el espacio ni ninguna
determinación geométrica a priori del espacio es una representación
transcendental; sólo puede llamarse transcendental el conocimiento de que esas
representaciones no tienen un origen empírico y la posibilidad de que una
determinación geométrica a priori se refiera, sin embargo, a
priori a objetos de la experiencia. De igual modo el uso del espacio para
los objetos en general sería también transcendental; mas si se limita sólo a
los objetos de los sentidos, llámase empírico. La distinción de lo
transcendental y de lo empírico pertenece, pues, sólo a la crítica de los
conocimientos y no se refiere a la relación de éstos con su objeto.
Esperando
pues, que, pueda haber quizá conceptos que se refieran a priori a
objetos, o como intuiciones puras o sensibles, sino sólo como acciones del
pensar puro, que sean, por tanto, conceptos, pero cuyo origen no sea empírico
ni estético, nos hacemos de antemano la idea de una ciencia del entendimiento
puro y del conocimiento racional, por la cual pensamos enteramente a priori
objetos. Semejante ciencia, que determinase el origen, la extensión y la
validez objetiva de esos conocimientos, tendría que llamarse lógica
transcendental, porque no trata sino de las leyes del entendimiento y de
la razón. Pero solamente en cuanto son referidas a objetos a priori y
no, como la lógica general, a los conocimientos racionales, empíricos o puros,
sin distinción.
De la
división de la lógica general en analítica y dialéctica
La
antigua y famosa pregunta con que se creía estrechar a los lógicos y se trataba
de ponerlos en la alternativa o de dejarse sorprender en un miserable dialelo o
de confesar su ignorancia y por ende la vacuidad de todo su arte, es la
siguiente: ¿qué es la verdad? La definición nominal de la verdad, a
saber: que es la coincidencia del conocimiento con su objeto, se concede aquí y
se presupone. Se desea empero saber cuál sea el criterio general y seguro de la
verdad de cada conocimiento.
Es ya una
prueba grande y necesaria de prudencia y de penetración, el saber lo que
razonablemente se haya de preguntar. Pues cuando la pregunta es en sí absurda y
exige contestaciones innecesarias, tiene a veces el inconveniente, a parte de
avergonzar al que la hace, de conducir al que la oye sin fijarse bien en ella,
a contestaciones absurdas y de dar a ambos el aspecto ridículo que los antiguos
expresaban diciendo: uno ordeña al macho y otro tiene el jarro.
Si verdad
consiste en la coincidencia de un conocimiento con su objeto, entonces ese
objeto debe, por lo mismo, distinguirse de otros; pues un conocimiento es falso
cuando no coincide con el objeto a que se refiere, aunque encierre algo que
pueda quizá valer para otros objetos. Ahora bien, un criterio general de la
verdad sería el que fuese valedero para todos los conocimientos en general, sin
distinción de objetos. Pero es bien claro que como en ese criterio se hace abstracción
de todo contenido del conocimiento (referencia a su objeto) y la verdad
concierne precisamente a ese contenido, resulta enteramente imposible y absurdo
preguntar por una característica de la verdad de ese contenido de los
conocimientos y, por tanto, es imposible dar una nota suficiente y al mismo
tiempo general de la verdad. Como más arriba hemos denominado materia del
conocimiento al contenido del mismo, habrá que decir: de la verdad del
conocimiento, según la materia, no se puede pedir característica alguna
general, porque ello es contradictorio en sí mismo.
Mas por
lo que se refiere al conocimiento según la mera forma (con exclusión de todo
contenido), es también claro que la lógica, en cuanto indica las reglas
universales y necesarias del entendimiento, tiene que exponer, precisamente en
esas reglas, criterios de la verdad. Pues lo que contradice a esas reglas es
falso, porque el entendimiento entonces se opone a sus reglas generales del
pensar, por tanto a sí mismo. Pero estos criterios se refieren sólo a la forma
de la verdad; es decir del pensar en general, y en ese sentido son enteramente
exactos, mas no suficientes. Pues aun cuando un conocimiento sea enteramente
conforme a la forma lógica, es decir, aunque no se contradiga a sí mismo, puede
sin embargo contradecir al objeto. Así pues el criterio meramente lógico de la
verdad, a saber la coincidencia de un conocimiento con las leyes universales y
formales del entendimiento y de la razón, es la conditio sine qua non,
y por tanto la condición negativa de toda verdad. Pero más allá no puede ir la
lógica; la lógica no tiene medios para descubrir el error que se refiere no a
la forma, sino al contenido.
La lógica
general resuelve en sus elementos la función formal del entendimiento y de la razón
y expone dichos elementos como principios de todo juicio lógico de nuestro
conocimiento. Esta parte de la lógica puede pues llamarse analítica y por eso
es la piedra de toque, negativa al menos, de la verdad; ya que, ante todo,
hemos de examinar y apreciar según estas reglas todo conocimiento en su forma,
antes de investigarlo en su contenido, para decidir si encierra verdad positiva
con respecto al objeto. Mas como la mera forma del conocimiento, por mucho que
coincida con las leyes lógicas, no basta ni mucho menos para constituir la
verdad material (objetiva) del conocimiento, nadie puede, con la lógica sólo,
atreverse a juzgar sobre objetos y afirmar nada, sin antes haber obtenido fuera
de la lógica información fundada acerca de ellos, para luego tratar de utilizar
y enlazar esa información en un todo coherente, según leyes lógicas o, mejor
todavía, para examinarla según las leyes lógicas. Sin embargo hay algo tan
seductor en la posesión de ese arte ilusorio de dar a todos nuestros
conocimientos la forma del entendimiento (aun cuando en lo que se refiere al
contenido del mismo pueda ser harto pobre y vacío) que aquélla lógica general
aunque es sólo un canon para el juicio, ha sido usada como un organon,
por decirlo así, para la producción real o al menos para la ficción de
afirmaciones objetivas; y de ese modo, en realidad lo que se ha hecho ha sido
usarla abusivamente. La
lógica general, como supuesto organon, llámase dialéctica.
Por muy
diferente que haya sido la significación en que los antiguos empleaban este
nombre de una ciencia o de un arte, puede colegirse por el uso real que hacen
de la dialéctica que ésta no era, entre ellos, más que la lógica de la
apariencia, un arte sofístico para dar a su ignorancia o incluso a sus
premeditadas ficciones el color de la verdad, imitando el método de sólida
fundamentación que prescribe la lógica y empleando su tópica como paliativo de
toda ficción vana. Puede pues, notarse, como advertencia segura y útil: que la
lógica general, considerada como organon, es siempre una lógica de la
apariencia, es decir, dialéctica. Pues como no nos enseña nada sobre el
contenido del conocimiento, sino sólo las condiciones formales de la
concordancia con el entendimiento, las cuales por lo demás, en lo que se
refiere a los objetos, son enteramente indiferentes, resulta que la pretensión
de usarla como un instrumento (organon) para extender los
conocimientos y ampliarlos, al menos ficticiamente, no conduce más que a una
palabrería vana que afirma lo que se quiere con alguna apariencia o ataca
también según el capricho.
Semejante
enseñanza no es en modo alguno conforme a la dignidad de la filosofía. Por eso
se ha preferido añadir a la lógica esa denominación de dialéctica, como crítica
de la apariencia dialéctica; y como tal queremos que se entienda también
aquí.
De la
división de la lógica transcendental en analítica y dialéctica transcendentales
En una
lógica transcendental aislamos el entendimiento (como antes hemos aislado la sensibilidad
en la Estética transcendental) y destacamos de nuestro conocimiento tan sólo la
parte del pensar que tiene su origen sólo en el entendimiento. El uso de ese
conocimiento puro descansa, empero, en la condición de que, en la intuición,
nos sean dados objetos a los que puede aplicarse dicho conocimiento. Pues sin
intuición, carece de objetos todo conocimiento y, entonces, queda enteramente
vacío. La parte, por lo tanto, de la lógica transcendental, que expone los
elementos del conocimiento puro del entendimiento y los principios sin los
cuales no se puede nunca pensar un objeto, es la analítica transcendental y al
mismo tiempo una lógica de la verdad. Pues ningún conocimiento puede
contradecirla sin que al mismo tiempo pierda todo contenido, es decir toda
referencia a algún objeto, y por ende toda verdad. Mas como es muy atractivo y
seductor usar solos ese conocimiento puro del entendimiento y esos principios y
aún usarlos más allá de los límites de la experiencia (la cual sin embargo es
la única que nos puede proporcionar la materia (objetos) a que pueden aplicarse
aquellos conceptos puros del entendimiento) cae el entendimiento en el peligro
de hacer, mediante sutilezas vanas, un uso material de los principios meramente
formales del entendimiento puro, y de juzgar, sin distinción, sobre objetos que
no nos son dados, y que, hasta quizá no puedan sernos dados de manera alguna.
No debiendo ser propiamente más que un canon para el juicio del uso
empírico, resulta usada abusivamente esa analítica, cuando la hacemos valer
como el organon de un uso universal e ilimitado y cuando nos
atrevemos, con el solo entendimiento puro, a juzgar sintéticamente sobre
objetos en general, y a afirmar y a decidir acerca de ellos. En este caso,
pues, sería dialéctico el uso del entendimiento puro. La segunda parte de la
lógica transcendental debe ser, por tanto, una crítica de esa ilusión
dialéctica y se llama Dialéctica transcendental; no como arte de suscitar
dogmáticamente una ilusión semejante (arte, desgraciadamente muy fácil, de
numerosas charlatanerías metafísicas), sino como una crítica del entendimiento
y de la razón, respecto de su uso hyperfísico, para descubrir la falsa ilusión
de sus infundadas arrogancias y rebajar esas sus pretensiones de descubrir y
ampliar (pretensiones que piensa alcanzar mediante principios transcendentales)
reduciéndolas a un mero juicio y a una cautela del entendimiento pero contra
ilusiones sofísticas.
De la lógica
transcendental
Analítica
transcendental
Esta analítica
es la descomposición de todo nuestro conocimiento a priori en los
elementos del conocimiento puro del entendimiento. Para esto importan los
siguientes puntos: 1) que los conceptos sean conceptos puros y no empíricos; 2)
que no pertenezcan a la intuición y a la sensibilidad, sino al pensar y al
entendimiento; 3) que sean conceptos elementales y se distingan bien de los
deducidos o compuestos de ellos; 4) que su tabla sea completa y que llenen por
completo el campo todo del entendimiento puro. Ahora bien, esta integridad de
una ciencia no puede admitirse como segura por evaluación aproximativa de un
agregado obtenido simplemente por ensayos; sólo es posible mediante una idea
conjunta del conocimiento a priori del entendimiento y mediante
la división de los conceptos que lo constituyen, división determinada por esa
idea; por lo tanto, solo es posible mediante su conexión en un sistema. El
entendimiento puro se separa enteramente no sólo de todo lo empírico sino de
toda sensibilidad. Es pues una unidad subsistente por sí misma, que se basta a
sí misma y que ningún añadido de fuera puede aumentar. Por eso el conjunto de
su conocimiento constituirá un sistema que ha de ser comprendido y determinado
bajo una idea, sistema cuya integridad y articulación puede proporcionar al
mismo tiempo una piedra de toque para la exactitud y la autenticidad de todos
los conocimientos que convengan en él. Toda esta parte de la lógica
transcendental consiste en dos libros; el primero comprende los conceptos, el
segundo los principios del entendimiento puro.
De la
analítica transcendental
Analítica de los conceptos
Entiendo
por analítica de los conceptos, no el análisis de los mismos o el procedimiento
usual en las investigaciones filosóficas de descomponer en su contenido los
conceptos que se ofrecen y traerlos a claridad, sino el análisis, menos
intentado aún, de la facultad misma del entendimiento, para inquirir
la posibilidad de los conceptos a priori, buscándolos en el solo
entendimiento, como lugar de su nacimiento, y analizando el uso puro, en
general, de este último. Tal es el tema propio de una filosofía transcendental,
pues lo demás es el tratamiento lógico de los conceptos en la filosofía en general.
Perseguiremos, pues, los conceptos puros en sus primeros gérmenes y rudimentos
en el entendimiento humano, en los cuales yacen preparados, hasta que,
desarrollados con ocasión de la experiencia y libertados, por ese mismo
entendimiento, de las condiciones empíricas, que les son inherentes, sean
expuestos en su pureza.
PRIMER
CAPÍTULO
Del
esquematismo de los conceptos puros del entendimiento
En todas
las subsunciones de un objeto bajo un concepto, tiene que ser la representación
del primero homogènea con el segundo, es decir el concepto debe
contener aquello que es representado en el objeto a subsumir en él; esto
precisamente es lo que significa la expresión: «un objeto está contenido en
un concepto». Así el concepto empírico de un plato tiene
homogeneidad con el concepto puro geométrico de un círculo, pues que
la redondez, pensada en éste, puede intuirse en aquél.
Mas los
conceptos puros del entendimiento, si los comparamos con intuiciones empíricas
(y aun en general sensibles), son enteramente heterogéneos y no pueden jamás
ser hallados en intuición alguna. ¿Cómo es pues posible la subsunción de
éstas en aquellos y por ende la aplicación de la categoría a los
fenómenos, ya que nadie dirá: esta categoría, por ejemplo la causalidad, puede
también ser intuida por los sentidos y está contenida en el fenómeno? Esta
cuestión, tan natural e importante, es propiamente la causa que hace necesaria
una doctrina transcendental del Juicio, para mostrar la posibilidad por la cual
pueden conceptos puros del entendimiento ser aplicados a fenómenos en
general. En todas las demás ciencias en donde los conceptos, por los cuales el
objeto es pensado en general, no son tan distintos y heterogéneos de aquellos
que representan in concreto ese objeto como es dado, es innecesario
dar una explicación especial respecto a la aplicación del concepto puro al
objeto.
Es pues
claro que tiene que haber un tercer término que debe de estar en homogeneidad
por una parte con la categoría y por otra parte con el fenómeno, y hacer
posible la aplicación de la primera al último. Esa representación medianera ha
de ser pura (sin nada empírico) y sin embargo, por una parte, intelectual y
por otra, sensible. Tal es el esquema transcendental.
El concepto
del entendimiento encierra unidad pura sintética de lo múltiple en general. El
tiempo, como condición formal de lo múltiple del sentido interno, por lo tanto,
del encadenamiento de todas las representaciones, encierra un múltiple a
priori en la intuición pura. Ahora bien, una determinación transcendental
del tiempo es homogénea con la categoría (que constituye la unidad de
la misma), por cuanto es universal y descansa en una regla a
priori. Pero por otra parte es homogénea con el fenómeno, por
cuanto el tiempo está contenido en toda representación empírica de lo
múltiple. Por eso una aplicación de la categoría a los fenómenos será posible
por medio de la determinación transcendental del tiempo que, como esquema de
los conceptos puros del entendimiento, sirve de término medio para subsumir los
fenómenos en la categoría.
Después
de lo que se ha explicado en la deducción de las categorías, es de esperar que
nadie tenga duda en decidir la cuestión de si esos conceptos puros del
entendimiento son de uso meramente empírico o también de uso transcendental, es
decir, si sólo como condiciones de una experiencia posible se refieren a
priori a fenómenos o si, como condiciones de la posibilidad de las cosas
en general, pueden ser extendidos a objetos en sí mismos (sin alguna
restricción a nuestra sensibilidad). Pues ya hemos visto que los conceptos son
enteramente imposibles y no pueden tener significación alguna, si un objeto no
es dado a ellos o al menos a los elementos de que constan; que por tanto no
pueden dirigirse a cosas en sí (sin tomar en cuenta si pueden y cómo pueden
sernos dados); que además el único modo como nos son dados objetos es la
modificación de nuestra sensibilidad; y finalmente que los conceptos puros a
priori, además de la función del entendimiento en la categoría, deben
contener a priori condiciones formales de la sensibilidad (sobre todo
del sentido interno), que encierran la condición universal bajo la cual tan
sólo puede la categoría ser aplicada a cualquier objeto. Esa condición formal y
pura de la sensibilidad, a la cual el concepto del entendimiento en su uso está
restringido, vamos a llamarla esquema de ese concepto del
entendimiento y llamaremos esquematismo del entendimiento puro al
proceder del entendimiento con esos esquemas.
El
esquema es en sí mismo tan sólo un producto de la imaginación; pero ya que la
síntesis de esta última tiene por objeto no una intuición única, sino la unidad
en la determinación de la sensibilidad, hay pues que distinguir el esquema de
la imagen. Así cuando pongo cinco puntos uno tras de otro....., es esto una
imagen del número cinco. En cambio, cuando sólo pienso un número en general,
que puede ser cinco o ciento, ese pensamiento es más la representación de un método
para representar, conforme a un cierto concepto, una muchedumbre, (v. g. mil)
en una sola imagen, que esta imagen misma, la cual en este último caso,
difícilmente podría yo abarcar con la vista y comparar con el concepto. A esa
representación de un procedimiento universal de la imaginación para
proporcionar su imagen a un concepto es a la que yo llamo el esquema de ese
concepto.
En
realidad, a la base de nuestros conceptos puros sensibles no hay imágenes de
los objetos, sino esquemas. Al concepto de un triángulo en general no podría
nunca adecuarse imagen alguna del mismo. Pues no alcanzaría la universalidad
del concepto, que hace que éste valga para todos, rectángulos o no, sino que
estaría siempre limitado a una parte de esa esfera. El esquema del triángulo no
puede nunca existir en otra parte que en el pensamiento y significa una regla
de la síntesis de la imaginación respecto a las figuras puras en el espacio.
Mucho menos aún alcanza nunca un objeto de la experiencia, o imagen del mismo,
el concepto empírico, sino que éste se refiere siempre inmediatamente al
esquema de la imaginación, como una regla de la determinación de nuestra
intuición conforme a un cierto concepto universal. El concepto de perro
significa una regla según la cual mi imaginación puede dibujar en general la
figura de cierto cuadrúpedo, sin estar limitada a alguna particular figura que
la experiencia me ofrece, o a la imagen posible que puedo exponer in
concreto. Éste esquematismo de nuestro entendimiento, respecto de los
fenómenos y de su mera forma, es un arte recóndito en las profundidades del
alma humana, cuyo verdadero manejo difícilmente adivinaremos a la naturaleza y
pondremos al descubierto. Todo lo que podemos decir es lo siguiente: la imagen
es un producto de la facultad empírica de la imaginación productiva, el esquema
de los conceptos sensibles (como el de las figuras en el espacio) es un
producto y como un monograma de la imaginación pura a priori, por el
cual y según el cual se hacen posibles las imágenes; éstas empero tienen que
enlazarse con el concepto mediante el esquema que ellas indican y no son en sí
enteramente congruentes con él mismo. En cambio el esquema de un concepto puro
del entendimiento es algo que no puede ser puesto en imagen alguna; es solo la
síntesis pura, conforme a una regla de la unidad, según conceptos en general y
que expresa la categoría; es un producto transcendental de la imaginación, que
se refiere a la determinación del sentido interno en general, según condiciones
de su forma (el tiempo), respecto de todas las representaciones, en cuanto
éstas en conformidad con la unidad de la apercepción, deben ser comprendidas a
priori en un concepto.
Sin detenernos
en un árido y fastidioso análisis de lo exigido para los esquemas
transcendentales de los conceptos puros del entendimiento en general, vamos a
exponerlos mas bien por el orden de las categorías y en conexión con ellas.
La imagen
pura de todas las magnitudes (quantorum) ante el sentido externo, es
el espacio; la de todos los objetos de los sentidos en general es, empero, el
tiempo. El esquema puro de 1a magnitud (quantitatis), como concepto
del entendimiento, es el número, que es una representación que
comprende la adición sucesiva de uno a uno (homogéneo). Así el número no es
otra cosa que la unidad de la síntesis de lo múltiple de una intuición
homogénea en general, por la cual produzco yo el tiempo mismo en la aprehensión
de la intuición.
Realidad
es, en el concepto puro del entendimiento, lo que corresponde a una sensación
en general, aquello pues cuyo concepto en sí mismo señala un ser (en el
tiempo); negación, aquello cuyo concepto representa un no-ser (en el tiempo).
La oposición de ambos sucede pues en la diferencia del mismo tiempo, como
tiempo lleno o tiempo vacío. Puesto que el tiempo es sólo la forma de la
intuición, por tanto de los objetos como fenómenos, así lo que en éstos
corresponde a la sensación es la materia transcendental de todos los objetos,
como cosas en sí (la cosidad, realidad). Ahora bien, toda sensación tiene un
grado o magnitud por la cual puede llenar más o menos el mismo tiempo, es
decir, el sentido interno con respecto a la misma representación de un objeto,
hasta que cesa en nada (0 = negatio). Por eso hay una relación y
conexión o, más bien, un tránsito de la realidad a la negación, que hace de
toda realidad un quantum representable; y el esquema de una realidad
como cantidad de algo, en cuanto este algo llena el tiempo, es precisamente esa
continua y uniforme producción de la misma en el tiempo, al descender, en el
tiempo, desde la sensación que tiene un cierto grado, hasta la desaparición de
la sensación, o al ascender poco a poco desde la negación hasta la magnitud de
la sensación.
El
esquema de la substancia es la permanencia de lo real en el tiempo, es decir la
representación de lo real como un substrato de la determinación empírica del
tiempo en general, el cual permanece mientras todo lo demás cambia (El tiempo
no transcurre, sino que en él transcurre la existencia de lo mudable. Al tiempo
pues, que es él mismo inmutable y permanente, corresponde en el fenómeno lo
inmutable de la existencia, es decir la substancia, y sólo en ella puede la
sucesión y la simultaneidad de los fenómenos ser determinadas según el tiempo).
El
esquema de la causa y de la causalidad de una cosa en general es lo real, al
cual, si es puesto a capricho, sigue siempre algo distinto. Consiste pues en la
sucesión de lo múltiple, por cuanto se halla sometida a una regla.
El
esquema de la realidad (acción recíproca) o de la causalidad recíproca de las
substancias con respecto a sus accidentes, es la simultaneidad de las
determinaciones de uno con las de otro, según una regla universal.
El
esquema de la posibilidad es la concordancia de la síntesis de diferentes
representaciones con las condiciones del tiempo en general (v. g. que lo
contrario no puede ser simultáneo en una cosa, sino sólo sucesivo); es pues la
determinación de la representación de una cosa en algún tiempo.
El
esquema de la realidad es la existencia en un determinado tiempo.
El
esquema de la necesidad es la existencia de un objeto en todo tiempo.
Se ve
pues por todo esto que el esquema de las categorías de la cualidad contiene y
hace representable la producción (síntesis) del tiempo mismo en la sucesiva
aprehensión de un objeto; el esquema de la cualidad contiene y hace
representable la síntesis de la sensación (percepción) con la representación
del tiempo, o la ocupación plena del tiempo; el de la relación, contiene y hace
representable la relación de las percepciones entre sí en todo tiempo (es decir
según una regla de la determinación del tiempo), y por último el esquema de la
modalidad y sus categorías contiene y hace representable el tiempo mismo como
el correlato de la determinación de un objeto, según pertenezca y cómo
pertenezca al tiempo. Los esquemas pues no son nada más que determinaciones a
priori del tiempo, según reglas, y éstas, según el orden de las
categorías, se refieren a la serie del tiempo, al contenido del
tiempo, a la ordenación del tiempo y por último al conjunto
del tiempo, con respecto a todos los objetos posibles.
Así se ve
bien que el esquematismo del entendimiento, por medio de la síntesis
transcendental de la imaginación, no viene a parar a otra cosa que a la unidad
de todo lo múltiple de la intuición en el sentido interno y así,
indirectamente, a la unidad de la apercepción como función que corresponde al sentido
interno (receptividad). Los esquemas de los conceptos puros del
entendimiento son pues las verdaderas y únicas condiciones que permiten
proporcionar a esos conceptos una relación con los objetos y por ende una significación
y las categorías, al cabo, no tienen más uso posible que uno empírico,
pues que sólo sirven para someter fenómenos a reglas universales de síntesis,
mediante fundamentos de una unidad necesaria a priori (a causa de la
necesaria reunión de toda conciencia en una apercepción originaria) y capacitar
esos fenómenos de ese modo para un enlace general en una experiencia.
Pero
todos nuestros conocimientos están en el conjunto de toda la experiencia
posible y la verdad transcendental, que precede a toda verdad empírica y la
hace posible, consiste en la referencia universal a toda la experiencia
posible.
Mas se
advierte también enseguida que si bien los esquemas de la sensibilidad son los
que realizan las categorías, sin embargo también las restringen, es decir, las
limitan a condiciones que están fuera del entendimiento (en la sensibilidad).
Por eso es el esquema propiamente el fenómeno (Phaenomenon) o concepto
sensible de un objeto, en concordancia con la categoría (Numerus est
quantitas phoenomenon, sensatio realitas phaenomenon, constans et perdurabile
rerum substantia phaenomenon, aeternitas necessitas phaenomenon etc...) Si
eliminamos una condición restrictiva, amplificamos, según parece, el
concepto anteriormente restringido; así debieran las categorías, en su
significación pura, sin ninguna condición de la sensibilidad, valer para las
cosas en general, tales como ellas son, mientras que sus esquemas sólo
las representarían como ellas aparecen, teniendo las categorías así
una significación independiente de todo esquema y mucho más extensa. Y en
realidad conservan, los conceptos puros del entendimiento una significación,
aun después de haber separado toda condición sensible; pero es una
significación solamente lógica, la significación de la simple unidad de
representaciones, a la cual empero ningún objeto es dado y por tanto ninguna
significación que pudiera proporcionarnos un concepto del objeto. Así por
ejemplo la substancia, si eliminamos la determinación sensible de la
permanencia, no significaría nada más que un algo que puede ser pensado como
sujeto (sin ser predicado de otra cosa). Mas con esa representación nada puedo
hacer, porque no me señala qué determinaciones tiene esa cosa que ha de valer
como sujeto primero. Así pues, sin los esquemas, son las categorías solamente
funciones del entendimiento para conceptos, y no representan objeto alguno.
Esta significación se las da luego la sensibilidad que realiza el
entendimiento, restringiéndolo al mismo tiempo.
SEGUNDO
CAPÍTULO
Sistema de
todos los principios del entendimiento puro
En el
anterior capítulo hemos considerado el Juicio transcendental solo según las
condiciones generales bajo las cuales está autorizado para usar los conceptos
puros del entendimiento en juicios sintéticos. Nuestro tema es ahora exponer en
enlace sistemático los juicios que el entendimiento, con esa crítica cautela,
lleva a cabo realmente a priori; para ello deberá darnos sin duda
nuestra tabla de las categorías la dirección natural y segura. Pues
precisamente la referencia de las categorías a la experiencia posible es la que
debe constituir todo conocimiento puro a priori del entendimiento y la
relación de las categorías con la sensibilidad en general expondrá todos los
principios transcendentales del uso del entendimiento, íntegros y en un
sistema.
Los
principios a priori tienen ese nombre no sólo porque contienen los
fundamentos de otros juicios, sino también porque no se fundan ellos mismos en
otros conocimientos más altos y generales. Sin embargo esa propiedad no los
dispensa siempre de una prueba. Pues aunque ésta no pudiera llevarse
objetivamente por estar más bien a la base de todo conocimiento de su objeto,
sin embargo, esto no impide que sea posible y hasta necesario producir una
prueba, sacándola de las fuentes subjetivas de la posibilidad de un
conocimiento del objeto en general, porque la proposición, si no, despertaría
siempre la más grave sospecha de ser una afirmación obtenida por sorpresa.
En
segundo lugar, nos limitaremos a aquellos principios que se refieren a las
categorías. Los principios de la estética transcendental, según los cuales el
espacio y el tiempo son las condiciones de la posibilidad de todas las cosas,
como fenómenos, así como la restricción de esos principios, a saber: que no
pueden referirse a cosas en sí mismas, no pertenecen al delimitado campo de
nuestra investigación. Tampoco los principios matemáticos constituyen parte
alguna de este sistema, porque son sacados de la intuición solamente y no de
los conceptos puros del entendimiento; sin embargo su posibilidad, ya que son
juicios sintéticos a priori, hallará lugar aquí necesariamente, no
ciertamente para demostrar su exactitud y certeza apodíctica, cosa que no
necesitan, sino para hacer comprensible y deducir la posibilidad de semejantes
evidentes conocimientos a priori.
Pero
tendremos que hablar también del principio de los juicios analíticos y ello en
oposición al de los sintéticos, que es precisamente el objeto de nuestro tema; porque
precisamente esa oposición libra la teoría de los últimos de toda mala
inteligencia y la pone ante los ojos claramente en su naturaleza peculiar.
TERCER
CAPÍTULO
Del fundamento
de la distinción de todos los objetos en general en fenómenos y noúmenos
Ya hemos
recorrido el territorio del entendimiento puro y observado atentamente cada
parte del mismo; y no sólo lo hemos hecho así, sino que además hemos medido el terreno
y fijado en él su puesto a cada cosa. Ese territorio empero es una isla, a la
cual la naturaleza misma ha asignado límites invariables. Es la tierra de la
verdad (nombre encantador), rodeada por un inmenso y tempestuoso mar, albergue
propio de la ilusión, en donde los negros nubarrones y los bancos de hielo,
deshaciéndose, fingen nuevas tierras y engañan sin cesar con renovadas
esperanzas al marino, ansioso de descubrimientos, precipitándolo en locas
empresas, que nunca puede ni abandonar ni llevar a buen término. Pero antes de
aventurarnos en ese mar, para reconocerlo en toda su extensión y asegurarnos de
si hay alguna esperanza que tener, bueno será que demos una última ojeada al
mapa de la tierra que vamos a abandonar. Preguntémonos, pues, primero, si no
podríamos contentarnos en todo caso con lo que esa tierra contiene, o aun si
acaso no tendremos por fuerza que hacerlo, por no haber en ninguna otra parte
suelo para construir. Veamos luego con qué títulos poseemos esa tierra y
podemos mantenernos seguros en ella contra pretensiones enemigas. Estas
cuestiones han sido ya suficientemente contestadas en el curso de la analítica;
pero una revista sucinta de sus soluciones, puede robustecer la convicción,
reuniendo en un solo punto los diversos momentos en que fueron expuestas.
Hemos
visto que todo cuanto el entendimiento saca de sí mismo, sin requerirlo de la
experiencia, lo tiene sin embargo para el uso de la experiencia y no para
ningún otro. Los principios del entendimiento puro, ya sean a priori
constitutivos (como los matemáticos) ya meramente regulativos (como los
dinámicos), no contienen nada más que, por decirlo así, el puro esquema para la
experiencia posible; pues esta toma su unidad sólo de la unidad sintética que
el entendimiento proporciona originariamente y de suyo a la síntesis de la
imaginación, con referencia a la apercepción; y en esa unidad deben los
fenómenos, como data para una posible experiencia, estar ya a
priori en relación y concordancia. Ahora bien, aunque esas reglas del entendimiento
no sólo son verdaderas a priori, sino fuente de toda verdad, es decir,
de la concordancia de nuestro conocimiento con los objetos, porque contienen el
fundamento de la posibilidad de la experiencia, como conjunto de todo
conocimiento en donde pueden sernos dados objetos, sin embargo, no nos parece
bastante limitarnos a enunciar lo verdadero y quisiéramos también lo que
apetecemos saber. Si, pues, por medio de esta investigación crítica no
aprendemos más que lo que, en el uso meramente empírico del entendimiento y sin
tan sutil examen, hubiésemos espontáneamente ejercitado, parece que la ventaja
que de ella se saca no vale el gasto y la preparación. Puede, es verdad,
replicarse que no hay prurito más perjudicial al aumento de nuestro conocimiento,
que el de querer saber su utilidad de antemano, antes de sumirse en las
investigaciones y aun de poder forjarse el menor concepto de esa utilidad,
aunque la tuviéramos ante los ojos. Pero hay una ventaja que puede comprender y
al mismo tiempo apreciar el más refractario y díscolo discípulo de esta
investigación transcendental, y es: que el entendimiento, ocupado
exclusivamente en su empleo empírico, y sin reflexionar sobre las fuentes de su
propio conocimiento, puede sin duda ir muy bien adelante; pero una cosa no
puede llevar a cabo, y es determinarse así mismo los límites de su uso y saber
qué es lo que está dentro o fuera de su esfera; pues para esto exígense las
investigaciones profundas que hemos realizado. Y si no puede distinguir si
ciertas cuestiones están o no en su horizonte, no estará nunca seguro de sus
aspiraciones y de su posesión, sino que deberá estar preparado para toda suerte
de vergonzosas rectificaciones, si se sale continuamente de los límites de su
esfera (como ello es inevitable) y se extravía en ilusiones y falacias.
Así pues,
el entendimiento no puede hacer de todos sus principios a priori y aun
de todos sus conceptos más que un uso empírico y nunca transcendental; esta es
una proposición que, una vez conocida y admitida con convicción, tiene
consecuencias importantes. El uso transcendental de un concepto, en cualquier
principio, consiste en referirlo a las cosas en general y en sí mismas.
El uso empírico consiste en referirlo sólo a fenómenos, es decir, a
objetos de una experiencia posible. Y nunca puede tener lugar otro uso
que este último, como se ve fácilmente por lo que sigue: para todo concepto se
requiere primero la forma lógica de un concepto (del pensar) en general, y
segundo, la posibilidad de darle un objeto, al cual se refiera. Sin esto
último, el concepto carece de sentido y está totalmente vacío de contenido, aun
cuando pueda tener la función lógica de hacer un concepto con unos datos cualesquiera.
Ahora bien, el objeto no puede ser dado, a un concepto más que en la intuición;
y si bien una intuición pura es posible a priori antes del objeto,
esta misma no puede recibir su objeto, es decir, la validez objetiva, si no es
por medio de la intuición empírica, cuya mera forma es. Así, todos los
conceptos y, con éstos, todos los principios, por muy a priori que
sean, se refieren, sin embargo, a intuiciones empíricas, es decir, a datos,
para la experiencia posible. Sin esto, carecen de toda validez objetiva y
son un mero juego, ora de la imaginación, ora del entendimiento, cada uno con
sus respectivas representaciones. Tómense, por ejemplo, conceptos de la
matemática, y en sus intuiciones puras primero: el espacio tiene tres
dimensiones; entre dos puntos no puede haber más que una recta, etc... Aun
cuando todos estos principios y la representación del objeto de que trata esa
ciencia, son producidos en el espíritu totalmente a priori, no
significarían sin embargo nada, si no pudiéramos exponer su significación
siempre en fenómenos (objetos empíricos). Por eso se exige hacer sensible un
concepto separado, es decir, exponer en la intuición el objeto que le
corresponde, porque, sin esto, el concepto permanecería (como se dice) sin sentido,
es decir, sin significación. La matemática cumple esta exigencia por medio
de la construcción de la figura, que es un fenómeno presente a los sentidos
(aunque producido a priori). El concepto de magnitud busca
también, en esa ciencia, su sustento y sentido en el número; y éste, en los
dedos, en las bolas del tablero o las rayas y puntos que se ponen ante los
ojos. El concepto permanece producido a priori y, con él,
todos los principios sintéticos o fórmulas de esos conceptos; pero el uso de
los mismos y la referencia a supuestos objetos no puede en último término
buscarse más que en la experiencia, cuya posibilidad (según la forma) contienen
a priori aquellos.
Este caso
es también el de todas las categorías y todos los principios tejidos con ellas,
como se advierte fácilmente, porque no podemos dar una definición real de
ninguna de ellas, es decir, hacer comprensible la posibilidad de su objeto, sin
acudir en seguida a las condiciones de la sensibilidad y, por tanto, a la forma
de los fenómenos, a los cuales, como únicos objetos, deben por consiguiente
estar limitadas esas categorías; en efecto, si se prescinde de esa condición,
piérdese toda significación o sea referencia a objeto, y nadie puede, por medio
de un ejemplo, hacer concebible qué cosa propiamente se entienda en esos
conceptos.
El
concepto de magnitud en general no puede definirse, como no sea diciendo que es
la determinación de una cosa, determinación que nos permite pensar cuántas
veces en dicha cosa está contenida la unidad. Pero ese «cuántas veces» está
fundado en la repetición sucesiva y, por lo tanto, en el tiempo y en la síntesis
(de lo homogéneo) en el tiempo. La realidad sólo puede definirse por oposición
a la negación, pensando un tiempo (como conjunto de todo ser) que o está lleno
de esa realidad o está vacío. Si prescindo de la permanencia (que es una
existencia en todo tiempo), nada me queda entonces para el concepto de
substancia más que la representación lógica del sujeto, la cual creo realizar
representándome algo que sólo como sujeto (sin ser predicado de nada) pueda
tener lugar. Pero no sólo no conozco condición alguna bajo la cual esta
preferencia lógica convenga a cosa alguna, sino que nada queda que hacer con
ella, ni hay la menor consecuencia que sacar, porque por medio de ella no se
determina objeto alguno del uso de ese concepto y por tanto no se sabe si significa
algo. Del concepto de causa (si prescindo del tiempo, en el cual algo sigue a
algo, según una regla) nada encontraría en la categoría pura, sino que hay algo
de lo cual puede inferirse la existencia de otra cosa; y así no sólo no se
podría distinguir uno de otro el efecto y la causa, sino que -ya que ese «poder
inferir» exige a veces condiciones de las cuales nada sé- resultaría que el
concepto no tendría determinación alguna acerca de cómo conviene a algún
objeto. El supuesto principio: «Todo lo contingente tiene una causa» se
presenta sin duda con cierta gravedad, como si en sí mismo llevara su dignidad.
Pero yo pregunto: ¿qué entendéis por contingente? Vosotros respondéis: aquello
cuyo no-ser es posible. Y entonces yo digo que desearía vivamente saber en qué
conocéis esa posibilidad del no-ser, si en la serie de los fenómenos no os
representáis una sucesión y en ésta una existencia que sigue (o precede) al
no-ser, por lo tanto, un cambio; porque decir que el no-ser de una cosa no se
contradice a sí mismo, es apelar torpemente a una condición lógica que, si bien
es necesaria para el concepto, no es ni con mucho suficiente para la
posibilidad real. Puedo suprimir en el pensamiento toda substancia existente,
sin contradecirme; pero de esto no puedo inferir la contingencia objetiva de la
misma en su existencia, es decir, la posibilidad de su no-ser en sí misma. Por
lo que toca al concepto de comunidad, es fácil comprender que si las puras
categorías de substancia y de causalidad no admiten definición que determine el
objeto, tampoco la admite la de causalidad recíproca, en la relación de las
substancias unas con otras (commercium). Posibilidad, existencia y
necesidad no han sido definidas nunca por nadie, si no es merced a evidentes
tautologías, queriendo tomar su definición solamente del entendimiento puro.
Pues la ilusión de sustituir la posibilidad lógica del concepto (la no
contradicción) a la posibilidad transcendental de las cosas (que haya
un objeto que corresponda al concepto), no puede satisfacer más que a los
inhábiles.
De aquí
se sigue indudablemente que los conceptos puros del entendimiento no pueden nunca
ser de uso transcendental, sino siempre sólo empírico
y que los principios del entendimiento puro no pueden ser referidos más
que -en relación con las condiciones universales de una experiencia posible- a
los objetos de los sentidos, pero nunca a cosas en general (sin tener en cuenta
el modo como podamos intuirlas).
La
Analítica transcendental tiene pues este resultado importante: que el
entendimiento a priori nunca puede hacer más que anticipar la forma de
una experiencia posible en general; y, como lo que no es fenómeno no puede ser
objeto de la experiencia, nunca puede saltar por encima de las barreras de la
sensibilidad, dentro de las cuales tan sólo nos son dados objetos. Sus
principios son sólo principios de la exposición de los fenómenos y el orgulloso
nombre de Ontología, que se jacta de dar en una doctrina sistemática
conocimientos sintéticos a priori de cosas en general (por ejemplo el
principio de causalidad) debe dejar el puesto al más humilde título de simple
analítica del entendimiento puro.
Pensar es
la acción de referir a un objeto la intuición dada. Si la especie de esa
intuición no es dada de ningún modo, el objeto es meramente transcendental y el
concepto del entendimiento no tiene más uso que el transcendental, a saber: la
unidad en el pensar de un múltiple en general. Ahora bien, por medio de una
categoría pura, en la cual se hace abstracción de toda condición de la
intuición sensible, como única que nos es posible, no se determina objeto
alguno, sino que sólo se expresa en diferentes modos el pensamiento de
un objeto en general. Al uso de un concepto pertenece además una función del
Juicio, por la cual un objeto es subsumido bajo el concepto y por lo tanto la
condición, al menos formal, bajo la cual algo puede ser dado en la intuición.
¿Falta esa condición del Juicio (esquema)? Pues entonces desaparece toda
subsunción; pues nada es dado que pueda ser subsumido bajo el concepto. Así el
uso meramente transcendental de las categorías no es en realidad uso alguno y
no tiene ningún objeto determinado o aún determinable según la forma. De aquí
se sigue que la categoría pura no basta para un principio sintético a
priori y que los principios del entendimiento puro son sólo de uso
empírico y nunca transcendental, más allá del campo de la experiencia posible,
no puede haber ningún principio sintético a priori.
Por eso
es conveniente expresarse así: las categorías puras, sin condiciones formales
de la sensibilidad, tienen sólo significación transcendental, pero no tienen
uso transcendental, porque éste es en sí mismo imposible ya que faltan todas
las condiciones de un uso cualquiera (en el juicio), a saber, las condiciones formales
de la subsunción de algún supuesto objeto bajo conceptos. Así pues, ya que
(como meras categorías puras) no deben ser de uso empírico y no pueden serlo
tampoco de transcendental, no tienen uso alguno, si se las separa de toda
sensibilidad, es decir, no pueden ser aplicadas a ningún supuesto objeto; son
más bien sólo la forma pura del uso del entendimiento, con referencia a los
objetos en general y al pensar, sin que con ellas solas se pueda pensar o
determinar objeto alguno.
Hay aquí, sin embargo, en el fundamento,
una ilusión difícil de evitar. Las categorías, según su origen, no se fundan en
sensibilidad, como las formas de la intuición, espacio y tiempo;
parecen, por lo tanto, permitir una aplicación ampliada más allá de todos los
objetos de los sentidos. Pero, por su parte, las categorías no son más que formas
del pensamiento, que no contienen más que la facultad lógica de reunir en
una conciencia a priori lo múltiplemente dado en la intuición. Así es
que, cuando se les retira la única para nosotros posible intuición, tienen
todavía menos significación que aquellas formas sensibles puras, por medio de
las cuales, al menos, es dado un objeto; mientras que un modo de enlace de lo
múltiple, propio de nuestro entendimiento, no significa nada, si no le
sobreviene aquella intuición, única en que puede darse este múltiple. Sin
embargo, cuando a ciertos objetos, como fenómenos, les damos el nombre de entes
sensibles (phaenomena) distinguiendo entre nuestro modo de intuirlos y
su constitución en sí mismos, ya en nuestro concepto va implícito el colocar,
por decirlo así, frente a ellos, o bien esos mismos objetos refiriéndonos a su
constitución en sí mismos (aunque esta no la intuimos en ellos) o bien otras
cosas posibles que no son objetos de nuestros sentidos, poniéndolas frente a
ellos, como objetos pensados sólo por el entendimiento; y los llamamos entes
inteligibles (noumena). Pero ahora se pregunta ¿no pueden nuestros
conceptos puros del entendimiento tener una significación con relación a estos
últimos y ser un modo de conocerlos?
Desde el
principio, empero, se advierte aquí una ambigüedad que puede ocasionar un grave
malentendido; y es que el entendimiento, cuando llama en cierto sentido, mero
fenómeno a un objeto, se forja al mismo tiempo, fuera de ese sentido, una
representación de un objeto en sí mismo y por ende se figura poder
también obtener un concepto de este objeto; pero el entendimiento no tiene de
suyo más conceptos que las categorías, y entonces se figura que el objeto, en
su última significación, debe poder ser pensado, al menos, por esos conceptos
puros del entendimiento; por donde es engañosamente conducido a considerar que
el concepto totalmente indeterminado de un ente inteligible, el cual
no es más que un algo en general, fuera de nuestra sensibilidad, es un concepto
determinado de un ente que, por medio del entendimiento, podríamos
conocer de alguna manera.
Si por
noumeno entendemos una cosa, en cuanto esa cosa no es objeto de nuestra
intuición sensible, y hacemos abstracción de nuestro modo de intuirla,
tenemos un noumeno en sentido negativo. Pero si entendemos por noumeno
un objeto de una intuición no sensible, entonces admitimos una especie
particular de intuición, a saber, la intelectual, que no es, empero, la
nuestra, y cuya posibilidad no podemos conocer; y este sería el noumeno en
sentido positivo.
La teoría de
la sensibilidad es al mismo tiempo la de los noumenos en sentido negativo, es
decir, la de cosas que el entendimiento debe pensar sin la relación con nuestro
modo de intuir, y por tanto no sólo como fenómenos, sino como cosas en sí
mismas; acerca de las cuales empero, en esta separación, el entendimiento
concibe, al mismo tiempo, que no puede hacer ningún uso de sus categorías, en
este modo de considerar las cosas, porque las categorías no tienen
significación más que respecto a la unidad de las intuiciones en el espacio y
el tiempo, y ellas pueden determinar a priori precisamente esa unidad
por conceptos universales de enlace merced tan sólo a la mera idealidad del
espacio y del tiempo. Donde esa unidad de tiempo no puede encontrarse, en el
noumeno por tanto, cesa por completo todo uso y aun toda significación de las
categorías; pues la posibilidad misma de las cosas, que deben corresponder a
las categorías, no puede comprenderse; por lo cual no puedo hacer ms que
remitirme a lo que he expuesto al principio de la observación general al
capítulo anterior. Ahora bien, la posibilidad de una cosa no puede demostrarse
nunca por la no contradicción de un concepto de ella, sino sólo garantizando
este concepto por medio de una intuición correspondiente. Si pues, quisiéramos
aplicar las categorías a objetos que no son considerados como fenómenos,
deberíamos poner a su base otra intuición que no la sensible y, entonces, sería
el objeto un noumeno en sentido positivo. Pero como una intuición
semejante, intuición intelectual, está absolutamente fuera de nuestra
facultad de conocer, resulta que el uso de las categorías no puede en modo
alguno rebasar los límites de los objetos de la experiencia; a los entes
sensibles corresponden ciertamente entes inteligibles, y aun puede haber entes
inteligibles con los cuales nuestra facultad sensible de intuir no tenga
ninguna relación; pero nuestros conceptos del entendimiento, como meras formas
del pensamiento, para nuestra intuición sensible, no alcanzan a esos entes; lo
que llamamos noumeno debe, pues, como tal, ser entendido sólo en sentido negativo.
Si de un
conocimiento empírico retiro todo pensar (por categorías) no queda conocimiento
alguno de objeto alguno; pues por mera intuición nada es pensado, y el que esta
afección de la sensibilidad esté en mí, no constituye ninguna referencia de
esta representación a un objeto. Si por el contrario prescindo de toda intuición,
queda sin embargo aún la forma del pensamiento, es decir el modo de determinar
un objeto para lo múltiple de una intuición posible. Por eso las categorías se
extienden más que la intuición sensible, porque piensan objetos en general, sin
considerar aún el modo particular (de la sensibilidad) en que pueden ser dados.
Pero no por eso determinan más amplia esfera de objetos, porque no puede
admitirse que estos puedan ser dados, sin suponer como posible otra especie de
intuición que la sensible, cosa para la cual no estamos de ninguna manera
autorizados.
Llamo
problemático un concepto que no encierra contradicción y que, como limitación
de conceptos dados, está en conexión con otros conocimientos; pero su realidad
objetiva no puede ser de ningún modo conocida. El concepto de un noumeno, es
decir, de una cosa que no debe ser pensada como objeto de los sentidos, sino
como cosa en sí misma (sólo por un entendimiento puro) no es contradictorio;
pues no se puede afirmar de la sensibilidad que sea la única especie posible de
intuición. Además ese concepto es necesario para no extender la intuición
sensible a las cosas en sí mismas y por tanto para limitar la validez objetiva
del conocimiento sensible (pues lo demás, a que no alcanza aquella, llámase precisamente
noumeno, para hacer ver así que esos conocimientos no pueden extender su esfera
sobre todo lo que el entendimiento piensa). Pero en último término no es
posible comprender la posibilidad de esos noumenos y lo que se
extiende fuera de la esfera de los fenómenos es (para nosotros) vacío, es
decir: tenemos un entendimiento que problemáticamente se extiende a
más que los fenómenos, pero no tenemos ninguna intuición, ni siquiera el
concepto de una intuición posible, por medio de la cual, fuera del campo de la
sensibilidad, pudieran dársenos objetos y pudiera el entendimiento ser usado asertóricamente
más allá de la sensibilidad. El concepto de noumeno es pues sólo un concepto-límite,
para poner coto a la pretensión de la sensibilidad; tiene por tanto sólo
un uso negativo. Pero, sin embargo, no es fingido caprichosamente, sino que
está en conexión con la limitación de la sensibilidad, sin poder, sin embargo,
asentar nada positivo fuera de la extensión de la misma.
La
división de los objetos en fenómenos y noúmenos y la del
mundo en sensible e inteligible, no puede pues admitirse en sentido positivo;
aunque, en todo caso, los conceptos admiten la división en sensibles e
intelectuales; pues a los últimos (los noúmenos o mundo inteligible) no se les
puede determinar objeto alguno y no es posible, por tanto, darlos por
objetivamente valederos.
Si se
prescinde de los sentidos ¿cómo hacer comprender que nuestras categorías (que
serían los únicos conceptos restantes para los noúmenos) significan aún algo, puesto
que para su referencia a algún objeto tiene que darse algo más que la mera
unidad del pensamiento, tiene que darse una intuición posible a la cual puedan
ser aplicadas las categorías? El concepto de noúmeno, tomado meramente como
problemático, sigue siendo sin embargo no sólo admisible sino hasta inevitable,
como concepto que pone limitaciones a la sensibilidad. Pero entonces no es un objeto
particular inteligible para nuestro entendimiento; sino que un
entendimiento, al cual perteneciese ese objeto, seria él mismo un problema, el
problema de cómo conoce su objeto no discursivamente por categorías, sino
intuitivamente en una intuición no sensible. De la posibilidad de tal
entendimiento no podemos hacernos la menor representación. Nuestro entendimiento
recibe pues de esa manera una ampliación negativa, es decir, no es limitado por
la sensibilidad, sino que más bien limita la sensibilidad, dando el nombre de
noúmenos a las cosas en sí mismas (no consideradas como fenómenos). Pero
enseguida también se pone él mismo límites, los de no conocer esos noúmenos por
medio de las categorías y por tanto, de pensarlos tan sólo bajo el nombre de un
algo desconocido.
Encuentro,
empero, en los escritos de los modernos, un uso completamente distinto de las
expresiones mundus sensibilis e intelligibilis, un uso que se
aparta totalmente del sentido que les daban los antiguos. No hay en este uso
ciertamente ninguna dificultad, pero tampoco se encuentra otra cosa que un vano
trueque de palabras. Según ese uso nuevo algunos se han complacido en llamar
mundo sensible al conjunto de los fenómenos, en cuanto es intuido, y mundo
inteligible (o del entendimiento) al mismo en cuanto la conexión de los
fenómenos es pensada según leyes universales del entendimiento. La astronomía
teórica que trata de la mera observación del cielo estrellado, representaría el
primer mundo (el sensible); la astronomía contemplativa, en cambio, (por
ejemplo explicada según el sistema copernicano del mundo o según las leyes de
la gravitación de Newton) representaría el segundo, a saber, un mundo
inteligible. Pero semejante retorcimiento de las palabras es un simple recurso
de sofista para dar de lado a una cuestión difícil, rebajando su sentido a la
conveniencia propia. Con respecto a los fenómenos, puede, en todo caso, hacerse
uso del entendimiento y de la razón; pero la cuestión es si éstas tienen algún
uso también cuando el objeto no es fenómeno (sino noúmeno); y en este
sentido se toma el objeto cuando se le piensa en sí como meramente inteligible,
es decir, como dado solo al entendimiento y no a los sentidos. La cuestión es,
pues: si fuera de ese uso empírico del entendimiento (aun en la representación
newtoniana del sistema del mundo), es posible otro uso transcendental que se
refiera al noúmeno como un objeto; y a esta cuestión hemos respondido
negativamente.
Así,
pues, cuando decimos: los sentidos nos representan los objetos como aparecen,
pero el entendimiento nos los representa como son, esto último,
hay que tomarlo, no en sentido transcendental, sino meramente empírico, es
decir: nos los representa como deben ser representados en calidad de objetos de
la experiencia, en universal conexión de los fenómenos y no según lo que puedan
ser fuera de la relación con la experiencia posible y, por consiguiente, con
los sentidos en general y, por tanto, como objetos del entendimiento puro. Pues
eso nos será siempre desconocido y hasta nos será desconocido también si
semejante conocimiento transcendental (extraordinario) es posible, al menos
como un conocimiento que está bajo nuestras categorías ordinarias. El entendimiento
y la sensibilidad no pueden, en nosotros, determinar objetos, más
que enlazados uno a otra. Si los separamos, tenemos intuiciones sin
conceptos o conceptos sin intuiciones; en ambos casos, empero, representaciones
que no podemos referir a ningún objeto determinado.
Si
alguien tiene aún dudas, después de todas estas explicaciones, y vacila en
renunciar al uso meramente transcendental de las categorías, haga un ensayo de
ellas en alguna afirmación sintética. Pues una afirmación analítica no conduce
al entendimiento más allá y, estando éste ocupado sólo con lo que ya en el
concepto está pensado, deja sin decidir si el concepto en sí mismo tiene
referencia a objetos o sólo significa la unidad del pensamiento en general (que
hace por completo abstracción del modo como un objeto pueda ser dado); le basta
saber lo que hay en el concepto; no le importa a qué se refiera el concepto
mismo. Ensaye, pues, con algún principio sintético y supuesto transcendental,
como v. g.: «Todo lo que existe, existe como substancia o como determinación
pertinente a la misma» o «Todo lo contingente existe como efecto de otra cosa,
a saber: su causa», etcétera, etc. Y yo pregunto: ¿de dónde va a tomar esas
proposiciones sintéticas, si los conceptos no han de valer con referencia a la
experiencia posible, sino a las cosas en sí mismas (noúmenos)? ¿Dónde
está aquí el tercer término que se exige siempre en una proposición sintética,
para enlazar en ella unos con otros conceptos que no tienen ningún parentesco
lógico (analítico)? Nunca demostrará su proposición y, lo que es más aún, nunca
podrá justificar la posibilidad de semejante afirmación pura, si no tiene en
cuenta el uso empírico del entendimiento y, por ende, si no renuncia
enteramente al juicio puro, al juicio no unido a nada sensible. Así, pues, el
concepto de objetos puros, meramente inteligibles, está totalmente vacío de
todo principio de aplicación, porque no se puede imaginar ningún modo como esos
objetos puros debieran ser dados y el pensamiento problemático (que, sin
embargo, deja un lugar para esos objetos) sirve sólo a modo de espacio vacío,
para limitar los principios empíricos, sin contener en sí ni señalar ningún
otro objeto del conocimiento, fuera de la esfera de estos principios empíricos.
Dialéctica transcendental
- I -
De la ilusión transcendental
Más
arriba hemos llamado a la dialéctica, en general, una lógica de la apariencia
o ilusión. Esto no significa que sea una doctrina de la verosimilitud;
pues la verosimilitud es verdad, bien que conocida por fundamentos
insuficientes, verdad cuyo conocimiento, por tanto, aunque defectuoso, no por
eso es engañador. No debe pues estar separada de la parte analítica de la
lógica. Menos aún deben considerarse como términos idénticos fenómeno
e ilusión. Pues verdad o ilusión no hay en el objeto por cuanto es intuido,
sino en el juicio sobre el mismo, por cuanto es pensado. Puede pues decirse
justamente, que los sentidos no yerran; mas no porque siempre juzguen exactamente,
sino porque no juzgan. Por eso la verdad, como el error, y por ende la ilusión,
como seducción a este último, están sólo en el juicio, es decir, en la relación
del objeto con nuestro entendimiento. En un conocimiento que concuerde
completamente con las leyes del entendimiento, no hay error. En una
representación de los sentidos, no hay tampoco error (pues no contiene ningún
juicio). Ninguna fuerza de la naturaleza puede apartarse por sí misma de sus
propias leyes. Por eso, ni el entendimiento por sí solo (sin influjo de otra
causa), ni los sentidos por sí solos errarían; el primero, porque cuando es
activo, según sus solas leyes, el efecto (el juicio) debe necesariamente
concordar con esas leyes. En la concordancia con las leyes del entendimiento
consiste, empero, lo formal de toda verdad. En los sentidos no hay juicio, ni
verdadero ni falso. Mas como fuera de estas dos fuentes de conocimiento no
tenemos ninguna, se sigue que el error es producido simplemente por el
inadvertido influjo de la sensibilidad sobre el entendimiento; por donde sucede
que los fundamentos subjetivos del juicio se mezclan con los objetivos y hacen
que éstos se desvíen de su determinación(121), así como
un cuerpo en movimiento conservaría ciertamente por sí mismo la línea recta, en
una dirección, pero si otra fuerza influye en él al mismo tiempo en otra
dirección, ese movimiento se torna curvilíneo. Para distinguir entre la acción
propia del entendimiento y la fuerza que se inmiscuye, será pues necesario
considerar el juicio erróneo como la diagonal de dos fuerzas, que determinan el
juicio en dos direcciones distintas y que, por decirlo así, encierran un
ángulo; y habrá que resolver ese efecto compuesto en los simples del
entendimiento y de la sensibilidad, cosa que, en los juicios puros a priori
debe hacerse por medio de la reflexión trascendental, por medio de la cual
(como se ha mostrado) a cada representación le es asignado su lugar, en la
facultad de conocer que le corresponde, y por ende, queda destruido el influjo
de éstas en aquellas.
Nuestro
asunto no es aquí el de tratar de la ilusión empírica (v. g. de la óptica) que
se produce en el uso empírico de reglas del entendimiento -que por lo demás son
exactas- ilusión por la cual el juicio es seducido por influjo de la
imaginación; sino que hemos de tratar tan sólo de la ilusión
transcendental, que penetra en principios, cuyo uso no es ni siquiera
establecido en la experiencia, caso en el cual tendríamos al menos una piedra
de toque de su exactitud, sino que nos conduce, contra todos los avisos de la
crítica, allende el uso empírico de las categorías y nos entretiene con el
espejismo de una amplificación del entendimiento puro. Vamos a llamar inmanentes
los principios, cuya aplicación se contiene del todo en los límites de la
experiencia posible; y transcendentes, los principios destinados a
pasar por encima de esos límites. Entre estos últimos, empero, no cuento el uso
transcendental o mal uso de las categorías, el cual es sólo una falta del
Juicio, insuficientemente frenado por la crítica, y no bastante atento a los
límites del territorio en el cual tan sólo le es permitido moverse al
entendimiento puro. Sólo considero transcendentes ciertos principios reales que
nos piden que echemos abajo los cercados todos y pasemos a otro territorio,
completamente nuevo, en donde ninguna demarcación es conocida. Por lo tanto, no
es lo mismo transcendental que transcendente. Los principios
del entendimiento puro, expuestos más arriba, sólo deben tener uso empírico y
no transcendental, es decir, que exceda a los límites de la experiencia. El
principio, empero, que suprime esas limitaciones y aun nos ordena franquearlas,
se llama transcendente. Si nuestra crítica puede llegar a descubrir la
ilusión de esos pretendidos principios, entonces esos principios del mero uso
empírico, podrán llamarse principios inmanentes del entendimiento
puro, por oposición a los otros.
La
ilusión lógica que consiste en la mera imitación de la forma de la razón (la
ilusión de los raciocinios falaces) se origina simplemente en una falta de
atención a la regla lógica. Tan pronto, pues, como esta atención se agudiza
sobre el caso presente, desaparece dicha ilusión por completo. Pero, en cambio,
la ilusión transcendental no cesa, sin embargo, aun después de descubierta y de
conocida claramente su vanidad, por medio de la crítica transcendental (v. g.
la ilusión en la proposición: «el mundo debe tener un comienzo, según el
tiempo».) La causa de esto, es que en nuestra razón (considerada
subjetivamente, como una facultad humana de conocer) hay reglas fundamentales y
máximas de su uso, que tienen la autoridad de principios objetivos, por donde
sucede que la necesidad subjetiva de un cierto enlace de nuestros conceptos,
para el entendimiento, es tomada por una necesidad objetiva de la determinación
de las cosas en sí mismas. Esta es una ilusión que no puede evitarse, como
tampoco podemos evitar que la mar nos parezca más alta en medio de su
extensión, que en la playa, porque allí la vemos a través de rayos de luz más
altos que aquí; como el astrónomo no puede evitar que la luna le parezca más
grande a su salida, aun cuando no se deja engañar por esta ilusión.
La Dialéctica
transcendental se contentará, pues, con descubrir la ilusión de los juicios,
transcendentales e impedir al mismo tiempo, que esta ilusión engañe. Pero que
(como la ilusión lógica) desaparezca y deje de ser ilusión, esto nunca lo podrá
conseguir. Pues se trata de una ilusión natural, e inevitable, que
descansa en principios subjetivos y los usa como objetivos. En cambio, la
dialéctica lógica, en la resolución de los sofismas, sólo tiene que ocuparse de
una falta en la aplicación de los principios, o de una ilusión artificiosa en
la imitación de los mismos. Hay, pues, una dialéctica natural e inevitable de
la razón pura; no una dialéctica, en que por acaso se enredan los inexpertos,
por falta de conocimientos, o que un sofista entreteje para confusión de gentes
razonables, sino una dialéctica que es irremediablemente inherente a la razón
humana y que, aun después de descubierto su espejismo, no cesa, sin embargo, de
engañar y de empujar la razón, sin descanso, a momentáneos errores, que
necesitan de continuo, ser remediados.
De los
conceptos de la razón pura
Sea lo
que quiera de la posibilidad de los conceptos por razón pura, éstos no son
obtenidos por mera reflexión sino por conclusión. Los conceptos del
entendimiento son también pensados a priori, antes de la experiencia y
para ésta; pero no contienen nada más que la unidad de la reflexión sobre los
fenómenos, por cuanto éstos deben pertenecer necesariamente a una posible
conciencia empírica. Sólo por esos conceptos del entendimiento es posible el
conocimiento y la determinación de un objeto. Son pues los que proporcionan el
material para las conclusiones y antes que ellos no hay conceptos a priori
de objetos, de los cuales ellos pudieran ser inferidos. En cambio su realidad
objetiva se funda solamente en que, como constituyen la forma intelectual de
toda experiencia, su aplicación debe poder siempre demostrarse en la
experiencia.
Pero la
denominación de concepto de razón muestra ya de antemano que este no quiere
dejarse encerrar en la experiencia, porque se refiere a un conocimiento, del
cual todo conocimiento empírico es sólo una parte (acaso el todo de la
experiencia posible o de su síntesis empírica) y si bien ninguna experiencia
real alcanza nunca a aquel conocimiento, sin embargo siempre pertenece a él.
Los conceptos de la razón sirven para concebir, como los conceptos del
entendimiento sirven para entender (las percepciones). Si contienen lo
incondicionado, refiérense a algo bajo lo cual se halla comprendida toda
experiencia, pero que no puede ello mismo ser nunca objeto de experiencia;
algo, hacia lo cual la razón, con sus conclusiones sacadas de la experiencia,
conduce, y según lo cual mide y aprecia el grado de su uso empírico, pero sin
constituir jamás un miembro de la síntesis empírica. Si esos conceptos,
prescindiendo de esto, tienen validez objetiva, pueden llamarse conceptus
ratiocinati (conceptos rectamente inferidos) si no, son al menos obtenidos
capciosamente por una aparente conclusión y puede llamarse conceptus
ratiocinantes (conceptos sofísticos). Mas como esto no puede decidirse
hasta el capítulo que trate de las conclusiones dialécticas de la razón pura,
podemos no ocuparnos de ellos todavía, y vamos por de pronto a dar a los
conceptos de la razón pura un nuevo nombre, como hicimos con los conceptos
puros del entendimiento, al llamarlos categorías. Y será este nombre el de
ideas transcendentales. Ahora explicaremos y justificaremos esta denominación.
De los
raciocinios dialécticos de la razón pura
Puede
decirse que el objeto de una mera idea transcendental es algo de que no se
tiene concepto, aun cuando dicha idea ha sido producida necesariamente en la
razón, según sus leyes originarias. Pues en realidad, de un objeto que debe ser
adecuado a la exigencia de la razón no es posible ningún concepto del
entendimiento, es decir un concepto que pueda ser mostrado en una experiencia
posible y hecho intuible en ella. Mejor y menos expuesta a malas inteligencias
sería la expresión que dijera: que nosotros no podemos tener del objeto, que
corresponde a una idea, ningún conocimiento, aunque sí un concepto
problemático.
Ahora bien,
por lo menos la realidad transcendental (subjetiva) de los conceptos puros de
la razón se, funda en que, por un raciocinio necesario, somos conducidos a esas
ideas. Así pues, habrá raciocinios que no contengan premisas empíricas y por
medio de los cuales de algo que conocemos inferimos alguna otra cosa, de que no
tenemos ningún concepto, y a la cual, sin embargo, por una ilusión inevitable,
damos realidad objetiva. Esos raciocinios, pues, por su resultado, merecen
llamarse más bien paralogismos que raciocinios; aun cuando por su advenimiento
podrían muy bien llevar este último nombre, pues no han sido fingidos ni han
nacido casualmente, sino que han sido originados en la naturaleza de la razón.
Son sofismas no de los hombres sino de la razón pura misma, de los cuales ni el
más sabio de los hombres podría desasirse; acaso podrá, después de mucho
esfuerzo, evitar el error, pero de la ilusión que sin cesar le obsede y engaña,
no puede librarse nunca por completo.
De estos
raciocinios dialécticos hay pues tres especies, tantas como son las ideas a que
conducen sus conclusiones. En el raciocinio de la primera clase, infiero
del concepto transcendental de sujeto, que no contiene nada múltiple, la
absoluta unidad de ese sujeto mismo, del cual, de esta manera, no tengo ningún
concepto. A este raciocinio dialecto le daré el nombre de paralogismo
transcendental. La segunda clase de raciocinios sofísticos está
dispuesta sobre el concepto transcendental de la absoluta totalidad de la serie
de las condiciones, para un fenómeno en general dado; y de que tengo siempre un
concepto contradictorio de la incondicionada unidad sintética de la serie, en
una parte, infiero la exactitud de la unidad opuesta, de la cual, sin embargo,
no tengo ningún concepto. Al estado de la razón, en estos raciocinios
dialécticos, daré el nombre de antinomia de la razón pura. Por último,
en la tercera especie de raciocinios sofísticos, infiero de la
totalidad de las condiciones para pensar objetos en general, en cuanto pueden
serme dados, la absoluta unidad sintética de todas las condiciones de la
posibilidad de las cosas en general; es decir, de cosas que no conozco, según
su mero concepto transcendental, infiero un ser de todos los seres, que conozco
menos aún por un concepto transcendental y de cuya incondicionada necesidad no
me puedo formar ningún concepto. A este raciocinio llamaré ideal de la
razón pura.
Primera sección
Sistema de
las ideas cosmológicas
Para
poder enumerar esas ideas, según un principio, con precisión sistemática, hemos
de advertir primero: que sólo en el entendimiento pueden originarse
conceptos puros y transcendentales y que la razón propiamente no produce ningún
concepto, sino que, en todo caso, libra al concepto intelectual (del
entendimiento) de las inevitables limitaciones de una experiencia posible y
trata de extenderlo por encima de los límites de lo empírico, aún cuando en
conexión con éste. Ello sucede porque la razón, para un condicionado dado,
exige por el lado de las condiciones (a que el entendimiento somete todos los
fenómenos de la unidad sintética) totalidad absoluta y hace por lo tanto de la
categoría una idea transcendental para dar integridad absoluta a la síntesis
empírica, por medio de la continuación de la misma hasta lo incondicionado (que
nunca se encuentra en la experiencia, sino sólo en la idea). Esto lo exige la
razón según el principio: si lo condicionado es dado, también es dada la suma
completa de las condiciones y, por lo tanto, lo absolutamente incondicionado, por
lo cual tan sólo es aquello posible. Así pues, primeramente las ideas
transcendentales no serán propiamente nada más que categorías extendidas hasta
lo incondicionado y podrán ponerse en una tabla, según los títulos de éstas. Segundo:
todas las categorías no serán buenas para ello, sino sólo aquellas en
donde la síntesis constituya una serie, que habrá de ser una serie de
las condiciones subordinadas (no coordinadas) para un condicionado. La
totalidad absoluta es exigida por la razón sólo en cuanto se refiere a la serie
ascendente de las condiciones para un condicionado dado; no pues cuando se
trata de la línea descendente de las consecuencias ni tampoco del agregado de
condiciones coordinadas a esas consecuencias. Pues las condiciones están ya
presupuestas, con respecto al condicionado dado, y hay que considerarlas como
dadas con éste, mientras que, como las consecuencias no hacen posibles sus
condiciones, sino que más bien las suponen, el progreso hacia las consecuencias
(o el descenso de la condición dada a lo condicionado) no tiene que preocuparse
de si la serie cesa o no y, en general, la cuestión de su totalidad no es
ningún supuesto de la razón.
Así
piénsase necesariamente como dado un tiempo transcurrido enteramente hasta el
momento presente (aunque no es determinable por nosotros). Pero en lo que toca
al futuro, como éste no es condición para llegar al presente, resulta que para
comprender el presente es del todo indiferente el modo de comportarnos respecto
del tiempo futuro, ya le hagamos cesar en algún momento o correr hasta lo
infinito. Sea la serie m, n, o, en donde n es dado como
condicionado por m, pero al mismo tiempo como condición de o; la
serie asciende del condicionado n a m (1, k, j, etc...) y
desciende de la condición n al condicionado o (p, q, r, etc.) pues
tengo que presuponer la primera serie para considerar n como dado y,
según la razón (la totalidad de las condiciones) n es posible sólo
mediante esa serie; pero su posibilidad no descansa en la serie siguiente o,
p, q, r, la cual, por tanto, no puede considerarse como dada, sino solo
como dable (dabilis).
A la
síntesis de una serie por el lado de las condiciones, o sea desde la condición
que es la más próxima al fenómeno dado hasta la más lejana, la llamaremos regresiva;
a la síntesis por el lado de lo condicionado, desde la consecuencia más
próxima a la más lejana, la llamaremos progresiva. La primera va in
antecedentia; la segunda, in consequentia. Las ideas
cosmológicas, pues, se ocupan de la totalidad de la síntesis regresiva y van in
antecedentia, pero no in consequentia. Si esto último ocurre, es
un problema caprichoso y no necesario de la razón pura, porque para la completa
comprensibilidad de lo dado en el fenómeno, necesitamos, sí, los fundamentos,
pero no las consecuencias.
Para
disponer ahora la tabla de las ideas según la tabla de las categorías tomemos:
Primero:
los dos quanta originarios de toda intuición nuestra, el tiempo y
el espacio. El tiempo es en sí mismo una serie (y la condición formal
de todas las series) y por eso en él, con respecto a un presente dado, hay que
distinguir a priori los antecedentia, como condiciones (el
pasado) de los consequentibus (el futuro). Por consiguiente, la idea
transcendental de la totalidad absoluta de la serie de las condiciones para un
condicionado dado se refiere sólo al tiempo pasado todo. Según la idea de la razón, todo el tiempo
transcurrido es pensado necesariamente como dado, como condición del momento
dado. Pero por lo que toca al espacio, no hay en él distinción alguna entre
progreso y regreso, porque constituye un agregado, pero no una serie,
puesto que sus partes existen todas al mismo tiempo. El presente momento
pude yo considerarlo, con respecto al tiempo pasado, sólo como condicionado,
pero nunca como condición de ese tiempo pasado; porque ese momento sólo se
origina mediante el tiempo transcurrido (o más bien por medio del transcurrir
del tiempo antecedente). Pero como las partes del espacio no están subordinadas
unas a otras, sino coordinadas, resulta que una parte no es la condición de la
posibilidad de la otra y el espacio no constituye como el tiempo en sí mismo
una serie. Pero la síntesis de las múltiples partes del espacio, por medio de
la cual aprehendemos esto, es, sin embargo, sucesiva y ocurre por lo tanto en
el tiempo y contiene una serie. Y como en esa serie de los espacios agregados
(v. g. de los pies en una vara) a partir de uno dado, los otros espacios
pensados además son siempre la condición del límite de los anteriores,
resulta que medir un espacio debe considerarse también como una
síntesis de una serie de condiciones para un condicionado dado; sólo que el
lado de las condiciones no se distingue en sí mismo del lado hacia el cual está
lo condicionado y por consiguiente el regressus y el progressus en
el espacio parecen ser idénticos. Mas porque una parte del espacio no es dada
por la otra, sino sólo limitada por ella, tenemos que considerar todo espacio
limitado como también condicionado, por cuanto supone otro espacio como la
condición de sus límites, y así sucesivamente. Con respecto a la limitación es,
pues, la marcha en el espacio también un regreso y la idea transcendental de la
absoluta totalidad de la síntesis, en la serie de las condiciones, se refiere
también al espacio. Puedo pues preguntar por la absoluta totalidad del fenómeno
en el espacio, como en el tiempo transcurrido. ¿Hay empero una respuesta
posible a estas preguntas? Esto es lo que determinaremos luego.
Segundo:
la realidad en el espacio, es decir, la materia, es un condicionado,
cuyas condiciones internas son sus partes y cuyas condiciones remotas son las
partes de las partes; hay aquí pues una síntesis regresiva, cuya absoluta
totalidad exige la razón y que no puede alcanzarse más que por una división
completa por la cual la realidad de la materia desaparezca en la nada o en algo
que ya empero no sería materia, a saber: en lo simple. Hay aquí por
consiguiente una serie de condiciones y una marcha hacia lo incondicionado.
Tercero:
por lo que toca a las categorías de la relación real entre los fenómenos, la
categoría de la substancia con sus accidentes no es acomodada para idea
transcendental; es decir, que la razón no tiene fundamento, con respecto a
ella, para ir regresivamente a las condiciones. Pues los accidentes (en cuanto
son inherentes a una substancia única) están coordinados unos a otros y no
constituyen una serie. Y por lo que toca a la substancia, no están propiamente
subordinados a ella, sino que son el modo de existir la substancia misma. Lo
que aún podría parecer aquí una idea de la razón transcendental, sería el
concepto de lo substancial. Pero como éste no significa otra cosa que
el concepto del objeto en general -el cual subsiste, por cuanto en él se piensa
sólo el sujeto transcendental, sin los predicados- y aquí empero se trata sólo
de lo incondicionado en la serie de los fenómenos, es claro que lo substancial
no puede constituir un miembro de esta serie. Lo mismo puede decirse de las
substancias en comunidad, que son meros agregados y no tienen ningún exponente
de una serie, ya que no están subordinados unos a otros como condiciones de su
posibilidad, cosa que pudo decirse de los espacios, cuyo límite no está nunca
determinado en sí sino siempre por medio de otro espacio. Resta, pues, sólo la
categoría de causalidad, que ofrece una serie de causas para un efecto
dado, en la cual podemos ascender desde el efecto, como condicionado, a las
causas, como condiciones, y responder a la pregunta de la razón.
Cuarto:
los conceptos de lo posible, lo real y lo necesario no conducen a serie alguna,
como no sea por cuanto lo contingente en la existencia tiene que ser
considerado siempre como condicionado y, según la regla del entendimiento,
implica una condición bajo la cual está necesariamente, y esta condición
implica otra condición más alta, hasta que la razón encuentra la necesidad incondicionada
en la totalidad de esa serie.
Según
esto no hay más que cuatro ideas cosmológicas, conforme a los cuatro títulos de
las categorías, si se toman las que implican necesariamente una serie en la
síntesis de lo múltiple.
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1 La absoluta integridad de la Composición
del todo dado de todos los fenómenos |
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2 La absoluta integridad de la división
de un todo dado en el fenómeno |
3 La absoluta integridad del origen
de un fenómeno en general |
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4 La absoluta integridad de la dependencia
de la existencia de lo mudable en el fenómeno. |
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Hay que
advertir primero que la idea de la absoluta totalidad se refiere exclusivamente
a la exposición de los fenómenos y por tanto no al concepto puro
intelectual (del entendimiento) de un todo de las cosas en general. Aquí, pues,
son ciertos fenómenos considerados como dados y la razón exige la integridad
absoluta de las condiciones de su posibilidad, por cuanto éstas constituyen una
serie y por lo tanto una síntesis absolutamente (es decir en todo sentido)
integral, mediante la cual el fenómeno pueda ser expuesto, según leyes del
entendimiento.
En
segundo lugar, lo que la razón busca en esta síntesis (continuada en forma de
serie y progresivamente) de las condiciones es propiamente sólo lo
incondicionado o, por decirlo así, la integridad en la serie de las premisas
que, juntas, no presuponen ninguna otra. Este incondicionado está
contenido siempre en la absoluta totalidad de la serie, cuando ésta es
representada en la imaginación. Pero esta síntesis absolutamente completa es, a
su vez, sólo una idea; pues no podemos saber de antemano si semejante cosa es
posible en los fenómenos. Cuando nos lo representamos todo por medio de meros
conceptos del entendimiento, sin condiciones de la intuición sensible, podemos
decir directamente que, para un condicionado dado, está también dada toda la
serie de las condiciones subordinadas unas a otras; pues ese condicionado es
dado sólo por esa serie. Pero tratándose de fenómenos, hay que hacer una
limitación particular del modo como las condiciones son dadas, a saber, por la
sucesiva síntesis de lo múltiple de la intuición que ha de ser completa en el
regreso. Ahora bien, ¿es posible esa integridad sensible? Esto es todavía
problema. Pero la idea de esa integridad se halla sin embargo en la razón, sin
que se tenga en cuenta la posibilidad o imposibilidad de enlazar con ella
adecuadamente conceptos empíricos. Así pues, como en la totalidad absoluta de
la síntesis regresiva de lo múltiple en el fenómeno (según la guía de las
categorías que la representan como una serie de condiciones para un
condicionado dado) está necesariamente contenido lo incondicionado, pudiendo
quedar indeciso sí y cómo esa totalidad ha de ser producida, resulta que la
razón aquí toma la vía que consiste en partir de la idea de la totalidad, aun
cuando propiamente su propósito último es lo incondicionado, ya lo
incondicionado de toda la serie, o sólo de una parte de la misma.
Ahora bien,
ese incondicionado puede pensarse o bien como consistente sólo en la serie
toda, en la cual por tanto todos los miembros serían condicionados, sin
excepción, y sólo el todo de la serie sería absolutamente incondicionado y
entonces el regreso llámase infinito; o bien lo absolutamente incondicionado es
sólo una parte de la serie, a la cual están subordinados los demás miembros,
pero que ella (la serie) no se halla sometida a ninguna otra condición. En el
primer caso, la serie a parte a priori es ilimitada (sin principio),
es decir infinita y sin embargo totalmente dada, pero el regreso en ella no es
nunca completo y sólo puede llamarse infinito potencialmente. En el segundo
caso hay un primero de la serie, el cual, con respecto al tiempo transcurrido se
llama el comienzo del mundo; con respecto al espacio, el límite
del mundo; con respecto a las partes de un todo dado en sus límites, lo
simple; con respecto a las causas, la absoluta espontaneidad (libertad);
con respecto a la existencia de las cosas mudables, la absoluta necesidad
natural.
Poseemos
dos expresiones: mundo y naturaleza, que suelen a veces
confundirse. La primera significa el todo matemático de todos los fenómenos y
la totalidad de su síntesis, en lo grande como en lo pequeño, es decir, tanto
en el progreso de los fenómenos por composición como por división. Ese mismo
mundo, empero, es llamado naturaleza, en cuanto es considerado como un todo
dinámico y se atiende no a la agregación en el espacio o en tiempo, para
producirla como una magnitud, sino a la unidad en la existencia de los
fenómenos. Entonces, a la condición de lo que ocurre se llama causa; la
incondicionada causalidad de la causa en el fenómeno se llama libertad y la condicionada,
en cambio, se llama, en sentido estricto, causa natural. Lo condicionado en la
existencia en general se llama contingente; y lo incondicionado, necesario. La incondicionada necesidad de los
fenómenos puede llamarse necesidad natural.
Las ideas,
de que ahora nos ocupamos, las he llamado más arriba ideas cosmológicas; en
parte, porque se entiende por mundo el conjunto de todos los fenómenos y
nuestras ideas se dirigen solo a lo incondicionado entre los fenómenos, y en
parte también, porque la palabra mundo, en sentido transcendental, significa la
totalidad absoluta del conjunto de las cosas existentes, y nosotros atendemos
sólo a la integridad de la síntesis (aunque sólo propiamente en el regreso a
las condiciones). Considerando que además esas ideas son todas transcendentales
y que, aun cuando no superan el objeto (a saber: los fenómenos) según la
especie, sino que solamente se ocupan del mundo sensible (no de noumenos)
llevan sin embargo la síntesis hasta un grado que excede a toda experiencia
posible, se puede, según mi opinión, llamar a todas muy convenientemente conceptos
cósmicos. Atendiendo a la distinción entre lo incondicionado matemático y
lo incondicionado dinámico, a que tiende el regreso, llamaría yo a los dos
primeros conceptos cósmicos en sentido estricto (conceptos del mundo en lo
grande y en lo pequeño); y a los otros dos les llamaría conceptos
transcendentales de la naturaleza. Esta distinción no es por ahora de muy
notable importancia; pero en la continuación puede llegar a ser más importante
Tesis
El mundo
tiene un comienzo en el tiempo y con respecto al espacio está encerrado también
en límites.
Prueba
Admítase,
en efecto que el mundo no tenga comienzo en el tiempo; así habrá transcurrido
una eternidad hasta cualquier momento dado, y por tanto habrá transcurrido una
serie infinita de estados subsiguientes unos a otros, de las cosas en el mundo.
Ahora bien, la infinidad de una serie consiste precisamente en que nunca
puede ser completada por medio de una síntesis sucesiva. Así pues, es posible
una serie cósmica infinita ya transcurrida y, por tanto, un comienzo del mundo
es condición necesaria de su existencia; que es lo que había que demostrar
primero.
Con respecto
a lo segundo, admítase de nuevo lo contrario y entonces el mundo será
un todo infinito dado de cosas existentes a la vez. Ahora bien, la magnitud de
un quantum, que no está dado a toda intuición, dentro de ciertos límites no
puede ser pensada de ningún otro modo que por medio de las partes; y la
totalidad de ese quantum ha de ser pensada por medio de la completa síntesis o
por repetida adición de la unidad a sí misma. Por lo tanto, para pensar como un
todo el mundo que llena todos los espacios, tendría la sucesiva síntesis de las
partes de un mundo infinito que ser considerada como completa, es decir, habría
que considerar como transcurrido un tiempo infinito en la enumeración de todas
las cosas coexistentes; lo cual es imposible. Por lo tanto, un agregado infinito de cosa reales no puede
ser considerado como un todo dado y, por tanto, tampoco como dado a la vez.
Un mundo
por consiguiente no es infinito
en su extensión en el espacio, sino que está encerrado en límites; que es lo
que había que demostrar en segundo término.