IMÁGENES
PATRIMONIO CULTURAL DEL QUINDÍO
Néstor Eduardo Hernández M. y Roberto Restrepo
Ramírez
GOBERNACIÓN DEL QUINDÍO
GERENCIA DE CULTURA
COMITÉ DE PROTECCIÓN
ARQUEOLÓGICA DEL QUINDÍO
Gobernación del Quindío
Gerencia de Cultura
Comité de Protección Arqueológica del Quindío
Dr. Henry Góméz Tabares, Gobernador
Dr. Alvaro Patiño, Alcalde
Dr. Carlos Alberto Villegas Uribe, Gerente de
Cultura
Coordinación Editorial: Juan Aurelio García Giraldo.
Digitalización: Compu
Servix
Foto
Portada: Vasija de
cerámica con decoración zoomorfa, rescatada en yacimiento arqueológico del
predio
Alaska,
Montenegro junio de 1999
Armenia, Quindío, Colombia, 2000
Roberto Restrepo Ramírez
Antropólogo, Universidad
Nacional. Especialista en Gerencia y Gestión Cultural, Universidad del
Rosario y Universidad Tecnológica de Pereira. Miembro Fundador del Comité
de Protección Arqueológica del Quindío, del cual es actualmente su
Coordinador.
Néstor Eduardo Hernández M.
Antropólogo, Universidad del
Cauca. Estudios de Música en el mismo centro de estudios superiores.
Miembro Fundador del Comité de Protección Arqueológica del Quindío, del
cual fue su primer Coordinador en el año 1982. Actualmente reside en Miami,
USA.

MAS
QUINDIO
PRESENTACIÓN
Comprendido el desarrollo como “la oportunidad de
elegir un modo de vida colectivo que sea pleno, satisfactorio, valioso y
valorado, en el que florezca la existencia humana en todas sus formas e
integridad” (Informe Mundial sobre Cultura y Desarrollo, ONU, 1998) y no
solo como el acceso a los bienes y servicios, se alcanza también a ver su
intrínseca relación con la cultura como lo están también la tradición y el
progreso, el pasado y el presente.
En consecuencia, debe ser de interés vital para todos determinar el
carácter de identidad cultural que subyace en los antecedentes históricos y
sociales, dándole a estos una justa vigencia y reconocimiento en el marco
regional y nacional, punto de partida para la aceptación o rechazo de
elementos foráneos. La autenticidad de un pueblo se funda sobre la
base del conocimiento de su identidad cultural cualesquiera que sean
sus orígenes geográficos, aspiraciones y características espacio
temporales.
Presentamos aquí una selección de artículos que
muestran, de manera explícita, diferentes facetas del patrimonio cultural
quindiano. Ellos nos recuerdan elementos de singular importancia, que no
solo permiten apreciar con legítimo orgullo el significativo valor de estos
bienes, sino que sugieren algunas actividades tendientes a proteger y
fomentar un nuevo sentido de responsabilidad en relación con ellos. Desde 1999 la Gerencia de Cultura del
Departamento y el Comité de Protección Arqueológica del Quindío asumieron
la tarea de divulgar esos escritos sobre diferentes tópicos en el periódico
La Tarde del Quindío, bajo el título “Nuestro Patrimonio Quindiano”.
Los temas desarrollados corresponden a la
necesidad de confrontar una tradición relacionada con la realidad actual en
contextos urbanos y rurales, que nos invita a reflexionar y a decantar
discusiones sobre la órbita de las
Identidades Culturales.
Esperamos que esta primera publicación de
aspectos generales y específicos de nuestro patrimonio cultural llegue a
una población ávida de información que necesita reconocerse en su entorno. Nuestro objetivo es y será contribuir al
proceso iniciado desde febrero de 1999 en el seno de la Filial del Consejo
de Monumentos del Quindío, en aras de realizar con urgencia los inventarios
culturales y ambientales del departamento. Pasos significativos se darían
con el programa “La Ruta del Patrimonio Cultural Quindiano” publicado en
dos entregas en septiembre de 1999 y 2000, con el ánimo de llegar a los
establecimientos educativos e interesar no solo a educandos sino a maestros
y padres de familia sobre el tema patrimonial.
Sin embargo las acciones en defensa del
Patrimonio Cultural que han debido emprender los miembros del Comité de
Protección Arqueológica del Quindío, luego del terremoto de 1999, han sido
la principal motivación para recuperar, elaborar y socializar esta
información. Ella también ha sido
divulgada en talleres para comunidades aledañas a los sitios donde se han
detectado y alterado yacimientos arqueológicos.
Este nuevo esfuerzo, que se publica a instancias
de la Gobernación del Quindío, es otro eslabón en la escalera de nuestro
reconocimiento cultural.
La compilación ofrecida se expone al riesgo de
obviar algunos tópicos del Patrimonio Cultural. No es por ausencia de acuciosidad de los autores, sino por el
vasto campo del conocimiento de la cultura regional, el cual todos
pesquisamos con deseos de construir un criterio de quindianidad. Los inventarios, por lo tanto, deberán
ser el objetivo para seguir recuperando información de vida, ya desde el
plano institucional, ya desde el interés individual.
INTRODUCCIÓN
El departamento del Quindío
que, comienza una proyección turística sin par en su historia, debe
prepararse para ofrecer el mejor panorama al ávido conglomerado nacional e
internacional que está deseoso de conocer la región del café, de la guadua,
del verdor intenso de montañas, valles y colinas, de pueblos prehispánicos,
de un legado arquitectónico de la colonización y de las gentes
esplendorosas que lo habitan y quienes constituyen su mas valioso
patrimonio. El camino que se ha recorrido se caracteriza por una oferta de
servicios fundamentados en el agro y eco turismo y que son adaptados a
especiales condiciones de comodidad en fincas cafeteras o a la
contemplación y explotación de hermosos atractivos naturales que tiene el
Quindío. Sin embargo la realidad simbólica manifiesta en la cultura no se
ha tenido en cuenta para enriquecer ese cúmulo de oportunidades que se
presenta a usuarios y consuetudinarios consumidores de la oferta turística.
La cultura, como expresión de
la potencialidad humana, fluye en cada rincón del Quindío. Está en la
impronta que nos ha dejado la historia de una época indígena prehispánica
de la cual nos sentimos orgullosos, pero que no valoramos; de una marca
genotípica de pueblos antioqueños o cundiboyacenses o vallunos o caucanos
que se atrevieron a fundar pueblos en la gesta colonizadora y de un modo de
ser quindiano que se traduce en múltiples facetas de las identidades que
aquí se han forjado.
La riqueza de un Quindío,
contemplada dentro de una posibilidad de ser presentada turísticamente, no
se mide sólo por la infraestructura fami – hotelera de las otrora
productivas fincas cafeteras, ni por los cultivos de grano que nos ha
deparado el soporte económico en épocas recordadas, ni por el
aprovechamiento de sitios naturales y constituidos que se acomodan con afán
para la atención de visitantes. La verdadera razón de ser de un turismo
estriba en la oferta de un conjunto de potencialidades que están permeadas
por la cultura y por el uso actual y racional de los escenarios naturales,
los mismos que fueron aprovechados durante miles de años por los pueblos
que habitaron la región.
La realidad que muestra la
coyuntural actividad del novel oficio del turismo en el Quindío ha permitido mostrar la triste
faceta que también se dibuja en el panorama cultural: los quindianos no
conocemos nuestra historia, nuestra geografía, nuestros valores autóctonos
y nuestro patrimonio.
La ausencia de un sentido de
pertenencia y el desconocimiento de nuestras potencialidades sólo se
explica por una en la construcción de la identidad regional. Un diagnostico
cultural nos muestra claramente que es necesario hacer un inventario real
participativo de nuestros bienes patrimoniales. El patrimonio cultural es
ese verdadero legado de la espiritualidad y de las cosas que nuestros
antecesores han elaborado con amor y con arraigo a sus costumbres y
tradiciones. Siendo obligatoria la ejecutoria del cuidado de ese
patrimonio, los quindianos debemos comenzar todos a través de un proceso
ciudadano, interinstitucional y comunitario, la tarea de construcción de
ciudadanía. Reflexión que nos lleve a indagar QUIÉNES SOMOS, CÓMO SOMOS,
CÓMO DEBEMOS SER, QUÉ TENEMOS Y QUÉ
PODRIAMOS TENER. Eso nos dará un resultado compendiado y sopesado desde los
valores, las creencias, la gastronomía, los sitios, nuestros símbolos, los
objetos, la luz y el calor del Quindío humano y de la naturaleza, la fauna,
la flora, nuestros imaginarios y otras marcas culturales.
Consideramos importante que el
componente cultural, entendido y apropiado por la población desde lo
patrimonial, debe servir como punto de partida para la construcción de la
identidad cultural quindiana, la que debe dar una nueva orientación al
sentido de pertenencia a la región. Por esta razón, invitamos a nuestros
lectores a iniciar un recorrido por la cultura y por la prodigalidad de las
realizaciones de nuestras gentes y las de aquellos valores nuestros
desaparecidos que han dejado para la posteridad importantes legados. A
ellos los consideramos como el más
importante potencial nuestro: son el PATRIMONIO HUMANO y va dedicada esta
obra a la memoria de los que ya fallecieron.
En este periplo, que podemos
iniciar en nuestro barrio o comunidad, comulgamos con Barbero cuando se refiere a la cartografía
cultural. Redescubriremos códigos, signos, íconos, sitios de encuentro e
imaginarios. Nos enteraremos de la riqueza cultural de nuestro entorno, porque
utilizaremos el vehículo de la cultura ya que ella es la mediación de las
relaciones que tenemos con todo lo que nos rodea.
Un código es aquel elemento, o
conjunto de ellos, que tiene la función de hacer más expedita la
comunicación entre nuestros congéneres. Los códigos están asociados a
valoraciones. Tenemos muchos en nuestro medio popular porque ellos
refuerzan la relación entre los actores.
Los símbolos son lugares,
construcciones, personajes, objetos, que tienen la capacidad de condensar
una serie de sentimientos colectivos y que también tienen una capacidad de
movilización social.
Los sitios de encuentro son
esos lugares que hacen visibles nuestros fantasmas, pueden ser espacios
cerrados o abiertos que están en la mente o en el corazón de la gente. De
ellos se requiere la presencia física para que sigan albergándonos y
satisfaciendo nuestros deseos. Recordamos varios con remembranza en el
Quindío. En especial los que respondían a la plática, tertulia entre música
y libaciones y a la construcción imaginaria que, aunque tienen aceptación
ciudadana, deben resistir a los ataques hipócritas de otros que no los
apropian. “Lo imaginario utiliza lo simbólico para manifestarse, y cuando
la fantasía ciudadana hace efecto su simbolismo concreto como el rumor, el
chiste, el nombre de almacén, o la marca de un lugar como sitio
territorial, entonces lo urbano se hace presente como la imagen de una
forma de ser”. (Silva, 1992).
Los imaginarios son las ideas que
expresan anhelos y situaciones de un grupo social. Expresan el pensamiento
a futuro de la ciudad que queremos para nuestros hijos.
Los objetos icónicos nos
trasladan mental y virtualmente a la idea de ser y de hacer. Son objetos
queridos, si se quiere son fetiches, porque son socialmente aceptados. En
Armenia, por ejemplo, se recuerda un árbol de caracolí sembrado y
consentido en la glorieta Las Palmas y que enfrentó en una oportunidad a
las autoridades ambientales con los vecinos del sector, cuando se le quiso
eliminar para ampliar el espacio comunal.
Todos ellos (códigos, símbolos,
imaginarios) están mediando constantemente la forma como nos relacionamos
con el entorno. Todos ellos tienen que ver con la esencia de la cultura.
Descubramos, entonces, tales
elementos simbólicos que están presentes en el patrimonio cultural de
pueblos, veredas y lugares y, aún, en los centros urbanos (léanse ciudades
mágicas). También las urbes están llenas de íconos que son como lo menciona
Humberto Eco (1988) citando a Peirce, “imágenes parecidas al objeto por
algunos caracteres, diagramas que reproducen las relaciones entre las
partes o metáforas”.
Una dinámica permanente en esta
tarea, nos lleva a lograr verdaderos inventarios culturales. Ellos serán el
motor que impulse el sentido de acción turística, bosquejado a través de
las rutas y paquetes que se constituyen en el vehículo de conocimiento, no
solamente para visitantes sino para los actores del proceso cultural que
construimos procesos de identidad en el Quindío.
El inventario, mirado
convencionalmente, es la acción básica y primordial más importante para
conocer y conocernos. “Este registro que opera como identidad legal, tiene
como intención reconocer el objeto como bien patrimonial y facilitar su
control y presentación” (Bejarano, 1995). Mas el inventario, como lo afirma
Sarmiento (1994) citando a Rincón, debe corresponder también al de los
autores además del referido a las obras o bienes de patrimonio cultural.
Nuevamente aquí se nos presenta la oportunidad de traer y rescatar de la
memoria el valioso Patrimonio Humano del Quindío. Ellos son personajes
símbolo, anónimos y conocidos, famosos y modestos, gloriosos y populares,
creadores o promotores de ciudadanía, indígenas, negritudes y otros que
comparten, con nosotros, el territorio del imaginario, que queremos y
vivimos. Por ellos, esta obra es posible. Porque construyeron y crearon el
patrimonio colectivo para construir
región. Esto significa conocernos y ahondarnos en la reflexión colectiva
que nos permite ubicarnos conceptualmente. Es un simple ejercicio que
debiéramos emprender todos los ciudadanos en el marco de un mandatorio
social para contribuir a la afirmación de nuestras responsabilidades ante
el cuidado de nuestro patrimonio cultural y natural.
No podemos evadir, entonces, la
tarea de inventariarnos.
Los autores.
IDENTIDAD CULTURAL Y
QUINDIANIDAD
Es difícil abordar la temática del Patrimonio
Cultural sin tener en cuenta la discusión sobre la identidad o, mejor, las
identidades culturales. En cuanto
corresponde al departamento del Quindío se habla ya de Quindianidad así
como en Caldas se hace alusión a la Caldensidad, no obstante la marcada
influencia de tradiciones culturales antioqueñas en el norte departamento,
o de Risaraldensidad en el otro apéndice del territorio geográfico que
conformaba el Antiguo Caldas y donde el componente tradicional indígena
embera chamí es bien importante.
Identidad cultural también remite a las
diferencias, razón por la cual es necesario caracterizar los elementos
constitutivos patrimoniales para las diferentes localidades. Según Alvaro Pareja y Marta C. Valencia,
el Quindío construye y afirma su identidad atendiendo incluso a factores
físicos y biológicos que llevan su nombre, como “el río, el nevado, la
palma de cera, y el Camino Nacional, erigiéndose en símbolos y llegando a
formar un verdadero código sentimental de mito y leyenda no solo para sus
gentes sino para quienes hacen parte
del complejo andino occidental de la cordillera central”.
El tema de la identidad cultural nos invita a su
construcción. Por lo tanto, debemos partir de las raíces prehispánicas para
lograr una lectura cultural alimentada por el producto de la investigación
arqueológica. Desde la denominada
conquista de la región Quimbaya en el siglo XVI contamos con una serie de
reseñas sobre este lapso histórico, contenidas ellas en las Crónicas de
Indias, y que son solo el comienzo de una serie de saltos hasta la etapa
del Camino Nacional o Paso del Quindío, la colonización, la fundación de enclaves
poblacionales y el desarrollo del siglo XX en la vida de los municipios
quindianos
Para
comprender esos procesos culturales se debe entrar por la puerta de la
historia, rescatada de labios de los viejos, pues son ellos los que abren el camino de la tradición y el
develamiento de los imaginarios.
Es, parafraseando a Armando Silva, “el problema de la identidad hay
que redefinirlo no como una palabra que haya que coger desde afuera sino
que está por dentro de nosotros y hay que revelarla y de esa manera el
proyecto de los imaginarios es precisamente un intento para captar eso que
serían los procesos de construcción de la identidad desde las puestas
interiores de la vida social colectiva”. (Silva, 1993).
Adelantados los inventarios de las municipalidades,
se enriquece la discusión sobre la Quindianidad. Generalmente nos enfrascamos en el abordaje de la identidad
quindiana, refiriéndose sólo a los aspectos más relevantes de historia esa
conocida, o sea la institucional, lo que en círculos académicos conduce
comúnmente a dejar al margen los procesos de la cotidianidad que se
alimentan en las raíces rurales o barriales del Quindío. Ellos sí que son
importantes para la visión antropológica de una sociedad que construye su
identidad, porque permiten leerla desde el plano de la vida corriente.
La Quindianidad también parte de considerar los
rasgos heredados y compartidos de lo que otrora se llamara Gran Caldas.
Ante la escisión de los tres departamentos es necesario abordarla dentro de
la caracterización de una fenotipia cultural que, analizada por Cecilia
Caicedo (1994), muestra rasgos identificatorios de Caldas, Risaralda y
Quindío, compartiendo este pequeño departamento también su identidad con
el norte del Valle del Cauca.
La Quindianidad, como reunión de “los factores
espirituales y materiales que
poseen las personas que viven en el Quindío y en las zonas aledañas en una
manera de asumir la identidad regional, es un concepto mental que recoge
los determinantes de la región” (Ruiz, 1999). Tales elementos los aporta el estudio cultural y son tareas
que deben partir desde las instancias oficiales o desde la iniciativa
comunitaria de inventariar sus recursos.
El Inventario, entonces, es una herramienta
importante para conocer nuestro entorno. Si hubiésemos reconocido y
valorado nuestros bienes culturales y naturales antes del terremoto del 25
de enero de 1999, hoy no estaríamos lamentándonos los quindianos sobre las
ruinas que nos dejó la insensibilidad y el desastre del patrimonio
cultural.
IDENTIDAD CULTURAL Y
TURISMO.
Según Moulin (1996), “existen tres características de
la cultura que la antropología reconoce ampliamente. En primer lugar, no se
nace con la cultura, se aprende. En segundo, las diversas facetas de la
cultura están interrelacionadas. En tercero, la cultura se comparte dentro
de las fronteras de diferentes grupos y se define en ese contexto”. La
cultura tiene formas latentes de las que el pueblo no se percata. Lo que
permite el turismo cultural es alentar la apreciación de elementos animados
e inanimados del patrimonio cultural para concientizar esas formas latentes
y permitir el mejor conocimiento de su entorno.
Una de esas formas de conocer al departamento que
queremos, el Quindío, es identificarlo por la catarata de representaciones
simbólicas que lo caracterizan.
Desde lo agrario están el café, la palma de cera, las heliconias o
las orquídeas, que son apenas algunas de las connotaciones que recuerdan el
pletórico verde del corazón de Colombia.
Pero también se le reconoce desde la carga sentimental que nos han
dejado las tradiciones y aquellos modos de vida que impulsaron el motor de
los acontecimientos históricos como el Paso del Quindío, la colonización o
la arriería, entre otros significados culturales.
Estas facetas nos trasladan a la discusión permanente
de la Identidad Cultural porque permiten, entre otros elementos de
relevancia de las propias localidades, vehiculizar un recorrido virtual por
el Quindío. La capacidad de asignarle a las cosas su correspondiente significado,
sólo puede ser comprendida si abordamos una postura de reconocimiento
cultural. De esa manera podemos
emprender el periplo mental que nos lleva desde el gélido Salento con sus
palmas de cera, hasta el territorio ardiente de Quimbaya en su río De La
Vieja, corriente histórica y de balsaje que invita siempre al descanso.
La Identidad Cultural es un mecanismo que nos provee la
condición de seres sociales para singularizarnos dentro de la
diversidad. Gracias a ella también
podemos comprender el fenómeno de la multiculturalidad, o el de la
preponderancia de lo local en entendimiento pleno con la globalidad. Por la identificación de símbolos,
íconos, códigos y determinantes culturales, también podemos encontrarnos en
el terreno de la diferencia ya que poseemos atributos y atractivos que sólo
echan raíces en lo vernáculo, siendo construidos ellos en el proceso
histórico que nos antecede en el tiempo y en el espacio. Tal condición se da con la identificación de símbolos
precolombinos, en la llamada tierra de la “Cultura Quimbaya” o de las
marcas del ancestro campesino, con el conocido “yipao”.
Para asumir la postura del turismo con relación a la
cultura, no podríamos separar de nuestra esfera mental el hecho que estamos
insertos en un país que se destaca por la ventaja de su situación
geográfica, que la invade de trópico y biodiversidad o por las amplias
gamas de sus identidades locales y regionales, manifestadas en la
inconmensurable riqueza de su Patrimonio Cultural Tangible e Intangible. Desde la Costa Caribe, con su Carnaval
de Barranquilla, pasando por tantas fiestas agrarias, aniversarias y
religiosas de la provincia, podemos llegar incluso a toparnos con la
integración multinacional en Leticia que une bajo el abrigo del turismo a
los pueblos de la selva en el Festival de la Confraternidad Amazónica. Es por estas circunstancias que la
institucionalidad, especialmente representada en el Viceministerio del
ramo, ha optado por divulgar el mensaje de criterio patrimonial para el
turismo en nuestro país.
Enhorabuena por un sentimiento de profunda reflexión en la
importancia de nuestro Patrimonio Cultural y Natural, para fortalecer la
práctica turística.
Desde esa dinámica podemos apreciar porqué los lugares
colombianos que encierran valores arqueológicos e históricos del patrimonio
mundial, como son San Agustín y Tierradentro, Cartagena de Indias y Santa
Cruz de Mompox, son apenas el punto de inicio de un viaje que nos lleva a
otras maravillas que se conservan en nuestros Parques Nacionales Naturales. Ambos patrimonios, el cultural y el
natural, nos guían mejor hacia el mejor conocimiento del constructor y
hacedor de vida: el hombre y la mujer de la Precolombia y del país actual. Ellos, desde la ignota época
prehispánica y hasta nuestros días, han dejado las marcas indelebles de las
culturas que se convierten en los insumos turísticos de la nacionalidad, o
de la “Quindianidad”, para referirnos a nuestro pequeño departamento.
Estas premisas nos introducen en un tema apasionante,
que alimenta el ejercicio turístico: la relación entre la cultura y,
especialmente, del patrimonio cultural con la potencialidad de divulgar
sitios, hitos o lugares que cumplen un papel preponderante en el campo
turístico. Todos ellos son
valorados no sólo por antigüedad sino por estética o por ser pilares de la
identidad. Una construcción
sencilla de la arquitectura del Eje Cafetero o un yacimiento arqueológico
cualquiera pueden ser vistos con ojos de profanos, como referentes cotidianos
sin trascendencia alguna porque así lo marca la costumbre. Pero cuando a esos lugares o cosas se
les da una connotación cultural, es difícil detener los procesos que los
hacen más visibles desde la dinámica de la apropiación, de la valoración y
del cuidado. Así se aprende a mirar
y leer un turismo ligado a la cultura.
Al Quindío debemos verlo y conocerlo con ojos de
Identidades Culturales que extienden raíces hasta la época prehispánica y
que nos ha dejado muchos testimonios, lamentablemente destruidos la mayoría
de ellos por la guaquería. En este
tópico del conocimiento cultural, el departamento tiene una amplia
simbología que identifica la llamada Cultura Quimbaya a través de piezas
orfebres y de arcilla que nos recuerdan permanentemente que la construcción
de la Quindianidad debe partir de la necesaria investigación arqueológica
en nuestro territorio. Turismo y arqueología se deben proyectar hoy para
que en conjunto muestren la faceta educativa que permita poco a poco la
apropiación y cuidado de cantidad de yacimientos que existen en el departamento. A través de rutas arqueológicas que
potencien también el Patrimonio Natural se debe llegar a una consciente
clasificación y registro de muestras de cerámica y piezas líticas que
poseen los diferentes municipios en colecciones oficiales y privadas. En
esos objetos, que son los únicos testigos de la vida prehispánica, también
se vislumbra la caracterización de símbolos, códigos y mensajes para cada
una de las localidades, enriqueciendo así el imaginario colectivo. Algunas
piezas que engrosan dichas colecciones esconden historias significativas o
detalles estilísticos que sobresalen por las hermosas tipologías. El valor de la tradición oral sobre esta
temática también ha enriquecido la memoria, lo que obliga a incorporar en
los guiones de divulgación museográfica esos testimonios de la vida local,
como ocurre con el llamado “tesoro
de los quimbayas” o la “leyenda del cacique Calarcá”, para hablar sólo de
dos de ellas.
Un turismo con sentido cultural también debe invadir
los terrenos del patrimonio arquitectónico para rescatar incluso de los
interiores de las casas de la colonización antioqueña aquellas fábulas o
anécdotas familiares. Es indudable
que las marcas que han dejado casas como “La Mariela” en Armenia, “Villa
Gloria” en Génova o “Granada” en Filandia, también enriquecen el hilo
conductor hacia otras historias o hacia la comprensión de otras arquitecturas que pertenecen a
la órbita de la construcción religiosa, civil o institucional. Los municipios del Quindío, aunque con
una pérdida física de sus inmuebles patrimoniales por causa del terremoto,
conservan aún hitos arquitectónicos que pueden incentivar la constitución
de espacios de memoria. El recuerdo
de la plaza de mercado, el Palacio de Getsemaní o la iglesia del Carmen en
Armenia pueden plasmarse desde la referencia fotográfica, documental,
literaria o fílmica en exposiciones de la muestra local y que, sin duda
alguna, nos invitarán a la reflexión sobre identidad arquitectónica
quindiana.
En la cultura cafetera, el Quindío y la región central
de Colombia han encontrado otro espejo de identidad. En él se reflejan las imágenes de la
cámara de recuerdos de muchos bienes intangibles de la cultura que han
desaparecido por el influjo de la modernidad. La arriería, las artesanías, gastronomías que aprovechaban
los recursos vegetales y delicias frutales o los aspectos toponímicos y del
habla popular se ven en ese cristal de antaño. Esta gama de elementos sí que han incidido en la construcción
de la quindianidad habida cuenta su relación con el modo de vida de
nuestros abuelos fundadores de pueblos.
Urge recuperar este acervo patrimonial para que el edificio de la
estructura identificaria no se
remueva en sus cimientos por la pérdida de sus materiales
constitutivos. Eso le pasó a
cientos de construcciones centenarias de bahareque cuyas guaduas,
varillones y tapias sucumbieron ante el descuido y después se desmoronaron
con el terremoto. Nuevos
ingredientes de la albañilería mental que desprecia lo vernáculo tienden
hoy a homogeneizar la vida familiar con casas uniformadas de grandes
urbanizaciones y pretenden colocarnos en tabla rasa de la historia,
conduciéndonos al olvido de la pesquisa necesaria de nuestros orígenes.
Turismo e identidades se encuentran precisamente en el
acto novedoso de perfilar las rutas del Patrimonio Cultural. Ellas nos enseñarán los caminos, hitos
de las mentalidades para redescubrirnos y reconocernos en el entorno y en
los bienes culturales intangibles.
Si comenzamos en Armenia, la artesanía del tarralí evocará el famoso
apelativo de cuyabros y ese referente agrario también nos recordará el
verde que clama la ciudad, otrora abundante en el circuito de sus cañadas o
bosques naturales pero hoy reducidos a la mínima expresión.
La leyenda de Peñas Blancas, la forcha y el valor
insondable de las casas de la colonización antioqueña en Calarcá también
destacarán otros intangibles que le dan fortaleza a la Villa del Cacique
desde el plano de las literaturas y la poesía.
Circasia, con sus cometas y el Cementerio Libre, relevarán
una vez más el símbolo de libertad que ha identificado desde su fundación a
los habitantes y que luego se trasladara a los creadores del importante
mausoleo para significar en él, además, los principios del respeto y la
tolerancia.
Una ruta del norte quindiano es la del fresco de las
colinas que bordean a Salento y a Filandia, por cuyos contornos pasó el
Camino Real y en cuyas variantes hoy trasegan los artesanos en busca de
bejucos para la elaboración del canasto emblema del Quindío.
Guadua, una bóveda de samanes y réplicas artesanales en
miniatura para Córdoba; paisaje y agreste montaña en Génova, Buenavista y
Pijao, así como la fertilidad y trópico en Quimbaya, Montenegro y La
Tebaida muestran en todos los puntos cardinales del departamento del
Quindío los elementos del Patrimonio Cultural y Natural que servirá de
referencia a la definición de una nueva perspectiva turística. Ella, si no
ha de consultar la fuente de la identidad, no dará el insumo constructor de
la llamada Quindianidad.
IDENTIDAD CULTURAL Y
SIMBOLOS REGIONALES.
Los llamados emblemas patrios
son más recordados en el exterior, cuando los colombianos hacemos sembranza
del país que abandonamos por diferentes causas. Pero su desconocimiento, en
la región de donde somos oriundos, nos hace sentir foráneos en nuestro
propio territorio. Cuantas veces ignoramos el símbolo, signo o significado
de nuestras banderas, escudos e himnos, porque las nuevas mediaciones se
dirigen a descubrir el valor del extranjero, a donde muchos colombianos
desean tener fincadas sus expectativas de futuro. El reconocernos en esa
simbología nos afirma en el inicio de un viaje al mundo de la quindianidad
y es nuestro deber emprenderlo con certeza.
BANDERA DEL DEPARTAMENTO DEL QUINDIO.
“Cuenta con tres franjas
iguales en su dimensión, colocadas en forma vertical, con los colores
verde, amarillo y púrpura.
El verde, de homogéneo
colorido, simboliza nuestra compacta vegetación; es el encendido de los
pastos y guaduales y el opaco de las plataneras y cafetos.
El amarillo es el símbolo del
oro, representado en las divisas que el departamento del Quindío aporta a
la economía nacional en apreciable volumen. También significa el color que
toman los granos de cafeto, cuando comienzan su maduración.
El púrpura es la expresión de
la madurez que cubre el grano de café para anunciar su recolección.
La bandera del departamento del
Quindío fue diseñada por la señora Solita Lozano de Gómez (Gobernación del
Quindío, 1989).
ESCUDO DEL DEPARTAMENTO DEL QUINDIO.
“Está compuesto por un circulo
doble y dentro de este el tronco de un árbol con un hacha clavada en la
parte superior, rodeado por dos ramas de cafeto maduro entrelazadas en la
parte inferior y unidas en la parte superior por una banda que lleva la
leyenda: “Joven Rico Poderoso”. La fecha 1966, en la parte inferior del
tronco, significa el año de creación del departamento. El nombre Quindío aparece en la parte
superior.
El escudo del departamento del
Quindío fue diseñado por Solita Lozano de Goméz” (Ibidem).
BANDERAS DE LOS MUNICIPIOS QUINDIANOS.
Armenia: Tres franjas iguales en colores verde, blanco y
amarillo. El verde simboliza la esperanza; el amarillo representa el oro de
la tradición indígena prehispánica y el blanco es el “de la paz y la fe en
la raza”.
La bandera de la capital
quindiana fue diseñada por la señora Rosana Londoño.
Buenavista: Tres franjas distribuidas así: una en forma de
triángulo de color azul fuerte que simboliza el ancestro paisa. Las otras dos
en forma rectangular, en la parte superior de color amarillo que simboliza
la riqueza del suelo y en la parte inferior, de color verde que simboliza
la esperanza. Las dos franjas rectangulares se desprenden del triángulo
azul.
Calarcá:
Tres franjas
horizontales iguales, la superior verde, blanca la central y roja la
inferior.
Circasia: Rosada y verde, simbolizan la
libertad y la esperanza.
Córdoba: Conformada por tres
rectángulos, el central amarillo y los otros dos verdes.
Filandia:
Dos rectángulos amarillos y uno azul.
Génova: consta de seis franjas de 30 cms de ancho por 3,20 cms
de largo, en colores verde y blanco alternados, unidos por un triángulo en
la base del pabellón de 1,80 cms por 1,20 cms de altura, de color amarillo
oro. Simboliza la esperanza del progreso, la paz obtenida con el trabajo y
la justicia que anhelan los habitantes del municipio.
La
Tebaida: Un
triángulo en el centro de color verde y dos franjas horizontales iguales
que se desprenden del triángulo, la superior de color blanco y la inferior de color rosado.
Montenegro: Está dividida en tres colores: verde que simboliza el
color de la producción agrícola como el verde de los cafetales; el rojo
representa los cafetos maduros en época de cosecha y la lucha de los
hombres de la región; el blanco que representa el sentido pacifico de sus
pobladores y el florecimiento de los cafetos antes de la cosecha.
Pijao: Tres franjas horizontales iguales; la superior de
color amarillo, la central de color verde y la inferior de color rojo.
Quimbaya: Tres franjas iguales con los colores amarillo, verde y
amarillo con un sol en el centro.
Salento: Un triángulo verde en el centro y de él se desprenden
tres franjas horizontales iguales, una de color blanco, otra azul y
amarilla la inferior.
ESCUDOS DE LOS
MUNICIPIOS QUINDIANOS.
Armenia: “Tiene en su centro un cuadro
con un tronco y una hacha clavada en representación de colonos y
fundadores. Al fondo hay un paisaje del Quindío con sus selvas vírgenes. El
cuadro se comunica con el resto del escudo por los cuatro costados formado
una cruz. Tiene, también, más cafetos símbolo de la riqueza quindiana. En
la parte inferior del escudo está la fecha de fundación de la ciudad y en
la base la leyenda: Trabajo y Civilización.” (Ramírez, 1996). Fue diseñado
por la señora Lolis Norris.
Buenavista: Lleva los colores de la bandera. Aparecen tres figuras
icónicos prehispánicas: una representa la cultura Quimbaya, otra la Pijao y
la última la contemporánea. Sobresale un palo de cafeto representando la
fuente de la economía; en el centro un sol naciente que contiene dentro de
sus rayos el año de 1966, fecha en que Buenavista pasó a tomar vida
administrativa propia. En la parte superior va una corona que es el símbolo
del augurio de un futuro triunfante.
Circasia: Su parte superior simboliza la
actividad agrícola y ganadera, en el medio está el nevado del Quindío y en
la parte inferior el Cementerio Libre. La bandera enmarca todo el escudo.
Fue diseñado por Asdrubal Quintero.
Génova: Está simbolizado por dos
cordilleras o montañas, separadas por un río que serpentea sobre un valle
iluminado por un sol en el centro de la parte superior. Todo encerrado
entre dos medias coronas de cafetos con sus frutos, unidos en su parte
inferior con una cinta en forma de lazo que lleva la leyenda “Paz, Progreso
y Trabajo”.
Montenegro: Es un
circulo en cuyo centro está un escudo dividido en cuatro partes: Una con
las cañas de azúcar, la siguiente con figuras de la tipología quimbaya
conocidas como poporos, otra con el grano de café y la última con una palma
de cera. Fuera del círculo se encuentra el nombre del municipio y el
emblema de historia y progreso. En el centro del escudo se encuentra un
escudo más pequeño que significa las montañas de la Cordillera Central,
sobre cuya vertiente occidental se encuentra enclavado el municipio.
Quimbaya: Representa el oro de la riqueza cultural prehispánica,
la orfebrería de nuestros antepasados y el café de nuestra economía.

Página Siguiente

Más Arqueología * Historia
|