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Editorial  


Los niños y los políticos

A los políticos no les interesa el tema de los niños y adolescentes, porque se trata de un sector que no vota en las elecciones.

Esta es una de las afirmaciones que se pronunciaron durante la realización de un taller de información y consulta pública, para incluir los derechos de ese sector de la población, en las modificaciones a la Carta Magna, realizado en Oruro.

Durante el encuentro, expertos en el tema, explicaron sobre la necesidad de abrir un título especial, en la Constitución Política del Estado, que proteja efectivamente a los niños, niñas y adolescentes como sujetos de derecho.

Muy buena la iniciativa del equipo interinstitucional integrado por representantes del Defensor del Pueblo, Aldeas Infantiles SOS, Defensa de los Niños Internacional (DNI), y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Es realmente urgente que los derechos de nuestros niños, niñas y adolescentes, sean realmente respetados. El estado tiene la obligación de proteger a lo que todas las naciones del mundo, consideran su más preciado capital.

En nuestro país, y esto no es ningún descubrimiento, los derechos de este importante segmento de nuestra población son desconocidos reiteradamente y su dignidad es atropellada.

¿Cuántos miles de niños y niñas, deambulan por las calles de nuestras ciudades, en busca de un trabajo que les permita sobrevivir? ¿Cuántos de ellos, son atropellados o vejados sexualmente?, cuando no explotados en ocasionales trabajos.

El drama de los niños de, y en la calle, parece ser que dejó de impactar a nuestra sociedad. La extrema pobreza en que se debate un importante porcentaje de nuestra población, le impide ver esta situación.

Muchos de estos, han perdido la esperanza de un futuro mejor, algunos, caen en la tentación de la droga o la consumen para mitigar el hambre y el frío.

Las niñas, son víctimas fáciles de los estupefacientes, cuando no, del abuso o la explotación sexual.

Y la afirmación expresada durante el taller se convierte en una lacerante verdad. Los políticos no se acuerdan de los niños a la hora de legislar aunque, hace poco tiempo nomás, y antes de aprobarse el Código Niño, Niña, Adolescente, algunos partidos utilizaron a los niños en sus propagandas electorales.

Las propuestas del taller, deben ser divulgadas de la forma más profusa, para que la sociedad, en todas sus capas comprenda y asimile, la necesidad de proteger a nuestros niños, a otorgarles su condición plena de personas. Y parece llegada la hora en que los políticos se ocupen efectivamente de nuestros niños, niñas y adolescentes y obren en consecuencia.

 


Opinión


Como perros y gatos

Por: Humberto Guzmán Hurtado

Es cierto que el último paro decretado por el Comité Cívico tuvo un rotundo éxito, porque mostró a un Oruro fortalecido por la unidad, que es uno de los elementos básicos para conseguir que el Gobierno Central entienda de una vez por todas, que Oruro es parte de Bolivia y que tiene todo el derecho de exigir atención oportuna del gobierno, que en muchas ocasiones ha demostrado una abierta discriminación, ya que casi siempre nos trataron desdeñosamente.

Sin embargo, hemos podido advertir que hay resquebrajamientos en dicha unidad, hay resquicios por donde penetra el afán de figuración de algunos malos orureños que han pretendido ganar "indulgencias, con avemarías ajenas", que la Central Obrera Departamental no piensa lo mismos que el Comité Cívico, o que la entidad matriz de los trabajadores denuncia actitudes de tibieza por parte de las instituciones cívicas, en fin toda una batahola que no debiera darse. Cuando se trata de defender los intereses del terruño, todos deberíamos hablar un solo idioma, sólo de ese modo nuestras peticiones serán sólidas y por ello mismo de imposible postergación.

Algo parecido se dio cuando la UNESCO, declaró al Carnaval de Oruro, como Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Casi de inmediato comenzó una lucha entre orureños que quisieron arrogarse la paternidad de ese logro. Toda esa disputa doméstica e intolerable llegó a manifestaciones insidiosas, que fueron percibidas por la propia UNESCO.

Dentro de esa pelea de peros y gatos, se pudo advertir que tampoco faltaron los ajetreos políticos, que no pierden la ocasión para sacar dividendos, importándoles poco o nada las consecuencias de esa lucha vulgar y ordinaria, matizada por dimes y diretes. Mientras esto ocurría, se esfumaban, o por lo menos, se postergaban los desembolsos económicos que la UNESCO posibilita para el fomento de la cultura y el folklore.

Por si fuera poco, muchos de los críticos empedernidos no pueden disimular la envidia que sienten por el Carnaval de Oruro y, de un tiempo a esta parte, fomentan la fonomímica, por no decir la grotesca caricatura del antruejo folklórico más espectacular que se dá en esta pequeña ciudad, que es marginada en proyectos de desarrollo, como si Oruro tuviera vida únicamente en carnavales.

Los aspectos negativos que contribuyen a nuestro marginamiento, son consecuencia de nuestra dispersión de actitudes y comportamientos; no podemos "dividir, para reinar". Urge una retoma conciencial y anteponer los intereses de Oruro, que es eterno frente a las poses circunstanciales de algunos egocentristas, que como el perro del hortelano (No comen ni dejan comer". Oruro, reclama de sus hijos una sola voz, una sola presencia y un solo objetivo. Al parecer tenemos que asesorarnos de los hermanos del oriente boliviano.

Basta de imitar a perros y gatos.

 

 

El Premio Nóbel de Economía

PAULOVICH

Visita nuestro país el señor Joseph Stiglit, profesor norteamericano de la Universidad de Columbia, y Premio Nóbel de Economía que comparte con otros economistas de los Estados Unidos. Supe que conversó largamente con nuestro Presidente el señor Jorge Quiroga y otros personajes que le informaron sobre la peculiar economía boliviana y que escucharon sus opiniones.

Mis parientes me preguntaron si había conocido a un personaje tan importante y para presumir dije a mi tía Ohmaygad: "claro que le conocí y conversamos mucho sobre las particularidades de la economía boliviana", algo que no era cierto pero aumentaba mi prestigio.

Al escuchar la respuesta a mi tía, otros parientes se interesaron por el asunto y no tuve más remedio que continuar la farsa, añadiendo el ingrediente de que había almorzado con él: "almorzamos juntos en el restaurant "The Economist" (que nada tiene que ver con la revista británica" y donde solemos acudir algunos periodistas porque un plato criollo cuesta entre dólares 4 y 5, o sea que no son muy baratos.

Me preguntó al iniciar la conversación cuál era mi situación económica y como nunca hay que llorar ante los economistas le respondí con una amplia sonrisa: "gasto menos de lo que gano", ocultándole que el periódico donde trabajo me deberá a fin de mes tres meses de sueldo y que actualmente vivo de las mujeres, o sea del dinero que me presta mi esposa, las pesetas que nos manda cada mes su tía Atanasia desde Madrid, y las coronas suecas que recibo tres veces al año de mi buena tía Restituta.

Pagué el almuerzo y los drinks en el restaurant The Economist porque los economistas nunca tienen plata y lo llevé a visitar los grandes mercados de contrabandistas que hay en La Paz, que le produjeron admiración, como también mi amistad con los contrabandistas. La calle Eloy Salmón lo fascinó. Mientras caminábamos le conté el asunto del Chapare y los dólares que gastamos en erradicar la coca sin contar con la astucia de los campesinos que vuelven a sembrar. Le hablé de la corrupción de muchos políticos y él me dijo: "que en todas partes son iguales".

Para no hacerle un relato muy triste de nuestra situación le conté que no comemos mucho pero que bailamos y farreamos todo el año, no sólo en las ciudades, sino también en los pueblos, mostrándole un itinerario de fiestas religiosas e indígenas que permiten a un ciudadano comer, bailar, y beber todo el año sin necesidad de trabajar.

El señor Joseph Stiglit, Premio Nóbel de Economía, al saber que muchísimos bolivianos no pagamos impuestos y saltamos a la torera las aduanas me dijo que nuestro país es extraordinario.

Eso es lo que conté a mis parientes, y algunos me creyeron.

 

Vivir peligrosamente

Por: Ricardo Potts (*)

-"Ojo por ojo y diente por diente

nos dejara sin ojos y sin dientes."

(mural en Nueva York)-

 

La filosofía de la guerra es casi tan antigua como la Historia, y varios siglos antes de nuestra era, Heródoto de Halicarnaso la definió como "el estado normal de las relaciones humanas", mientras el clásico del militarismo contemporáneo, Von Clausewitz, aseguraba que "la guerra es la continuación de la política por otros medios".

Pero nadie logró expresarse como Federico Nietzche, ideólogo favorito de los nazis, para quien la guerra era "el estado perfecto del hombre", y sintetizaba su credo en esta máxima: "Vivir peligrosamente."

Hoy vivimos en tiempos cada vez más peligrosos, porque desde el último conflicto mundial que se suponía pondría fin a todas las guerras, se han sucedido al menos otras 20 medianas y pequeñas.

Ahora volvemos a escuchar estampidos de misiles y bombas, con el amenazante llamado de Estados Unidos a una cruzada universal en la "guerra contra el terrorismo."

Quién no lo acate, puede considerarse enemigo y también ser atacado en cualquier momento, en una guerra de nuevo estilo donde el adversario se escoge según las conveniencias de la política norteamericana, con Naciones Unidas reducidas al papel de espectador. Sin duda, Nietzche estaría satisfecho.

Peligrosos tiempos en los cuales proliferan los "iluminados", decididos a salvar y redimir a pueblos que no lo han pedido, en sublimes operaciones de justicia y salvamento que, curiosamente, terminan casi siempre en baños de sangre... por supuesto, la ajena.

Porque para los halcones militaristas, las masas groseramente dedicadas a consumir bienes materiales, hipnotizadas por la publicidad y el bombardeo de los "mass media", sólo sirven ademas para convertirlas en carne de redención o justificación del nuevo terrorismo de estado.

Nadie en su sano juicio dejará de lamentar las consecuencias del atentado y la pérdida de vidas norteamericanas, pero también nadie con salud mental aplaudirá la manipulación del dolor, el luto y el temor del pueblo estadounidense para declarar una guerra universal a los cuatro vientos y compensar los muertos civiles en casa con un nuevo holocausto de ciudadanos inocentes en Afganistán.

Mientras tanto, cada minuto se gasta más de un millón de dolares en armas para la destrucción del género humano, al mismo tiempo que cientos de millones de personas mueren de hambre y enfermedades curables.

Sólo hay un médico por cada 500 habitantes de la población mundial, pero disfrutamos el privilegio de tener un soldado por cada 25. Eso, también es "Vivir Peligrosamente." Al parecer, sólo matan al por menor los delincuentes de baja categoría. En cambio, sembrar la muerte al por mayor es tarea de estadistas y grandes personajes.

Harry Truman lo demostró liquidando de un sólo golpe a 100 mil japoneses en Hiroshima, y desde Troya hasta Afganistán la política de agresión ha tenido su espina dorsal en la guerra.

Triste historia que ha hecho la Historia durante milenios, y que en el tercero de nuestra era ya esta presenciando la primera contienda de un nuevo mundo unipolar.

Por ejemplo, desde 1945 hasta hoy, los presidentes de los Estados Unidos han acudido a las armas más de 50 veces para salirse con la suya en nombre de la libertad, los derechos humanos y la presunta salvación de pueblos hartos de levantarse con el sol y acostarse con el hambre, y para quienes las expresiones grandilocuentes son una burla sangrienta, fermento de una rebelión al límite de su paciencia de siglos.

Amén de que el presidente George W. Bush logre o no sus propósitos de la operación denominada irónicamente "Libertad Duradera", para castigar el atentado que llevó por primera vez en mucho tiempo el temor al corazón del norteamericano medio, el verdadero dilema no es cómo comienza la guerra, sino por qué se libra y cómo terminara.

En realidad, se trata de aprovechar los bombardeos del pasado 11 de septiembre no para hacer justicia, sino para sentar las bases de una dictadura militar universal bajo la egida estadounidense, como si el mundo fuese un gran filme del oeste donde el guapo de la película se impone a punta de pistola.

La respuesta al terrorismo ha sido el terror de las armas, porque al parecer, al señor Bush también le agrada "vivir peligrosamente." La aventura militar iniciada por Estados Unidos y Gran Bretaña, con el apoyo de algunos socios menores, parece en efecto digna de seguidores de Nietzche.

Las innumerables recomendaciones y llamados a la calma y la mesura, provenientes de organizaciones religiosas, civiles e internacionales de todas las categorías, no afectaron a los halcones de Washington, como imbuidos por los criterios del "superhombre" de Nietzche, quien "crea sus propias normas de conducta y valores, y cuyos fines justifican todos los medios."

Sin embargo, desde la perspectiva latinoamericana, tales procedimientos no son nuevos.

El ataque a Afganistán es otra etapa de la gran crisis mundial en la cual Bush ha decretado que nos disparará su "libertad duradera", que puede convertirse fácilmente en "opresión duradera", y extenderá la que ya se viene aplicando en estas latitudes desde bien temprano en el siglo pasado: invasiones, atentados, bloqueos, golpes de estado, terrorismo, desapariciones y otras bendiciones, que a lo largo de la pasada centuria el vecino del norte ha venido derramando sobre la América hispánica, junto con su cine catastrófico y violento, su neoliberalismo económico, televisión basura y comida chatarra.

En verdad el grito de cólera de Bush y su amenaza sin precedentes de desatar "la furia de los Estados Unidos" es el anuncio de una guerra contra las soberanías nacionales, destinada a aniquilar la oposición con muchos golpes en diversas partes y de varias formas.

La vengativa represalia se ha trasladado sobre misiles de ultima generación, desde el lujo de Manhattan a unas tierras escarpadas donde sobrevive en medio de penurias uno de los pueblos más pobres del mundo, que la mayoría de los norteamericanos ni siquiera sabe bien en qué parte del mapa está.

La primera guerra del milenio ha comenzado, y en otro alarde nietzscheano, el embajador norteamericano advirtió al consejo de seguridad de la ONU que su país no descarta nuevas acciones militares contra otras organizaciones o estados, como "legitima defensa" por los ataques del 11 de septiembre.

La amenaza subyacente, pues, es que esta guerra es sólo la primera de otra larga serie, y nadie estará a salvo de morir quemado por el napalm o reventado por el TNT.

En tanto, sobre Kabul se producen nuevas oleadas de bombardeos e infernales luces nocturnas bailan en el cielo como en un juego de vídeo dirigido desde cómodas oficinas refrigeradas por los estrategas del Pentágono, haciendo blancos que nunca se encuentran ni se sabe a cuántos inocentes más están masacrando.

La historia, por su parte, enseña que en sus cinco mil 500 años de registro escrito, la humanidad ha vivido más de 14 mil guerras con unos tres mil millones de victimas, o sea la mitad de la población actual del planeta que ahora puede ser aniquilada en un instante gracias a un arsenal atómico que bastaría para liquidar !25 veces! a toda la humanidad.

Milagros de la técnica, que darían envidia al mismísimo Adolfo Hitler !Eso si es vivir peligrosamente!.

El presente conflicto, en una región tan volátil y explosiva, puede tener consecuencias de alcances imprevisibles y abundan las advertencias sensatas de que la apoteosis de esta locura colectiva podría llevar a un conflicto planetario de consecuencias impredecibles.

No por gusto, cuando a Albert Einstein le preguntaron como veía la tercera guerra mundial, el padre de la energía atómica respondió: "No lo sé, pero la cuarta será con hachas de piedra." Esa también puede ser la última y más peligrosa de las aventuras: Morir peligrosamente.

 

(*) El autor es periodista de Prensa Latina

 


Apuntes.....


La VASP ya nos convenció:

al Lloyd Aéreo desmanteló,

dejándolo en la ruina.

y ¿el Gobierno? ¡sigue en la cocina!

ZACARIAS