CUARTO PARA LAS DOCE

Los verdaderos héroes están en la fosa común


Ghandi

Asiduo lector desde niño de historias fantásticas, me emocionaba imaginar las epopeyas de todos esos personajes que forman parte de la historia de la humanidad, independientemente de la cultura o la época existieron hombres y mujeres que por su arrojo y valentía el pueblo los consagró para la eternidad.

Desde los descubridores como Marco Polo en busca de la ruta de la seda recorriendo con su caravana territorios inhóspitos y hostiles o como Cristóbal Colón trepándose en tres carabelas en busca de una ruta más corta a las Indias sin más tripulación que un montón de ex-presidiarios con sed y ambición de riqueza, así como Fernando de Magallanes quien navegó a través del traicionero estrecho que lleva su nombre para descubrir la tranquilidad del Océano Pacífico.

Inevitablemente la historia nos remite a historias de guerra donde sobresalen aquellas donde en defensa de su pueblo, la libertad y la justicia millones de hombres y mujeres ofrendaron su sangre para defender lo que consideraron una causa justa.

Sería imposible recordar en unas cuantas líneas a los personajes de la historia de nuestro país que escribieron sus nombres con letras de oro en la memoria del pueblo de México.

Benito Juárez un hombre que dio muestra de superación personal en una época en la que era un triunfo vivir con dignidad sobretodo para quien formaba parte de una etnia que como todas vivía bajo la opresión.

Emiliano Zapata y Francisco Villa héroes revolucionarios que con escasa cultura tuvieron el liderazgo suficiente para que miles de mexicanos los siguieran a donde ellos decidieron sin importar si en ello les iba la vida.

Siempre me he preguntado que pensarían esos hombres que acompañaron a Zapata en la toma de Cuautla o aquellos que galoparon en la primer carga de caballería en la batalla de Celaya donde Álvaro Obregón venció a Villa.

¿Sabrían que iban a morir? Probablemente si, pero estaban convencidos que si así fuera, tal vez ese era su destino.

Existen también casos como el de héroes anónimos que demostraron que un hombre decidido es capaz de cambiar la historia, como el Pípila que cargó sobre su espalda una gruesa piedra a la mitad del fragor de la batalla e incendió la puerta de la Alhóndiga de Granaditas.

O como aquel ferrocarrilero conocido como el Héroe de Nacozari quien tripuló fuera de la estación un tren que incendiándose significaba un riesgo inminente para los habitantes de esa población.

Sin embargo toda esa remembranza es motivada por una pregunta: ¿Existen héroes en nuestro tiempo?

Creo que si, pero desgraciadamente hoy no están entre los hombres y mujeres que se dicen líderes y que supuestamente representan a la sociedad.

Menciono esto porque estoy convencido que todos y cada uno de nosotros en el ámbito donde estemos podemos ser héroes comprometidos con el país, con sus ideales, con su comunidad y con la justicia.

Estas palabras fueron motivadas por lo acontecido en días pasados en el vecino municipio de Cerro de San Pedro donde el alcalde Oscar Loredo al final cedió ante las presiones de la Minera San Xavier y así por fin iniciar la explotación de la zona.

Quiero acotar que nunca prejuzgué al presidente municipal de San Pedro por su corta edad ya que eso nunca representa una limitante para defender los intereses de los gobernados o los propios.

Al contrario, en algún momento me pareció importante resaltar la valentía que mostró en sus palabras al enfrentar a Marcelo de los Santos Fraga gobernador del estado en su intención de autorizar a toda costa la operación minera.

Incluso enfrentó presiones del gobierno federal en la propia voz del presidente de la República quien en un evento público habló del tema y se convirtió en un vil gestor de la transnacional, pero bueno, que se puede esperar de un hombre que la totalidad de su vida y la totalidad de su riqueza la obtuvo lamiendo las botas de los dueños de otra corporación extranjera.

Pues bien, al igual que muchos más le otorgue al joven Oscar Loredo el beneficio de la duda y me fallo, dobló las manos y lo hizo justo en el momento en que ya había ganado la batalla.

Tuvo la gloria en sus manos y la cambió por un puño de migajas que tal vez ni siquiera tenga oportunidad de disfrutar.

Ahora está en riesgo de ser destituído por mentir y desacatar la instrucción del juez federal.

La verdad me da un poco de lástima, porque no debe haber peor castigo que con sus actos haya ofendido la memoria de su padre quien dio la vida por defender sus ideales, su pueblo y su familia.

Ahora debe reconocer la incongruencia de sus palabras y tragárselas, tiene que enfrentar el juicio popular de la comunidad que lo vio crecer y los que votaron por él.

La sentencia él ya la conoce y es para toda la vida: "Nunca más podrás ver a los ojos a aquellos que confiaron en ti".

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