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Del libro La perspectiva científica de Bertrand Russell

(1931)

Fórmula de abjuración:

 

Yo, Galileo Galilei [...] juro que siempre he creído y con la ayuda de Dios, creeré en lo futuro, todos los artículos que la Sagrada Iglesia católica y apostólica de Roca sostiene, enseña y predica. Por haber recibido orden de este Santo Oficio de abandonar para siempre la opinión falsa que sostiene que el Sol es el centro e inmóvil, siendo prohibido el mantener, defender o enseñar de ningún modo dicha falsa doctrina [...] por eso he sido juzgado como sospechoso de herejía [...] yo abjuro, maldigo y detesto los errores y herejías mencionados, y en general, todo error y sectarismo contrario a la Sagrada Iglesia.[...] Roma 22 de junio de 1633.

 

No es verdad que después de recitar esta abjuración dijese entre dientes "Eppur si muove". Fue la gente quien dijo esto y no Galileo.

 

[...] Ningún italiano desde entonces ha sido capaz de delincuencias de este género.

AHORA VIENE LO MEJOR:

[...] El conflicto entre Galileo y la Inquisición no es meramente el conflicto entre el libre pensamiento y el fanatismo, o entre la ciencia y la religión; es además un conflicto entre el espíritu de inducción y el espíritu de deducción. Los que creen en la deducción como método para llegar al conocimiento se ven obligados a tomas sus premisas de alguna parte, generalmente de un libro sagrado. La deducción procedente de libros inspirados es el método de llegar a la verdad empleado por los juristas, cristianos, mahometanos y comunistas. Y puesto que la deducción, como medio de alcanzar el conocimiento, fracasa cuando existe duda sobre las premisas, los que creen en la deducción tienen que ser enemigos de los que discuten la autoridad de los libros sagrados. Galileo discutió a Aristóteles y a las Escrituras, y con ello destruyó todo el edificio del conocimiento medieval. Sus predecesores sabían como fue creado el mundo, cuál era el destino del hombre y los más profundos misterios de la metafísica, y los ocultos principios que rigen la conducta de los cuerpos. En el universo moral y material nada era misterioso para ellos, nada oculto; todo podía ser expuesto en metódicos silogismos. Comparado con todo este caudal, ¿que les quedaba a los partidarios de Galileo?. Una ley de caída de los graves, la teoría del péndulo y las elipses de Kepler. ¿Puede sorprender, ante esto, que los eruditos protestasen a vos en grito de la destrucción de sus conocimientos, ganados tan laboriosamente? Así como el sol naciente disipa la multitud de estrellas, así las escasas verdades comprobadas por Galileo desvanecieron el firmamento centelleante de las certezas medievales.

Sócrates había dicho que él era más sabio que sus contemporáneos, porque él sólo sabía que no sabía nada. Esto era un artificio retórico. Galileo pudo haber dicho con verdad que no sabía gran cosa, pero sabía que sabía algo, mientras sus contemporáneos aristotélicos no sabían nada y pensaban que sabían mucho. El conocimiento, considerado como opuesto a las fantasías de realización de los deseos, es difícil de alcanzar. Un poco de contacto con el verdadero conocimiento hace menos aceptables las fantasías. Por regla general, el conocimiento es más difícil de lograr que lo que suponía Galileo, y mucho de lo que él creía era sólo aproximado; pero en el proceso de adquirir un conocimiento seguro y general, Galileo dio el primer paso. Por eso es el padre de los tiempos modernos. Tanto lo que nos gusta como lo que nos disgusta de la edad en que vivimos –su crecimiento de población, su mejoramiento en sanidad, sus trenes, automóviles, radio, política y anuncios de jabón-, todo proviene de Galileo. Si la Inquisición le hubiese cogido joven, no podríamos ahora gozar de las delicias de la guerra aérea y de los gases envenenados, ni, por otra parte, de la disminución de la pobreza y de la enfermedades, que es característica de nuestra época.

Es costumbre entre cierta escuela de sociólogos menospreciar la importancia de la inteligencia y atribuir todos los grandes sucesos a grandes causas impersonales, Juzgo esto una completa ilusión. Creo que si cien de los hombre del siglo XVII hubieses muerto en la infancia, no existiría el mundo moderno. Y de esos ciento, Galileo es el principal.

 

 

 

 

 

 

Cita de Eddintong hecha por Russell en el mismo libro:

 

La dificultad de un pasado infinito es desconcertante. Es inconcebible que seamos los herederos de un tiempo infinito de preparación, no es menos inconcebible el que haya habido un momento sin ningún momento que le precediese.

 

Este dilema del comienzo del tiempo nos hubiera atormentado más, si no hubiese sido por otra dificultad abrumadora que se interpone entre nosotros y el pasado infinito. Hemos estado estudiando la decadencia del universo, si nuestras opiniones son ciertas, hay algún punto entre el comienzo del tiempo y el día actual, en que debemos colocar el universo naciente.

Retrocediendo en el pasado, encontramos un mundo con más organización cada vez. Si no hay barrera que nos detenga , debemos alcanzar un momento en que la energía del mundo esté del todo organizada, sin ningún elemento de azar en ella. Es imposible retroceder más allá con el presente sistema de ley natural. Creo que la frase "del todo organizada" es aplicable a la cuestión. La organización a que nos referimos es exactamente definible, y hay un límite en el cual se hace perfecta. No hay series infinitas de estados con organizaciones cada vez mas perfectas, ni tampoco creo que el estado límite sea tal que se alcance cada vez con más lentitud. La organización completa no tiende a ser más inmune a las pérdidas que la organización incompleta.

No hay duda que el sistema de la física, tal como ha subsistido los últimos tres cuartos de siglo, exige una fecha en la que, o bien las entidades del universo fuesen creadas en un estado de alta organización, o las entidades preexistentes estuviesen dotadas de aquella organización que han estado derrochando continuamente desde entonces. Además, es admisible que esta organización sea la antítesis del azar. Es algo que no puede ocurrir fortuitamente.

Esto ha sido utilizado por largo tiempo como un argumento en contra de un materialismo demasiado agresivo. Ha sido citado como prueba científica de la intervención del Creador en una época no infinitamente apartada de la nuestra. Pero no defiendo que deduzcamos de ello conclusiones demasiado temerarias. Los científicos y los teólogos deben considerar a la para como algo tosca la candorosa doctrina teológica que (convenientemente disfrazada) se encuentra en la actualidad en todos los libros de termodinámica, a saber: ue hace algunos billones de años, Dios formó el universo material, y desde entonces lo abandonó a su suerte. Esto debería ser mirado como la hipótesis de trabajo de la termodinámica más que como su declaración de fe. Como científico, no creo que el presente estado de cosas se pusiese en marcha de repente, prescindiendo de la ciencia, no me inclino tampoco a aceptar la sobreentendida discontinuidad en la Divina naturaleza. Pero no puede presentar ninguna propuesta para salir del callejón sin salida.

 

Por este pasaje se ve que Eddintong no deduce un acto definido de creación por un Creador. Su única razón para no deducirlo es que no le gusta la idea. El argumento científico que lleva a la conclusión que desecha es mucho más sólido que el argumento en favor del libre albedrío, ya que el uno está basado en la ignorancia mientras el que estamos considerando está basado en el conocimiento. Esto ilustra el hecho de que las conclusiones teológicas sacadas por los científicos de su ciencia son únicamente las de su agrado, y no aquellas que ni su apetito de ortodoxia les permite tragar, aunque el argumento las justifique. Creo que debemos admitir que hay mucho más que decir sobre la opinión de haber tenido el universo un principio en el tiempo en un período no infinitamente remoto, que sobre cualquiera de las otras conclusiones teológicas que los hombres de ciencia nos han incitado recientemente a admitir. El argumento no tiene certeza demostrativa. La segunda ley de la termodinámica puede no haberse aplicado en todos los tiempos y lugares, o podemos estar equivocados al juzgar el universo finito en el espacio, pero es aceptable y juzgo que debemos aceptar provisionalmente la hipótesis de haber tenido el mundo un principio en una fecha definida aunque remota.

Debemos inferir de esto que el mundo fue hecho por un creador? ciertamente que no, si hemos de aceptar los cánones de una deducción científica válida. No hay razón alguna para que el universo no haya comenzado espontáneamente, excepto que parece extraño que así sucediera, pero no hay ley de naturaleza que impida que las cosas que nos parecen extrañas sucedan. Inferir un creador es inferir una causa, y las inferencias causales son sólo admisibles, en ciencia, cuando proceden de leyes causales observadas. La creación procedente de la nada es un suceso que no ha sido observado, No hay por ello, mejor razón para suponer que el mundo fue engendrado por un creador que para suponer que lo fue sin causa, una y otra suposición contradicen las leyes causales que podemos observar.


 

 

 

Luego de llevar a un extremo la aplicación de la ciencia a todos los
aspectos de la vida, hasta casi ridiculizarla, en el sentido de que
todas las actividades humanas estarían reguladas por el método
científico, hasta la regulación de la natalidad por el estado, la
selección de las clases (lo más inteligentes los gobernantes y el
resto: el pueblo) lo que me hace acordar a Platón en su libro La
República pues hay bastante semejanza, ya que estamos, yo pienso que
el discurso de Platón en el libro mencionado, también fue un ensayo y
no creo que Platón pensara realmente de esa manera, se aceptan
opiniones.
Finalmente el capítulo XVII "La ciencia y los valores" concluye el
libro "La perspectiva científica" (The scientific outlook) y no tiene
desperdicio:

 

La ciencia y los valores.

 

La sociedad científica que ha sido dibujada en los capítulos de esta última parte no ha de ser tomada como un profecía seria. Es un intento de describir el mundo que resultaría si la técnica científica hubiese de mandar sin freno alguno. El lector habrá observado que hechos que todo el mundo admite como deseables están íntimamente mezclados con hechos que son repulsivos. La razón de esto es que hemos imaginado una sociedad desarrollada de conformidad con ciertos ingredientes de la naturaleza humana, con exclusión de todos los demás. Como ingredientes son buenos, como única fuerza impulsora habrían de ser probablemente desastrosos. El impulso hacia la construcción científica, cuando no contraría ninguno de los grandes impulsos que dan valor a la vida humana, es admirable, pero si les es lícito y posible cerrar toda salida a lo que no sea él mismo, se transforma en una variedad de tiranía cruel. Hay un verdadero peligro de que el mundo llegue a verse sometido a una tiranía de esta clase, y por esta razón es por lo que no he retrocedido en pintar con tonos sombríos el mundo que la manipulación científica ilimitada podría desear crear.

La ciencia, en el curso de varios siglos de historia, ha tenido un desarrollo interno, que aún no parece estar completo. Se puede resumir este desarrollo como el paso de la contemplación a la manipulación. El amor del conocimiento, al cual se debe el crecimiento de la ciencia, es en sí mismo el producto de un doble impulso. Podemos buscar el conocimiento de un objeto porque amemos al objeto o porque deseemos tener poder sobre él. El primer impulso conduce al tipo de conocimiento contemplativo, el segundo, al tipo práctico. En el desarrollo de la ciencia, el impulso-poder ha prevalecido cada vez más sobre el impulso-amor. El impulso-poder está representado por la industria y por la técnica gubernamental. Está también representado por las conocidas filosofías del pragmatismo e instrumentalismo. Cada una de estas filosofías sostiene, dicho de un modo general, que nuestras creencias sobre cualquier objeto son verdaderas siempre que nos hagan capaces de manipularlo con ventaja para nosotros. Esto es lo que podría llamarse una concepción gubernamental de la verdad. De las verdades así concebidas, la ciencia  nos ofrece una gran cantidad, en realidad, no se vislumbra límite a sus triunfos posibles. Al hombre que desea cambiar su medio ambiente, la ciencia le ofrece instrumentos asombrosamente poderosos, y si el conocimiento consiste en el poder de producir cambios intencionados, entonces la ciencia proporciona conocimiento en abundancia.

Pero el deseo de conocimiento se manifiesta también en otro forma, que pertenece a una serie de emociones del todo diferentes. El místico, el amante y el poeta también buscan conocimiento, quizá no con mucho éxito, mas no por eso son menos dignos de respeto. En todas las formas del amor deseamos tener conocimiento de lo que es amado, no con propósito de poderío, sino por el éxtasis de la contemplación. "En el conocimiento de Dios está nuestra vida eterna", pero no porque el conocimiento de Dios no dé poder sobre Dios. Siempre que haya éxtasis, alegría o deleite derivados de un objeto, hay deseo de conocer ese objeto –de conocerlo, no a la manera manipuladora que consiste en transformarlo en otra cosa, sino de conocerlo en la forma de visión beatífica, porque en sí derrama felicidad sobre el amante-. En el amor sexual, como en otras formas de amor, el impulso hacia este género de conocimiento existe, a no ser que el amor sea puramente físico o práctico. Esto puede constituir la piedra de toque de cualquier amor que sea digno de tenerse en cuenta. El amor que vale contiene un impulso hacia ese género de conocimiento del que sale la unión mística.

La ciencia en sus comienzos, fue debida a hombres que tenían amor al mundo. Percibían la belleza de las estrellas y del mar, de los vientos y de las montañas. Porque amaban todas esas cosas, sus pensamientos se ocupaban de ellas y deseaban entenderlas más íntimamente que lo que la mera contemplación exterior hacía posible. "El mundo –decía Heráclito- es un fuego siempre vivo". Heráclito y los demás filósofos jónicos, de los que vino el primer impulso hacia el conocimiento científico, sintieron la extraña belleza del mundo casi como una locura, en la sangre. Eran hombres de un intelecto titánicamente apasionado, y de la intensidad de su pasión intelectual se ha derivado todo el movimiento del mundo moderno, pero, paso a paso, a medida que la ciencia se fue desarrollando, el impulso-amor que le dio origen ha sido contrariado, mientras el impulso-poder, que fue al principio un mero acompañante, ha usurpado gradualmente el mando, en virtud de su éxito no previsto. El amante de la naturaleza ha sido burlado, el tirano de la naturaleza ha sido recompensado. A medida que la física se ha desarrollado, nos ha ido privando, paso a paso, de lo que nos imaginábamos que conocíamos acerca de la naturaleza íntima del mundo físico. El color y el sonido, la luz y la sombra, la forma y la contextura, no pertenecen ya a aquella naturaleza externa que los jonios buscaban como a la desposada de sus amores. Todas estas cosas han sido transferidas del amado al amante, y el amado ha quedado reducido a un simple esqueleto de huesos crujientes, frío y temible. Aunque quizá sea un mero fantasma. El pobre físico, aterrado ante el desierto que sus fórmulas descubren, acude a Dios en busca de consuelo, pero Dios debe compartir la espiritualidad de su creación, y la respuesta que el físico cree oír a su grito es sólo el latido asustado de su pobre corazón. Desengañado como amante de la naturaleza, el hombre de ciencia se está haciendo su tirano. ¿Qué importa –dice el hombre práctico- que el mundo exterior exista o sea un sueño, si yo puedo obligarle a comportarse según mis deseos?. Así la ciencia ha sustituido cada vez más el conocimiento-poder al conocimiento-amor, y a medida que se completa esta sustitución, la ciencia tiende más y más a hacerse sádica. La sociedad científica del futuro, tal como la hemos imaginado, es de índole tal, que en ella el impulso-poder ha dominado por completo al impulso-amor, y éste es el origen psicológico de las crueldades que corre peligro de fomentar.

La ciencia que comenzó siendo la persecución de la verdad, se está haciendo incompatible con la veracidad, ya que la veracidad completa tiende cada vez más al escepticismo científico completo. Cuando consideramos la ciencia contemplativamente, y no prácticamente, encontramos que lo que creemos lo creemos por fe animal, y que sólo nuestras incredulidades son debidas a la ciencia. Cuando, por otro lado, la ciencia se considera como una técnica para la transformación de nosotros mismos y de nuestro alrededor, se encuentra que nos da un poder enteramente independiente de su validez metafísica. Pero sólo podemos manejar este poder cesando de plantearnos cuestiones metafísica respecto a la naturaleza de la realidad. Y, sin embargo, estas cuestiones son la prueba de una actitud de amante hacia el mundo. De este modo, sólo renunciando al mundo como adoradores podemos conquistarlo como técnicos. Mas esta división en el alma es fatal para la parte mejor del hombre. Tan pronto como se comprueba el fracaso de la ciencia considerada como metafísica, el poder que la ciencia confiere como técnica se obtiene merced a algo análogo a la adoración de Satanás, o sea, por renuncia al amor.

Ésta es la razón fundamente de por qué la perspectiva de una sociedad científica debe ser mirada con aprensión. La sociedad científica, en su forma pura –que es la que hemos tratado de representar-, es incompatible con la persecución de la verdad, con el amor, con el arte, con el deleite espontáneo, con todos los ideales que los hombres han protegido hasta ahora, con la única excepción de la renuncia ascética. No es el conocimiento el que origina estos peligros. El conocimiento es bueno, y la ignorancia es mala, a este principio no encuentra excepción el amante del mundo. Ni tampoco es el poder en sí y por sí el origen del peligro. Lo que es peligroso es el poder manejado por amor al poder, y no el poder manejado por amor al bien genuino. Los directores del mundo moderno están borrachos de poder: el hecho de poder hacer algo que nadie previamente pensaba como posible realización es para ellos suficiente razón para hacerlo. El poder no es uno de los fines de la vida, sino meramente un medio para otros fines, y hasta que los hombres tengan presente los fines a que el poder debiera servir, la ciencia no hará lo que es capaz para procurar la buena vida. Pero cuales son los fines de la vida? Preguntará el lector. No creo que ningún hombre tenga el derecho a legislar para otros sobre este particular. Para cada individuo, los fines de la vida son aquellas cosas que desea ardientemente, y que si existiesen le proporcionarían la paz. O, si se piensa que es mucho pedir la paz en esta vida, digamos que los fines de la vida habrán de proporcionarle deleite o alegría o éxtasis. En los deseos conscientes del hombre que busca el poder por sí hay algo de avaricia, cuando lo alcanza, necesita más poder, y no encuentra felicidad en la contemplación de lo que tiene. El amante, el poeta y el místico hallan una satisfacción más completa que la que pueda conocer el buscador de poder, ya que pueden descansar en el objeto de su amor, mientras el buscador de poder debe estar perpetuamente ocupado en alguna nueva manipulación, si no quiere experimentar una sensación de vacío. Creo, por tanto, que las satisfacciones del amante, usando esta palabra en su sentido más amplio, exceden a las satisfacciones del tirano y merecen un puesto más elevado entre los fines de la vida. Cuando llegue la hora de mi muerte, no sentiré haber vivido en vano. Habré visto los crepúsculos rojos de la tarde, el rocío de la mañana y la nieve brillando bajo los rayos del sol universal, habré olido la lluvia después de la sequía, y habré oído el atlántico tormentoso batir contra las costas graníticas de Cornualles. La ciencia  puede otorgar estas y otras alegrías a más gente de la que de otra suerte gozaría con ellas. Si procede así, su poder será sabiamente empleado. Pero cuando suprime de la vida los momentos a que la vida debe su valor, la ciencia no merece admiración, por muy sabiamente que conduzca a los hombres por el camino de la desesperación. La esfera de los valores cae fuera de la ciencia, excepto en cuanto la ciencia consiste en la persecución de la verdad. La ciencia como persecución del poder no debe introducirse violentamente en la esfera de los valores, y la técnica científica, si ha de enriquecer la vida humana, no debe rebasar los fines a que sirve.

El número de hombres que determinan el carácter de una época es pequeño. Colón, Lutero y Carlos V dominaron el siglo XVI, Galileo y Descartes gobernaron el XVII. Los hombre importantes de la edad que acaba de concluir son: Edison, Rockefeller, Lenin y Sun Yat-sen. Con la excepción de este último, estaban estos hombres desprovistos de cultura, desdeñaban el pasado, confiaban en sí mismos y eran crueles. La sabiduría tradicional no se albergaba en sus pensamientos y sentimientos, lo que les interesaba era el mecanismo y la organización. Una educación diferente podía haber hecho completamente distintos a estos hombres. Edison podía, en su juventud haber adquirido conocimiento de historia, poesía y arte, Rockefeller pudo haber aprendido que se le había anticipado Creso, Lenin, en vez de haberse sentido invadido por el odio, al ver ejecutado a su hermano durante su época de estudiante, pudo haberse familiarizado con el desarrollo del Islam y con el desarrollo del puritanismo de la piedad a la plutocracia. Por medio de tales educaciones pudo haber penetrado en las almas de estos grandes hombres algún fermento de duda. Con un poco de duda en el alma, sus hazañas hubieran quizá perdido en volumen, pero hubieran valido mucho más.

Nuestro mundo tiene una herencia de cultura y de belleza, pero, desgraciadamente, esta herencia ha sido sólo manejada por los miembros menos activos e importantes de cada generación. El gobierno del mundo, con lo que o quiero significar los puestos ministeriales, sino los puestos dominantes de poder, ha venido a caer en manos de hombres que ignoran el pasado, que no tienen ternura por lo tradicional, ni comprensión de lo que están destruyendo. No han ninguna razón fundamental que justifique este estado de cosas. El prevenirlo es un problema de educación, y no muy difícil. Los hombre del pasado eran a menudo limitados y provincianos en el espacio, pero los hombres que dominan en nuestra época son provincianos en el tiempo. Sienten por el pasado un desprecio que no merece, y por el presente un respeto que aún merece menos. Las máximas consagradas de la edad pretérita han pasado  de moda pero hace falta una nueva serie de máximas para reemplazarlas. Colocaría yo como primera entre éstas la siguiente: "Es mejor hacer un poco de bien que mucho daño." Para dar sentido a esta máxima sería necesario compenetrarse con lo que se entiende por bien. Pocos hombres de nuestros días, por ejemplo, podrán ser compelidos a creer que no hay una excelencia intrínseca en la locomoción rápida. Subir del infierno al cielo es bueno, aunque es un proceso lento y laborioso, el caer del cielo al infierno es malo, aunque puede realizarse con la velocidad del Satanás de Milton. Ni tampoco puede decirse que un mero aumento en la producción de comodidades materiales sea en sí una cosa de gran valor. Prevenir la extrema pobreza es importante, pero aumentar los bienes de los que ya poseen mucho es un gasto de esfuerzo sin valor prevenir el crimen puede ser necesario, pero inventar nuevos crímenes con el fin de que la policía puede mostrar su habilidad en prevenirlos no es tan de admirar. Lo nuevos poderes que la ciencia ha dado al hombre pueden ser manejados sin peligro por aquellos que , bien por el estudio de la historia, o por su propia experiencia de la vida, hayan adquirido alguna reverencia por los sentimientos humanos y alguna ternura por las emociones que dan colorido a la existencia cotidiana de hombres y mujeres. No me atrevo a negar que la técnica científica pueda, con el tiempo, construir un mundo artificial preferible por todos estilos al mundo en que hasta ahora han vivido los hombres, pero debo decir que, si esto ha de realizarse, deberá hacerse por vía de ensayo y con el convencimiento de que el propósito de gobernar no ha de proporcionar tan sólo placer a los que gobiernan, sino hacer la vida tolerable a los que son gobernados. La técnica científica no debe por más tiempo constituir la cultura de los mantenedores del poder, y deberá formar la parte esencial del panorama ético de los hombres para comprobar que la buena voluntad por sí sola no puede hacer una vida buena, el conocimiento y el sentimiento son ingredientes por igual esenciales, tanto en la vida del individuo como en la de la comunidad. El conocimiento, si es amplio e íntimo, trae consigo una relación de tiempos y lugares distantes, el saber que el individuo no es omnipotente o imprescindible, y una perspectiva en la que los valores se vean más claramente que como los perciben aquellos a quienes es imposible una visión distante, aún más importante que el conocimiento es la vida de las emociones. Un mundo sin deleite y sin afectos es un mundo privado de valor. El manipulador científico debe recordar estas cosas, y si lo hace, su manipulación puede ser beneficiosa del todo. Todo lo que se necesita es que los hombres no se envenenen tanto con el nuevo poder que lleguen a olvidar las verdades que fueron familiares a todas las generaciones anteriores. Ni toda la sabiduría es nueva, ni todas las tonterías son anticuadas.

El hombre ha sido disciplinado hasta ahora por su sujeción a la naturaleza. Habiéndose emancipado de esta sujeción, muestra algunos de los defectos del esclavo que se convierte en amo. Una nueva perspectiva moral es necesaria, en la que la sumisión a los poderes de la naturaleza sea reemplazada por lo que  tiene el hombre de mejor. Mientras exista esa moral, la ciencia que ha librado al hombre de su cautiverio de la naturaleza podrá proceder a librarle de su cautiverio de sí mismo. Existen peligros, pero no son inevitables, y la esperanza en el futuro es tan racional como el temor.