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Editorial
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Pese a infructuosos intentos de institucionalizar los cargos de la Administración Pública, predomina aún la intencionalidad de los partidos políticos que siguen creyendo que el aparato administrativo es de su propiedad, o por lo menos de su exclusivo control, mientras se hallen en el poder estatal, vulnerando de ese modo la "carrera administrativa". Esta situación cobra mayores efectos cuando se aproximan períodos electorales, ocasión en la que los partidos gobernantes, buscan asegurar su participación para exprimir hasta el último día de su mandato el beneficio que otorga el control del poder, hecho que además exige necesariamente un apoyo incondicional de sus parciales, en cada oficina, en cada puesto, y en toda circunstancia, en la que la lealtad es puesta a prueba con una simple advertencia de disciplina partidaria. Los que no responden a esa presión, quedarán inexorablemente fuera del esquema, más allá de cualquier proceso de institucionalización o respeto a la tan reclamada carrera administrativa, en la que debe respetarse la condición profesional, capacidad, idoneidad, sin contaminación política-partidaria. Pero la estructura actual no permite esa evolución anticipada en el proceso de institucionalización, porque quiérase o no, está muy acentuada la distribución de cargos por importancia política en el esquema gobernante. Esto quiere decir que más allá de respetarse la "carrera administrativa" se desnaturaliza ese proceso, incluyendo en la planta de funcionarios a elementos con militancia comprobada, algunos pocos profesionales, pero una mayoría simplemente correligionarios leales a jefes y mandantes que por su trabajo directo en campañas, ganan el derecho a recibir un sueldo en la administración pública. Y como la carrera administrativa no es sujeto de crédito político, entonces cualquier proceso institucionalizador está dirigido al fracaso porque quienes buscan asegurar una futura postulación privilegian la politización de los cargos, para garantizar sus opciones sectarias. Por eso en los períodos previos a las elecciones, se producen "ajustes" de personal, para que se convierta en brazo operativo de las campañas, con la tranquilidad que implica disponer de gente comprometida con el sistema. Pasada una elección y tras el ascenso del nuevo esquema gobernante, la historia se repetirá, porque los nuevos inquilinos del Estado, optarán por acomodar a sus directos colaboradores en diferentes cargos, como compensación por servicios prestados en la campaña previa. De ese modo el sistema de "retribución política" se mantendrá incólume y la variante existente de una institucionalización de cargos seguirá siendo algo tan utópica, como tratar de moralizar y limpiar la administración estatal. Mientras no sean establecidas las condiciones propicias para desarrollar cambios estructurales con voluntad política, el esquema de ocupar los cargos con militantes políticos, seguirá siendo la forma más sencilla de compensar favores y mantener contento a un conglomerado que "se rompió" antes de las elecciones, con la seguridad de medrar algo del presupuesto nacional durante una gestión. Así son las cosas y no hay por qué lamentarse, pues el pueblo elige indirectamente a sus funcionarios públicos, situación que convalidan los dirigentes políticos, sin tomar en cuenta el valor de la carrera administrativa.
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Opinión |
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Un patriota ignorado por los orureños Por: Valerio Pérez M. |
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Entre los personajes que han hecho historia en Oruro, figura Juan Bélez de Córdoba, un líder criollo. Se desconoce su procedencia o el lugar de nacimiento, pero se lo considera como el legítimo descendiente de los incas en quinto grado de consanguinidad. Se dice que la máxima aspiración de Bélez era nada menos coronarse como Rey Inca, siguiendo los rigurosos pasos tradicionales y, lograr a cualquier precio la reconstrucción del Imperio Incaico, con cuyo propósito se dio a la tarea de planificar un plan subversivo de largo alcance. Realizó viajes continuos a las poblaciones de Arequipa y el Cuzco, aparte de que "mantenía correspondencia secreta con varios gobernadores, principalmente con los de la costa, donde había trajinado bastante, los que estaban comprometidos en el complot". La historia revela que la primera intentona de desobediencia a las autoridades españolas se suscitó en la Plata el año 1553, donde Sebastián de Castilla, en acción conjunta con sus parciales asesinaron al gobernador de apellido Hinojosa. Otro hecho similar ocurrió en las poblaciones de Zongo y Challana del distrito de La Paz, el año 1623 y en la ciudad paceña se sublevó Antonio Gallardo contra las autoridades del régimen colonial el año 1661, dando muerte al corregidor Cristóbal de Canedo; sin embargo, con anterioridad a los sucesos ocurrido en La Paz, el mayor acto de rebeldía sucedió en la Villa Imperial de Potosí el año 1617, desencadenándose una guerra entre Vicuñas y Vascongados "cuando púsose a la cabeza de los primeros , donde militaban criollos y mestizos, Alonso de Ibáñez, quien libró varios combates con los contrarios que eran ayudados por las autoridades". En Cochabamba, también se registró un movimiento revolucionario de proporciones encabezado por Alejo Calatayud en 1730. Oruro, no era ajeno a estos acontecimientos. El levantamiento popular planificado con anticipación por Juan Bélez de Córdoba en sus toques finales porque ya había sido señalada la fecha para el 8 de julio de 1739, incluso movilizados los enlaces a distintos distritos, no faltó un traidor entre los mismos del grupo que sopló a los oídos del Corregidor, cinco días antes de su ejecución. El perverso responde al nombre de Bernardo de Ojeda, quien asumiendo el papel de Judas, anónimamente le advirtió a la citada autoridad Martín Espeleta, sobre el peligro que corría su vida sino abandonaba la Villa, y esta noticia no tardó en confirmarse, primero a través de una vecina que observó sigilosamente el curso de las andanzas de los conjurados, conocedora de tales hechos habría dicho: "vayan a avisar al corregidor Espeleta, la maldad que quiere hacer Bélez de Córdoba", posteriormente Juan del Castillo por instrucciones de Ojeda, personalmente visitó la casa del corregidor llevando toda la información. La delación tuvo efecto inmediato. Espeleta junto al alcalde Melchor Herrera, el infidente Juan del Castillo, más el hombre de confianza del corregidor, se dirigieron al domicilio de Ojeda, para recabar mayores informaciones. el desertor no tuvo inconveniente alguno de proporcionar los datos requeridos con especificación de nombres. En base a esa información, se procedió a la inmediata detención de Bélez de Córdoba, Eugenio Pachacnina y Miguel de Castro, considerados como cabecillas del movimiento insurreccional. El corregidor Espeleta dio parte de inmediato a la Audiencia de Charcas sobre los hechos ocurridos en la Villa, a su vez ordenó la apertura de un proceso contra los conjurados, de cuyas declaraciones y confesiones se estableció la culpabilidad mayor de Juan Bélez de Córdoba, antecedentes que sirvieron para dictar la respectiva sentencia que los condenó a los tres encausados a la pena del garrote. El 7 de julio, apareció en el patíbulo Juan Bélez de Córdoba, quien momentos antes de su ejecución dijo: "El juramente que tengo hecho al recibírseme mi confesión y ratificación de ella, es falso, porque falté a la verdad; en este momento de trance en que me hallo, declaro que soy el principal culpado con el crimen de lesa magestad; que es cierto todo lo que consta en los autos del proceso, ahora... pido perdón a todos". La horca no respondió al haber reventado la soga, lo ultimaron a balazos. Igual suerte corrieron los dos restantes implicados. A los once días de aquel ajusticiamiento, fueron apresados Nicolás Cruz de Encinas y Carlos Pérez, murieron estrangulados. Tomás Agudo y Nicolás de Castro, fueron trasladados a Sucre, donde a plan de torturas físicas se los ultimó; mientras el judas Ojeda resultó premiado con el nombramiento de Gobernador de los indios. El célebre "Manifiesto de Agravios", de Bélez de Córdoba, emitido días antes a la fecha prevista para el levantamiento popular, constituye el primer documento de protesta contra el sistema colonial que se haya escrito con tanta precisión y valentía.
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Como muchos bolivianos, tengo alma de contrabandista. que es el ciudadano que trata de meter su mercadería de forma ilegal y sin pagar impuestos de internación. Apenas producida la devaluación del peso argentino, mi genio comercial me dijo: "ésta es la tuya, Paulovichito, para ganar unos pesos que te servirán en carnavales", y aparecí en Yacuiba. Fui reconocido por mis amigos contrabandistas a quienes revelé que en pocas horas más llegaría una comitiva oficial dirigida por el Ministro de Comercio Exterior, señor Claudio Mansilla, y la Presidenta de la Aduana Nacional, señora Amparo Ballivián, pidiendo a mis colegas que respetaran esas vidas, advirtiéndoles que si pensaban matarlos antes tendrían que pasar por encima de mi cadáver. Un viejo contrabandista me preguntó: "¿tú crees que la señora Ballivián se atreverá a venir a Yacuiba para tratar de impedir el contrabando de productos argentinos?" Le respondí que la señora es muy macha, quiero decir muy valiente, y que no sólo vendría a Yacuiba sino que le sacaría la mugre al primer atrevido que quisiera tocarla con un dedo. El hombre sonrió ante mi advertencia. Al poco tiempo llegó la comitiva y me uní a los contrabandistas y a los bagalleros, que así se llaman los estibadores o cargadores que introducen la mercadería desde la Argentina. Cuando vi aparecer al ministro y a la presidenta de la aduana, me puse a gritar con los de mi gremio: "¡Abajo la Amparo y el Mansilla! ¡Viva el contrabando, queremos trabajar!" La situación se fue complicando para la señora Ballivián pero ella pudo explicar a la multitud que no se oponía al trabajo de los bagalleros pero sí al de los contrabandistas que desde el otro lado contemplaban felices el barullo pues su mercadería ingresaba a Bolivia sin pagar ningún derecho. En medio del conflicto que amenazaba la integridad física de la robusta aduanera, me acerqué a ella quien sorprendida me dijo: "¿tú también eres un bagallero?", respondiéndole con una venia y estas palabras: "no soy un bagallero, señora, pero soy un caballero que ofrendará su vida para que nadie la toque ni con el pétalo de una rosa". Quise levantarle en mis brazos para conducirla a su automóvil y evitar así que la "hicieran flecos" pero mi escasas fuerzas no me lo permitieron y para salvar nuestras vidas amenazadas por los contrabandistas y su bagalleros ella me cogió en sus brazos y así pudimos librarnos de la multitud enfurecida. Viví una nueva aventura y salvé el pellejo. Al meditar sobre lo que pasó, mi alma de contrabandista me llevó a decir que los bolivianos contrabandistas somos centenares de miles y que vivimos de esa actividad ilegal más de cincuenta años. El contrabando es una actividad reconocida en el país y en los mercados del contrabando compramos todos, hasta las principales autoridades.
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Apuntes..... |
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Resulta toda una indecencia que echa sobre la Policía, el Delincuente Valencia, ¡¡con tremenda indecencia!! ZACARIAS |