| Tomado de: Zúñiga, V. (1995). Culturas políticas. El Financiero, abril:62. (Observa cómo el autor redacta todo el ensayo sin citar y sin parafrasear las lecturas en las que se basa, solamente va resumiendo algunas de las ideas tomadas de distintos autores y traduciéndolas a un lenguaje accesible a lectores que no tienen porqué ser expertos en ciencias políticas) Culturas Políticas En Estados Unidos, la contienda política sigue, de algún modo, las leyes de la oferta y la demanda. En México, la competencia política es un ceremonial que guarda muchos de los rasgos propios de las liturgias religiosas.( Linz, J. 1975. pp 18 -19) En nuestro vecino país, un candidato a la presidencia de la república, al congreso o a una alcaldía, es alguien que ofrece una mercancía política frente a sus competidores. Los dos partidos dominantes funcionan, en cierta manera, como Coca Cola frente a Pepsi Cola, es decir, como dos firmas comerciales con tendencias monopólicas. En nuestro país, los candidatos no lanzan al mercado político (los compradores son los votantes) un bien de consumo, sino se comportan como profetas, como mesías, como salvadores frente a seguidores, creyentes o fieles. Allá, los hombres y las mujeres políticos se hacen acompañar de un conjunto de expertos en mercadotecnia política; aquí, de hacedores de discursos y expertos en oratoria. Allá, se ataca al contrario hablando de las desventajas de su producto; aquí, se pelea con el contrario de manera velada, críptica, porque dos dogmas (o dos profecías) en pugna nunca pueden ser confrontados (precisamente porque son dogmas o profecías). (Shmitter, P. ,1974. pp. 35- 37) La mercancía política que un candidato norteamericano ofrece a sus clientes adquiere la forma de propuesta novedosa, de clara intención de actuar, de solución innovadora a los problemas. Esto tiene un efecto comercial efectivo, como cuando se hace la publicidad de una medicina, de un aparato electrónico, de un auto. En México no hay mercancía política porque no ha habido mercado político. Lo que aparece en la escena de la contienda es una exégesis de nuestro país, una reinterpretación de nuestro pasado. Por esa razón, lo que propone un candidato es rehacer México, o Oaxaca, o Nuevo León. Los clientes políticos norteamericanos (la población que va a votar) reciben principalmente dos tipos de mensajes: uno visual, que tiene que ver con la gestualidad del candidato; otro auditivo, que se expresa en slogans, muy parecidos a las frases cortas que utiliza la televisión. En México no hay clientela política -en el sentido de compradores- sino devotos, seguidores u oportunistas (como en todo movimiento religioso). Los mensajes, por tanto, tienen una fisonomía barroca, a veces ininteligible para el vulgo, y su fuerza se finca en el valor metalingüístico de la pieza de oratoria: inflexión de la voz, frase célebre, contundencia retórica, sentimiento transmitido; como cuando los señores obispos hablaban en latín: lo importante no era lo que decían, sino el modo como lo decían. Los representantes políticos en Estados Unidos, en consecuencia, se deben a esa clientela específica. Su mundo es tan pequeño o tan grande como la tribu política a la que representan. Su estilo político sigue muy de cerca al mercado que desearían mantener cautivo. Nada de eso pasa en México. Los políticos mexicanos rara vez se han sentido en deuda con sus votantes. La candidatura se la deben a una persona, a un grupo político o a un golpe de suerte. Los votantes son pueblo, masa, sector, no clientes. Un discurso político orientado al cliente tiene todas las bondades y los defectos de las campañas publicitarias. Un discurso político con fuerte carga dogmática y profética tiene todas las virtudes y las mañas de los sermones religiosos. Unos venden, los otros revelan. Estos contrastes, que admiten variantes y matices regionales importantes (no es lo mismo Miami que San Francisco, ni Campeche que el Distrito Federal), tenderán a subsistir gracias a la fuerza que tienen las tradiciones políticas en todas las sociedades del mundo.(Durand Ponte, V. M. 1994. p. 28). Y no hay razón para preocuparse por ello. Lo que es interesante desde el punto de vista comparativo, es el posible efecto que tendrá la creciente asociación comercial de ambos países. Ya se tienen algunas probaditas de este proceso. Al público norteamericano le resulta difícil entender la grandilocuencia y el ceremonial político mexicano. Al televidente mexicano le parece grosero y de mal gusto el modo como los altos funcionarios federales de Estados Unidos hablan de sus adversarios. No son, por lo que hemos dicho, dos estilos de hacer política. Sino dos culturas políticas verdaderamente diferentes. Lo menos que tendremos que hacer conforme avance el acercamiento de estas dos sociedades -que históricamente han estado tan distanciadas- es entrenarnos a cambiar de canal, a saber sintonizar diferentes frecuencias políticas. Y esto es más difícil que aprender a hablar bien inglés o español; requiere de una remodelación de nuestros patrones de apreciación política. De lo contrario, seguiremos escuchando allá que los políticos mexicanos son tenebrosos, opacos e ininteligibles; y aquí, que los políticos estadunidenses son ignorantes, cómicos y elementales.(O’Donnel, G. Y Schmitter, P. 1986, p. 68) De ese modo, lo único que podemos decir, es que jamás nos vamos a entender. Lo cual no es muy deseable entre socios comerciales. Bibliografía. Durante Ponte, V.M. (1994). (coordinador). La construcción de la democracia en México. México: Siglo XXI Linz, J. (1975). Tolitarian and Authoritarian Regims. N.J.: F. y Polsby editors. O`Donnel,G y Scmitter, P. (1986). Transitions from Authoritarism rule. U.S: John Hopkins University Press. Shmitter, P. (1974). Still a century ofcorporatism?. Review of Politics. No. 36 |