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"Ya Tomí"

"Ya Tomí"

 

1.

 

Cuando era chiquito, según mis abuelitos, yo era lo máximo. Me daban un juguete y me quedaba horas jugando con él, sin molestar a nadie. Además, a los tres años, yo ya sabía leer. Estas historias no concuerdan exactamente con las de mi mamá, quien asegura que yo era un chillón de primera que no le permitía descanso. Aclara, además, que no aprendí a leer hasta los cuatro años y medio. Por razones obvias, cuando quería escuchar anécdotas de mi infancia me iba a comer con mis abuelitos.

 

- ¿Quieres más sopita de fideos, hijo?

- Sí, por favor.

- ¿Vas a querer frijolitos?

- No, gracias. Así estoy bien.

- "Ya tomí" -me decía mi abuelita, y después, dirigiéndose a mi abuelito, agregaba sonriente-. Cuéntale a Gueni de cuando era chiquito y decía "ya tomí".

 

Mi abuelita continuaba con su ir y venir de la cocina al desayunador, mientras mi abuelito dejaba la cuchara sobre el plato, se limpiaba la boca y el bigote con su servilleta, hacía un ruido desagradable con los labios, y comenzaba a relatarme por enésima vez la historia de "ya tomí."

 

Cuando mis papás y yo nos fuimos a vivir a Monterrey yo tenía un año de edad y lo único que balbuceaba eran los típicos "mamá" y "papá". Seis meses más tarde mis abuelitos nos fueron a visitar y yo los recibí con una alegría similar a la que experimenta mi perro cuando sabe que lo voy a sacar de paseo. "¡Qué bueno que vinieron, abuelitos!", dije muy contento, con mi voz terriblemente aguda. A mi abuelito se le salieron las lágrimas al oirme hablar (esto último me lo contó mi mamá).

 

- Pero dile, Alfre -interrumpía el relato mi abuelita, al mismo tiempo que colocaba frente a mí un bistec, medio limón duro, y los frijoles que yo no había pedido-, que cuando Gueni hablaba, todo lo decía correctamente.

- Sí hijo, hablabas muy claro y de manera correcta.

- No como otros niños que no pueden pronunciar algunas letras, y que dicen "quello eto". No. Tú todo lo hablabas correctamente.

- Nada de "no cabo." "No quepo." Todas las frases que usabas eran las correctas.

- Todas -explicaba mi abuelita mientras volvía a la cocina- , excepto la de "ya tomí".

- Siempre que te querían dar de comer algo que no te gustaba, tú decías "ya tomí". "¿Gueni, quieres huevito?", te preguntaba tu mamá. "Ya tomí", decías. "A ver hijo, te voy a dar tantita verdurita". "Ya tomí."

- Como que querías decir al mismo tiempo "ya tomé" y "ya comí" -explicaba mi abuelita mientras recogía unos platos sucios y los llevaba a la cocina- . Por eso quedaba "ya tomí".

 

Quince a las cuatro mi abuelito se levantaba de la mesa y se iba al negocio, que está localizado a media cuadra de mi casa. A veces me quedaba platicando con mi abuelita, pero si tenía tarea me iba con mi abuelito a mi casa.

 

 

 

2a.

 

- ¿Cómo sigue mi abuelito? ¿Sí lo dieron de alta?

- Sí, ya está en la casa. Parece que está mejor.

- Qué bueno.

- Le comenté que hoy era tu cumpleaños. Dice que a él le hubiera gustado ser como tú. Que él siempre quiso ser aplicado, pero que por más que se ponía a estudiar, nunca se le "pegaban" las cosas. Pero pues ya ves que platica que de niño desayunaba nada más un té. ¿Cómo le iba a ir bien en la escuela al pobre con un puro té en la panza?

- Mi mejor regalo de cumpleaños es que lo dieron de alta.

- Se hace increíble, Gueni, que ya tengas veinte años.

- Sí puede uno visitarlo, ¿verdad?

- Sí. Hasta estaba viendo tele cuando me vine.

- Saliendo del Francés paso a casa de mis abuelitos y más noche ahí me recoges, ¿no?

- Ahorita después de que llegue tu papá a comer me voy para casa de tus abuelitos y ya cuando tú llegues nos venimos juntos.

- Pero no luego luego. Déjame quedarme un ratito.

- Claro.

 

 

2b.

 

Un día después de mi cumpleaños mi abuelito empeoró. A algunos de mis primos (y a mi abuelita misma) les causaba algo de gracia que mi abuelito platicara como si aún se desempeñara como maestro rural, becario del CREFAL, o director de teatro. A mí en cambio me daba miedo. Estaba volviendo a vivir, en su mente, las etapas más impactantes de su vida.

 

Como mi abuelito no quería regresar al hospital, fue necesario tener una enfermera en la casa para que lo inyectara y lo atendiera de manera adecuada. Sin embargo, cada día amanecía peor.

 

El domingo siguiente, como es tradición, nos reunimos casi todos a comer en casa de mis abuelitos. Mi mamá encontró en un sillón un sobre cerrado a nombre de mi abuelito. Era una carta enviada desde Argentina. Mi mamá y yo subimos para saludar a mi abuelito y aprovechamos para llevarle la carta. La enfermera aprovechó para bajar a comer. Nunca había visto a mi abuelito con tan poca energía. Estaba en el salón, sentado en su sillón favorito, frente a la televisión enorme (apagada). Cuando nos escuchó abrió sus ojos cansados, a manera de saludo. Mi mamá le comentó que le había llegado carta de sus amigos y que podía leérsela si él quería. Con un pestañeo le dijo que sí. Mi mamá leyó una carta que, un mes antes, mi abuelito hubiera sido capaz de leer por su cuenta y en voz alta, muy emocionado, como si estuviera leyendo un guión de una de sus obras de teatro. Pero ahora no manifestaba emoción alguna, nomás cerraba y abría los ojos de vez en cuando como para darnos a entender que nos estaba poniendo atención. Mi mamá se levantó en cuanto acabó de leer y me hizo la seña de que me levantara también y me despidiera.

 

- ¿Me puedo quedar aquí otro rato?

- Nomás un ratito, porque tu abuelito tiene que descansar. Quédate en lo que llega la enfermera.

 

Nos quedamos los dos solos. Lo observé en silencio unos minutos. Me daba la impresión de que Alfredo Mendoza Gutiérrez, después de una terrible batalla contra lo inevitable, se estaba dando por vencido. Parecía que ya no le importaba nada, que lo único que pedía era que la enfermera dejara de encajarle agujas y meterle sondas. Yo no estaba seguro si mi abuelito sabía que su nieto mayor estaba junto a él en esos momentos.

 

La enfermera apareció.

 

- Profesor, ya es hora de su inyección.

 

Mi abuelito, preparándose para lo inevitable, con una voz terriblemente débil, le contestó:

 

- Ya tomí.

 

Después, volteó lentamente hacia donde yo estaba con una mirada de complicidad y una sonrisa que parecía contener la poca energía que le quedaba. Yo también sonreí.

 

Ayudé a la enfermera a pasar a mi abuelito a su cama, me despedí, y jamás lo volví a ver.

 

 

 

Lino Evgueni Coria Mendoza

Canadá, 1998

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