FRANCISCO MORAZAN

CAIDA Y MUERTE DEL GENERAL

Exposición de la Sociedad
de Geografía e Historia de
Costa Rica sobre las verdaderas
causas de la caída y muerte del
general don Francisco Morazán

El 15 de septiembre de 1942 se cumplen cien años de haber sido fusilado en la plaza mayor de la ciudad de San José el General don Francisco Morazán, acontecimiento luctuoso que se va a conmemorar en Centro América y por el cual se han proferido acusaciones, censuras y agravios contra Costa Rica. Con tal motivo la Sociedad de Geografía e Historia se considera en la obligación de exponer las verdaderas causas de esa tragedia; por ser generalmente ignoradas o mal conocidas fuera de nuestro país.

En las hermanas Repúblicas de Centro América se suele creer y decir: "Morazán quería la Unión Centroamericana, pero los costarricenses separatistas se oponían a que lo hiciese y por eso lo mataron". De esta creencia y de este aserto, tan contrarios a la verdad histórica, nació la leyenda negra que desde un siglo ha venido pesando sobre Costa Rica.

Tan infundada es esta leyenda que en su apoyo no se puede alegar ninguna prueba fidedigna. Basta decir que ni uno solo de los documentos históricos relativos a la gran crisis política de septiembre de 1842, se refiere al sentimiento separatista costarricense como al factor de la caída y muerte del General Morazán: y es indudable que aún admitiendo que ese sentimiento existiese en aquella época, no hubiera podido provocar por sí solo en un pueblo pacífico, como es el de Costa Rica, una explosión tan violenta de rebeldía, a no ser que hubiese tenido en él un arraigo y una fuerza de que en vano se buscarían manifestaciones anteriores. No las hubo nunca porque en ningún tiempo se apasionó el pueblo costarricense ni por la unión ni por la separación. Acatando la voluntad de sus gobernantes había entrado en el régimen federal y salido de él sosegadamente. No participó en las luchas entre unionistas y separatistas que e! nsangrentaron a los otros Estados centroamericanos, mantenien! do siempre una actitud pasiva de neutralidad en esta cuestión que para él sólo era de un interés remoto y secundario, honestamente preocupado como estaba por otra muy grave y de carácter local.

Para entender bien esta cuestión es preciso echar una mirada retrospectiva a los diecinueve años de nuestra historia que precedieron al de 1842 y remontarse hasta la guerra civil de 1823, que motivó el traslado de la capital a la ciudad de San José con perjuicio de la de Cartago. La profunda discordia que este hecho produjo trajo como consecuencia otra guerra civil en 1835, cuyo objeto principal fue el de quitarle a San José la capitalidad del Estado.

Resultaron vencidos los que pretendieron hacerlo pero no fue extinguida la discordia que continuó sordamente refinada por el puño fuerte de Carrillo, cuyos enemigos perdida toda esperanza de eliminar a este gobernante sostenido por los josefinos, resolvieron llamar a Morazán, proscrito de Centro América, para conseguir por su mano lo ! que no podían alcanzar con la propia. Resumido así el conflicto interno de Costa Rica en aquel tiempo, se explica que el asunto de la posesión de la capital fuese para los costarricenses el de mayor importancia de los de orden político, el único que apasionaba los ánimos y podía poner en peligro la paz del Estado. Todos los demás tenían para ellos escaso interés, inclusive el debate sobre la Unión Centroamericana tan ardiente en el resto de Centro América.

Bien sabían los que abrieron las puertas del país a Morazán que este ilustre caudillo del federalismo centroamericano habría de procurar con empeño su establecimiento y la circunstancia de no haberlos detenido esta perspectiva prueba que no existía en Costa Rica un sentimiento de hostilidad contra la unión capaz de ser un obstáculo para la entrada de Morazán y lo prueba también el hecho de que en la Asamblea Constituyente no se manifestara ninguna repugnancia a la reconstitución de la República federal disuelta en 1838.!

Morazán se abstuvo con acierto de tocar el asunto de la c! apital porque este si hubiera suscitado en la Asamblea los más ardientes debates creándole a él muy graves dificultades y ya tenía bastantes entre otras la gran escasez de recursos para el sostenimiento de su ejército y su armada y el descontento que había contra un gobierno compuesto de forasteros circunstancia que además de lastimar el amor propio costarricense se traducía en la posposición de los intereses del país a los de un gobernante a quien tan sólo preocupaba de verdad lo que estaba corriendo más allá de la frontera del Estado. Por otra parte no es cierto, como tanto se ha dicho, que él país entero recibiese a Morazán con los brazos abiertos. El pueblo josefino no obstante la capitulación del Jocote, le fue hostil desde el principio y hasta intentó hacer armas contra él en mayo de 1842, dictando Morazán con este motivo dos decretos draconianos comparados con los cuales los más severos de Carrillo resultaban indulgentes. La hostilidad de los josefinos no era porque Morazán encarnase el unionismo centroamericano cosa que les era más o menos indiferente. Lo que no le perdonaban era haberles quitado a Carrillo, a lo que se añadía el temor de que le quitase también a San José su rango de capital.

El restablecimiento de la República de Centro América decretado por la Asamblea para complacer a Morazán, no despertó en el país ninguna oposición. La verdad es que nadie creía que esta medida pudiera tener efecto. Dado que los demás Gobiernos centroamericanos eran adversos al propósito de Morazán, resultaba evidente que éste sólo podría realizarlo durante la guerra y Costa Rica era demasiado débil y pobre para suministrarle los elementos que semejante empresa requería. La opinión general era que a la pobre y por fuerza de las circunstancias Morazán se vería obligado a renunciar a su proyecto, evitándose así una guerra muy impopular en Costa Rica. Así fue que al perder de pronto la confianza que abrigaba en la conversación de la paz, el país se ! sintió verdaderamente consternado. Las despóticas medidas dic! tadas por Morazán para hacerse de dinero y de soldados ya no permitían dudar de la realidad de la guerra y por lo tanto de la ruina y de la muerte, y los costarricenses no querían ni arruinarse ni morir por una causa que no les importaba. Dinero era muy poco el que había en Costa Rica, y en cuanto a los soldados ningún hombre cuerdo estaba dispuesto a dejar su hogar, su familia y sus intereses para ir a correr una aventura que sólo podía ser desgraciada.

No rehusaban los costarricenses unirse a los demás pueblos centroamericanos voluntaria y pacíficamente como lo hicieron en 1824. A lo que se oponía era a la violencia y al derramamiento de sangre, cuya inutilidad para el fin perseguido por Morazán estaba bien demostrada por los tristes resultados de las guerras anteriores, y no cabe duda de que si los otros pueblos de Centro América hubiesen querido rehacer la Federación en 1842, el de Costa Rica no se habría negado a entrar en ella, siempre que no se alterase la paz.

¡Impaciente y mal aconsejado, Morazán creyó vencer la renuencia del pueblo costarricense, extremando su despotismo, y una vez lanzado por camino y tan malo no hubo exacción a que no acudiese para sacar el dinero a las corporaciones y a los particulares, ni tropelía que no cometiera con los que rehuían tomar las armas, castigando también sin piedad a sus familias inocentes. El dolor y la desesperación reinaron en las poblaciones y los campos, un manto de duelo y de terror cubrió a la desventurada Costa Rica!.

Todo pueblo amante de la libertad y exasperado por la tiranía de su gobernante se encuentra al borde de la rebelión. Morazán no la previó o no creyó en ella y, después de haber lanzado el pueblo josefino el grito de libertad o muerte, la desdeño, confiado como estaba en su propio valor y el de sus tropas forasteras y contando además con el auxilio que le darían las ciudades de Cartago, Alajuela y Heredia enemigas de la de San José, pero al hacer este cálculo Morazán no tomó en cuenta la reacción que puede tener un pueblo cuando se le hiere en su patriotismo. Al enterarse los heredianos y alajuelenses de que los josefinos estaban muriendo por la libertad de Costa Rica en las calles de la capital echaron en olvido sus rencores para acudir en su defensa, ya que aquellos hombres eran, ante todo, sus hermanos. Tan sólo los cartagineses permanecieron fieles a Morazán combatiendo a su lado y no porque ellos fuesen unionistas y los josefinos separatistas sino por el secreto anhelo de tomar desquite de las derrotas de 1823 y 1835.

Por consiguiente, se puede afirmar que en septiembre de 1842 los costarricenses tomaron las armas únicamente para defender su libertad, y así se puede afirmar también que no fue el separatismo que nos atribuye la causa de la caída y muerte del General Morazán que en realidad sólo fueron consecuencias del despotismo de su gobierno, de los desmanes de sus jefes y oficiales, que se portaron como en país conquistado y de los excesos de su soldadesca indisciplinada y procaz. Sin emba! rgo el pueblo de Costa Rica no fue guiado en su justa rebelión ni por el odio a la idea que representaba Morazán, ni por un deseo de venganza contra su persona, como lo prueba el acta de pronunciamiento de la ciudad de Alajuela en que se declara que las miras de Costa Rica "han sido, son y serán las de concurrir a formar la unidad nacional" y se le prometía a Morazán tratarlo con las debidas consideraciones y darle los auxilios necesarios para salir del país. Lo prueba también el ofrecimiento de garantías que para él y todos sus secuaces le hizo don Antonio Pinto, jefe de la rebelión en carta que desgraciadamente no llegó a su destino, por haberse fugado Morazán a Cartago donde fue hecho prisionero.

Esta fuga tuvo las más deplorables consecuencias, porque la plebe sublevada, al sentirse victoriosa, se desenfrenó, apoderándose de ella una cólera terrible ante el espectáculo de los montones de cadáveres de sus hermanos que cubrían las calles de San José, después de tres día! s y tres noches de encarnizada lucha. Desde ese instante ya n! o fue posible contenerla, llegando su furia hasta el extremo de amenazar con la muerte a sus caudillos si éstos se negaban a hacer su voluntad. De suerte que por mandato incontrastable de esta plebe enloquecida y todopoderosa en aquella hora aciaga fueron llevados al patíbulo los generales Morazán y Villaseñor, con dolor de los que en tan terribles circunstancias no habían perdido el juicio. Sin embargo, esta misma plebe se abstuvo de inferir ninguna ofensa a las víctimas y de festejar su muerte, como fue festejada la de Morazán en otras partes de Centro América.

Esto es lo que resulta de la tradición oral costarricense y lo que confirman los documentos existentes en nuestros archivos, acerca de las causas de la revuelta de septiembre de 1842 y de sus consecuencias. Si esta tradición y estos documentos no mereciesen fe a los que se aferran en mantener la tesis de que nuestros separatismo fue el factor de la muerte del General Morazán, se puede invocar en contra de esa tesis testimonios que no son de costarricenses, como el del ilustre prócer guatemalteco Dr. Don Pedro Molina, ardiente unionista y testigo de los acontecimientos:

"Los que verdaderamente causaron la muerte a Morazán-escribe el Dr. Molina en 1843--, fueron sus mismos oficiales y consejeros: los primeros por su desmoralización comenzando por el Jefe de Estado Mayor Saget, que siempre estaba borracho. Antes de la frasca hubo conspiradores entre estos mismos oficiales. Sería largo de contar los atentados de la dicha oficialidad en el pueblo y lo irritado que lo tenía por consiguiente. Agréguese a esto el P. Menéndez agitando y dictando providencias funestas, sin que Saravia las pudiese impedir, por el influjo que el clérigo tenía en Morazán, y están encontradas las verdaderas causas de la rebelión..."

Un hombre como el Dr. Molina no habría dejado de citar el separatismo costarricense entre esas verdaderas causas, si en efecto hubiera sido una de ellas.

Veamos ahora el test! imonio de don Manuel Irungaray, notable hombre público guatem! alteco, compañero de Morazán y también testigo de los hechos. Dice en 1842:

"En un espacio de diez leguas están comprendidas las cuatro ciudades principales de Costa Rica y están casi unidas por las poblaciones rurales o casas de campo intermedias. Esta circunstancia pareció que facilitaría la recluta de unos mil quinientos a dos mil hombres, sin considerar las circunstancias de este pueblo. En él hay muy pocos que sean puramente jornaleros, los más tienen alguna propiedad, los más son casados y padres de familia, su arraigo, por consiguiente. Es muy grande en su país. He aquí, pues, que lo que parecía fácil se hizo difícil. Otra dificultad, el país es pobre, apenas hará veinte o veinticinco años que el descubrimiento de sus minas de oro y después por el cultivo del café ha comenzado a enriquecerse y con eso muy pocos tienen, no digamos gruesos, sino medianos capitales".

Si fue preciso usar de la fuerza para reclutar gente, para reunir caudales no se necesitaba menos.

"¡Los jefes del general Morazán, con el auxilio de los comandantes locales, reunieron la gente, sin admitir excusas ni excepciones. El General decretó contribuciones forzosas extraordinarias, pena de confiscación de bienes que se venderían en esta pública. Ordenó la consolidación de los capitales puestos a censo redimible, valor de tierras vendidas por el Gobierno, los de Capellanías y obras pías, y sus comisionados pusieron con vigor en ejecución sus decretos. Se mandó igualmente que las propiedades de los que huían a los motes se enajenasen para compelerlos a tomar las armas"!.

Tales medidas surtieron su efecto... Había ejército, había dinero, los cuerpos habían empezado a salir, pero no había voluntad ni opinión, sí muchas lágrimas y lástimas por todas partes. ¿Qué le importaban a este pueblo pacífico las miras grandes o estrechas de Morazán? El no veía más que su gente sacrificada a los trabajos de la guerra y a la muerte en expediciones lejanas, sus capitales consumidos, su! s armas y pertrechos mal empleados y perdidos, y su buena armonía con los demás Estados destruida. No lo quiso sufrir y uso del derecho que le compete a los pueblos oprimidos.

Como se puede ver, el señor Irungaray tampoco cita nuestro separatismo entre las causas de la rebelión. A este respecto se limita a decir que al pueblo costarricense no le importaban los proyectos de Morazán y así era la verdad.
A nuestros mayores lo mismo les daba unión que separación con tal que los dejasen vivir y trabajar en paz.

Si el separatismo costarricense hubiera sido la verdadera causa de la caída y muerte de Morazán, no cabe duda de que el Gobierno surgido de la revolución, por fuerza tenía que ser el representante y el vocero de ese sentimiento. Ahora bien, de tal modo no lo fue, que a raíz de la tragedia se dirige al de Nicaragua para manifestarle que Costa Rica "deseaba vivamente estrechar los lazos de amistad y verdadera unión con los otros Estados de la República", y algunos días después le confirma este deseo, expresándole que guiado por la opinión pública está dispuesto a colaborar con Nicaragua "al establecimiento de la unión Nacional, con tal que sea por solo los medios de convencimiento.

¿Se quiere prueba mejor de que en Costa Rica no imperaba el separatismo, aún después del infausto gobierno de Morazán?

Siempre hemos lamentado los costarricenses que un hombre tan excelso como el General don Francisco Morazán, adalid de un gran ideal, encontrara en nuestro país la muerte en el patíbulo, más no por esto dejaremos de protestar en toda ocasión contra el cargo que se nos hace de haberle dado muerte por odio a ese mismo ideal, porque este cargo no sólo es injusto, sino totalmente contrario a la verdad histórica.

San José, 6 de diciembre de 1941

R. Fernández Guardia
Director

Rubén Yglesias
Secretario



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