Algunos de mis maestros
Memorias de un alumno "destacado"
En buena medida gracias, y a pesar de algunos de mis maestros soy lo que soy (whatever that means). De vez en cuando recuerdo las enseñanzas de alguno en particular, y es interesante ver, ahora que yo también soy maestro, el efecto tan profundo que tuvieron en mi vida. A continuación presento una selección de las enseñanzas que estos celosos guardianes del saber virtieron sobre mi joven espíritu.
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Quien primero viene a mi mente es mi maestra de sexto: Yola. Era imposible para ella controlar un grupo de cincuenta y cinco púberes inquietos, aburridos y fastidiados ya de casi seis años de educación elemental. Usaba un silbato para hacernos obedecer a la hora de formarnos para el acto. Una de las pocas personas que siempre hacía caso a todo lo que Yola decía era yo. Era yo el primero en formarme, el jefe de grupo, el solista de la poesía coral, el candidato del grupo a irse a desayunar a finales del año escolar con el presidente de la república (cosa que nunca sucedió). Sin embargo hubo una sola ocasión en que el niño bueno que entonces era yo se reveló. Antes de niño bueno, era yo un buscador de verdad.
Después de pasar a mi libreta un cuestionario del libro de texto gratuito de ciencias naturales y contestarlo con mucho cuidado corrí a entregárselo a mi maestra. Ella me lo regresó con una calificación horrible: nueve. Revisé, y la respuesta a la pregunta 10 estaba calificada como mala. "Pregunta: ¿Existe algo más rápido que la luz? Respuesta: No." Le pregunté a mi maestra que qué, según ella, era más rápido que la luz. Sonriendo me dijo algo que para ella era obvio: "¡Pues el pensamiento!" No dije más. Ese día en la noche recurrí a las dos fuentes de saber que más valoraba: mi papá y la revista "Chispa." Entre mi papá y yo releímos el número de la revista dedicado a Einstein y la teoría de la relatividad hasta que encontramos la frase "Nada es más rápido que la luz." A la mañana siguiente sacrifiqué mi recreo para confrontar a mi maestra. Admito que antes de buscador de verdad, era yo un amante de los dieces, y ese nueve me estaba molestando más que los tenis marca "Adibas" o "Mike" que mis papás solían comprarme. La maestra leyó la frase de la revista pero además leyó un argumento que usó a su favor: "El tiempo que tarda en llegar la luz del sol a la tierra es cercano a los ocho minutos."
Me quedé callado. Cerré mi revista y mientras me retiraba a mi pupitre, Yola agregó: "Está muy buena esa revista, ¿cómo se llama?, tal vez la compre para mis hijos."
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Huipe es otro caso interesante. Fue mi maestro de educación física durante los tres años de secundaria. En las tardes se convertía en maestro de historia para la misma escuela. Aparte de ser tan versátil en su labor docente, Huipe luchaba por una mejora continua de la lengua española. Había inventado un verbo: "Estaturar." Dos veces por semana nos gritaba en la cancha de basquet: "¡Hijos, estatúrense!"
Un día pasaba yo por la prefectura donde estaba Huipe, serio, sentado frente a una hojita de papel con algunos garabatos. Aunque era yo alumno de primero gozaba ya de cierta fama de buen estudiante. "Oye hijo, ¿tú sabes cómo se hace esto?," me dijo con su gran instinto paternal. Era la suma de tres fracciones propias, o sea, unos viles quebrados. Me senté a su lado y con el tono más humilde comencé a explicarle:
En eso pasó por ahí una de las alumnas destacadas de tercero. Huipe la llamó y le preguntó lo mismo que a mí. Como me ignoraba por completo y yo estaba sacrificando -una vez más- mi glorioso recreo (que a ese nivel ya se le llama receso) me levanté de mi asiento y salí de la prefectura mientras la alumna destacada de tercero le decía a Huipe: