LA PATRIA QUE TENEMOS
Por: Eduardo José Alvarado Isunza.
Después de casi doscientos años de que un puñado de patriotas hubiese ofrendado
sus vidas en busca del sueño por alcanzar una nación independiente que viniera a
concretarse en una vida digna y confortable para sus habitantes, conviene
preguntarnos qué hemos alcanzado, en qué condiciones nos encontramos y cuáles
son los desafíos para nuestro país. Pero ese análisis deberíamos efectuarlo de
manera crítica, en el mejor uso de nuestras capacidades reflexivas, porque a
menudo mezclamos nuestros juicios con puro material ideológico, entendiendo esto
como un discernimiento afectado o falso de la realidad, producto de las
relaciones de poder.
Es decir, cuando nos referimos a cuantas cosas suceden a nuestro alrededor a
veces simplemente reproducimos como merolicos aquello que otros dicen, a pesar
de que sean puras frases sin sentido o mentirosas. O bien, ubicamos
comodinamente nuestro juicio a nuestras propias condiciones de existencia,
creyendo que vivimos en la realidad y los otros en la irrealidad. Dicho de otra
forma, la ideología es una expresión sofista que busca ocultar la verdad de las
cosas, porque hay a quienes interesa falsear el verdadero origen o esencia de
cuanto pasa. Esto sucede con nuestros juicios acerca de infinidad de
acontecimientos. Pero ahora nos interesa discurrir acerca del tema de la patria.
A propósito de la celebración de las denominadas fechas patrias ha venido a
desarrollarse toda una ofensiva que busca exacerbar el fervor nacionalista de
los mexicanos, a grado tal que a Santiago Creel, secretario de Gobernación, vino
a ocurrírsele la genial idea de ordenarnos a todos los mexicanos cantar el Himno
Nacional a las 12 horas del día 15 de Septiembre. Su justificación fue que de
esa forma honraríamos los 150 años de ejecución pública de nuestro canto. Por lo
mismo, a todas las escuelas, oficinas públicas, radiodifusoras y televisoras fue
transmitida esa instrucción por fax, cuyo contenido incluía la letra del Himno
Nacional por si alguien lo hubiese olvidado.
Nos viene a la mente que a todos los fascismos, dictaduras o regímenes de
derecha, que con discursos y ceremonias manipulan sistemáticamente a las masas
con la intención de neutralizarlas y disuadirlas de hacer efectivos sus derechos
ciudadanos, viene a ocurrírseles orquestar intensas campañas propagandísticas
que buscan inflamar los fervores nacionalistas del pueblo. Así tratan hacer
creer a las multitudes harapientas, desesperadas y resentidas que primero están
la unidad del país, la identidad con históricas gestas heroicas (a pesar de que
éstas hayan sido desnaturalizadas o falseadas por las versiones oficiales) y la
lealtad con los grandes intereses de la patria (que en realidad corresponden a
grupos de poder político y económico), antes que pelear por lo que les
corresponde.
Es cierto que entre el pueblo anida un fuerte aliento patriótico y nacionalista.
Tenemos muy enraizadas nuestras costumbres, tradiciones, y una variada
constelación de códigos significativos, que incluye desde la ubicación del
núcleo familiar en las formas de experimentar la vida, hasta cuestiones como la
construcción cultural del sentido del gusto. Casi todos vibramos por los éxitos
intelectuales, académicos, científicos, tecnológicos, deportivos o comerciales
obtenidos por mexicanos en el extranjero. Nos enorgullece que la tortilla de
maíz y el taco vayan constituyéndose en golosina global; y nos ofende que el
Penacho de Moctezuma siga en manos ajenas a las nuestras, como si eso ofendiese
nuestra dignidad.
Sin embargo, está claro que por lo menos existen dos proyectos de nación
confrontados; y en consecuencia hay también distintas formas de percibir lo
mexicano y de expresar el aprecio por cuanto nos identifica. Por un lado
continúa palpitando bravamente aquel viejo ideal de justicia y mejoría en las
condiciones de vida que llevara a la guerra a miles de indios y mestizos en
diferentes momentos, uno de los cuales fue precisamente el período
independentista. Por otro ubicamos el mezquino interés de los grupos
históricamente privilegiados que sólo usan el nacionalismo y el patriotismo para
manipular, como ya hemos dicho, porque únicamente buscan beneficiarse a través
de la rapacidad, la depredación y la esclavitud.
En uno resoplan poderosamente las antiguas formas de percepción e intervención
en el mundo que pertenecían a los pueblos prehispánicos y que, al cabo de
quinientos años de sometimiento a través de la violencia, persisten por medio de
nuevas elaboraciones de las clases a que dieron origen aquellos grupos, como el
proletariado y el campesinado miserables. Podemos encontrarlas en todas aquellas
manifestaciones a las que los grupos hegemónicos aplican el epíteto de "teco",
"naco", "feo", "inculto" o "analfabeto". En otro habita el enfermizo gusto de
las elites por las producciones extranjeras, en cuyas metrópolis buscan sus
orígenes genéticos y elementos ideológicos de toda clase, incluyendo los
estéticos, que les permitan sustentar sus propósitos, elaborar castillos
retóricos y configurar incluso ideales de existencia.
Pero ambos proyectos no vienen a confrontarse solamente en un plano simbólico;
es decir, la tensión no corresponde al puro espacio de la producción del sentido
o de la cultura. En el fondo está siempre la disputa por la relación con la
riqueza socialmente construida. Por un lado están siempre anhelantes los deseos
de una enorme masa del pueblo miserable por acceder plenamente a los bienes en
cuya producción tiene una participación fundamental, porque está claro que no
puede haber riqueza sin trabajo humano agregado a la transformación de las
cosas. Por otro lado pujan los grupos privilegiados por la posesión privada por
adueñarse de la mejor porción de dicha riqueza.
Después de casi doscientos años de iniciada la lucha independentista aquel
antagonismo entre los dos proyectos de nación sigue siendo la nota importante de
nuestra historia. Con algunas particularidades más en este momento. Una de
ellas, que las propias burguesías nacionales, como la mexicana, han perdido la
posibilidad de constituirse en fragmentos hegemónicos dentro capitalismo mundial
y están por convertirse solamente en servidumbre o empleados de pedigrí. Y otra,
que el territorio nacional está cada vez más depredado y contaminado, porque ha
sido convertido en basurero y surtidor de materia prima de las metrópolis del
capital extranjero. Algunos de los pocos santuarios que siguen manteniéndose
pertenecen de facto a extranjeros. Millones de mexicanos pasarán su existencia
sin conocer alguna de las maravillas naturales que pertenecen a la nación
(pienso en Xelhá, por ejemplo). Peor aún, de la patria no tendrán siquiera diez
centímetros cuadrados de posesión.
Aún así, la idea de justicia y bienestar que llevara a la lucha independentista
a miles de indios y mestizos miserables y esclavizados, hace casi doscientos
años, resuella duro, más allá de las ceremonias oficiales que organizan quienes
buscan manipular el sentimiento patriótico y nacionalista de la masa humilde
para confundirla y permanecer aferrados hasta con las uñas a sus privilegios.