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Editorial
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Mientras la gran mayoría ciudadana del país se debate en una casi crónica miseria, precisamente por las restricciones financieras de nuestro gobierno y la falta de recursos económicos para encarar por lo menos programas paliativos, una disposición vigente permitiría que la minoría ciudadana que maneja los partidos políticos se beneficie con subvenciones para encarar sus campañas proselitistas. Vaya que es injusta y ofensiva esa situación, porque no se puede concebir que en un país con tantas limitaciones económicas, su gobierno se dé el lujo de pagar a los políticos para que ensucien las paredes, para que distorsionen la conciencia ciudadana con propaganda mentirosa, cuando en verdad esos recursos podrían servir, siquiera de manera reducida, para disminuir el sufrimiento de los marginados, justamente de aquellos que esperan mejores días, con adecuados planes de trabajo de los políticos y no con injustas y atentatorias medidas, aplicadas por los gobernantes de turno. Y la desfachatez de los políticos es más agraviante aún, cuando algunos dirigentes de partidos considerados “grandes”, señalan que están a la espera de tales fondos para empezar sus campañas... Qué sinvergüenzada mayúscula, pretender engañar al pueblo haciendo creer que los partidos y sus líderes no tienen recursos, cuando en verdad esos partidos -los más grandes- funcionan con los recursos de sus millonarios líderes y la búsqueda de gobernar el país, tiene el objetivo de seguir acrecentando esas fortunas para beneficio de algunos privilegiados que nunca han sentido los efectos de la crisis. Se trata sin lugar a dudas de una distorsión del derecho democrático que tiene el pueblo para decidir una elección. No puede ser que el Estado con la plata del pueblo, financie a los políticos, para que éstos a su vez y con esa ventaja presionen con sus campañas, para inducir a la ciudadanía a colocarlos en el sitio de privilegio que significa gobernar, sin servir efectivamente al pueblo. No podemos ser los electores que paguemos a los políticos, a través de una triquiñuela parlamentaria, cuando en verdad el que quiere poder, debe poder también financiar su aventura política. Habrá que saber con exactitud cuánto es el monto que dispondrá la Corte Nacional Electoral para los partidos y evaluando la magnitud y urgencia de solucionar problemas, favorecer directamente con tales recursos a los segmentos más necesitados de nuestra población. Esta actitud debe ser asumida por las autoridades electorales, en una muestra de justicia y equidad con el pueblo, cansado de soportar a la clase política que lo único que hace es prometer mucho para cumplir poco, pero aprovechando cualquier circunstancia para sacarle una y otra tajada al presupuesto nacional, comenzando con las millonarias dietas, seguidas por jugosos viáticos y las “caídas” eventuales por servicios de favor en aprobaciones de diferente índole. Y sobre todo eso, además subvencionar las sucias campañas politiqueras, no es justo, no es real, no es prudente, no es digno, y no deben entregarse recursos (de ninguna procedencia) a los partidos políticos. Recientemente la Iglesia ha cuestionado esa subvención. Es urgente que las fuerzas cívicas se pronuncien también sobre el tema, para evitar otra ofensa contra el humilde y castigado pueblo de Bolivia.
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Opinión |
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¡Venganza de la naturaleza! Freddy Ontiveros Cabrera-Pastoral Social |
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Muchos paceños no olvidarán jamás la lluvia del 19 de febrero; nunca la naturaleza se había ensañado tanto con ellos, el resto del país observó impotente la sublevación de los elementos de la naturaleza contra la ciudad sede de gobierno. Durante aproximadamente una hora, una persistente granizada azotó las montañas circundantes a la ciudad y produjo que el agua se precipite por los desfiladeros con tal velocidad que ni el más avezado piloto estaría en condiciones de alcanzarlo. Una verdadera invasión de granizo, lluvia, agua turbia y barro, a su paso arrastró partes del suelo y piedras, convirtiéndose en un torrente sucio y denso, cuanto más espeso y pesado, mayor energía cobró, atacando todo lo que encontró en su camino. Cada escombro arrastrado se transformaba en un arma mortal. La furia de la granizada se lanzó sobre la ciudad de La Paz, saltando por encima de muros, casas, carros y calles. Rugiendo por todos lados, arrebató bebés de los brazos de sus madres, robó la vida de más de setenta transeúntes, anegó pasadizos y galerías. Los malvados turbiones de agua, metiéndose como ladrones por las ventanas, techos y paredes de las casas, rompieron vidrios, puertas, se llevaron consigo todo: puestos de venta, tablones, asfalto, cemento, fierros, autos, prendas de vestir, árboles y los diseminó por toda la ciudad como hojas resecas. SUCEDE CUANDO NO RESPETAMOS A LA NATURALEZA Desde los tiempos de la creación, el hombre, diminuto pero inteligente, razonable y creador; y por otro lado, la naturaleza impredecible, poderosa y vengativa, están enfrentados en una lucha interminable. Pero, pese a los enormes adelantos que la humanidad ha alcanzado en el último siglo, debemos admitir que aún no estamos en capacidad de detener, ni siquiera de controlar y predecir el advenimiento de las fuerzas poderosas de la naturaleza. Hasta hoy, las ciencias y la técnica que han permitido crear vida artificial y derrotar algunas enfermedades, se muestra indefensa e impotente ante la furia de la naturaleza. Solo atinamos a protegernos y escondernos de los efectos inmediatos de las lluvias, vientos, tormentas y otros fenómenos. Recién nos damos cuenta que, ciegos por nuestra ambición de “construir” y enfrentarnos a la naturaleza hemos provocado infinidad de cambios en el clima. Lejos de respetarla, hemos intentado conquistarla y sojuzgarla: Hemos construido enormes moles de cemento donde antes había bosques nativos, hemos obstruido y bloqueado con adobes y ladrillos, donde antes paseaban los ríos y arroyos. Hemos erigido urbanizaciones y oficinas en lugares donde descansaban lagos y lagunas, donde habitaban aves y otros animales, hemos edificado espacios para que los automóviles y otros aparatos mecánicos envenenen el aire. En el caso de La Paz, convertimos, Chuquiago en ciudad. Nuestro afán de conquistarlo todo ha provocado la reacción de la naturaleza, que como alguien ha dicho "La naturaleza no perdona y muchas veces nos escarmienta por los daños que le causamos". OBLIGAMOS A TRABAJAR AL AGUA No solo hemos invadido los espacios naturales del agua obligándolo a transcurrir por sendas artificiales, sino que nos empeñamos en atraparlo y hacerlo trabajar, preparando toda clase de prisiones. Para amansarlo hemos construido diques y depósitos; todos los años contra su voluntad le impedimos correr hacia su destino, obligándolo a entregar a nuestros terrenos todo el agua y el guano que arrastra. Conociendo sus hábitos hemos logrado forzarlo a ascender por empinadas cuestas mediante dispositivos especiales. "Ignoramos que todavía en nuestros tiempos los elementos de la naturaleza trabajan incansable y gratuitamente para la humanidad: el agua riega los campos y su hermano, el viento, muele el trigo". "Ya no pensamos en los ríos como naturales senderos del agua". Puesto que le hemos obligado a discurrir por caminos fabricados, el agua obediente, tiene que hacer lo que por propia voluntad o iniciativa jamás hubiera hecho, atravesar túneles, viajar a grandes alturas, por lechos de metal, cañerías de plástico, etc. “ABUENARNOS” CON LA NATURALEZA A golpe de desgracias, recién estamos aprendiendo que es necesario estar en armonía con la naturaleza o al menos, no estar a su alcance en momentos de su furia. Antes no nos interesábamos por las cantidades de lluvia, granizo o nieve que caían sobre nuestra tierra y sobre nuestras montañas. ¡Qué nos importaban las lluvias caídas en años anteriores! Con frecuencia "toleramos" en las ciudades, como una molestia inevitable. Ahora a fuerza de llanto y luto, estamos comprendiendo que las aguas caídas en años anteriores son las aguas que tomamos en el presente, es el pan de mañana que brotará en los campos regados, es la energía, la luz, el trabajo de las fábricas, el alimento que consumirán nuestros hijos. En la constante lucha que hemos sostenido, encontramos que cuanto más es la fuerza de los elementos de la naturaleza, cada día es mayor la debilidad del hombre. La lección es no menospreciarla y aprender a respetarla. El problema actual consiste en "abuenarse" con la naturaleza, necesitamos conocer sus elementos y reconciliándonos con ella, coexistir en paz. “Abuenarnos” con la naturaleza, significa aprender incluso de los animales que nunca dañan el medio ambiente, pues: "no hay nada en que los animales difieran más del hombre, que en su modo de construir sus casas y sin embargo, dejar el paisaje intacto".
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Las telenovelas, aspirinas contra la globalización Por: Sergio Berrocal (*) E-mail: cultura@prensa-latina.cu |
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La lectura de las paginas económicas de los diarios europeos se ha convertido en un ejercicio aterrador: un gigante de la industria norteamericana prepara el despido de dos mil personas, una multinacional francesa cierra y deja en la calle a otro ramillete de miles de desempleados, la cadena de tiendas inglesa más popular de Europa cierra en Francia a cal y canto y deja sin empleo a otros varios miles, muchos de ellos con más de veinte años de antigüedad. Son los perversos efectos de la llamada globalización. Casi al mismo tiempo, los cientos de millones de personas que en cualquier parte del mundo buscan una salida a su angustia hacen triunfar películas y telenovelas sin más mérito que hacer soñar con un mundo mejor o por lo menos algo más diferentemente positivo, donde el amor en cualquiera de sus variantes lleva al olvido de un futuro negrísimo. En realidad, no es ninguna sorpresa. Desde que las imágenes empezaron a moverse en una tela, el público buscó la evasión. En su libro El Cine, publicado en 1950, cuando la globalización y su cortejo funerario no parecían amenazarnos, Maria Luz Morales reflejaba ya ese encantamiento: "Que prodigio para las gentes sencillas, para las porteras -¿por que no las porteras?- y demás habituales del folletín y de la novela por entrega ver los predilectos motivos del folletín puestos en acción, seguir con los mismísimos ojos de la cara, sin siquiera el trabajo de deletrear ni de pensar, las esperadas peripecias de amores culpables, hijos perdidos y encontrados, crímenes siniestros". Después de esos folletines, de las novelas por entrega vinieron las primeras películas y, cuando la técnica hizo nacer un artilugio llamado televisión, todo eso se plasmó en el fenómeno de la telenovela, que invade los espacios televisivos de toda América Latina, España, Portugal y algunos otros países de Europa, lo que provoca situaciones divertidas al ver a tal actriz típicamente mexicana hablar en alemán o en holandés. (Esto lo experimenté un día en Amsterdam sumido en deliciosos y calentitos edredones noruegos después de haberme maravillado en el museo dedicado al hombre de mi vida, Van Gogh). Mientras los telenoveleros ganan espacio y adeptos cual secta evangélica de la desesperación, el cine parece no querer perder ese sector del publico y trata de producir cada vez mas filmes que reflejen el horror de la globalización -el ejemplo más claro es el del británico Ken Loach- y ofrecen como polvos milagrosos el amor declinado al infinito. Amor sencillo y desesperado, que nace de la vida misma y que tiene que evitar o enfrentar los escollos de la desgracia pero siempre con fe y en todo caso sin desesperación definitiva. "La globalización económica es un formidable factor de desigualdad entre Estados y en el seno del Estado, y la preocupación de competitividad en el plano mundial limita la aptitud del Estado para reducirlo". La frase no sale de los labios de un personaje de Ken Loach sino de una reciente conferencia de Stanley Hoffmann, considerado como uno de los más grandes expertos mundiales en la materia. Una frase terrible, condenatoria, a la que podía haber replicado con sencillez el protagonista del filme británico The Van, que tras un día de lucha difícil y casi imposible por su dignidad de trabajador se acerca desesperado a su esposa y le suplica: "Esta noche necesito que me abraces". Sera que ese abrazo tan aplaudido en un Festival de Cannes como símbolo de una forma de enfrentarse con la desgracia, ¿es una especie de redención?. Hace unos años, en ese mismo Festival de Cannes, el colombiano Gabriel García Márquez declaraba ante el asombro de alguno de los periodistas que le rodeábamos que tenía el mayor respeto por la novela rosa. Otros intelectuales latinoamericanos, sin embargo, se muestran bastante reacios a considerar el papel social de este género, que es el que calcan las telenovelas. Todavía no me he olvidado de una entrevista con el mexicano Arturo Ripstein, durante la cual le pregunté si parte de su temática cinematográfica no entraba de lleno en ese género. Me miró con furor, contestó negativamente y finalmente creo que no volvió a saludarme durante el resto del Festival de San Sebastián (España) al que asistíamos los dos. Hace poco, tuve la oportunidad de ver en un pase televisivo una película de Ripstein, Así es la vida, en la que denuncia las locuras a la que puede conducir la pobreza frente al poderío de los que tienen algo más, aunque sea muy poco más, y se sirven de ello para humillar, mancillar la dignidad de quienes no tienen más que eso, nada. Y la verdad es que me recordó a cualquiera telenovela mexicana, de las muchas que circulan por ahí, aunque naturalmente guardando distancias de realización y escenografía. Pero nada más. Lo que nunca he entendido es ese desprecio de niños malcriados que demuestran una parte de esos pseudointelectuales del cine. Hasta Luis Buñuel, desde Los olvidados a Nazarín o Tristana, utilizó la pantalla como una forma de que los olvidados de este mundo pudiesen apedrear los ventanales policromados de los que duermen envueltos en sábanas de lino de dólar y con la cabeza hundida en mullidas almohadas forradas de euros. Lo que realmente cuenta en el cine y en la TV, como en la literatura -por algo son primos hermanos incestuosos- es que la denuncia pegue con el sonoro retumbar del gigantesco guante de un campeón en la quijada de un capitalismo inhumano. Todos los medios son buenos, incluso el golpe bajo de la telenovela. Los de Ken Loach, con sus obreros de las afueras de cualquier ciudad de Gran Bretaña tan sedientos de cerveza como hambrientos de justicia social, como los personajes de algunas telenovelas en las que los pobres consiguen reírse de su suerte casándose con el poderoso o la poderosa de turno, una forma de conquista como otra cualquiera. O partiéndole las piernas a un prestamista-chantajista podredumbre de la humanidad. Si se consigue hacer sollozar al 42 por ciento de la audiencia contando las desgracias de la joven bonita abandonada por su amante perverso, da igual que el guión sea una exquisitez de Ripstein o se deba a un escritor más modesto y hasta menos pretencioso. El neorrealismo italiano hubiese sido hoy mera telenovela para los menesterosos. Las circunstancias y quizá hasta una cierta moda psicodélica y monstruosamente menesterosa de premios y triunfos lo han convertido en arte. Algunas de mis grandes emociones cinematográficas se las debo a Ken Loach, quien podía haber terminado escribiendo telenovelas si no le hubiesen dejado hacer otra cosa. Otra gran emoción, suprema realmente, la sentí en 1985 en La Habana donde se proyectaba, sin grandes aspavientos, "Mi hijo el Che" de Fernando Birri. El filme es una sencilla sucesión de testimonios sobre la vida del hombre que treinta y cinco años después de su asesinato en Bolivia sigue presidiendo muchas de las protestas sociales que recorren el mundo. Aquella noche en La Habana confieso que lloré cuando el padre de Ernesto Che Guevara confesaba, con la voz perdida en la emoción del recuerdo y en el infierno de la desesperanza, que lo hubiese dado todo por poder vengar a su hijo. Hace tres o cuatro años, cuando cien mil personas invadieron las avenidas con vocación de monstruosas autopistas de Brasilia, vi una vez más el rostro del Che en una enorme bandera que agitaba en el calor de aquella mañana una guapa morena de labios rojos y reventones y ojos verdes como la esperanza. Las lágrimas me llegaron a los parpados y recordé la emoción de La Habana porque al lado del rostro del Che alguien estaba quemando una bandera norteamericana, símbolo del país que ordeno su asesinato. Todos aquellos brasileños que pedían una vida mejor se alimentaron de la telenovela, la forma de expresión popular mas extendida en Brasil. Entonces me dije que si la telenovela no existiese habría que inventarla.
(*) El autor es critico cultural español. Colaborador de Prensa Latina.
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Las ironías de nuestro tiempo: La postergación de un megaproyecto educativo Por: Dra. Magalí Puch H. (*) |
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El presente artículo tiene relación con un proyecto de inversión educativa de gran magnitud, cuya ejecución -de ser consolidada- tendrá una importante repercusión en el mejoramiento de la infraestructura educativa y suministro de equipos para el Municipio de Oruro. Me estoy refiriendo al Megaproyecto “Rehabilitación de Unidades Educativas (Nivel Primario) en Oruro”, comprometida por la Cooperación Japonesa y que tiene como meta construir 16 establecimientos escolares en las zonas periféricas de la ciudad de Oruro para cubrir la demanda insatisfecha de 12.203 estudiantes a un costo total de 5.677.200 dólares americanos, cuyo financiamiento está comprometido por la Cooperación Financiera No Reembolsable de la República del Japón, siendo la entidad ejecutora la H. Alcaldía Municipal de Oruro. Dichos establecimientos contarán con aulas, aulas múltiples, canchas polifuncionales, salas de profesores, baterías sanitarias, casetas para porteros y equipos educativos adecuados. Pero, ¿qué está sucediendo con la tramitación de este Megaproyecto? Parece que los orureños adolecemos de un espíritu derrotista y hasta mezquino por cuanto hemos perdido todo impulso de desarrollo; es más, nuestras instituciones adolecen del mal del burocratismo porque concretizar cualquier trámite significa toda una odisea. Es así que la tramitación de este Megaproyecto no podía salvarse de los vaivenes de la ineficiencia burocrática, llegando al extremo de que las autoridades municipales no le han dado la importancia requerida, por lo que en la actualidad su financiamiento corre serio riesgo de perderse y solamente una acción inmediata de las autoridades municipales, cívicas y departamentales, podrá salvarlo a tiempo. Se trata de que las autoridades municipales en coordinación con la Cooperación Japonesa viabilicen, ante el Viceministerio de Inversión Pública y Financiamiento Externo, dicho trámite que está en riesgo de perderse. Es hora que se tome el ejemplo de otras regiones, donde sus autoridades han actuado con mayor diligencia y han logrado la consecución de este tipo de proyectos, mucho más si son inversiones no reembolsables y de gran impacto social. La elaboración de este proyecto ha costado tiempo y recursos por casi un año y no podemos darnos el lujo de perderlo, postergando las aspiraciones de la lucha contra la pobreza y la ignorancia.
(*) La autora es Coordinadora de Fujita Corporation del Japón y actual Concejal Suplente del Municipio de Oruro
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Apuntes..... |
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Grandes nuestras emociones y todos los han observado, la “crisis” nos ha maniatado; ¡¡no asoman las soluciones!! ZACARIAS |