DPTO: FRANCISCO MORAZÅN

MUNICIPIO DE TEGUCIGALPA

El Alcalde de la Federación

El general Francisco Morazán -que había venido luchando no sólo por la legalidad del sistema, sino por mantener unidas las provincias de Centroamérica- tomó posesión de la presidencia de la Federación en la ciudad de Guatemala en solemne acto, en el cual por primera vez vistió el atuendo de general de división, utilizando uno de estilo francés, con guerrera bordada y tricornio de pluma.

La mayoría de sus amigos, tanto de Comayagua como de la ciudad de Tegucigalpa, se hicieron presentes en tan magno acontecimiento, en especial su esposa doña Josefa Lastiri Lozano, cuya efigie podemos ahora admirar en la espléndida copia de un ferrotipo, que fue propiedad de la familia Van Sereven y que reprodujo el pintor nacional Mario Castillo Cárcamo para el fondo histórico de la Fundación para el Museo del Hombre Hondureño.

En Tegucigalpa no sólo se dio la euforia federalista si no que se hizo presente también el carisma del general Morazán, hijo predilecto de la ciudad, a quien le rodeaba un cuerpo de élite que le había acompañado en sus campañas y ;los indios ; de Texiguat que reclutaban para sus campañas sus amigos, Joaquín Rivera y Bragas y Francisco Antonio Márquez y Santolaya, desde aquella población sufrida y doliente. Tanto don Diego como José Antonio Vigil y Liberato Moncada eran miembros no sólo del Estado Mayor si no que eran las personas en que el general Morazán depositaba su confianza.

Un grupo de ciudadanos -grandes amigos todos de don Liberato Moncada- hicieron la propaganda para llevar a la alcaldía al hermano de don Liberato, el joven Zotero Moncada, quien recientemente había regresado de El Salvador casado con la bella y distinguida Raimunda Milla y ofrecía los servicios como odontólogo en la calle cuarta del comercio en la ciudad de Tegucigalpa, y en la botica adjunta a su residencia, ofertaba a los parroquianos placas y prótesis con dientes naturales o de marfil y también en estaño, así como decoraciones en oro e incrustaciones en chispas de brillantes. ( ;Anales del Archivo ;. Biblioteca Nacional.).

Los Moncada eran una antigua familia afincada en el partido de Choluteca, cuya actividad principal habían sido la ganadería y la agricultura, con lo cual tenían parientes no sólo en el casco suburbano de Yuscarán, si no posesiones en Orocuina y Apasilagua, de algunos de los parientes con casa en el puerto de Corinto, Nicaragua. Es importante recordar que las familias se asentaban en lugares propios para las actividades agropecuarias o mineras.

De los hijos de don Zotero Moncada Garmendia y Montealegre, se sabe de tres de ellos que se radicaron en la alcaldía mayor, viviendo -según las necesidades de sus intereses agropecuarios- ya fuera en Choluteca o en la cuidad de Tegucigalpa, mientras los padres seguían radicando en Corintio. Estos tres hijos eran: don Liberato, don Zotero y Francisca Moncada Fiallos.

Del primero, don Liberato, hay un perfil biográfico muy claro que todo su tránsito por Centroamérica es visible en las huellas de las luchas morazánicas, don Zotero -por el carácter íntegro tanto por alcalde como juez de primera instancia- de una vida ciudadana ejemplar y de la dedicación que su esposa doña Raimunda tuvo al arte dramático que hace que en los años centrales del siglo XIX, el padre José Trinidad Reyes le dedique la más difundida de sus pastorelas titulada ;Olimpia ; en el personaje central, la fina y delicada pastora, de nombre griego, emule -según testimonio de don Angel Ugarte- la imagen de frágil y peregrina belleza de la esposa del alcalde que realiza el primer ensanche urbano de Tegucigalpa.

Y finalmente doña Francisca Moncada, uno de los amores tumultosos y fugaces del general Morazán con quien tuvo al futuro cónsul de Nicaragua en Bruselas: don Francisco Morazán Moncada, que casa con la legendariamente bella Carmen Venéreo de quien el viajero norteamericano William Wells nos deja el testimonio no sólo de su belleza si no de ser poseedora de una excelente voz de tiple, cuando reinaba en los salones tegucigalpenses, veinte años más tarde del sacrificio del mártir de la unión centroamericana.

Don Zotero Moncada fue el que le dio urbanísticamente el carácter de ciudad que le faltaba a la antigua villa de Tegucigalpa, mandando a abrir todos los topes que hacían las calles ;cerradas ; que por tanto tiempo impidieron el pase de carruajes, tilburis y faetones, haciendo expeditas todas las áreas cercanas a las tres grandes avenidas que curiosamente en Tegucigalpa no corren de norte a sur, si no de este a oeste. Para eso fue necesario romper el aire mistérico de la plaza que circunda el convento de San Diego, al cuidado de los monjes franciscanos, comunicándola directamente con la nueva calle de La Ronda, llamada así por ser el sitio del paso de la ronda militar nocturna que cuidaba la seguridad de los pobladores y que montados en sus briosos corceles - al sonar la campana que daba no sólo la hora si no las medias y los cuartos- rompían con sus agudas voces el silencio nocturno, repitiendo con la calidad de voz las notas acompasadas del reloj de la parroquia.

Cuando se abren los callejones de los Altos de La Joya, es preciso comprar la casa que ocupaba doña Francisca Moncada, lo que fue aprovechado por los antifederalistas para acusar a don Zotero de lucro con la indemnización que conforme a la ley obligaba a entregar a su hermana, cuya incomodidad de tirar una casa ya montada y ornamentada no reponían los veinticinco pesos que otorgaba la alcaldía. Fueron cerca de veintitrés casas las derruidas para poder crear en Tegucigalpa una planta urbana que hiciera el tráfico más expedito obteniéndose entonces una revalorización de aquellas propiedades ubicadas por las necesidades mineras y herencia del antiguo Real.

En el período del alcalde Moncada se mantiene la escuela de primeras letras del convento de San Francisco, de la misma manera se autoriza la escuela privada de las maestras Rosa y Gervacia Gómez, siempre en el área cuidada por los franciscanos y aún con los constantes levantamientos de la crisis federativa, se mantiene pacíficamente la alcaldía pedánea de Comayagüela a cargo del indio Adriano Juánez, que hacen de la ciudad gemela el sitio de sesteo agradable no sólo para pernoctar en los largos y fatigosos viajes hacia el sur de la provincia si no que se empieza a meritar las llamadas primera avenida o alameda del río, que arranca con la casa esquinera que doña Eufrasine Leroux dona a su ahijada, doña Rebeca Ugarte y que va convirtiendo a esa primera avenida y la primera calle en el área de las viejas familias fundadoras de Tegucigalpa que -venidas a menos y por la violencia de los acontecimientos- se ven desplazadas a ir a vivir en Comayagüela.

Don Zotero Moncada y su esposa doña Raimunda, retornan a la antigua costumbre colonial de precaver las hambrunas utilizando el sistema de pago de impuestos municipales en especie, de acuerdo a los productos cultivados o de pastoreo con que contaba la población. Para ello, hacen funcionar en las alcaldías auxiliares, periféricas a la ciudad, trojes municipales o de la alcaldía donde se almacenaba desde maíz hasta semovientes que eran repartidos de acuerdo al número de integrantes familiares, ofertándose en momentos de calamidad: una medida de maíz por cabeza, otra de maicillo, otra de frijoles, un cuartillo de arroz por cabeza.

La recuperación del sentimiento del bien común retornó con el alcalde Moncada quien gobernó Tegucigalpa hasta el colapso federativo de 1842. Retirado de la vida pública, es hasta la segunda mitad del siglo XIX que vuelve a ejercer como juez de primera instancia de la alcaldía mayor dejándonos el testimonio de sus elegantes protocolos que albergan documentos de gran importancia, no sólo para la vida política de la nación si no que son elocuentes historias del transcurrir de la vida ciudadana en sus plenitudes y desencantos, de la opulencia y la crisis.

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