Y AHORA HASTA SIN AGUA
 

 

Eduardo José Alvarado Isunza.

 

Hay una expresión de nuestra cultura que utilizamos para referirnos a una calamidad. Ésta es: “¡Y ahora ni agua!”. Empleamos esa frase para decir que es tanta nuestra indigencia, que ni siquiera es posible acceder a un elemento abundante en el planeta y al que antes era relativamente fácil acceder. Por ejemplo, ni a un muerto de hambre ni a nuestro peor enemigo podíamos negarle jamás un jarro de agua. En las mesas de las personas más desventuradas, como los presos, es posible encontrar pan y agua. Y es que nuestros preceptos nos ordenan: “dar de beber al sediento y de comer al hambriento”. Es más, ni a un perro descuartizado a mitad del arroyo de la calle seríamos capaces de dejar de obsequiarle unas cuantas gotas de agua en el hocico para que vaya en paz hacia otro mundo.

             Por consiguiente, en nuestra ciudad debemos vivir una situación de indigencia extrema, porque es cierto que ni agua tenemos. Ya no solamente es posible referirnos a nuestra condición miserable por el hecho de que escasean alimentos de nuestras mesas o de que prácticamente es un sueño irrealizable disponer de un piquito extra de dinero y llevar a los niños a escuchar un ensamble de la Orquesta Sinfónica sobre “Sgt. Pepper Lonely Heart Club Band” de The Beatles. Por decir algo, porque habría quien quisiera llevarlos simplemente a sorber un barquillo de nieve sobre las mesitas de una de nuestras plazas comerciales, mientras son admirados relojes, zapatos, pantalones y vestidos en los aparadores, como si fuesen por nuevas emanaciones ocupantes de nichos sagrados; y evidentemente no puede hacerlo.

            Desconozco cuántas familias de nuestra ciudad carecerán siquiera de un hilito de agua a ras de suelo, como unas perlitas de felicidad que puedan atesorarse en esas bodegas subterráneas que nuestra calamidad nos ha obligado a construir. Tampoco soy tan ingenuo como para preguntar esa cifra a las autoridades, porque me darán un número maquillado. Ni que fuésemos tontos, dirán esos ineficientes encargados de las instituciones públicas que padecemos, como es caso del titular de esa fosa séptica denominada “Interapas”. Es decir, no es posible esperar que quienes despachan en sótanos donde son ocultados los más graves crímenes contra la ciudad, nos hablen con la verdad sobre la dimensión de la escasez de agua que sufrimos.

            Aún así, cualquiera puede hacer uso de estrategias para tentalear o acercarse a esa realidad. He aquí una: simplemente mire su propia condición, pregunte cuál es la que sufren otros conocidos y confronten sus experiencias. Sencillo, ¿no? Su servidor vive en el fraccionamiento Capricornio (o sea: por el rumbo de la vieja Central Camionera) y ahí no es posible disponer de un chorro constante de agua y suficientemente gordo que llene nuestros aljibes. Ya no digamos gozar del lujo de una inyección de líquido suficientemente poderosa que rompa las fuerzas de gravedad y suba hasta los primeros y segundos pisos (como sucedía aquí hace unos veinte años). Tuvimos un primer anuncio de los días de escasez de agua que sufriríamos en esta ciudad que anda a tumbos en dirección de un sitio que dan el nombre de “progreso”, cuando debimos horadar el suelo para depositar este líquido indispensable para quitarnos la tierra de encima, separar el cochambre de las cazuelas o simplemente refrescarnos, porque ya no sería posible tener agua en los pisos de arriba.

            He preguntado a mis suegros, que viven por el rumbo del Salesiano, si tienen agua. Tampoco tienen, me han dicho. El otro día tuvieron que comprar un garrafón de agua en el súper para bañarse y enjuagar unos trastes de la comida. Su aljibe está más seco que una olla de barro calcinada por el sol del Sahara. Mi madre supo de nuestras dificultades para despertar a las cinco y media de la mañana y quitarnos el sueño de encima con una balsámica ducha. Como ya nomás vive ella en la antigua casa, nos convidó algo de su tesoro, invitándonos a echarle agua y jabón al cuerpo. Pobrecita de ella, manigüis, con todo y la pena debió disculparse, porque tampoco le cayó una gota una noche antes. Y ella vive hacia las fronteras del barrio de San Miguelito con la Himno Nacional. Por las mismas andan mis hermanos que hacen su vida por el norte de la ciudad, más exactamente por el rumbo de Jacarandas. O sea: ninguna de mis gentes más cercanas tiene ni agua; y esta indigencia lo mismo sucede en poniente, oriente, sur y norte.

            Dicen que todo es consecuencia de que los ríos de vida abajo del suelo están más lacios que mis tripas a las tres de la tarde, a causa de tanta explotación. Puede que sea. Pero yo que acostumbro ser mal pensado creo que todo es consecuencia de un par de actos criminales. Primer acto: eso que hoy es un depósito de podredumbre y que tiene nombre de “Interapas”, ha sido patrimonio exclusivo de unos pocos grupos de burócratas y empresarios, quienes lo han saqueado desde su fundación, hace unos quince años. Y segundo acto: grandes caudales de agua clara, fresca, deliciosa y quitased, están siendo acaparados por unos cuantos privilegiados, quienes hasta llegan a emplearlos para regar kilómetros de cerros empastados, con el fin de que unas pelotitas de golf que golpean hombres de éxito y de negocios puedan saltar alegremente hacia los agujeros que constituyen el objetivo de un entretenimiento de ociosos.

            Nos preguntamos: si el agua es vida y en esta ciudad ya ni agua tenemos en las llaves más enanas que tenemos en la puerta, ¿será posible seguir viviendo aquí? Por supuesto, hay otras preguntas. Aquí van: ¿las familias simplemente echarán sus cosas a los baúles de sus vehículos y emigrarán por entre un sendero polviento, como esas imágenes que tenemos de las caravanas del viejo oeste, en busca de otro oasis? O bien: ¿nuestras calles pronto darán escenario a una protesta casi todavía inédita, que será por la demanda de aunque sea un hilito de agua en la puerta de mi casa, por lo que más quiera?

            Son interminables nuestras preguntas. Otra nomás pa despedirnos: ¿no pueden jugar golf sobre tierra suelta? ¿A huevo su jueguito debe ser sobre una suave y olorífica sábana grín, mientras a los demás nos quitan agua indispensable hasta para deshacernos de nuestros despojos?