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Nuestras Provincias |
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“Tata Sabaya” y la historia de su hijo “Pedro Martín Capurata Cóndor Villca” |
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circunstancias,
originando los apellidos que se conservan hasta hoy. Así, el que fue
capturado con la lanza de una soga, recibió el nombre de Lázaro; el
chipaya que fue atado a una soga, fue llamado Chino; más, se afirma
que muchos de aquellos chipayas lograban escapar pero fueron
perseguidos y capturados para ser sometidos contra la pared,
recibiendo el nombre de Pirqa (pared). Sometidos los prisioneros,
fueron enrolados al trabajo de la construcción de la iglesia de la
comunidad Sabaya. EL
CACIQUE Así
vivía, Pedro Martín Capurata Cóndor Villca convertido en el cacique
más importante de la región, y controlando sus dominios, realizaba
viajes permanentes a Choquecota, Andamarca, Salinas, visitando a todos
los villorrios ubicados en el confín de Karankas. Pedro Martín,
todavía en la plenitud de su juventud había conocido a María Rosa
Calderana, la mas esbelta mujer de la comarca, de la que se enamoró
locamente y poco tiempo después, asistido por los consejos de
yatiris, se casó prontamente, de cuyo matrimonio nació un niño
llamado Marianito Niñito. En
aquel tiempo, el vicariato de la Audiencia de Charcas (Sucre), viendo
la necesidad de catequizar a los indígenas aymaras, estableció en
Sabaya una misión pastoral; el misionero cura - según se dice- fue
obligado a someterse a los designios de Pedro Martín Capurata Cóndor
Villca, que ordenó que las misas dominicales podían celebrarse
solamente con su presencia. Como
el cacique vivía en Casinquira, villorrio distante a unos 15 km al
Oeste de Sabaya, habitualmente venía desde allí, montado en su
famoso caballo blanco, ante cuya aparición, el destello anunciaba
desde el abra de “Pissa y Sakasani”, motivando el primer repique
de campana en el pueblo; cuando el espejo destellaba en media pampa,
se daba el segundo repique y se tocaba el tercero cuando el cacique
llegaba al pueblo, arribando al lugar conocido actualmente como “San
Sebastián”; desde ahí, Pedro Martín Capurata Cóndor Villca
llegaba a pie hasta la iglesia donde la esperaba una concurrencia
nutrida; luego respetado y saludado solemnemente por los indígenas
ingresaba a la iglesia para participar de la santa misa. Inquieto
y viajero por naturaleza, dicen que llegó hasta las regiones de
Tarapacá (...), donde compró un potro para llevarlo a Sabaya, lejos
de imaginar que este sería luego la causa para su infortunio y la
decadencia que su pueblo soporta hasta el presente (tal la leyenda del
pueblo aymara). En efecto, un día domingo, cuando el cacique se
aprestaba de viaje a Sabaya, la noble bestia se habría encabritado
torpemente, pisándole a Marianito Niño, con tal desgracia, de haber
causado la fractura de una de las piernas de su hijo. Con
tal lamentable suceso, fue obligado a viajar solo a Sabaya dejando a
su familia en Casinquira. El cura, cansado de esperar, se dice que había
oficiado la misa sin el cacique que llegó después de concluida la
ceremonia religiosa; el personaje, apesadumbrado por la desgracia de
su hijo, y al anoticiarse del desacato del fraile, estalló en ira
contra este, condenándole al horrendo castigo, durante una semana en
el “calabozo subterráneo” donde fue recluido prontamente. Según
la leyenda, el infortunado misionero llegó al extremo de alimentarse
de inmundicias y con el cuero de sus propios calzados; algunos indígenas
del ayllu Sakari, sintiendo compasión por el padecimiento del cura,
le habrían dado de beber haciendo filtrar el agua a través de un
tubito, y hasta hoy persiste la creencia de que se debería a ese
gesto noble, la profusión de manantiales en la región del ayllu
Sakari. El fraile, casi exánime, sólo fue liberado del calabozo
después de los siete días de condena. Restablecido
el cura, habría alimentado el funesto pensamiento de venganza, porque
el abandonar Sabaya, y en la media pampa, profirió una imprecación
para causar el exterminio del pueblo y de sus habitantes. Desde ese
entonces el pueblo fue azotado por una peste desconocida que ocasionó
la muerte de varios comunarios y consiguientemente, sobrevino el
desbande de toda la comunidad, entre ellos, del propio Martín
Capurata Cóndor Villca de su familia, además de otros indígenas
como Mariano Cóndor, Pedro Condori, que emigraron hasta Antá
(Escara-Chamacha), llevando con ellos a la “Virgen de Casinquira”,
efigie que se encuentra actualmente en la iglesia de dicho pueblo. (continuará..) |