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LA IDIOSINCRASIA PERDIDA

Rubén Gustavo Martínez

e-mail: rgmart@intramed.net.ar

Vivencias de la post-guerra

"Mientras una nación no llegue a consolidar en su seno el espíritu de unidad y de patriotismo, le faltan todavía muchos pasos que dar en la civilización." (Sempere y Guarinos).

El siglo XXI ha comenzado para todos, inclusive para la República Argentina, aunque no lo parezca. Y al hacerlo, ha resonado con fuerza en el ambiente una frase célebre del Teniente General Juan Domingo Perón: "El año 2.000 nos encontrará unidos o dominados". Por aquellos tiempos suyos, de absoluta división en los irreconciliables bandos de los peronistas y los anti-peronistas, las imágenes que hoy se ven en las calles de nuestro país no podían anticiparse ni siquiera en el peor de los supuestos: "desunidos y dominados". Son imágenes de post-guerra; la destrucción, la decadencia y la desesperanza que cohabitan entre los argentinos, se pueden apreciar a diario en las calles de Buenos Aires, la ciudad que atrajo a los desocupados que no encontraban salida en sus provincias en momentos menos aciagos y menos terminales.

A toda hora, a cada paso, alrededor, se observa el efecto de los bombardeos. Por la noche, quedan desgarradas las bolsas de residuos y su inaprovechable contenido despanzurrado entre las sucesivas postas a lo largo de la calle, trayendo al seno urbano la esencia de los basurales. Pero no ya por el paso de los gatos o de algún perro famélico, que hubiesen hurgado allí en busca de las cada vez más raras calorías desperdiciadas por los seres humanos; sino por la pesquisa que éstos mismos hacen del propio sustento entre los desechos de los otros de su especie, todavía más fuertes y encumbrados, sabe Dios portadores a su vez de qué miserias, o de qué preocupaciones, o de qué dudas insalvables postergadas. Durante el día, los mendigos se multiplican y se vuelven agresivos; fingen sufrimientos que no tienen porque las tribulaciones verdaderas que los iniciaron en la actividad ya les resultan insuficientes para conseguir una limosna. Con relevos permanentes, asaltan a los transeúntes sin cesar, a menudo al mismo tiempo desde los dos flancos, porque una breve distracción les puede causar la pérdida del turno que toma de inmediato un tercero más atento, o tal vez menos agotado. Poco a poco, el contribuyente se va hartando de las mentiras. No se merece ese trato. Ayudaba cuando le decían la verdad; y no tiene tiempo para reflexionar que la actuación se dirige hacia los demás, a los que nunca colaboran porque nada los conmueve o porque no se detienen a mirar. Un muchacho joven, de buena presencia, físicamente íntegro, pide veinte centavos en la cola de la boletería, que le faltaron para viajar; indigna recordar que ya le han faltado antes; que todos los días le faltan. Los ciegos exhiben sus morbilidades. Hoy nadie se apena con la visión de un sujeto con bastón y lentes negros, que tropieza a cada paso y exagera sus disculpas. Los que así van, seguramente son videntes y es precisamente eso lo que ocultan. Por el contrario, los lisiados se esmeran en desnudar las calamidades que los aquejan, ya que han dejado de experimentar la humillación de ser diferentes y, sin la humillación, se pierde la rentabilidad. Deben demostrar al menos que no mienten, que son verdaderamente miserables aunque no lo aparenten o aunque no lo inspiren. Es por eso que se ven forzados a dejar al aire sus ojos turbios y blancos, impenetrables a la luz, sus muñones y sus asimetrías anatómicas o motrices.

Otra manifestación de la post-guerra puede hallarse en los trenes, pródigos en señales de la decadencia. Los asientos vacíos lo están porque les fueron arrancados los respaldos o porque las ventanas correspondientes tienen destruidos sus vidrios, y con las bajas temperaturas y la velocidad, ningún abrigo basta para resistir en ese sitio el frío, como tampoco hay espinas dorsales capaces de soportar tantos minutos sacudidas por los vaivenes del vehículo sin el debido reposo de la espalda. Así, van desocupados todo el viaje, inclusive mientras la multitud se apretuja en los pasillos de los vagones atestados. Con la excepción del calor en el verano, la falta de cristales por los efectos del vandalismo solía ser la única razón por la que se bajaban las persianas para menguar un poco el viento. Pero ahora existe otro motivo: se roban los pestillos para fundirlos y vender el metal sabe Dios en qué mercados. Con ejemplos semejantes, se torna nimio el horror de los asientos con tapetes abiertos a navaja, desencajados sus soportes y con las estructuras destartaladas, pero vale la pena mencionarlos porque representan enormes incomodidades y las más de las veces no pueden ser utilizados. El viaje propiamente dicho es amenizado puntualmente por una peregrinación de desvalidos y comerciantes que ejecutan sus ensayados canturreos. Pasan ostentando una asombrosa diversidad. El "riquísimo Mantecol de Georgalos", diversas marcas de alfajores, colores y sabores varios de pastillas, todos de dudosa conservación, que obliga a sus difusores a declarar la fecha de vencimiento verificable en la cubierta, la cual, aunque jamás es alcanzada, suele hallarse sospechosamente próxima; se pueden ver y revisar sin obligación de compra. Mientras tanto, en otros rubros se ofrecen pilas, libros, linternas, bolígrafos, porta-documentos, calcetines, juguetes y hasta timbres y alarmas para hogares, probados con todo éxito ante el aturdido público que trata de ponerse a salvo desviando la mirada hacia los paisajes que se mueven en el exterior. Se intercalan también diversas especies de músicos con variados instrumentos, que para obtener una moneda suelen dar verdaderas muestras de virtuosismo o de voces agraciadas, devolviéndole a la gente algo de la paz que el conjunto le fue arrebatando.

Ahora bien, ¿cómo, por qué se llegó a esto? Pueden entenderse los efectos de la guerra; la devastación posterior, la desocupación, la miseria; la economía desviada y absorbida por los gastos que insumen las operaciones bélicas; su racionamiento; pero en nuestras bellas tierras, las ricas, las fértiles, las húmedas, se vive la realidad de una post-guerra sin que se haya visto el despliegue de las tropas, sin los invasores extranjeros ni los sobrevuelos enemigos. Es decir, sin la guerra. Y eso no se ha de entender. No hay post-guerra sin la guerra. ¿O también los argentinos somos capaces de algo así?

¿Cómo, por qué se llegó a esto?

"¡Cuántos tormentos, disgustos y trabajos nos ha costado la defensa de la buena causa! Y es preciso dolorosamente confesarlo: no han sido los enemigos de nuestra independencia los que nos han hecho experimentar más trabajos y sufrimientos en aquella época: ha sido la inexperiencia de nuestros propios paisanos" (del General Alvear al General Tomás Guido).

Es muy simple responsabilizar a un presidente o a un ministro de economía; es muy conveniente; nos gusta hacerlo. No de manera deliberada, desde luego; ha de haber profundas motivaciones, la mayoría inconscientes. Se me ocurren espontáneamente dos: la presencia de unos pocos responsables bien señalados implica a todas luces que yo no lo soy; y la remoción y el reemplazo de los causantes bastará para solucionar todos los problemas. Este proceso deductivo tan infantil parece impropio de un pueblo tan alfabetizado y culto como el nuestro, pero el principal ingrediente de la maduración no es el aprendizaje de las lecturas y los ejercicios, sino de las experiencias. Y echemos un vistazo a las nuestras: desde 1.930 hasta 1.989, cada presidente electo fue sucedido por otro de facto, con la salvedad única de Perón en 1.952 que fue reelecto y derrocado tres años después. Casi siempre –estoy seguro– fue tolerado el atropello con el razonamiento aquél. Y continuó después: en 1.989 el presidente se fue antes de terminar su mandato para dar paso a un nuevo "salvador", y al terminar éste el suyo, se lo cedió a otro que hizo lo propio. En la actualidad, me resulta evidente que el pueblo está esperando al próximo mesías, que nos salve de los desatinos en los que incurrieron sus antecesores. ¡Es infantil, desde luego! Porque somos inmaduros. La madurez se logra solamente a través de la participación.

Ya advirtió el filósofo con un aforismo que tiene fuerza de ley: "Todo pueblo tiene el gobierno que se merece". En el caso argentino, resulta decididamente insultante pero cierto, ya que en el año 2.002 la Argentina carece por completo de gobierno (huelga decir que no de gobernantes). ¿Y "qué hizo nuestro pueblo para merecer esto"? Muchas cosas. Primero repudió al único personaje, a la sazón ex vicepresidente, que renunció por razones morales desde que se suicidó Lisandro de la Torre por los olvidados y lejanos años treinta. Luego, como corresponde a un inmaduro, hizo una chiquilinada: dilapidó sus votos en los últimos comicios eligiendo salames, cantantes populares recientemente muertos y mitificados y personajes de tiras cómicas cuya garantía de buena gestión residía en que no podrían robar porque no tenían manos. Las bromas habrán causado risa apenas unas horas, pero al día siguiente arribaron al Congreso de la Nación los mismos senadores que el vicepresidente renunciado había procurado remover, festejando la impunidad de sus fueros mantenidos con un suficiente diecisiete por ciento, o quince, o trece, mientras que el cuarenta y pico era un montón de porquería que yacía en los tachos de basura a la espera de su definitiva integración a los ciclos de la ecología. Tamaña repulsa electoral fue dada en llamar "voto bronca" y hubiera sido imposible ponerle un nombre mejor a un acto tan pusilánime e irracional; pero acaso fue también el grito de descontento por la incapacidad de la plantilla política para entregar al pueblo su líder "sanador" y todopoderoso, ahora que no tiene militares dispuestos a sufrir la humillación, como siempre tuvo, hasta cierto tiempo atrás.

Los que merecemos el gobierno que tenemos

"¡No me compare a los uruguayos con los argentinos! ¡Todos los argentinos son unos corruptos, desde el primero al último!" (Jorge Batlle, presidente de la República Oriental del Uruguay).

De acuerdo a la definición de la Real Academia Española, la idiosincrasia es el conjunto de los rasgos, el temperamento, el carácter, etc. distintivos y propios de un individuo o de una colectividad. Así, la idiosincrasia argentina puede resultar difícil de describir. No somos típicamente españoles ni típicamente italianos, sino lo que ha derivado de éstos cuando se mezclaron entre sí o con los judíos, alemanes, portugueses, ingleses, irlandeses, turcos, sirios, búlgaros, rumanos, armenios y muchos otros más. Y esto no ocurrió hace doscientos años, cuando la patria se fundó. Esos extranjeros son nuestros mismos padres o abuelos, o "a más tardar" los padres de nuestros abuelos. El error más sencillo es entonces concluir que nuestra idiosincrasia es prestada, que no tenemos. Pero tal posibilidad se elimina por sí misma según la definición, ya que si esa carencia fuera nuestra característica común, se convertiría en idiosincrásica de inmediato. Y por otra parte, ¿de dónde hubieran surgido las manifestaciones tan propias y únicas como el tango, como el folklore de Atahualpa Yupanqui o las historias de orilleros de Jorge Luis Borges, o la inmortal Mafalda de Quino o el ya mítico conjunto de Les Luthiers que corren por el mundo con el sello indeleble de la argentinidad?

Personalmente estimo que somos hijos de la inmigración y por ende, proclives a emigrar. ¡Y tenemos adónde ir! Nuestros familiares nos esperan con los brazos abiertos adondequiera que estén. Somos contradictorios: por un lado, tan tolerantes que permitimos que nos sucedan cosas por las que otros pueblos se rebelan con sus vidas; por el otro, tan antagónicos que nos matamos en sucesivas antinomias, tales como la mentada del peronismo y sus contrarios, antes los unitarios y los federales, después los militares y los defensores de los derechos humanos y ahora la clase política contra el ciudadano común. Pero lo que mejor nos caracteriza es la paupérrima auto-estima, la pasmosa facilidad con que podemos referirnos a nuestra patria como "Qué país de mierda", cosa imposible de escuchar en otro lugar del mundo, al menos desde sus propios nacionales. Nos sublevamos contra la acepción peyorativa de que "descendemos de los barcos", cuando los peruanos descienden de los incas y los mexicanos de los aztecas, pero en Sudamérica nos vemos europeos porque solíamos tener una clase media preeminente, una alfabetización casi total y un exceso de universitarios, y en Europa nos vemos sudamericanos porque con esos pequeños logros no nos alcanza para equipararnos a los habitantes del Viejo Mundo. Y esta situación de aislamiento, como si nos quedásemos flotando a la deriva en el medio del Atlántico entre ambos continentes, nos hace vacilar, nos mella la confianza, nos hace sentir incómodos en cualquier lugar. Yo creo que disimulamos esa debilidad mostrando una arrogancia que no nos pertenece, como si así pudiéramos alcanzar el nivel del otro y, si lo superamos, mejor, con tal de no vernos inferiores (nosotros mismos). Somos acaso facilistas, porque, sabedores de las inmensas riquezas de nuestro territorio, nos inclinamos a pensar que el éxito se nos dará del mismo modo natural con el que recibimos esos dones y es sólo cuestión de esperar. ¡Pero no somos vagos! Ni corruptos, ni incultos, ni incapaces. Somos crédulos, inocentes y desorganizados. Somos anti-nacionalistas y, tal como cualquier extremismo, es un error y se paga caro. Porque no tenemos un objetivo común, utilizamos nuestra inteligencia para salvarnos individualmente, lo que produce todavía una mayor desunión. ¡Emigramos! ¡Hacia afuera o hacia adentro! Llevamos oleadas de abuelos a través de la frontera en un sentido o el otro según las condiciones; porque invariablemente pensamos que lo que no tenemos es mejor. Tal vez se pueda simplificar el concepto a unas pocas palabras: nuestra idiosincrasia consiste básicamente en "una muy baja auto-estima". La pregunta que me surge entonces, es: si no nos queremos a nosotros, ¿por qué queremos que nos quieran?

La verdadera causa: la auto-estima

Sentado enfrente de Simón Bolívar, en medio de un banquete, un militar lo observa severamente, sin retirarle la mirada. "…el Libertador, nervioso, le preguntó con impaciencia: "¿Quién es usted?"; "Manuel Rojas"; "¿Qué graduación tiene usted?"; "Coronel", y mostró sus charreteras; "¿De qué país es usted?"; "Tengo el honor de ser de Buenos Aires"; "Bien se conoce por el aire altanero"; "Es aire propio de hombres libres", replicó el argentino con naturalidad." (de El santo de la espada, de Ricardo Rojas).

¿Cómo se resuelven los problemas? Hay dos modos: uno es tratando el síntoma y el otro, la causa. Con el primero sucede que el síntoma regresa una vez que pasa el efecto del tratamiento; con el segundo, la solución suele ser definitiva. Nuestro país siempre ha utilizado el primero; creo que es tiempo de emplear el último.

Debemos aceptar la idiosincrasia argentina; comprender que tenemos defectos sin perder de vista nuestras grandes virtudes; somos lo que somos, ¡y eso es bueno! Somos criticables (¿y quién no?). No somos los más grandes ni necesitamos serlo. Tampoco somos los peores. Los países aquellos que más admiramos –y que anhelamos igualar o superar– han cometido aberraciones de lesa humanidad universalmente condenadas o se apoderan en la actualidad de las riquezas de todo el mundo con ardides financieros sin detenerse a pensar un segundo en la ética o en la moralidad de sus actos, y al mismo tiempo se enorgullecen de lo que son o de lo que han sido, y nadie les ha de arrebatar ni un poco de ese amor propio que es en gran parte el responsable de sus logros.

De vez en cuando –cada vez más circunstancialmente– experimentamos la emoción de la nacionalidad, la pasión que despierta. Los éxitos deportivos de nuestras selecciones distraen la atención de las enemistades dominicales de nuestros clubes futboleros y se festejan con abrazos impensables; nos avergüenzan hoy las celebraciones populares por la efímera recuperación de las Islas Malvinas porque fue exhibida descarnadamente toda nuestra credulidad, pero olvidamos imperdonablemente la legítima alegría, el orgullo, el ejemplo dado a Latinoamérica y el sacrificio de nuestros héroes que dieron o arriesgaron sus vidas sin medir hasta dónde debían llegar; el regreso de la democracia en 1.983 fue más importante que el nombre de los ganadores. Nos sentimos más representados por Gabriela Sabatini o Juan Manuel Fangio que por Fernando de la Rúa o Eduardo Duhalde. Y me parece a mí que hay una figura pública mundialmente conocida que concentra en sí mismo la totalidad de nuestra idiosincrasia: Diego Maradona. El genio individual; el de la flaca auto-estima; la contradicción flagrante que lo lleva a tatuarse al Che Guevara y abrazarse con Fidel Castro para ponderar después a Carlos Menem; el chico humilde de la villa sobrepasado por el éxito, capaz de tocar el cielo y el infierno con las manos; el arrogante, al mismo tiempo odioso y adorable; el apasionado que jamás resulta indiferente; que inspira admiración o vergüenza ajena, y logra inclusive las dos cosas en un mismo observador, tal vez porque no se puede soslayar el reflejo que despide de nuestras debilidades y nuestros méritos más obvios.

Ahora bien, si acierto en el ejemplo, si todos somos un poco maradonas, tenemos un futuro inmenso por delante. De sólo pensarme con sus dones, me veo corrigiendo sus errores y ya me siento mucho mejor. ¿O acaso no tiene cada uno mucho que aportar de la cosecha propia? ¡Es la única esperanza que nos queda! Aceptarnos como somos con los defectos que tenemos y comenzar por ahí. Una vez que logremos respetarnos, el genio se encargará de lo demás.

La economía quebrada, las instituciones desvirtuadas, la política desacreditada, la justicia pervertida y la Constitución violada reiteradamente son problemas gravísimos que se deben encarar con la mayor premura, pero no son el primero ni el principal; son los síntomas; son las consecuencias. La verdadera causa es la minúscula auto-estima, la misma que sufre el tenista que cede con el último saque toda la suerte a su rival por medio de una débil, dubitativa e irreversible doble falta.