J
esús BlancornelasLa vi pedaleando. Iba en una de esas bicicletas "Phillips" legítimas. Sin barra del asiento al manubrio. Timbre en lugar de corneta. Cubierta con lámina media rodada trasera. Así no se enredaba su vestido entre los rayos. De tan bien cuidada parecía nueva la bicicleta. Negra. Sin mancha. Relucía. Justamente engrasada. Tanto el plato delantero, piñón y pedales. Las llantas cómo si fuera recién estrenadas. Ni más ni menos infladas. En lo justo. El asiento no lo pude ver. Lo tapaba con su vestido. Pero me lo imaginé ancho y cómodo.
Ella iba feliz. Pedaleaba sin fuerza. Suavemente. Sin ver a nadie. Mantenía su vista al frente. Apenas una sonrisa. Labios delgados. De rojo ligeramente pintados. Apenas resaltaban sus blancos dientes. Parejitos. Piel morena y ojos negros. Cabellera media güerita hasta el hombro. Vestía de dos piezas casi siempre. Tela delgada y fresca. Floreada. Manga corta y escote muy discreto. Ajustada sin llegar a lo entallado. Falda ancha cubriendo sus muslos pero no tan torneada pantorrilla. Calzaba color blanco y sin tacones. Por eso los silbidos a su paso. Miradas libidinosas. Frases sin derrapar en lo grosero. La clásica "....ay mamacita linda". Pero ella siempre parecía no escucharlas.
Había otros más aventados. Pedaleaban hasta emparejarse con ella. Le decían muchas cosas. Cómo en aquella canción. "...de esas bonitas con que se alegran los corazones". Pero ella ni en el mundo los hacía. Su indiferencia derretía elogios y piropos. Solamente una vez la vi enojarse. Seguramente le dijeron algo indebido. Frenó. Puso el pie derecho en tierra. Agarrada con todas sus fuerzas del manubrio. Lanzó una mirada penetrante al seguidor. Y no volvió a pedalear hasta que el hombre se fue. Serio. Esmirriado.
A veces traía un vestido blanco y otro rosita. La veía pedalear de lunes a sábado. 1952. Me la encontraba puntual. Pasaditas las seis de la tarde. Era cuando salía de mi primer trabajo en una refaccionario automotriz. Siempre poco antes de llegar a mi casa. La admiraba. Primero veía cuando me pasaba. Sin perderla de vista hasta cuando una cuadra más adelante regresaba. Entonces me tocaba verla de frente. Siempre sonriente y bella. Muy bella. Me hacía las ilusiones de "me vio" pero no lo mostraba. Tendría unos 18 ó 19 años. Yo apenas iba para los 16.
Hubo algunos días cuando la calle estaba sola. Pasaba yo frente a su casa. Enrejada y con pequeño jardín. Desde fuera veía su bicicleta. Recargada en un pilar. Cerquita los cinco, seis escalones rumbo a la puerta principal. Cuando la encontraba me imaginaba: "Está haciendo su tarea" o "le ayuda a su mamá en quehaceres de la casa". Tal vez atendiendo algunas visitas familiares. Cumpliendo compromisos. A lo mejor salió con sus padres de compras. Suponía un corto viaje de vacaciones. Sobre todo cuando pasaban un día tras otro sin saber de ella. Quedaba conforme con ver la bicicleta.
Cierta tarde esperaba verla como siempre. Pero no. Cuadras más adelante estaba "una bolita". 15 ó 20 personas arremolinadas. En el centro de la boca-calles. Me acerqué y entonces vi lo que todos. La bicicleta con la llanta delantera cómo charamusca. Los manubrios fuera de su lugar. Mi pregunta obligada fue ")qué paso?". Alguien dijo "...atropellaron a una señorita que iba en su bicicleta". Otro comentó "Yo vi. Le pegó de lleno. En el suelo estaba sangrando mucho de la cabeza". Uno más "El chofer venía 'volado' ni siquiera se hizo 'alto' en la esquina". Alguien se aventuró a decir "...también llevaba una pierna rota", pero escuché "...eso si, fue un golpe terrible". Y entre aquel mar de referencias vi el auto. Tenía una abolladura en el guardafango delantero. Seguramente allí fue donde se estampó la humanidad de tan bella mujer. El chofer estaba sentado en el estribo. Joven y trajeado. Descompuesto. Relamida cabellera. Codos sobre rodillos y manos tapándose la cara. Un policía de cerca cuidándolo. "Están esperando a la 'julia' para llevárselo" dijo un señor. Mientras una doña enrebozada le echó en cara: "Viejo tarugo...mire nada más lo que hizo".
Me dijeron que una ambulancia de la Cruz Roja llegó rápido. Se llevaron a la damita. De todas formas una señora comentó "...Dios quiera que no sea nada grave". Y de paso le dijo a una amiga. "Vamos a prenderle una veladora al Sagrado Corazón y rezar un rosario". Al rato se llevaron al chofer en la "julia". Un policía cargó la desconchinflada bicicleta. Nos fuimos haciendo menos. Llegó ensombrerado y de mezclilla vestido un hombre. Escoba en mano. Echó tierra sobre la sangre hasta revolverla tanto como no dejar huella.
Pasaron varios días. Ni rastros ni de la familia en su casa. Esperaba saber que había salido el hospital. Me figuraba verla de repente en la puerta de su casa. Reponiéndose. Pero no. Una tarde quedé acalambrado. Vi cuando llegó la carroza. Bajaron candelabros y ataúd. "Se murió la señorita que atropellaron". Y fue hasta entonces pregunté cómo se llamaba: "Alicia", me dijo una señora. "Era una muchacha muy buena gente". Hasta dijo: La velarían en su casa como era costumbre. No en alguna de las dos únicas funerarias que había en San Luis Potosí aquellos tiempos. No estuve cuando sacaron el cuerpo al día siguiente para sepultarla. Normalmente eso sucedía a las cuatro o cinco de la tarde y yo estaba trabajando. La extrañé mucho. Nunca hablé con los padres para decírselo. Ni siquiera sabía quienes eran sus amigas. Cierto día caminando pasé frente a su casa. Desde el enrejado vi la bicicleta. Cómo nueva. Reparada. Recargada sobre el pilar. Me paré un momento a verla. No podía creerlo. Después siempre en el mismo lugar. Nadie la usó. Pero la mantenían limpicieta. Lista para usarla. Por eso muchas tardes esperé ver a la guapa damita pedaleando.
Estuve tan abrumado estos días sobre noticias, informes y rumores. Narcotráfico, corrupción e injusticia por toneladas. Por eso recurrí al recuerdo para desintoxicarme un poco y darles un descanso a tí y a Usted, Lectores.
Copyright © 2004. Reservados todos los derechos.