DPTO: FRANCISCO MORAZÅN

MUNICIPIO DE TEGUCIGALPA

El Retorno

El período de don Francisco Ferrera marcó el sino de la alcaldía mayor ya que en las elecciones que cubren el período del 40 al 50 los candidatos electos para la alcaldía se reducen a los nombres de las viejas familias mineras con experiencia burocrática pasando los períodos por su órden de don Juan Tablas, don Atanasio Castro, don Pedro Galindo, don Desiderio Durón (hijo de Macedonio, el minero más importante en el período posindependentista).

Para 1855 el cabildo de Tegucigalpa se reúne para apoyar a la universidad cuyo reconocimiento como tal había suscrito en 1837 don Juan Lindo en su carácter de presidente, siendo ponente para la solicitud el síndico municipal don Justo Pérez, quien ejerce la influencia por un largo período, volviéndose a manifestar las ideas del bien común y sobre todo la fidelidad del cabildo a la soberanía e independencia del país, de manera tal que consta la protesta que el cabildo ejerce cada vez que entran grupos extranjeros armados a la ciudad.

El cabildo abierto de 1855 nos ofrece el testimonio de los principales vecinos de la ciudad aglutinados alrededor de la fuerza municipal. En esa acta constan como firmantes todas estas personalidades: Quintín Xirón, Ilario Sevilla, José Antonio Vigil, Francisco Veles, Cecilio Bustamante, Ramón Midense, José de la Rosa Coello, Francisco Planas, Atanasio Castro, Blas Cano, Trinidad Estrada (sacerdote), Joaquín Bustillo, Francisco Reyes, José Manuel Selva, Leocadio Lardizábal, José Agapito Lazo, Indalecio Vásquez, Manuel Emigdio Lardizábal, Eusebio Sevilla, José María Bonilla, Faustino Dávila, Jacóbo Gómez, Martín Paz, Manuel Morazán, Adolfo Zúniga, Francisco Ruiz, Isidoro Escobar, Juan Jirón, Tranquilino Bonilla, Hipólito Matute(médico y sacerdote), José Trinidad Reyes, Gregorio Rivera, Ignacio Romero, Manuel Vijil, Benito Reyes (canónigo), Bernardo Inestrosa, Buenaventura Selva, B. Hernández, Liberato Moncada, Rafael Veles, Luis Argueta, Juan Pagoaga, Pablo Estrada, Leopoldo Sevilla, Justo Pérez, Cruz Sifontes, Carlos Vijil, Leandro Alvarado, Pedro Sevilla, Manuel Sevilla, Francisco Irías, Concepción Pagoaga, Manuel A. Casco, José Ferrari (alcalde de Tegucigalpa en 1872), José María Lazo (alcalde de Tegucigalpa en 1865).

A pesar de que las figuras de los alcaldes representan un retorno a entender la alcaldía, pero no como la impulsadora de la fuerza comunal si no más bien como una especie de contralor que evita los desmandes y los disturbios callejeros, gracias al pánico que aún cundía en las mentes del famoso alzamiento de La Plazuela en 1827, en que se irrespetaron algunas de las primeras familias tal como consta en el testamento de don Carlos Selva, en el que se refiere a ;la pérdida de sus papeles y libros de cuentas, que perecieron cuando la turba atacó su casa en los célebres acontecimientos del 27 ; los antiguos mineros como don Juan Tablas o don Atanasio Castro, trataron de reinstaurar el régimen paternalista con las capas poblacionales medias, que en esa época ya eran las abuelas(os) de aquellos jóvenes imprudentes y pachangueros que presionaban constantemente para obtener privilegios -cargos subalternos de las dependencias de la alcaldía- protestando o acusando a los munícipes cuando el cargo solicitado no era conferido aduciendo segregación por etnia o pobreza. Así fue como se incrementó el espíritu de igualitariedad que ha sido uno de los principales mitos que han permeado la sociedad tegucigalpense.

Sin embargo, una aparente ;pax social ; caracterizó esta época en la que concurre además el divorcio que se había suscrito entre el poder municipal y el poder religioso establecido desde la ruptura del 29 con la expulsión de las órdenes religiosas, la inversión de las rentas decimales y la progresiva desacralización de la sociedad, que desembocó con la célebre ;guerra de los curas ; en el año 42.

Así la ciudad, sobre las ruinas del esplendor que la caracterizó durante el siglo XVIII, languideció en una lenta, lentísima, certera y prolongada indefinición no sólo de la política si no de la antigua euforia de amor y orgullo por la ciudad ejercida por cada uno de sus habitantes. El cabildo municipal es el que presenta características interesantes porque en él, y sobre todo en las actas municipales podemos ver el pluralismo étnico y sobre todo el privilegio que como letrados se da a los miembros de la corporación.

Dependiendo de la alcaldía municipal, los juzgados, es decir el poder legal, se manejó en excelentes manos ya que los jueces de ese período son sin lugar a dudas los hombres más probos de su tiempo tal como consta en los protocolos de jueces de primera y segunda nominación en que aparecen nombres distinguidos no sólo por su honestidad si no por su sentido de justicia, fama de letrados tales como don Cirilo Quiñones, don Pablo Irías, don Matías Zúniga, don José de la Rosa Coello y el célebre latinista don Francisco Botelo.

Un buen cabildo municipal unido a un conjunto de jueces probos, fueron la garantía de la eficacia del poder municipal en una época en que si bien es cierto la ciudad perdió el impulso del desarrollo, además de validar el poder en sí como legítimo se convirtió en un gobierno conservador que se preocupó profundamente por evitar la capacidad de daño.

Siguiente



REGRESAR A TEGUCIGALPA