SOSPECHAR DE LA CULTURA.
EL CENTENARIO DE ARTURO JAURETCHE
Por Claudio Maíz
CONICET- Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Nacional de Cuyo
Parque Gral. San Martín, Ciudad (5500)
Mendoza, Rca. Argentina
“En los largos años de lucha al servicio de la idea de la emancipación nacional, me fue dado conocer la mentalidad de los hombres que se autodesignan como ‘intelectuales’, y su absoluto divorcio con la realidad del país, así como los obstáculos que ellos crean a la inteligencia argentina cuando busca su camino.” Arturo Jauretche
Quizás parezca un despropósito hablar de la función que la cultura letrada ha cumplido en la historia latinoamericana, en razón de la escasa o nula estimación que despierta en los actuales tiempos hipermediáticos. Sin embargo, no habría que dejarse desalentar tan fácilmente, a pesar de que no resulta sencillo desprenderse de la inmediatez del hecho concreto –la baja estima por la cultura- para reflexionar sobre la proyección o la procedencia del mismo. Con lo dicho, entramos directamente en el modo de pensar de Arturo Jauretche, por cuanto se esforzó por evitar lo que llamaba “el círculo de lo cotidiano” que cerca al hecho concreto y lo sitúa al margen del futuro y del pasado. Este singular razonamiento lo llevó a sospechar de todo aquello que se presente como imperecedero, desde los próceres de la historia a los popes de la cultura y clamaba por la averiguación de las reglas de formación de los conjuntos axiomáticos de la cultura argentina. “Lo único que yo les traigo a ustedes –solía decir a su público- es la desconfianza”. Su propuesta tendía a “la reflexión sobre lo obvio”, a la que aludía el uruguayo Real de Azúa, esa “forma de conocimiento de la realidad que apunta más abajo, más allá de los lugares comunes y las apariencias que lo parasitan.”
¿Pero por qué ese recelo hacia la cultura letrada? Jauretche sugería desconfiar del aparato cultural argentino, en base a una acusación muy grave: la cultura letrada había apuntalado a una clase social –la oligarquía terrateniente- e impedido que la Argentina rompiera con una situación de sojuzgamiento frente a los poderes imperiales. Mediante lo cual, Jauretche puso de relieve la importancia de las formas verbales, es decir letradas, para el examen de la experiencia imperialista. Estudios más recientes, como los de Edward Said en Orientalismo (1978) y luego en Cultura e imperialismo (1993) han tratado de descatar los vínculos entre imperialismo y ciencias humanas. Said exploró el modo en que las sociedades colonialistas europeas construyen discursivamente una imagen de las culturas no metropolitanas, en especial de aquéllas que se encuentran bajo su control territorial. En tal sentido, Said fue mucho más allá de Michel Foucault, quien había intentado mostrar las reglas de formación de un discurso y los modos de configuración de la verdad, la manera como circula o es administrada por determinadas instancias de poder. A la luz de estos estudios, podríamos decir que la obra de Jauretche se registra dentro de las interpretaciones que exploran la inscripción verbal de las experiencias de subordinación, con lo que se confirmarían algunas de sus hipótesis.
Con todo, la desconfianza en la cultura letrada, con sustantivas variantes en algunos casos, no es nueva y puede remontarse más allá del siglo XX. En efecto, y para poner sólo unos ejemplos, Simón Rodríguez bregó por la consulta al genio americano para la construcción de nuestras repúblicas y no a la experiencia europea que impregnaba la cultura letrada. “O inventamos o erramos” decía el maestro de Simón Bolívar. Más tarde, José Martí opuso a los “letrados artificiales” el “hombre natural”, que representaba la originalidad americana, más genuina y productiva que las interpretaciones venidas del Occidente culto. Jauretche expresaba este fenómeno a su manera: “En el lenguaje llano de todos los días, hilvanando recuerdos, episodios o anécdotas, diré mis cosas como se dicen en el hogar, en el café o en el trabajo. Sería muy feliz si el lector adquiere en esta modesta lectura, el hábito de someter las suyas a la crítica de su modo de pensar habitual, utilizando la comparación, la imagen, la analogía y las asociaciones de ideas con que se maneja en su mundo cotidiano. Le bastará esto para salir de la trampa que le tienden los expertos de la cultura.” (Los Profetas del Odio)
La trampa, a nuestro entender, no ha sido otra que la proveniente de los múltiples comportamientos disociativos registrados entre la ciudad real y la ciudad letrada, como lo vio Ángel Rama en su estudio sobre “La ciudad letrada”. Es decir, un sistema simbólico que solo responde vagamente a los datos particulares y concretos que pudieron darle nacimiento y se han desarrollado independientemente como significaciones desprendidas de sus significantes. Una vez constituido el sistema de significación letrada se impone sobre lo real como una red que lo envuelve. La sacralización de la escritura es un proceso largo y sinuoso, que parte desde la Colonia, especula Rama, creando una legión de burócratas encargados de guardar celosamente la interpretación de la letra, merced a lo cual se situaban en el pináculo de la consideración social. El resultado fue la consolidación de una diglosia, es decir, la nítida separación de dos lenguas: la pública y aparato del poder político y la popular y cotidiana. Por el camino de la lengua popular, rescatada del círculo simbólico de las significaciones de la cultura letrada, Jauretche pertenece, sin dudas, al corpus de obras de circunstancias, pero la inmediatez es lo que, precisamente, asigna a su obra la perennidad, como la alcanzada en su momento por el Facundo y el Martín Fierro. La vinculación con estas obras es a nivel del tema y la forma circunstanciada, en modo alguno, por razones estéticas. Jauretche compensaba, como él mismo decía, su “debilidad literaria frente a plumas consagradas” con “la validez de los argumentos”, por eso cultivó el género ensayístico, que más que un género fue un método para la dilucidación de este enigma argentino: ser una nación con un potencial para grandes realizaciones y languidecer constantemente en la impotencia.