DEPARTAMENTO DE YORO

MUNICIPIO DE OLANCHITO

Armando García
(Olanchito, tanto de tanto de mil novecientos tanto. Ese negro anda por ahi]

Al referirnos a este prolífico escritor, no podemos dejar por fuera su obra cumbre: HECHOS NECIOS QUE ACUSÁIS, en el que el autor logra lo que ningún escritor hondureño había podido hasta ahora: Que nos doblara de la risa.

Este libro es un jolgorio y quien lo lea no parará de reír desde la portada hasta la contraportada y seguirá riéndose por unos días hasta que vuelva a ser hondureño normal: agüevado, ensimismado, preocupado, tenso, amargado, temeroso, pusilánime, tímido, callado, medroso, cohibido, apocado y hasta devaluado.

Necesitamos un libro como este en donde los hechos acusan, ponen el dedo en la llaga y terminamos riendo de la desventurada suerte del país que habitamos.

¿Quién le ha impedido a este negro decir la verdad en forma humorística? ¡Ni Horacio! Los doce cuentos vienen precedidos por un sesudo análisis por parte del doctor en literatura Oscar Saramado, una eminencia en el campo de la literatura quien para realizar el prodigio del prólogo, se auxilió de los mejores textos nacionales e internacionales y damos así una apreciación novedosa, clara y profunda de la obra garciamandiana.

El argumento de la obra es sencillo: lo podríamos sintetizar de la siguiente manera: Ese Melchor que todos ustedes conocemos, un tal Matute a quien la desenfriol no le quita el dolor de cabeza, vive feliz en su hogar, dulce hogar, con una mujer que sólo es virgen de la cintura para arriba. Nuestro personaje considera que no hay dicha tan grande como la de nacer en Honduras (como lo desearan todas las criaturas), porque allí, al nomás regresar al pueblo, uno es capaz de cometer actos inmorales; puede, inclusive, ignorar el último pasaje de Tirantes, hacerse el de a peso y decir a todos, con el pecho abierto: ¡No hay tal culebra 'e cacho! ¿Diga usted si no es verdad?

Otros autores de renombre internacional han dado su opinión sobre tan magnifico libro. Veamos lo que expresó el extraordinario brasileño Jorge Amado: "O melhorlibro queeu tive rzas min1as mdos"; (Jornal do Brasil). El célebre Graham Green escribió en el London Times: "To read this book or burst". Algo así como: Leer este libro o reventar. Cuando se le pidió su comentario sobre el libro Hechos Necios que Acusáis, al poeta hondureño, putativo hijo de Olanchito, Juan Ramón Saravia contestó entre carcajadas: "Lo diré cuando deje de reirme" .

Y desde Cuba el poeta astro Nicolás Guillén le envió el siguiente telegrama al autor: "¡Un libro del carajo, chico!". Como puede usted apreciar, caro lector, es enorme el revuelo que está causando este libro descomunal.

Pese a eso, el autor no pierde la humildad al expresar que "Los Hechos Necios que Acusáis... son puros cuentos". Ya se han agotado las dos primeras ediciones y la casa editorial Munir XXI se dispone editarla tercera con un tiraje fabuloso que sobrepasa los cien mil ejemplares, lo que colocará a Los Hechos... a la altura de los best sellers que publican las editoriales gringas.

Por si Ud. no lo sabía, Mando García es el escritor hondureño más prolijo. Cuenta en su haber con cuatro novelas, cinco libros de cuentos, cantidad de poesías, antologías, testios e infinidad de obras teatrales pensadas.

Como vemos, este autor no ha dejado género alguno por fuera, lo que dice mucho de su infatigable trabajo intelectual y de remate, para mantener el brazo caliente, escribe en la sección literarias CRONOP1OS de diario La Prensa de San Pedro Sula, en dicho medio también mantiene su columna Armándola, pero lo que lo ha llevado a la cumbre de la fama es sin duda alguna, la negritud que lo caracteriza, ese don de negro feliz y ese desparpajo e irreverencia con que mira la vida. Ese es Mando García, ese negro que anda por ahí...

Virgen de la cintura para arriba
A Luis Edgardo Solís Martínez, "El conejo".

El sol perpendicular detenido por la sombra del higuero. Los tábanos insistían una y otra vez. La burra coceaba y parecía hundir el suelo con la fuerza de una barreta de siembra. Yo agarrado al bozal que le socaba el hocico. Mi abuelo terminaba de pegar la carga de caña brava, amarrando con dos vueltas el cubojón del aparejo.

Lejos, en el guarumo del cerco, la bulla de las piapías. Mediodía en punto y los tres nos parábamos en nuestra sombra.

-Usted va adelante, Calamán, jalando la burra, que no se traben las puntas en los bejucos -dijo mi abuelo .

Íbamos midiendo cada pasos entre el lodillo y el camalote. Atrás, entre el cloclós, cloclós del paso de la burra, la voz de Nayo cantaba "pastorillo, parás, parás...", acompañando las notas con inútiles palmadas contra los mosquitos.

Salimos a la carretera y aún despedíamos el olor a yautía y ñame puerco. El silencio de mi abuelo fue roto por segunda vez:

-Eche la burra por delante; déjela que trabaje sola.

Mi abuelo continuó con paso lento. Su mano derecha sostenía, a la altura del hombro, el hacha de doble gavilán. Seguíamos caminando. Mi abuelo, silencioso, con la mirada perdida en el horizonte de jamacuaos que cercaban la hacienda de don Felipe. Nayo y yo hablábamos de todo sin que nos escuchara el viejo. Sólo alzábamos la voz cuando lo permitía el ruido de las caña bravas que arrastraban las puntas.

-Ya nombraron a las mayordomas —dijo Nayo con alegría.

-Ujú- contesté con sorna cómplice.

La plática fue interrumpida por mi abuelo cuando nos dio un pedazo de rapadura con tortilla. Olvidamos por un momento la fatiga. Con palabras entrecortadas por el bocado, Nayo dijo:

-A1 descuido, le suspendemos las faldas a la milagrosa.

La reverberación era terrible y paralizada hasta los cogollos más tiernos. Mi abuelo sacó de las oquedades pastosas de su garganta:

-¡Turcos de mierda!

Miramos que venia en bicicleta el palestino.

Bichara, pelón, con cigarrillo en pitillera y el rifle terciado a la espalda.

-Adiós, don Agnasio- soltó al pasar.

-Adiós- farfulló mi abuelo, con la vista impasible clavada en el azul del cerro Pacura.

Por su comentario entendimos el desprecio que tenía por los comerciantes que controlaban la plaza del pueblo. Al llegar al corral de la hacienda de don Felipe, frente a las pilas, encontramos a vendedores de lotería, sastres, zapateros, maromeros, putas y achines que iban, ese viernes a esperar el pago de los jornaleros en los campos bananeros. Cruza-mos la linea férrea y entramos al pueblo por la calle de los Mirriñaques.

Minutos después, en el trascorral de la casa de mi abuela, aperchamos la carga bajo el tamarindo. En el comedor, por boca de tía Cosme, nos enteramos de ya hablan pasado los seis primeros viernes en honor al Sagrado Corazón y que ese día les correspondía arreglar el altar a las mayordomas de mi barrio, entre ellas, mi tía, quien nos ordenó que jaláramos las palmas de coco, las ramas del limonero, las flores de mar pacífico, las hojas de teocinte y el aserrín teñido para arreglar el altar .

Además, señalando con dedo tenebroso, dijo:

-¡Sin jodedera,cabezas de alcornoque! ¡Solo quiero que estén con batajolas en la iglesia...!

Nos quedamos callados. Y cuando no había moros en la costa, Nayo empezó a decir que patati que patatá, que la virgen tenia calzones como las muñecas Barbie que vendían en la tienda del turco Chahin. Yo alegaba que las piernas eran como las de Minda Amador, a la que siempre mirábamos, por la rendija de la puerta, con Alfredo Totoposte en el cuarto que les alquilaba don Lalo.

En la tardecita descargamos el hojarascal en la esquina de la sacristía. Soplaba un viento fresco y una calma de cementerio se tocaba en todos los huecos de la iglesia. Nos encaminamos hacia el altar. Llegamos frente a la virgen. Nervioso, Nayo comenzó a levantarle la crinolina mientras yo sentía un espumaraje helado en las tripas y un calambre en las pantorrillas. ¡La Milagrosa no tenia piernas ni calzones sino un pijín de tablas como banco zancudo invertido!

A saber de dónde salió don Memo, el sacristán, que de un talegazo hizo rebotar a Nayo sobre las bancas. De la carrera, casi le doy vuelta a la alcancía mayor y en dos patadas llegué al mercado. Esperé a Nayo en el callejón de la despulpadora de arroz y, para que mi tía Cosme no se arrechara, fuimos a la llave del patio. Nayo se lavó la sangre de la nariz y de la camisa, y hablando janiche por el sopapo, dijo: H¡pajas! ¡por ese tablero cómo iba a nacer el Niño Dios...!

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