

Hace no tanto tiempo como
podríamos imaginar en una historia de estas características, una pequeña y
encantadora hada de esas que todavía siguen existiendo a pesar de que cada vez
menos gente crea en ellas (a veces incluso ellas mismas ignoran que lo son!)
paseaba por los bosques cercanos a su casa. Era un hada pequeña, con cierto
aspecto frágil, vestida con una de esas telas vaporosas que parecen juguetear
con el aire permanentemente, en ese vuelo continuo. Y en la mano izquierda
llevaba una varita, una de esas varitas como las de los cuentos antiguos, con
una estrella en la punta que brillaba dejando una pequeña estela de chispas
doradas.
En su paseo por el bosque,
reparó en un sendero que no había visto antes, y como a nuestra pequeña hada le
encantaba descubrir cosas nuevas, sabores desconocidos, lugares que la
sorprendieran, lo siguió, eso sí, siempre iluminando el camino con su pequeña
varita.
Ya en un lugar del bosque al
que nunca había accedido reparó en unos arbustos que se movían. Pensó que tal
vez hubiera un animal herido, una pequeña ardilla, algún conejo, así que se
acercó despacio, para no asustarle. De repente, de un salto, la criatura se
colocó delante del matorral, así que fue nuestra hada quien soltó un pequeño
grito de sorpresa. ¿Pero qué clase de criatura era? Era una personita, de eso no
cabía duda... con la altura de un niño, pero con barba y cara de haber vivido
mucho, arrugas y hasta patas de gallo, como si hubiera sonreído mucho a lo largo
de su vida. Además era bastante gordito, casi redondito, porque la cintura
parecía algo mayor que el resto del cuerpo, y llevaba un gran cinturón con un
adorno muy trabajado en el medio.

- ¿Por qué me miras con esa
cara de extrañeza? - dijo el enano, con una voz sorprendentemente más jovial de
lo que cabría suponer- No soy ninguno bicho raro, es obvio que soy un enano!! De
hecho, ehem, no soy "un enano", soy el Enanito Gordinflón. ¿No has oído hablar
de mí?
El hada vio que el enano
estaba tan ilusionado, casi orgulloso, que le respondió que sí, que claro que
había oído hablar de él (de hecho, tal vez en alguna de las historias que le
contaba su mamá cuando era un hada chiquita que no podía dormir por las noches),
pero que no se esperaba encontrarle y se había sorprendido. Y aclarado esto, el
enano invitó al hada a recorrer su bosque, diciéndole que no había anfitrión
como él para descubrir las maravillas que escondían esos parajes.

Así
pasaron la tarde entera, corriendo por los prados, esquivando los árboles,
escondiéndose tras las rocas, entre matorrales, riendo, saltando, dejándose
fluir. El hada encontró animales que nunca había visto, presenció el nacimiento
de un cervatillo y también le enseñó al enano maravillas que ella podía hacer
con su varita, como crear un arco iris de la nada o un puente imaginario que les
permitiera cruzar barrancos. Era curioso observar cómo, a pesar de tanta carrera
y tanto brinco, el hada siempre sostenía con firmeza su varita, y cómo la
estrella nunca dejaba de brillar.

Algo fatigados de tanto juego, llegaron a un río caudaloso pero con una especie
de camino de piedras por donde se podía cruzar. El enanito propuso pasar al otro
lado y empezó a dar pequeños brincos de piedra en piedra mientras tarareaba una
cancioncilla. El hada le siguió sin problema, hasta que en la última piedra un
pequeño resbalón por poco la hizo caer, y seguramente así hubiera sido si el
enanito no hubiera alargado una mano para sostenerla. Pero, ¡ay!, al agarrarse
al enano con ambas manos el hada soltó la varita, que cayó al agua y que al
instante se perdió entre la corriente.
El hada miró las aguas del río
primero incrédula, luego asustada y luego con una inmensa tristeza. Incluso hizo
ademán de arrojarse al río en pos de su varita, pero el enano (que sería enano,
pero con una fuerza que ya quisieran para sí muchos humanos) la retuvo.
- ¡Déjame! ¡Es mi varita!
¡Debo recuperarla! - casi gimió el hada.
- Pero no seas tonta, niña...
¿no ves que ya estará lejos? Mira, algo más allá este río acaba en una cascada
que cae formando un lago inmenso que a su vez se bifurca en varios brazos que
tras recorrer cierta distancia, acaban en el mar... ¿cómo crees que podrías
encontrarla?
El hada se sentó en una roca a
la orilla del río, había perdido toda su sonrisa y su vitalidad, parecía
deshecha.
- ¿Y qué voy a hacer ahora? Yo no soy nada sin mi varita... ¿dónde se ha visto
un hada sin ella? ¿Cómo curaré a los animales que me pidan ayuda, cómo podré
volar si me hace falta? Sin mi varita no soy nada, no soy nadie...
- Pero, ¿cómo? ¿Aún no lo has descubierto? - preguntó el enano asombrado, a la
vez que casi se echaba a reír. El hada, pensando que además el enanito se
burlaba de ella, escondió la cabeza entre sus piernas, sollozando
- Vamos, niña, vamos... no me
estoy riendo de ti, claro que no... Sólo me sorprende que siguieras creyendo que
tu poder estaba en tu varita... ¡tu poder está en ti, dentro, lo llevas contigo
hagas lo que hagas, con varita o sin ella! Pues por eso eres un hada, sino
serías simplemente alguien con una varita mágica, ¿no? Pero no, cielo, tú eres
un hada, de esas que quedan poquitas, de esas que llevan dentro, en el corazón,
su fuerza y su poder. El enano le secó las lágrimas al hada, que le miraba sin
entender todavía.
- A ver, piensa en algo para
lo que normalmente necesitarías la varita - la animó el enanito.
- No sé... para volar, ¿cómo
volaré sin mi varita? - preguntó el hada, de nuevo casi a punto de echarse a
llorar.
- Simplemente deséalo, deséalo y
hazlo nacer desde tu corazón... ¿Acaso crees que cuando curabas a esos animales
heridos era esa estrella lo que les ayudaba y no tu deseo sincero de verles
restablecidos?
Era tal la seguridad con la que
hablaba el enano que el hada casi empezaba a dudar. Pero era tan extraño... toda
una vida creyendo que su varita le daba poderes, ¿y ahora resultaba que el poder
lo había llevado dentro siempre? Aún así, todavía incrédula, cerró los ojos y se
imaginó volando, pensó "quiero volar, quiero volar", y abrió los ojos. Ahí
seguía, con los pies en la tierra al lado del enano. Claro, sabía que necesitaba
su varita...
- No basta con que lo desees
sin creerlo, niña... Debes creer en ti, en tu fuerza, en el poder de tu corazón.
Sólo así se cumplen los deseos.
Así que nuestro hada volvió a cerrar
los ojos, a imaginarse volando... y aunque le resultaba difícil de creer, en un
momento dado pensó "¿y por qué no? Al fin y al cabo, soy un Hada...". Y fue
cruzar su mente este pensamiento y sentir cómo sus pies se separaban de la
tierra, cómo su cuerpecito ligero y frágil se elevaba, y efectivamente, al abrir
los ojos estaba sobrevolando al enano... y sin ninguna varita por medio
El hada no sabía cómo agradecerle al
enano lo que le acababa de enseñar, pero el enano se negó a recibir regalo
alguno, diciéndole que ya le había regalado su compañía durante todo el día que
habían pasado juntos, riendo y charlando, y que ver su sonrisa había sido más
regalo del que podía esperar. Y que al fin y al cabo, no le había dado al hada
nada que ella no tuviera dentro... sólo no había sabido mirar al lugar adecuado.
Y es que son tantas las veces
que basta con mirarnos dentro y desear con fuerza...
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