La narco-cultura
Desde hace diez años empezó a desarrollarse cuando apareció una pinta defeña: «Todos somos Marcos. Todos somos narcos». Ahora se venden figuras de Malverde, hay elogios con los narco-corridos y controversia por eso con intelectuales. Obras «Art-Narco» en la UABC. Niños que quieren ser mafiosos y otros de 10 años descubiertos vendiendo droga en las escuelas. Resalta el miedo y el odio contra mafiosos en la frontera, frente al cariño que pinta como héroes a los narcos en Sinaloa

Hace unos diez años, en la delegación Tlalpan de la ciudad de México, apareció una pinta que ahora resulta profética. Y decía así: «Todos somos Marcos, todos somos narcos, todos somos nacos».
Sin tanta filosofía, esa frase capturó la esencia de lo que hoy se manifiesta como una narco-cultura, establecida desde las fibras más entrañables de la sociedad, aquellas que se refieren a los usos y costumbres, aceptados abiertamente incluso por las instituciones que gobiernan este país.
Es decir, lo que en un principio fue considerado como una reacción violenta de cara a la marginación y la injusticia social en la actualidad se ha legitimado y a estas alturas del sangriento partido lo que sobran son pruebas.
Hace un par de meses, en el parque Balboa de San Diego, se inauguró una exposición sobre el corrido mexicano.
La muestra, integrada por las más diversas piezas como banderas, uniformes militares, monedas de la época revolucionaria, cancioneros antiguos, en gran parte fue dedicada a quienes actualmente se encargan del género popular: es decir, desde Chalino Sánchez hasta Los Tigres del Norte y sus «Corridos prohibidos.- Alma de la Canción Mexicana».
Como puede entenderse, la mitad de la colección está dedicada al narco-corrido ya en forma de expresión que de las calles y del hampa gana el reconocimiento de autoridades, en este caso del Instituto Cultural Mexicano, conjuntamente con el Consulado de México en San Diego, organismos que apoyaron la instalación de este acervo a iniciativa del Instituto Smithsoniano de Washington. En otras palabras «todos somos narcos».
En estos tiempos, lo que no se escucha al son de la banda o de «la tambora» pierde vigencia. De seguir así, pronto habrá que esperar algún concierto con los tres tenores en Bellas Artes, acompañados por la Banda Machos, o de perdida, por Los Tucanes de Tijuana.
Mientras tanto, en la frontera más transitada del mundo la escena es típica, casi emblemática. Con el radio a todo volumen y los lentes de sol Gucci, Channel o Versace, los mexicanos «del otro lado» se asoman desde las ventanas de sus Ford Expedition o Ram Chargers mientras cruzan la línea a Estados Unidos.
Sonrientes y confiados, los automovilistas en su mayoría de placas californianas, regatean el precio de lo que en estos tiempos vienen a ser los artículos más presentes en los puestos de curiosidades –o curios- que abundan la Garita de San Ysidro: bustos de Malverde, estatuas de la Santa Muerte, camisas para hombre con escenas de la película «Scarface», pósters enmarcados de cintas como «El Padrino». A un ladito, todavía se ve el retrato de Pancho Villa, Zapata, la imagen guadalupana, los Cristos, uno que otro charro al estilo Jorge Negrete, tal vez la figura del Che Guevara. Los otros revolucionarios, los que han pasado de moda.
«Ser narco es chido», «Posada Almoloya», «Mi amado carrillo», «Recuerdo de Sinaloa» (slogan acompañado por el dibujo de una R-15), «Oceánica Spa & Resort», enunciados que la chamacada presume en el pecho, como lo último de la moda de «NaCo», exitosa línea de ropa juvenil que, de una u otra forma, representa la cotidianidad del mexicano en el siglo XXI. Es decir, «todos somos nacos». Si se le agrega a esta condición un tinte delictivo, pues qué mejor, hasta neofolclórico, dirán luego.
Así sea con la bendición del oficialismo, México se narcotiza a un ritmo más vertiginoso, sin pensarlo dos veces, como si se tratase de producir un video home, en donde los protagonistas del crimen organizado terminan siendo los héroes.
A tal grado:
Hay referencias escritas en ZETA de profesionistas que prefirieron abandonar sus despachos o consultorios para dedicarse al narcotráfico. Simplemente «porque les deja más y no tienen que pagar impuestos».
Pero lo más dramático es el sentir de la niñez en los estados del norte mexicano.
Tradicionalmente contestaban: «Bombero o Presidente de la República», cuando les preguntaban qué les gustaría ser de grandes.
Ahora muchos de los niños, especialmente en Sinaloa, están decididos a ser narcotraficantes de grandes.
Opiniones logradas en varias ocasiones por ZETA indican que «ahora prefieren ser narcotraficantes. Sueñan con tener su camioneta Lobo roja del año. Un «cuerno de chivo». Su güera a un lado y que le compongan un narco-corrido. De paso ambicionan tener una gran residencia y muchos dólares. Ser perseguidos y jamás capturados por la Policía.
En Sinaloa a los jóvenes que se inician en el narcotráfico les identifican como «buchoncillos» y desde corta edad empiezan a manejar armas y servir de «correos» a los narcotraficantes.
Pero en la Ciudad de México la situación ha llegado a límites graves. Un reporte del periódico «Reforma» publicado el pasado jueves 17, refirió que cinco alumnos de la escuela Primaria Ignacio López Rayón en la Colonia 10 de Abril, fueron descubiertos vendiendo drogas en los salones.
Se trata de chamacos entre los 10 y 13 años.
Narcotraficantes mayores los utilizaban para trasladar narcóticos a los salones.
«Afortunadamente estos pequeños no consumieron -publicó el diario-pero están llevando un tratamiento psicológico porque también sufren de violencia intrafamiliar, y fue lo que aprovecharon familiares o amigos cercanos a ellos para llevarlos al narcomenudeo», según comentó el Jefe de la Policía en Naucalpan.

Entre el odio y el cariño
Aparte hay otra cultura de odio y cariño para el narcotráfico.
En las regiones fronterizas norteñas mexicanas el narcotráfico se caracteriza por su violencia. Actúan en bandas. No sucede como en el pasado tijuanense: Cuando el Cártel Arellano Félix invadió a las familias pudientes, naciendo entonces lo que se llama «narco-juniors». Y de paso combinándolo con la actitud sanguinaria de las bandas de méxico-norteamericanos radicados en el Barrio Logan de San Diego, California.
En Tijuana, Mexicali, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Reynosa, Matamoros y otras ciudades los habitantes le temen al narcotraficante. Los conocen pero son incapaces de señalarlos o denunciarlos. Prefieren callarse. Ignorarlos para evitarse problemas. Jamás denunciarlos.
Pero en zonas como Sinaloa es diferente. Son queridos.
El narcotraficante se conduce de otra forma: Ayuda a los pobladores de rancherías y ciudades. Con la colegiatura para los niños, atención a sus enfermedades, dinero para salir de apuros, mejoras a los pueblos y cuanto pueden.
Por eso la mejor protección que tienen los narcotraficantes son los habitantes. Si alguien pregunta por los mafiosos dicen que son «puras habladurías».
Pero hay algo notable: Cuando matan a uno de ellos los funerales son muy concurridos. La gente va a presentar sus condolencias. Lloran. Acompañan al cortejo con música de «tambora». Los sacerdotes van a bendecir. Y hasta los políticos se dejan ver.
Sucede todo lo contrario con los mafiosos fronterizos. Los entierran en secreto. Inventan un nombre para reclamar los cadáveres. Les incineran. «Los deudos» desaparecen como fue el caso de Ramón Arellano. «Sus primos» fueron por el cuerpo a Mazatlán. Dijeron que eran de Guadalajara. Dieron un domicilio que no existe. Y nunca se supo dónde dejaron las cenizas.
Absolutamente diferente a «El Ceja Güera» en Sinaloa o los Carrillo Fuentes. Es público el funeral. Los deudos atienden a periodistas. «La tambora» acompaña el cortejo. Los sacerdotes bendicen la tumba.
En 1997 el periodista Francisco Ortiz Pinchetti cuestionó a Juan Salvador Íñiguez, cardenal de Guadalajara: «¿La cultura del narco es la cultura de muerte?». El sacerdote contestó:
«El concepto de cultura de muerte abarca mucho más. Hay otros aspectos desordenados y violentos de la sociedad actual que configuran lo que llamamos cultura de la muerte. Uno de ellos desde luego es el narco; pero también lo es el armamentismo, el empobrecimiento de los pueblos, el poco respeto a la vida en el aborto, la eutanasia».
Síntomas de un mismo problema, la muerte paradójicamente como una forma de vida, cada vez más visible, cotidiana y por lo mismo irrenunciable.

Los narco-corridos
Luego aparece la controversia de fechas recientes, cuando comenzó a circular por el sistema escolar básico «Cien Corridos.- Alma de la canción mexicana», libro editado por la Secretaría de Educación Pública, la editorial Océano, y la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, e inscrito dentro del Programa Nacional «Hacia un país de lectores».
Primero vino la protesta de grupos de padres de familia y del rechazo de varios estados –entre ellos Baja California- por la circulación de dicho material que reúne los narco-corridos «Contrabando y traición», «La banda del carro rojo» y «El señor de los cielos».
Sin embargo, poco después cundió la defensa del gremio intelectual, particularmente del dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda que, en calidad de presidente de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) defendió la difusión de este título al considerar que no corrompe, más bien educa al referir el destino trágico que suelen tener los narcotraficantes.
«Todos los narco-corridos tienen la muerte o el castigo como consecuencia», afirmó Rascón Banda a la Agencia de Noticias EFE, antes de pedirle cordura a la Cámara de Senadores dado a que se discute la postura de Reyes Tamez, Secretario de Educación, frente a esta publicación y aún se debate la posibilidad de sancionar a los maestros y funcionarios que participaron en la elaboración de este proyecto.
Al final, Rascón Banda lanzó la pregunta fundamental: «¿Y cómo vamos a callar las voces de todos los mexicanos que cantan estas canciones?». La respuesta tal vez no exista, al menos no se pronunciará en el futuro inmediato de un México que cada día más apuesta por lo inmediato, lo efímero, lo destructivo.

Rectores a favor
El Rector de la Universidad de Guadalajara consideró como una aberración el intento de veto al libro de narco-corridos que editó el fondo de cultura económica, en tanto el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, vio con buenos ojos la restricción.
La semana antepasada trascendió que algunos padres de familia pidieron que no se distribuyera el libro «Cien corridos.- Alma de la canción mexicana», porque lo consideraban leso a la educación de sus hijos.
El Secretario de Educación, Guillermo Martínez Mora, anunció una consulta para determinar si autorizaba o no la distribución del texto. Al respecto el Rector de la Universidad de Guadalajara, Trinidad Padilla López, dijo no conocer la publicación, «pero yo creo que es ocioso pensar que si viene un corrido en un libro de manera ilustrativa pudiera causar algún daño en particular, cuando los niños los oyen en todas partes, porque salen en el radio.
«Me parece una polémica artificial, si se lee en un texto de primaria, debe ser con la supervisión de un adulto», agregó.
Padilla López puso como ejemplo que esos temas se proyectan en un canal de videos; asimismo dijo que el corrido es una narración popular, de hechos o de personas, y es cantado además como música comercial en todas partes.
Al igual aseguró que esta polémica debe ser vista con sus reservas e incluso como una mala broma, al recordar el caso de un docente que recomendó el libro «Aura» de Carlos Fuentes ante el enojo del Secretario del Trabajo y la declaración de un legislador que pretendía boicotear la obra de Gabriel García Márquez porque consideraba como pedofilia el hecho que en su último libro se hace referencia a la relación del protagonista con una joven, menor de edad.
«Mejor hay que agarrar eso como broma, porque es preocupante que la gazmoñería se apropie del pensamiento público en el país», aseguró el Rector.
Por otra parte, el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez vio con buenos ojos que el libro haya salido de la circulación y que tampoco llegará a los alumnos de primaria. «Por ahí leí un corrido, pues están muy divertidos pero no son propios, verdad, porque alientan el vicio en los niños y les proponen héroes falsos». Al unísono lo consideró una apología del delito, de orientarlos por caminos de perdición.
Recientemente la Secretaría de Educación y Cultura en Chihuahua ordenó el retiro de cientos de ejemplares del libro «Cien corridos.- Alma de la canción mexicana» como parte de un programa de «blindaje cultural» para promover valores entre los estudiantes de la entidad.
El ejemplar también contiene canciones como «Pollitas de cuenta» y «El avión de Colombia», «Carga blanca» y «Mataron a los Mendoza».
En Michoacán, el Gobernador Lázaro Cárdenas Batel vetó la distribución del libro que había sido autorizado por la Secretaría de Educación Pública para apoyar el proceso de formación integral de los niños mexicanos cautivos en el quinto y sexto año de primaria.

Art Narco en la universidad
La semana pasada el periódico El Universal en su primera página de la sección cultural publicó sobre una exposición de arte que se inaugurará el 7 de abril en el Museo Universitario de la UABC Mexicali.
«Se enganchan al Art Narco», fue el título de la nota donde se resaltan las declaraciones del artista Ismael Castro, quien habla de su propia obra, así como la de otros colegas regionales, quienes han tomado el tema del narcotráfico para recrearlo en sus pinturas, esculturas, fotografía y demás disciplinas artísticas.
Refiere Castro que la intención de estos creadores no es la concientización o en enjuiciamiento de esa actividad delictiva; pero que tampoco es una apología de ello, aunque se pudiera confundir:
«A mí el narco me gusta por su parte visual, aunque me doy cuenta de que por otro lado es algo cruel, no es algo divertido, pero en mi obra he tratado de manejar el tema del narcotráfico como algo colorido, aun cuando estoy consciente de su parte oscura y violenta».
A algunas personas en Baja California, al conocer de esta exposición, les llamó la atención lo irónico que puede sonar que, por ejemplo, en toda inauguración de exposiciones en la UABC se sirva vino (de acuerdo a la costumbre) y sin embargo se abran las puertas al narcotráfico.
Para profundizar sobre este tema, ZETA entrevistó, vía telefónica, a Everardo Garduño, responsable del Museo Universitario, que a su vez depende del Departamento de Vinculación Universitaria.
De entrada el funcionario aseguró que es un problema grave la declaración de Ismael Castro, toda vez que su participación dentro de la muestra colectiva no está confirmada. Por otra parte, aclaró (y lo hizo reiteradamente a lo largo de la entrevista) que la exposición que se tiene agendada no es precisamente de arte y menos de Art Narco.
La exposición, que se titula «Las fronteras de la narcocultura», «no es ni de narcotráfico, ni de los narcotraficantes. Somos un centro de estudios superiores que da a conocer esto como manifestación cultural. Ni con afán policíaco, ni preventivo ni de otro corte.
«Estamos conscientes que esto puede originar un debate o un tratamiento amarillista».
Por la vocación misma del museo, manifiesta que la exposición tiene un carácter sociológico y antropológico. Lo que se mostrará es la iconografía, los signos y símbolos, las formas de representación y la manera en que la gente ve el narcotráfico.
La muestra está conformada de indumentaria, música, joyas, fotografía, santos, corridos, en fin, toda la parafernalia que identifica a esta gente. Una muy mínima parte es obra artística.
Es insistente Garduño en señalar que la exposición no tiene una orientación artística: «Entendemos el sentido de la cultura no precisamente en el sentido estético o bucólico. Es una forma de vida que todo ser humano construye en torno suyo. A pesar de lo que puede resultar pernicioso».
Agrega que la colección también incluirá imágenes que se han publicado en los medios regionales (en un área reservada sólo para adultos) en torno a la violencia generada por el narco, así como una conferencia inaugural con Luis Astorga, una autoridad en el tema.
«Todo esto con carácter ilustrativo, en tanto se destacan esos signos y símbolos, y que nos preparan para poder detectarlos».
La organización de la muestra está a cargo de Paola Ovalle, investigadora del tema, que por otra parte, en entrevista con El Universal, aceptó que el «Art Narco» no tiene mucho fondo, y que si bien está habiendo una ruptura, no pasan de ser representaciones con toques graciosos o ridículos.
«Entiendo que el arte no es una institución para concientizar, ya hay muchos organismos que cubren eso, pero sí hay que tener cuidado de cómo va a recibir la gente esas expresiones artísticas del narco, lo cual implica cierta responsabilidad».
Por su parte, Everardo Garduño lamenta el reprobación que la exposición ya despertó cuando todavía ni se ha inaugurado: «Hace poco apareció una cabeza: `Los narcos entran al museo’. ¡Obviamente esto le pone los pelos de punta a todo el mundo!».

(Con información de Gabriela Olivares, Juan Carlos Domínguez y Jesús Blancornelas en Tijuana. Juan Carlos Huerta en Guadalajara)