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El Señor del Veneno

Tradición de la calle de Porta Coeli.Se llama ahora 6ª de Capuchinas.

  Muy madrugador era don Fermín Andueza; no sufría que la mañana se levantase primero que el Antes que asomara la luz ya estaba velando, y apenas esclarecía, echábase a la calle envuelto en su negra capa. De entre  los pliegues emergía la noble cabeza del caballero, tocada con sombrero de gran falda a la chamberga, y sobre el embozo resal-taba la blancura de una mano larga y pulida con sortija de oro, en la que un diamante fulguraba vivas luces...con gran devo-ción oía la misa ...tornaba lentamente a su casa, pero tanto al entrar como al salir del templo, se detenía frente al crucifijo de gran talla, cuya amarillenta blancura resaltaba entre los oros de un altar plateresco.  

Pendía el lacerado Cristo de la cruz flojo, lacio, presas las finas manos por los crudelísimos clavos; de ella colgaba el cuerpo sostenido sobre el que traspasaba los pies, ya desgarrados en una herida roja, ancha y luenga, abierta basta arriba del empeine...la cabeza grácil de delicado y doliente perfil.. hallábase derribada sobre el  pecho...

 El caballero, lleno de humildad, le ofrecía el  incienso de su oración, y tras esa plegaria se alzaba e iba a besar los pies, rojos y negros de sangre coagulada, y ponía unas monedas de oro en el plato petitorio. Invariablemente, día a día, hacia esto don Fermín Andueza.  

Rico era este señor; poseía heredades, buenas casas ... pero eran más crecidas las riquezas que había en su alma. De ella manaba toda excelencia. Encerrábanse en su ser todas cuantas bondades hay. Usaba de piedad con el pobre y dábale la mano y le ofrecía sus servicios con toda voluntad. Iba aliviando trabajos y necesidades con sus generosos beneficios. Quitaba el hambre y daba hartura.  

Celos tenía a éste señor el  rico don Ismael Treviño, quien a nadie daba nada de lo suyo, desconocía el íntimo goce de hacer beneficios. Era de esos seres a quienes pesa el bien ajeno, que se alegran de ver caído al prójimo y se entristecen de mirarlo ensalzado. En el corazón se le entró a don Ismael una polilla de envidia, con la que se estaba carcomiendo a sus solas. Por don-dequiera hablaba mal de don Fermín Andueza ...Si delante de él decían un elogio, algún  cumplido loor a don Fermín, se ponía amarillo y miraba con semblante amargo...

Este don Ismael Treviño era de esos que con aguda vista ven los males extraños, pero no los suyos, pues siempre traía sus apetitos alterados con más olas que el mar océano. Se tragaba el camello y se ahogaba con el mosquito.  

Pero ese odio de dónde vino? ¿De dónde salió a don Tomás Treviño esa envidia que le traía recocidas las entrañas, herido el  corazón? ... Los celos lo atizaban cada hora, y así no sabía sino morder y acusar. Y con esa pasión desmesurada le cegó el entendimiento sin de-jarle luz de razón. ... Y  así le empe-zó a impedir con mil estorbos sus negocios; pero no parecía sino que eran impulsos que les daba, porque le salían mejor a don Fermím, con grandes ganancias. Entonces su envidia la cambió par odio y empezó a abrasarse el alma con infernal aborrecimien-to... esta abominación le dijo un día que lo matara, y se quedó saboreando con deleite ese con-sejo, que venía del diablo.  

Después de meditar ese aviso y aprobarlo, caviló mucho cómo le quitarle la vida: si con puñal, si con pelota de plomo, si con veneno. Su natural cobarde rechazó daga y pistolete, por-que aunque podía alquilar un brazo ejecutor, temió que lo sujeta-ra al fin la justicia y que luego  lo señalase; así es que se decidió por la ponzoña, con la que de lejos se operaba y con menos riesgo. Buscó y halló a un hombre  que le puso en una redoma una  cierta agua de lindo color azul, que no daba la muerte en el acto, sino que poco a poco se derramaba y distribuía por todo el Cuerpo, y al fin, después de días, apagaba la existencia  suavemente sin dolores ...  

Bañó con ese líquido un gran pastel de hojaldre que, muy caliente y dorado, envió a don Fer-mín ...mandádole decir que era  obsequio de su amigo,  el regidor perpetuo del Ayuntamiento...  que lo gozase en el desayuno, acompañado de su fragante tazón de chocolate. Y así lo hizo complacidísimo don Fermín.  

Don  Ismael, curioso de ver qué efectos le había ocasionado el líquido, se puso a seguirlo cuando, por la mañana, salió de su casa para ir a Porta Coeli, lento, erguido, majestuoso, .... y saludando a todos los que encontraba por su camino con afable sencillez. En la iglesia de donde salió a recibirlo un suave olor de  cera y de incienso. Se acercó luego al Santo Cristo, dijo devotamente las oraciones que tenía por costumbre y fue a adorar después con gran reverencia, los pies ensangrentados; pero apenas puso en ellos los labios, en el acto se obscurecieron más, y la ola negra empezó a subir rápidamente por todo el  cuerpo hasta quedar como si estuviese tallada en ébano. Muchos  devotos que rezaban ante el Cristo, .... contemplaron aquella negrura profunda que invadía el cuerpo y empezaron a dar voces de asombro al mirarlo todo prieto, cuando hacia pocos instantes que era de una marfileña blancura.

Don Fermín quedó pasmado. ¿Qué tendría, dijo, que al contacto  sus labios se puso negro el Santo Cristo?  

Don Ismael  Treviño, en un gran impulso cortó el rencor del alma, fue a dar a los pies del generoso caballero y le confesó a gritos que lo había querido emponzoñar y que  Cristo, como una esponja generosa, absorbió el  veneno que llevaba ya por el cuerpo, librándolo así de una muerte cierta, segura.  

Don Fermín ... le dijo, con delicadas y tiernas palabras, que lo perdonaba, y para darle buenas pruebas de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, corno si fuera ese hombre malvado un malvado un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo.  

Varias personas de las allí presentes se llenaron de furor y quisieron aprehenderlo, llevarlo a la cárcel; pero don Fermín, ... les rogó con encarecidas palabras que lo dejasen ir en paz, porque él  ya había olvidado el agravio, y que sólo les pedía que se arrodillaran a dar gracias al Cristo. Don Ismael Treviño salió de Porta Celi pálido, cabizbajo, lento... Ese mismo día abandonó la ciudad y nadie volvió a saber de él. Como se extendió la noticia por todo México de aquel raro acontecimiento... tanto don Fermín de Andueza como los innumerables beneficiados por su generosidad, le llevaban a diario velas de ofrenda al Santo Cristo negro; cierta tarde cayó una vela y la santa imagen se abrasó en fuego y a poco estaba hecha llama. Ardió toda y se volvió pavesas...tiempo después fue reemplazado con Otro Cristo, también negro, ... es el que ahora conocernos ya en un altar de la Catedral, lleno de exvotos de plata y de oro.  

Fuente: ARTEMIO VALLE ARIZPE.

“TRADICIONES Y LEYENDAS DE LAS CALLES DE MÉXICO”

Editorial Porrúa. Resumen. Alejandra Moreno de Arias

Regreso.

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