Para
la mayoría de las personas, una crítica fundamental de la economía moderna es
una locura tan grande como intentar atravesar un muro en lugar de utilizar la
puerta. Vista a distancia, esta economía parece tener las características de la
locura. Pero dado que las leyes de la máquina capitalista se han internalizado
universalmente, se las acepta como norma; porque cuando los locos son mayoría,
la locura se convierte en un deber del ciudadano. Bajo esta presión, la crítica
social huye del campo de la economía en busca de una alternativa. Esto es
precisamente lo que hace la izquierda cuando se toca el nervio de las
condiciones económicas prevalentes: que a uno se le recuerde su rendición
incondicional, duele. Por eso la izquierda, desarmada teóricamente, prefiere
renunciar a cualquier crítica seria del mercado, del dinero y del fetichismo de
las mercancías como un “economicismo” anticuado y estéril que personalmente ha
dejado atrás hace ya mucho tiempo.
¿Y de qué se puede ocupar una crítica social cuando ha dejado de ser lo que es?
En el pasado, el principal campo de evasión era la política. Entonces se
pretendía la regulación de los asuntos públicos (y también hasta de la economía)
del sistema de producción de mercancías, por los miembros de la sociedad dentro
de las instituciones políticas con un “discurso de razón”. De esto no queda casi
nada. La política hace ya mucho que ha sido degradada a un espacio funcional
secundario y dependiente de la economía totalitaria. Hoy en día, el fin
capitalista ha engullido lo que antes se tomaba como “relativa independencia” de
la política. Por esto la crítica social en la era posmoderna huye de la política
para refugiarse en la cultura, al igual que antes huyera de la economía a la
política. La izquierda posmoderna se ha convertido en “culturalista” en todos
los aspectos y con toda seriedad, cree que de algún modo puede actuar
“subversivamente” en el campo del arte, la cultura de masas, los medios de
comunicación y la teoría sobre los medios, habiendo renunciado ya prácticamente
a la crítica de la economía capitalista, la cual solamente menciona sin interés
alguno.
Pero no importa a qué área de la sociedad haya huido la izquierda
ahora-sin-crítica-económica; la economía capitalista está siempre ahí,
sonriéndole despreciativamente. Es verdad, “que esta economía se ha divorciado
de la sociedad”, como la crítica social francesa Viviane Forrester escribe en su
libro sobre “el terror de la economía”. Sin embargo, el capitalismo se ha
olvidado de la sociedad solamente en un sentido social, pero sin soltarla de sus
garras. Por el contrario, la economía totalitaria vigila celosamente para que
nada ocurra en la Tierra que no sirva directamente al fin en sí mismo de
maximizar beneficios. Actualmente, esto también es aplicable a la cultura.
Así pues, la economía moderna se ha desarrollado de igual manera que el ámbito
capitalista de la producción industrial se segregó del resto de las áreas de la
vida. La cultura, en su sentido más amplio, era una actividad “extra económica”
y fue proscrita al llamado “tiempo de ocio” como una negación de la vida. Ésta
fue la primera degradación de la cultura de la era moderna: en cierto modo, la
cultura se transformó en una actividad no seria y en un mero “tiempo residual”;
pero tan pronto como el capitalismo controló completamente la reproducción
material de la sociedad, su insaciable apetito se extendió a los elementos
inmateriales de la vida y comenzó a coleccionar una por una las actividades
sociales segregadas y las subyugó lo más posible a su inherente racionalidad
administrativa comercial. Ésa fue la segunda degradación de la cultura: se
industrializó ella misma.
Lo que Marx dijo sobre la transformación de la producción material ha vuelto a
repetirse, pues la cultura también ha experimentado la transición de la sumisión
“formal” a la sumisión “real” al capital: al principio, los activos culturales
estaban asimilados sólo formalmente; más tarde, fueron asimilados como objetos
reales para comprar y vender según la lógica del dinero. De esta forma, a lo
largo del siglo XX, su creación fue basándose cada vez más en los principios
capitalistas. El capital ya no se conformaba únicamente con ser el agente de
circulación de activos culturales; ahora quería controlar la totalidad del
proceso de reproducción. Arte y cultura de masas, ciencia y deporte, religión y
erotismo fueron produciéndose cada vez más como automóviles, frigoríficos o
detergente. Con ello, los productores de cultura perdieron su “relativa
independencia”. De igual manera, la producción de canciones y novelas, de
descubrimientos científicos y reflexiones teóricas, de películas, pinturas y
sinfonías y de eventos deportivos y espirituales pudo tener lugar únicamente
como una producción de capital (plusvalía). Ésta fue la tercera degradación de
la cultura.
En cualquier caso, en la época de prosperidad que siguió a la Segunda Guerra
Mundial, existió en muchos países una especie de parachoques social que protegía
parcialmente la cultura del completo control de la economía. Este era el
mecanismo de la redistribución keynesiana. El “gasto deficitario” no alimentó
solamente el armamento militar y el estado de bienestar, sino también ciertas
áreas de la cultura. Naturalmente, el subsidio estatal a la cultura imponía
severas restricciones a su independencia. Sin embargo, el control estatal podía
ser debatido públicamente y no era completo. En casos de conflicto, se podía
hablar con los funcionarios y los políticos, pero no con impersonales “leyes de
mercado”. Con la mediación de la “cultura keynesiana”, una parte de la
producción cultural sólo dependía indirectamente de la lógica del dinero.
Mientras la radio y la televisión, las universidades y las galerías de arte y
los proyectos artísticos y teóricos estuvieron dirigidos o subvencionados por el
Estado, no tenían que someterse directamente a los criterios de administración
comercial y existía cierto margen para la reflexión crítica, para experimentos y
para las artes menores “no lucrativas” sin la inmediata amenaza de sanciones
materiales.
Esta situación cambió completamente a partir de la nueva crisis mundial y la
correspondiente campaña neoliberal. El final del socialismo y del keynesianismo
tenía que golpear más fuerte a la cultura, pues naturalmente sus subvenciones
fueron lo primero que se eliminó. Los Estados no se desarmaron militarmente,
sino culturalmente.
En una pequeña franja del espectro cultural, el apoyo estatal ha sido sustituido
por el privada. Ya no hay derechos civiles sociales y culturales, sólo el
capricho caritativo de los capitalistas ganadores. Los productores de cultura
están sometidos a los antojos personales de los potentados del mercado y de los
mandarines ejecutivos, a cuyas aburridas esposas sirven de hobby y pasatiempo.
Como bufones y sirvientes de la Edad Media, tienen que lucir los logos y los
emblemas de sus amos para ser de utilidad en el marketing.
Para la inmensa mayoría de las artes, las ciencias y las actividades culturales
de todo tipo ya no es posible ni el humillante y arbitrario patrocinio.
Actualmente y más que nunca, éstas están sometidas directamente y sin filtros a
los mecanismos de mercado. Los institutos científicos y los clubes deportivos
deben cotizar en bolsa; las universidades y los teatros deben producir
beneficios; la literatura y la filosofía deben someterse a las leyes de la
producción en masa. Sólo obtiene acceso a los grandes canales de distribución lo
que es útil como oferta de actividades recreativas de los siervos del mercado.
Por consiguiente, en la remuneración de prestaciones culturales se producen
grotescas distorsiones: mientras que los futbolistas y tenistas obtienen
ingresos millonarios, los productores de crítica y reflexión, de descripción e
interpretación del mundo se hunden en el estatus de limpiadores de letrinas.
Mediante la racionalización capitalista de los medios, en el área de la cultura
ahora se aplican sueldos bajos, terciarización y una administración mercantil de
traficantes de esclavos.
El resultado sólo puede ser la destrucción del contenido cualitativo de la
cultura. Los trabajadores de la cultura y los medios –mal pagados, socialmente
degradados y perseguidos– engendran productos miserables, cosa que también
ocurre en muchas otras áreas. Asimismo, la brutal reducción del tiempo de
preparación y la distribución masiva de mercado, elimina de manera eficaz todo
lo que intente ser algo más que un producto unidireccional.
La incontrolada lógica del dinero también deja su rastro de destrucción en las
ciencias. Dado que, por su naturaleza, las ciencias humanas y sociales no pueden
ser mercantilizadas, están siendo extirpadas de los servicios académicos como
malas hierbas. Sobre todo los centros de historia están siendo sometidos a
“atropellos” y a la retención de fondos, porque un mercado sin historia ya no
necesita un pasado. La ciencia puramente natural ha sustituido a la filosofía y
a la teoría social para siempre; pero también las ciencias naturales y la
investigación pura están siendo devaluadas y estranguladas a favor de la
investigación comisionada del capital.
Estas tendencias llevan necesariamente al colapso de la subjetividad cultural en
la sociedad burguesa, igual que ya devaluaron la subjetividad política y
religiosa sin poner nada nuevo en su lugar. Actualmente, ni siquiera un
conservador “es” conservador; él o ella ya no es más que alguien que vende
conservadurismo, como otros venden puré de tomate o cordones para zapatos. El
actual papa ortodoxo ha resultado ser un especialista de marketing para eventos
religiosos. Dentro de poco, las iglesias y las sectas irán a la bolsa y entrarán
en el mercado de religiones de acuerdo con los principios del valor accionario.
Los artistas y los científicos están experimentando ahora el mismo
marchitamiento de su personalidad. Si se apresuran a obedecer pensando y
produciendo a priori en las categorías de lo vendible, habrán perdido su causa y
sólo podrán ratificar su rendición, como el célebre pintor Baselitz hizo en un
momento de verdad cuando volvió sus cuadros contra la pared.
El “economicismo” no es el pensamiento errado y desequilibrado de unos marxistas
incorregibles; es la tendencia real del orden social dominante hacia el
totalitarismo económico, que quizá está propinando su último y más violento
coletazo. Sin embargo, el capitalismo no puede existir por sí mismo. Lo mismo
que la industria farmacéutica perderá su última fuente de conocimiento y
material cuando las selvas ecuatoriales hayan sido finalmente destruidas, la
industria de la cultura se agostará cuando no le queden más subculturas
creativas que succionar. Una sociedad que no puede reflexionar sobre sí misma y
compuesta únicamente de pintura y vendedores impertinentes es social y
económicamente intolerable.
Para los productores de cultura, arte y pensamiento reflexivo ya no existen
razones para ponerse al servicio del capitalismo tiránico y miserable pagador y
buscar halagos en el desierto del mercado posmoderno. Si les queda un resto de
dignidad, tendrán que emigrar interiormente y declarar secretamente al menos su
irreconciliable hostilidad a las leyes de mercado. Esta intención no puede ser
pasiva; tiene que ser activa. Quizá los productores de cultura debieran formar
grupos, cooperativas, gremios, clubes y asociaciones anticapitalistas que no
quieran vender nada, sino tan sólo salvar los recursos culturales de la barbarie
del mercado. Esta postura tiene que distinguirse especialmente del
conservadurismo cultural -que es siempre conforme con el poder- mediante la
unión con los injuriados y malmirados y dando expresión cultural a la miseria
social en lugar de hacer coro con el feliz positivismo de los optimistas
posmodernos.
Traducción del alemán al inglés de R. T. Traducción del inglés al español: Miguel Alonso. http://obeco.planetaclix.pt/. Contracorriente.