CUENTOS, TRADICIONES Y LEYENDAS MAYAS

El Rico Y El Sastre

Existió una vez un viejo que tenía mucho dinero y haciendas. Este señor muy enamorador salía todos los días a caminar con su bastón por el pueblo. Un día pasó por la puerta de la casa de un sastre y vio que la esposa de éste era muy bonita, tan bella la vio que dijo:

-¡Sumecha!, cómo podré hacer para hablar con esa señora, me gusta mucho. Cuando amaneció, salió y pasó de nuevo por la casa del sastre. Vio que el marido no estaba y entró a conversar con la señora. Dentro de la plática, el rico le preguntó a la señora si le daba la "cosa" y ella respondió:

-Pero cómo va a creer, yo estoy casada, además yo no puedo estar con otro hombre que no sea mi esposo. Cuando él venga le diré lo que usted vino a proponerme.

-Acepta lo que te digo, te puedo dar hasta cien pesos.

-No, por dinero no voy a entregarme a otro hombre que no sea mi marido. No quiero estar con usted. Tan pronto llegue se lo diré; pero si él dice que yo se lo dé, así qué me importa, se lo daré -añadió ella.

-No, no se lo digas a tu marido. Déjalo así, no quiero nada, ya no volveré por aquí y cuidado y se lo vayas a decir.

Pues ese día la señora no aceptó, dio la media vuelta el rico y se fue. Al otro día regresó a la casa de la señora y le volvió a pedir la cosa, entonces ésta le respondió:

-No, como cree usted. Yo nunca voy a aceptar lo que me propone, soy una mujer casada.

-Mujer, me gustaría estar contigo, pero sería bueno que no lo supiera tu marido, te daré dinero.

Entonces cuando llegó el marido le dijo todo lo que el rico le había ido a proponer.

-Ayer vino un señor muy rico y empezó a pedirme la "cosa". Quería que me acostara con él.

-Mujer, ¿y por qué no se la diste? -le dijo su marido.

-Hasta me ofreció cien pesos.

-Caray, mujer, se la hubieras dado. ¿Acaso piensas que se va a gastar? ¿No ves que no es jabón?

-Bueno te voy a decir que vas a hacer: el día que venga a pedírtelo otra vez le dices que sí, y cuando lo estés haciendo con él, yo iré a buscar dinero a su casa para que gastemos. Tú vas a decirle que día va a venir; yo tendré que esperar a que venga, pero cuando él llegue a la casa le dices que yo no estoy, que me fui a comprar material para mi costura. Ese día estaré en el ropero, entonces tú harás que se desnude, le dirás: quítate la ropa y la dejas sobre la silla. También le dirás que se quite los zapatos, el bastón y el sombrero, para que cuando entres con él al cuarto donde dormimos, yo me ponga su ropa y me vaya con su esposa a hacerle también lo que él te va a hacer. Pero eso sí, cuidado y vayas a dejar que te lo haga dos veces, sólo una vez. Cuando yo termine de hacerlo con su esposa, le agarro todo su dinero y regreso; mientras tanto, tú tendrás que esperar a que yo llegue para que le abras la puerta. Tenemos que dejar que se chingue, y tú no menosprecies el dinero. Tenemos que chingar a ese señor.

Entonces un día cuando pasó el viejo por la puerta de la casa de esa señora, vio que estaba sola, entró y comenzó a platicar con ella, luego le dijo:

-Mujer, quiero esa “cosa”.

-Hoy no está mi marido, puedo aceptar lo que me propone si viene en la noche.

-¿Adónde se fue?

-Fue a comprar material para su costura y no regresará hoy.

-Muy bien, vendré en la noche.

-Pero no se le vaya a olvidar traer los cien pesos que me ofreció.

-Está bien, los traeré.

Pues bien, cuando anocheció ya tenía rato que el viejo rico había ido a la casa de la mujer. El marido estaba escondido en el estante por eso el viejo no lo vio. Mientras tanto, el viejo rico estaba abrazando a la señora, cuando le dijo:

-Ahora sí, dame esa cosa.

-Está bien, pero yo no lo hago con mi ropa, no me gusta arrugarla. Me gusta hacerlo desnuda. Vamos a quitárnosla y la dejamos aquí, después entramos a mi cuarto para que ahí lo hagamos, luego regresamos a vestirnos.

-Está bien -contestó el rico.

Pero el viejo estaba muy excitado. No le había terminado de decir eso cuando ya se había quitado los zapatos, su ropa negra, hasta quedar totalmente desnudo. La mujer también se desnudó; su cuerpo se vio muy bien formado. Entonces el viejo rico comenzó a abrazarla y a besarla. Al poco rato ya lo habían hecho una vez, entonces la señora le dijo al rico:

-Parece que hay alguien afuera. Iré a ver quién es.

Cuando salió, cerró muy bien la puerta del cuarto con un candado, mientras regresaba su marido de la casa del rico, se había puesto la ropa del viejo. El sabía donde vivía el rico por eso cuando llegó empujó la puerta y entró; se quitó la ropa, colgó su sombrero, su bastón luego se acostó en el lecho de la esposa del rico y enseguida comenzó a hacerle el amor apasionadamente. Ella pensó que era su marido quien se lo estaba haciendo. Terminaron y poco rato después comenzaron a hacerlo nuevamente. La señora lo sintió diferente porque sabía que su marido ya no se lo hacía dos veces. Cuando terminaron ya estaba amaneciendo, entonces se levantó el sastre del lecho de la señora, se vistió, agarró su sombrero, su bastón y abrió el lugar donde el rico tenía guardado su dinero lo recogió todo y se llenó las bolsas. Cuando se disponía a salir, la señora le preguntó:

-¿Por qué te llevas todo el dinero?

-Es que voy a pagar mis deudas.

La señora seguía pensando que era su marido aquel hombre. Mientras tanto, al viejo rico lo tenía encerrado la esposa del sastre. Apenas regresó el sastre a su casa, se quitó la ropa, los zapatos, colgó el sombrero donde lo había dejado el rico y se escondió otra vez. Luego la señora fue a abrir la puerta y salió el rico, entonces éste le dijo a la señora:

-¿Por qué no te quedas a dormir conmigo?

-Pero cómo vas a creer -le dijo la señora- ni que fuera animal, hasta los animales se satisfacen con hacerlo una vez.

¿Y por qué nosotros no? Además ni mi marido me lo hace dos veces, ¿y tú me lo vas a venir hacer?

Entonces el viejo rico agarró su bastón y se fue. Cuando llegó a su casa empujó la puerta, entró y colgó su sombrero. Ni se imaginaba que alguien había utilizado su ropa. En ese momento se levantó su esposa y le preparó el desayuno. Entonces, a la noche siguiente, cuando se acostó con su esposa y ésta se empezó a acercar a él, éste le dio la espalda.

-¿Por qué me das la espalda? Si anoche viniste muy excitado; hacía muchos años que no me lo hacías dos veces como me lo hiciste anoche. Y a pesar de esas dos veces, todavía querías más.

Entonces entendió el viejo que alguien había utilizado su ropa que había dejado en la casa del sastre, pero no le comentó nada a ella. Pues bien, como estaba oyendo lo que había ocurrido la noche anterior, se esforzó en hacérselo una vez, pero se lo hizo rápidamente. Apenas amaneció fue a abrir la caja donde tenía guardado su dinero y vio que no quedaba nada, sin embargo, no le hizo ningún comentario a su esposa.

-Oye viejo, ¿cuánto dinero agarraste para llevar? ¿Lo gastaste todo?

-Sí, fui a pagar mi deuda.

Estaba molesto porque el sastre había ido a su casa a robar el dinero. Entonces al otro día paso por la puerta de la casa del sastre, pensó que él no estaba para quedarse nuevamente con la señora; así iba a hacer que pagara el dinero que su marido le había agarrado pues descubrió que el esposo de ella había utilizado su ropa, pero ese día sí estaba el sastre, entonces le dijo:

-¿Qué haces maistro?

-Nada señor, pase.

Y el rico nada más se quedó parado en la puerta.

-Le estamos dando duro al trabajo, aunque sea de dos en dos o de tres en tres, por una sola vez -Le dijo al rico.

-No digo bien, este hombre fue a mi casa -pensó el rico.

Entonces el sastre llamó a su esposa.

Ven acá vieja dále algo al señor para que se siente y entre a conversar -le dijo el sastre al rico.

-No se moleste, ya me estoy yendo.

-¿Por qué?, entre a platicar, venga a ver cómo trabajo.

-No se preocupe, me estoy yendo, no hay ningún problema.

Pues bien, dio la media vuelta y se fue. Tuvo tanta vergüenza por el ridículo que el sastre le hizo pasar y nunca volvió a cruzar por la casa del sastre. El solamente se lo había hecho una vez a la esposa del sastre, mientras que el sastre se lo había hecho dos veces a la esposa de él. El rico entendió lo que le decía el sastre y dijo:

-Me moriré y no volveré a pasar por la casa de ese hombre.

Y así lo hizo el rico. No volvió a andar de rabo verde, por el contrario, se convirtió en un buen hombre como hasta ahora.

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