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OFRENDA  PARA  TU  RETRATO

 

   Ese retrato me hablaba de una época en que los hombres eran hombres de verdad y las mujeres lo eran pero al modo de los hombres. Sí. Muchas cosas podía decirme inconfundiblemente aquel retrato, de algún modo comparable con las películas de  Humprey Bogart o de Bete Davis, digo yo,  cuando los hombres eran hombres y las mujeres, mujeres. Por eso lo miraba cada vez que bajaba las escaleras, antes de abrir la puerta y comunicarme con este mundo en que todo se confunde y que ha roto toda relación con el pasado.  La mirada terciada como la gorra de marino,  también terciada,  y esa sonrisa que quiere expresar algo más que una disposición a la felicidad. Recuerdo con el retrato aquella vez que fuimos a la dársena del Callao, y lloré antes de subir al bote que nos transportaría al barco donde trabajaba mi padre, y solté más lágrimas temiendo que las olas envolvieran la embarcación llevándonos con los peces de las profundidades oscuras. El uniforme,  que no era de la Armada pero que guardaba un parecido enorme por las charreteras, también por el quepí de cordones dorados, le daban cierto aspecto marcial.  Reitero un saludo expresivo siempre al pasar por la consola, ya sea de despedida o entrando a la casa vieja donde mi abuela nos dio hospedaje cuando él murió. Olvidaríamos nuestra casita de Chucuito, con vista al mar, desde donde veíamos la muerte del día y el regreso de los pescadores en sus chalanas cargadas de enjambres de peces. Ya no volvimos a veranear en playas de canto rodado y cambiamos nuestro paisaje por este ambiente de quinta embrujada donde se fragmenta el crepúsculo entre árboles decrépitos que amenazan caerse sobre las casas antiguas que forman una herradura con estrecha entrada. La madre de mi madre, miraflorina añeja, era propietaria desde tiempos inmemoriales de esta quinta en donde la caída de una hoja hubiera producido un escándalo.

   La abuela repetía hasta el cansancio que eran otras épocas aquellas en que se instalaron sus padres con algunos descendientes de ingleses por esos barrios “donde no llegaba cualquiera” y en donde sólo había “gente-decente”. Hablaba de calendarios en los cuales “era imposible ver a un cholo pidiendo limosna” alterando con su presencia los paseos de sauces y de brisas perfumadas. Para remembrar lustros en que hubiera sido increíble ver un miraflorino atezado, y de cuando nadie meaba a mitad de la calle enseñando sus genitales a los transeúntes, ella organizaba tertulias y ceremonias de té con algunas coetáneas para desempolvar viejas glorias como si fueran del día anterior.

   Incluso venía un cura español  cuyo rostro parecía un mapa, vestido con sotana negra y acusando síntomas de gota. Guardaba todavía ínfulas de perseguidor de demonios y amenazaba con azotar a cualquiera de los presentes ante la  menor herejía verbal.  Pero no desperdiciaba la oportunidad de abrazar a la mucama o a alguna joven nieta que viniera a recoger a cualquiera de las comadres en horas de la noche. Fue así como Ángela ya no quiso volver más a recoger a su abuela de aquellos viernes de té, y me quedé para siempre con las ganas de saber en qué terminaría la escaramuza constante de miradas que se inició entre nosotros algún tiempo atrás. María, una morena como para quitarle el sueño a los amantes del ébano y que felizmente trabajaba para nosotros, se fue de la casa alegando que el viejito con sotana tenía las manos muy largas, y que la hizo perder el equilibrio cuando servía chocolate hirviendo a una de las cacatúas emperifolladas, corriendo el riesgo de quemarle los arrugados senos a la visita. Pero el padre Ruperto siguió llegando puntual como si nada hubiera pasado y la abuela preguntaría a mi madre si yo le había faltado el respeto a la empleada, “porque hay que comprender que el niño ya no es tan niño”, y acusando que por esa razón la morena renunció al trabajo.

   La abuela nunca perdió ocasión de recordarnos que estábamos en su casa. Tampoco dejó que olvidáramos que vivíamos de los alquileres de las casitas de la quinta. La desconfianza que flotaba entre madre e hija había germinado en tiempos remotos, desde que mi padre se presentó con el  uniforme impecable de la marina mercante y los futuros suegros lo confundieron con un capitán de navío de la Armada;  lo aceptaron a pesar de ser algo trigueño pensando en el futuro que le esperaba a su hija con un oficial naval. El grito y el escándalo precedieron al llanto cuando se enteraron de que era un marino mercante que caleteaba de puerto en puerto alrededor del mundo, con destinos cada vez más variados y -lo peor- que era del Callao,  aunque él dijera que vivía en Chucuito, que es lo mismo. Se opusieron al  matrimonio con esfuerzos sobrehumanos que fueron neutralizados en uso de las leyes vigentes y que dieron feliz resultado a la decisión inquebrantable de los estoicos novios. Luego vendría el cierrapuertas y el alejamiento familiar, el tira y afloja, el hielo implacable y el aislamiento aniquilador. Incluso frente al féretro del abuelo seguiría desarrollándose una guerra sórdida que sólo rompía sus frágiles treguas para dar pase a cualquier ironía zahiriente. Vi a mi madre llorar muchas veces y a mi padre renegar golpeando la mesa del desayuno para luego salir con el saco al hombro, mascullando iras contra “la bruja de tu madre que sólo busca separarnos”. Los disparos arteros de la bronca familiar harían blanco en mí desde chico, porque era el retrato vivo de mi padre. El parecido físico y el color trigueño de nuestra piel nos hizo víctimas de situaciones engorrosas, de atenciones no correspondidas y hasta de insultantes comparaciones delicadamente solapadas por la habilidad de la abuela. “Usted no sabe,  joven,  cómo era su abuelita con su papá”, me diría Clotilde, una empleada de servicio que fue botada por haber cometido el pecado imperdonable de colocar una foto olvidada bajo el polvo de la ingratitud en un marco al cual nadie le daba uso; y con mayor razón sería expulsada si se sabe que la foto era del impresentable yerno “disfrazado de chocolatero”.

   “A veces su papá venía con presentitos de sus viajes pa’ obsequiarle a la señora, pero ella no salía tan siquiera a saludarle”. Y me traía al recuerdo aquellas cajas de chocolates italianos que se encontraban enteras y sin abrir en el basurero y que los municipales descubrían alborozados entre cáscaras de plátanos y rodajas de tomates agrios. Algunas veces furtivos recolectores de desperdicios descubrían una botella de vino francés sin abrir, una  acuarela de Venecia con marco de bronce, espaditas toledanas para cortar papeles, fotografías de costas exóticas o adornos de cómoda que se disputaban entre las inmundicias. “A mí nomás me mandaba atenderlo, a ver qué quería. Y ella no bajaba nunca, se encerraba en su cuarto. Cualquier regalito ordenaba botarlo sin siquiera abrirlo. Así era la señora, joven.”

   Otra política guardaba para sus selectas amistades, con las cuales compartía inacabables rondas de té aromado con cascarillas secas de naranja y conversaba de cosas esotéricas y se leían las cartas o la mano. El cura celebraba con beneplácito las ocurrencias de sus maduras feligresas que adivinaban el carácter de las personas por la fecha de nacimiento y por el cambio de luna a la hora del parto, sobre todo cuando a él le cogían la diestra adiposa para averiguar el día de su muerte. Conversaciones aburridas en donde menudeaban apreciaciones sobre el aura negativa de fulana o el mantra para cargarse de energía vital que les enseñó mengana.  Puras babas, pienso hoy. A mi abuela le predijeron una muerte serena a la hora del sueño;  su fatigado miocardio se paralizaría sin que ella se diera cuenta. Jamás adivinaron que yo causaría su muerte. Tampoco pronosticaron que la disfrutaría como se goza de un buen vino, sin apurar la gota que se desliza sutilmente en el paladar, viendo cómo esa vida se extingue y clama por su salvación. Prestábanse libros y revistas de ocultismo que luego yo quemaría en una pira hecha en el malecón donde algunos malos vecinos creman la basura.

   Predijeron la muerte de mi padre por una cirrosis alcohólica en las cantinas de Macao. Lo describieron borracho, con la barba canosa, pidiendo limosnas a marineros que lo botaban a puntapiés para que los dejara beber tranquilos. Tonterías. Mi padre murió al estallar los calderos de la nave en donde trabajaba y la noticia nos llegó un lunes de otoño en que me preparaba para ir al colegio. Mi madre lloró desconsoladamente frente al telex que anunciaba el deceso y yo me encerraría en un profundo silencio que duraría muchos años mostrándome indiferente a todo apasionamiento. Sabíamos que su barco sufrió un accidente en alta mar y que habían muerto tres marineros, pero nada se dijo de algún oficial de navegación y por ello habíamos dormido tranquilos. El cadáver lo mandaron en cajón cerrado y nunca pudimos enterarnos por qué.

   Mi madre era el prototipo del ama de casa inútil. Ninguna de las pocas cosas que sabía hacer le reportaban algo de dinero.  Muerto el sostén del hogar, tuvimos que refugiarnos inevitablemente bajo la compasión mezquina de la abuela. Habitar en aquella mansión que olía a bálsamo y a trastes viejos,  en donde no podía tocar nada sin recibir reprimendas, mirando siempre de reojo aquella armadura antiquísima que adornaba la sala y que me causaba espanto en las noches. El rejoj de péndulo y los jarrones chinos intocables, las plantas de sombra y las aburridas reuniones de pamplinas y supersticiones, me hicieron adicto al silencio hermético en que pasé el resto de mi infancia. El parecido con mi padre me hacía vulnerable a cualquier sarcasmo racial, llegando incluso a negar, en ausencia de mi madre, nuestros lazos familiares frente a alguna visita distinguida.

   De todo ello me acordé el día en que pude sonreír frente al retrato de la consola con la satisfacción que dan las venganzas y las tareas cumplidas. Luego vendría el remate a precio de oferta del reloj de péndulo que se lo tuvieron que llevar entre seis cargadores de mudanzas como si fuera un ataúd, y la lenta agonía de las plantas de sombra frente a la indiferencia de quien nunca quiso regarlas, y el lanzamiento del hombre de metal que había sido causa de mis terrores infantiles y que se lo llevaron histéricos de alegría los recogedores de chatarra, así como años atrás se llevaban pletóricos las cajas de chocolates italianos y las acuarelas de Venecia con marco de bronce y las botellas vírgenes de vino español. El piano en que el cura Ruperto cantaba romances andaluces con voz destemplada,  lo compraron unos inquilinos ingleses para que su demonio de ocho años aprendiera a tocarlo, cosa que nunca hizo. El perico que recitaba versos de Machado entrecortados con las palabrotas que alguna vez le enseñé haciéndole antes comer pan remojado con vino, se lo llevó Ruperto para que le alegrara los últimos días en que la gota lo torturaba. Las tarjetas de pésame, así como las cartas que llegaban de París hablando sobre misterios de la reencarnación y de la quinta esencia del alma humana, corrieron la misma suerte que los libros que mentían de trasmutaciones del espíritu.

   “Pobre Dorita, tan buena con todos”. Diría una vieja de ojos celestes frente al cajón adornado de requiebros de plata. Evocaría los bingos organizados por ella en beneficio de la parroquia de su amigo, pero que yo sabía que la plata había servido para repartírsela. También de la rifa hecha en favor de una familia pobre de uno de los callejones de Santa Cruz, y que yo sabía que sólo le habían entregado la décima parte de lo que recolectaron, suficiente como para comprar dos panetones y una botella de espumante barato. Total,  según la mafia esotérica, los pobres sufren el castigo de maldades y pecados cometidos en vidas anteriores, y ellos -los iniciados- no son nadie para trastocar el destino impuesto por mano divina a aquellos semejantes. “Tan humana y caritativa”, seguía diciendo mientras se enjugaba una lágrima.

   Y yo recordaba aquella vez en que la abuela me hizo sangrar el labio inferior por sacar una naranja más del refrigerador. Desde aquel instante pensé en que esa persona “escogida por la sabiduría y heredera de conocimientos trascendentales” debería morir por mano mía. A nadie le daría ese gusto, ni siquiera a la deficiencia cardiaca para la cual ingería píldoras de un frasco en inglés, y además tenía a mano esas otras de nitroglicerina que la socorrerían en caso de infarto. Eso  hizo las cosas más fáciles. Mi madre, opa de nacimiento,  la lloró desconsoladamente olvidando la cadena de sufrimientos y de insultos, de ironías y sarcasmos que durante doce años de convivencia la tornaron en una mujer sin pasado. Ella, entrenada sólo para ser esposa, nunca pudo aportar nada al erario doméstico, razón por la cual fuimos objeto de la caridad familiar. Los alquileres recibidos de la  quinta de duendes ciertamente aplacaron nuestro hambre y pagaron la pensión escolar que venía cada mes más elevada, pero la abuela siempre se encargó de que no olvidáramos aquella su mano caritativa.

   Conocer esas píldoras celestes que ingería con mates de yerbaluisa y menta por las noches, me facilitaron las cosas. Las encontré idénticas en una farmacia de Surquillo, sólo que tenían un fin muy ajeno a sus similares en color y tamaño. El proceso de desgaste comenzaría cuando creyendo tomar la medicina indicada, ingiriera pastillas que sólo eran para tratamiento digestivo. Su corazón se debilitaría en tres semanas de ausencia del remedio y el desenlace fatal sobrevendría en cualquier momento. La observé descansar a mitad de escalera cada vez que subía a su cuarto, abochornándose al recoger un carrete de hilo o levantar una aguja, sufriendo pequeños vértigos al incorporarse del asiento. Faltaba únicamente suplantar los glóbulos de nitroglicerina que podían salvarla en un momento de urgencia. Fácil: son idénticos a los de éter y trementina que se venden en las farmacias.

   “Creo que me siento mal”, dijo el día de Pascua de Reyes cuando iban a cortar la rosca enorme que  había traído doña Pepita de Tejada envuelta en papel celofán rojo. Se  retiró temprano quizás para ocultar aquella desoladora inseguridad que le producía el hecho de sentirse irremediablemente enferma. Evitando que alguien pensara en sus males,  no cambió para nada los hábitos y costumbres de su rutina.  El padre Ruperto la visitaba más seguido previendo una desgracia; por un momento me asaltó la duda y temí que el cura cambiara el frasco por uno nuevo,  pero luego me tranquilicé recordando que incluso los frascos que ella reservaba en su ropero,  ya los había adulterado con el fármaco digestivo. “Debe ir al médico, Dorita”, le dijo el párroco, pero ella rehuyó el consejo diciendo que se trataba de una agitación pasajera. Para que una decaída estrepitosa no motivara la presencia del médico, mezclé algunas de las verdaderas con las falsas, y contemplaba con ojos garduños por encima de mi taza o del periódico aquellos altibajos en su salud que iban sucediéndose día a día. Su renuncia a los médicos y las demostraciones de buena salud que hacía, tales como trasladar una maceta o agacharse a recoger el plato del gato, sólo favorecían mis planes. Recordé a un palomilla en el colegio que había atrapado a un pajarito y lo ahogaba entre sus manos para hacerlo revivir unos instantes, y luego lo volvía a asfixiar viéndolo estremecerse en su lucha con la muerte. Me avergonzó el recuerdo.

   -Estoy mareada... -díjole una vez a mi madre- ...me falta el aire.

   -Te acompaño al médico, mamá...

   -Preocúpate por tus cosas -respondió secamente.
 

   El día de su muerte tenía puesto el camisón de franela que le regalara doña Raquel de Vidaurre, la esposa del general, al  regreso de uno de sus viajes por Estados Unidos. Solamente se lo ponía cuando era invierno y me extrañó verla en un amanecer soleado de abril con aquel forro. Se había levantado caminando despacio y de la misma forma regresó del baño para sentarse al borde de la cama. Asomé y ella no se percató que la observaba. Se cogió el pecho con una mano y con la otra rebuscó en el cajón del velador tratando de hallar el frasco de nitroglicerina. No lo encontró. Dióse cuenta de mi presencia en el cuarto y su mirada desesperada trató de aferrarse a mí.

   -La nitro... -alcanzó a decir extendiendo la mano en dirección del baño.

   Evidenciaba el pánico próximo a la muerte y le temblaban los labios flojos por falta de su dentadura postiza. Mostré en mi mano aquel pequeño envase que había buscado con desesperación y me recosté en el marco de la puerta viéndola cómo se la llevaba el espiral infinito de la muerte, cómo gemía sórdidamente con un quejido monótono, siempre mirándome, como pidiendo una de las píldoras que no le quise dar. Los ojos se le pusieron blancos y luego de una rigidez fugaz, aflojó los miembros. Había muerto. Los glóbulos, que no eran aquellos que la hubieran salvado, podían haberle brindado alguna esperanza.  Quise que supiera que no tenía intenciones de socorrerla.

   Sólo quedaba avisarle a mamá que la abuela acababa de morir. Tenía que despertarla y comunicarle la triste noticia, pero me quedé allí contemplando el cadáver con satisfacción. Al retirarme,  pasé delante de la consola donde el retrato de mi padre sigue recordándome tiempos en que los hombres eran realmente hombres, con su gorra terciada hacia un costado, en algún crucero transoceánico. Le sonreí mientras detrás de los vidrios de la ventana, unos gorriones peleadores saludaban el nuevo día.
 
 

                                            
 
 

Noviembre, 1982