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Editorial
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Las Pandillas juveniles existen en nuestra ciudad desde hace muchas décadas, sin embargo la cantidad de éstas va creciendo y ahora constituye un notorio problema social. Numerosos grupos de jovenzuelos, hombres y mujeres, se dedican a actividades que en la mayor parte de los casos no tienen ningún fin constructivo. No todas las pandillas son delincuenciales pero, las más inducen a sus miembros al alcoholismo temprano, en casos extremos a la drogadicción y algunas practican prematuramente el sexo. El comportamiento de las pandillas generalmente es violento. Tienen un caudillo o "jefe" que con frecuencia es el más fuerte y pendenciero, el que se cree con derecho a abusar de los miembros de menor edad o de los más tímidos. Son rivales con otros grupos y sostienen pugnas de diversa índole entre ellos, especialmente de carácter territorial, las cuales se manifiestan en grescas callejeras que a veces derivan en verdaderas batallas campales, donde no se respeta a nadie. Las pandillas más agresivas utilizan armas, sobre todo armas blancas y muchos quedan con lesiones de gravedad después de estos combates, se han dado casos hasta de homicidios y asesinatos. Algunas pandillas están conformadas directamente por delincuentes, se dedican a los atracos y cometen crímenes violentos. ¿Por qué los jóvenes ingresan a las pandillas? Principalmente por seguridad, el que es componente de uno de estas agrupaciones, tiene la protección del grupo, porque de otra manera no es libre de circular sin ser molestado por alguna pandilla. El otro factor es psicológico, es el sentimiento de pertenencia y de integración, el cual en numerosos casos lamentablemente no se encuentra en el hogar. Es cuando en la familia no existe la unión que idealmente debería cultivarse. También el joven conforma una pandilla por entretención y amistad. Encuentra divertido estar en grupo y hacer travesuras escudándose en el anonimato del conjunto. En conclusión, la proliferación de pandillas es un problema latente en Oruro. No todas las pandillas se dedican a la delincuencia, ni los jóvenes agrupados en pandillas son delincuentes, pero es importante que los padres pongan mucha atención al comportamiento de sus hijos e hijas, cuidar, sin coartar su iniciativa, mas bien, motivándolos a las actividades constructivas y solidarias, proporcionándoles, en lo posible, ocupaciones productivas y diversión sana. Por otra parte, la policía está obligada a combatir a los grupos conformados por delincuentes juveniles con todos los medios a su alcance, pues al controlar a los jóvenes, se está previniendo que estos arruinen su propia vida y terminen como irreductibles criminales.
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Opinión |
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Carta de Rigoberta Menchú a George W. Bush Excelentísimo señor presidente: |
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Deseo, en primer lugar, reiterar a Ud. la solidaridad y condolencia que expresé a todo su pueblo el martes 11 pasado, luego de conocer los dolorosos sucesos ocurridos en su país, así como compartir mi indignación y condena a las amenazas que entrañan esos actos de terrorismo. En los últimos días he estado pendiente de la evolución de los acontecimientos, empeñando mis mejores oficios en que la respuesta a dichos sucesos sea la reflexión, no la obcecación; la cordura, no la ira; la búsqueda de justicia, no la revancha. He invocado a la conciencia de los pueblos del mundo, a los medios de comunicación, a las personalidades eminentes con las que comparto un compromiso ético por la paz, a los jefes de Estado, y los líderes de los organismos internacionales, para que la cordura ilumine nuestros actos. Sin embargo, señor presidente, al escuchar anoche el mensaje que dirigió al Congreso de su país, no he podido reprimir una sensación de temor por lo que puede desprenderse de sus palabras. Llama Ud. a su pueblo a prepararse para "una larga campaña como no hemos visto ninguna otra jamás", y a sus militares a salvar el orgullo, marchando a una guerra de la que pretende hacernos parte a todos los pueblos del mundo. A nombre del progreso, el pluralismo, la tolerancia y la libertad, usted no deja ninguna opción a quienes no contamos con la dicha de compartir la sensación de libertad y los frutos de la civilización que desea Ud. defender para su pueblo, y a quienes nunca tuvimos simpatía alguna con el terrorismo ya que fuimos sus víctimas. Quienes somos expresiones orgullosas de otras civilizaciones; quienes vivimos día a día con la esperanza de convertir la discriminación y el despojo en reconocimiento y respeto; quienes llevamos en el alma el dolor del genocidio perpetrado en contra de nuestros pueblos; quienes, en fin, estamos hartos de poner los muertos en guerras ajenas, no podemos compartir la arrogancia de su infalibilidad ni el camino unívoco al que Ud. desea empujarnos cuando afirma que "Todas las naciones en todas las regiones deben tomar ahora una decisión: o están con nosotros o están con los terroristas". Al empezar este año, invité a los hombres y mujeres del planeta a compartir un Código de Etica para un Milenio de Paz reclamando que: No habrá Paz si no hay Justicia No habrá Justicia si no hay Equidad No habrá Equidad si no hay Desarrollo No habrá Desarrollo si no hay Democracia No habrá Democracia si no hay respeto por la Identidad y la Dignidad de los Pueblos y las Culturas En el mundo de hoy, todos estos son valores y prácticas muy escasas, sin embargo, la desigual manera en que están distribuidos no hace más que alimentar la impotencia, la desesperanza y el odio. El papel de su país en el actual orden mundial está lejos de ser neutral. Anoche esperábamos un mensaje sensato, reflexivo y autocrítico pero lo que escuchamos fue una amenaza inaceptable. Comparto con Ud. que "el curso de este conflicto no se conoce", pero cuando sentencia que "su resultado es cierto", la única certeza que me invade es la de un nuevo y gigantesco sacrificio inútil, la de una nueva mentira colosal. Antes de que dé Ud. la voz de "fuego", me gustaría invitarlo a pensar en un liderazgo mundial diferente, en el que no necesite vencer sino convencer; en el que la especie humana pueda demostrar que en los últimos mil años hemos superado el sentido de "ojo por ojo" que tenía la justicia para los bárbaros que sumieron a la humanidad en el oscurantismo medieval; en el que no hagan falta nuevas cruzadas para aprender a respetar a quienes tienen una idea distinta de Dios y la obra de su creación; en el que compartamos solidariamente los frutos del progreso, cuidemos mejor los recursos que aún quedan en el planeta y a ningún niño le falte un pan y una escuela. Con la esperanza en un hilo, lo saluda atentamente Rigoberta Menchú Tum Premio Nobel de la Paz Embajadora de Buena Voluntad de la Cultura de Paz (Tomada de la Revista FORO)
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Una vez al año, en esta fecha, dejo de escribir y cedo esta columna a mi esposa porque es el día nacional de su país, ella se hace de rogar argumentando que no es periodista aunque reconoce que ella me enseñó a hablar y escribir en español porque cuando nos pusimos de novios mi ortografía era mala, mi sintaxis era deplorable, y mi hablar era de un cateto cochabambino. Sin embargo, hoy la convencí de que ella escribiera y me entregó la siguiente crónica: Al salir el sol en este hermoso día saludo emocionada a todos los españoles, a los que viven allí y también a aquellos que vivimos en Bolivia suspirando siempre por la tierra que nos vio nacer. Saludo en primer lugar a los Reyes de España Don Juan Carlos y Doña Sofía, a mi hermano Pepe, a mis tíos Cosme y Vitoria, y a mis primas María y Pili, lamentando no poder citar a todos porque mi marido me explicó que mi saludo no podía pasar de las 400 palabras, como si ésto fuera un telegrama. Entre los españoles que viven en Bolivia, saludo a Conrada y Rafaelillo, Pepe y Tany, Carmelita de Morales, a Magaly, y a Monse Puig, a Monseñor Juárez, al Padre José Gramunt de Moragas, y al Padre Beneyto que confiesa a mi marido y nunca quiso contarme nada invocando el secreto de confesión. Para que no se crea que sólo tengo amigos curas también saludo al Coronel Alfonso Fernández de Luis, y a Teresa Rojo de Celem. Un párrafo aparte merecen los Embajadores de España, los señores de Fagilde que sé que trabajan mucho en el programa de ayuda española a Bolivia, que es la más significativa de todas ¡Olé! Estos diplomáticos trabajan tanto que no parecen españoles. (Es que España ha cambiado mucho). No me gusta mucho hablar de mi matrimonio con el periodista que hoy me ha cedido su columna porque él lo hace muchas veces aprovechando nuestros diálogos hogareños; entiendo que los hace porque soy la única amiga que le queda. Sin embargo, puedo asegurar que tengo una familia feliz, fruto de la alianza hispano-boliviano que hoy cumple 16.485 días, de acuerdo a los registros que lleva mi marido. Antes de concluir con este mensaje de salutación, dejadme decir ¡Viva España!, un país democrático y moderno gobernado por el señor José María Aznar bajo el manto de una realeza digna ya mencionada, sucesora de algunos grandes reyes que tuvo España. Firmado: Pilar, en el día de la Virgen del Pilar y del Descubrimiento de América, cuando los españoles vieron por vez primera a los originarios parientes de mi marido.
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El 12 de Octubre, ¿Día de la Raza? El mito del hombre blanco Por: Víctor Montoya |
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Recuerdo que cuando era niño e indocumentado, pensaba que el 12 de octubre era el día de los americanos y que Cristóbal Colón, ese personaje de piel blanca y jubón de seda, era una especie de Indiana Jones. Pero me entró la duda cuando mis compañeros de clase empezaron a cambiarse el apellido, pues el Mamani se convirtió en Maisman, el Quispe en Quisbert y el Condori en Condorset. De modo que empecé a buscar la causa de esa extraña metamorfosis, hasta que la encontré en mis libros de texto. El Almirante de la Mar Océana, Virrey de las tierras del Nuevo Mundo, Adelantado y Gobernador, que no era de Génova ni de Portugal, pero tampoco de España, aparecía en la ilustración postrado de rodillas, la mirada tendida en el ancho cielo, como agradeciendo a Dios por seguir con vida tras una larga y fatigosa travesía. Aunque no tenía casco ni armadura, llevaba en una mano el pendón real y en la otra una espada con guarnición y gavilán. Detrás de él se veían las tres carabelas flotando entre el cielo y el mar, mientras en la costa de Guanahaní, que parecía un paraíso sin serpientes ni pecados, asomaban los indígenas de piel cobriza, torsos desnudos y miradas de pasmo y de temor. Mi maestra, que tenía la nariz aguileña y los pómulos prominentes como las ñustas del imperio incaico, era la primera en transmitirnos la versión oficial de los vencedores. Nos explicaba que Cristóbal Colón representaba al hombre civilizado, cuya destreza física y mental lo llevó a descubrir los misterios del océano y a encontrar pueblos que vivían en el atraso y la ignorancia. Yo la creía como el feligrés le cree al cura, sin saber que en la escuela se nos enseñaba el mito del hombre blanco, y que mi maestra, indígena por los cuatro costados, hablaba con la voz prestada de los hombres sedientos de sangre y de riquezas, pues lo que ella llamaba el "Día de la Raza", en realidad, era el día contra la raza -contra su propia raza-, aparte de que en América, desde el Canadá hasta el Cabo de Hornos, nada volvió a ser lo mismo desde aquel fatídico 12 de octubre de 1492. LAS DOS CARAS DE LA CONQUISTA Años después, leyendo un libro de historietas, me informé de que Hernán Cortés por el norte y Francisco Pizarro por el sur se lanzaron a conquistar las tierras bautizadas con el nombre de Américo Vespucio y no de Cristóbal Colón, quien murió en el olvido y sin saber que abrió las puertas de un continente desconocido, donde algunos creían haber encontrado el paraíso terrenal, como el jesuita León Pinelo, quien, en el siglo XVIII y en un trabajo de erudición, intentó demostrar que el Paraná, con el Orinoco, el Amazonas y el San Francisco eran los cuatro ríos sagrados que, según las Sagradas Escrituras, nacían del Paraíso. La conquista fue un hecho inevitable -decía la maestra-, porque implicó la victoria de la civilización sobre la barbarie. Los hombres blancos traían consigo el adelanto: la Biblia, la pólvora, las armas de fuego, los instrumentos de navegación, la economía mercantilista, el hierro, la rueda y otros, mientras los indígenas seguían luciendo tocados de plumas en la cabeza y profesando religiones bárbaras. Pero lo que la maestra no mencionaba era el florecimiento cultural y científico de las civilizaciones precolombinas, como el hecho de que los mayas hubiesen confeccionado un calendario mucho más exacto que el de Occidente, que empleaban el sistema vigesimal en matemáticas y usaban una escritura similar a los jeroglíficos egipcios, que en el incario construyeron terrazas y canales para la producción agrícola, que practicaban la trepanación de cráneos y tenían un sistema social que respetaba la comunidad colectiva de la tierra y donde todos los miembros de la comunidad colaboraban en la construcción de obras públicas. En síntesis, la maestra no hablaba de lo que los pueblos precolombinos fueron capaces, sino sólo de lo que no fueron capaces. Cada 12 de octubre, al celebrar el "Día de la Raza" en un acto cívico, el director de la escuela nos recordaba que en las naves de Cristóbal Colón y en las alforjas de los conquistadores llegó "el pluralismo político, la libertad y la protección que se prodigó a los indígenas". Pero nadie nos recordaba que en esas mismas naves llegaron enfermedades mortales, y que en esas mismas alforjas, en las cuales trajeron la santa Inquisición, el crimen y el terror, se robaron el oro y la plata que fueron a dar en las arcas de los empresarios de Génova y Amberes, y que financió en Europa el barroco esplendor de las monarquías y el decisivo despegue del mercantilismo occidental. MAS DE MEDIO MILENIO DE DISCRIMINACION Y RACISMO El director nos hablaba con admiración de la gesta de Cristóbal Colón y de la fe cristiana que nos inculcaron los conquistadores. Pero nadie decía una palabra sobre las depredaciones y el arrasador genocidio cometido contra los indígenas; sobre las nuevas creencias y costumbres impuestas a sangre y fuego; y, lo que es más importante, sobre la marginación social y racial de indígenas y negros en las nuevas colonias, donde los criollos se convirtieron en los amos y señores de las tierras conquistadas, con derecho a gozar de ventajas y privilegios sociales y económicos, pero también con derecho a ser la clase dirigente; una suerte de supremacía del hombre blanco que, desde el 12 de octubre de 1492, se refleja en el racismo latente que habita en el subconsciente colectivo de América, donde no pocos indígenas y negros cambian de identidad: cambian de lengua, cambian de nombre y cambian de vestimenta, aunque el negro vestido de seda, negro se queda, y el indígena, así tenga el título de doctor y el apellido de europeo, sigue siendo indígena hasta la médula de los huesos. Cuando terminé la escuela, comprendí que la verdad y la mentira de una misma historia dependía de la voz que la contaba, pues cuando empecé a leer la versión de los vencidos, de los de abajo, me di cuenta que el arribo de los europeos a tierras americanas fue una gesta sangrienta y que la religión cristiana, nacida como un instrumento de lucha a favor de los oprimidos, se convirtió en un instrumento opresor durante la conquista, que el llamado "descubrimiento de Colón" implicó el exterminio de vastas civilizaciones y que el 12 de octubre no era una fecha para celebrar sino para reflexionar. Con todo, mi maestra nos enseñó el autodesprecio, como quien enseña a diferenciar lo blanco de lo negro, porque en sus lecciones hablaba peyorativamente del indígena -quizás con más crueldad que Pizarro y Cortés, y con menos compasión que Bartolomé de Las Casas y Vitoria- y porque los conocimientos que ella nos transmitía de los libros oficiales de historia no correspondía a la versión de los vencidos sino de los vencedores. Desde entonces han pasado varios años, yo dejé de ser niño y ella dejó de existir. Pero lo que no puedo ya aceptar es el hecho de que se siga celebrando el 12 de octubre como el "Día de la Raza", a pesar de que nosotros, los mestizos de América, así nos veamos la cara en los espejos de Europa, no dejaremos de ser los hijos bastardos de la conquista, del despojo y la violación, como lo fueron los hijos de la Malinche en México y las hijas de Atahuallpa en el Perú. Ahora bien, si aún nos queda un poco de sangre en la cara, tengamos el coraje de reconocer que lo único que heredamos en más de medio milenio de rapiña y colonización, es la vergüenza de ser lo que somos, esa pirámide social donde lo oscuro está en la base y lo claro en la cúspide, y donde el color de la piel y el apellido siguen siendo algunos de los factores que determinan la posición tanto social como económica del hombre americano.
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Apuntes..... |
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¿Están dispuestos a golpearse el pecho luchando contra la corrupción? Nuestros capos en esta ocasión; dicen: ¡¡Qué nos haga buen provecho!! ZACARIAS |