CUENTOS, TRADICIONES Y LEYENDAS
San Mateo, California, USA. 30 de Octubre del 2002.

Por: Hector A. Castillo

¿Quien no se sabe un cuento? Al que dijera que no, yo le respondería que o estaba mintiendo o... que nunca había sido niño. Los cuentos nacieron para los niños o... ¿será lo contrario? ¡Los niños habrán nacido para los cuentos! Como quiera que fuere, yo creo que la leyenda y el cuento son parte inseparable de cada uno de nosotros. Los seres humanos, somos cada uno, una leyenda en sí y los que no lo somos, llevamos más de alguna clavada en nuestros corazones.

A los que nos ha tocado andar parte del camino de esta vida con la efímera com- pañía que siempre nos parece ser, de unos buenos abuelos que nos han querido, sin saberlo, hemos sido dueños de uno de los tesoros más preciados, que Dios le ha permitido al hombre tener. Yo creo que sin abuelos, tampoco hubieran existido muchas otras cosas y las leyendas y los mitos hubieran sido unas de éstas. Por un tiempo en mi niñez, creí que mi abuelo había inventado la leyenda, o por lo menos había sido el promotor de ellas.

Yo fui dichoso porque me tocó tener uno de esos abuelos que por medio de una natural inventiva fantasmagórica, por muchas noches logró totalmente cautivar la atención de un nieto curioso, por cuyos inquietos oídos logró proyectar una imagen de héroe, hasta el fondo de mi infantil corazón. Absorto escuchaba a mi abuelo relatar todas aquellas hazañas de aventuras lúgubres en las que él había sido protagonista. Lo único que no me gustaba de aquellas sesiones de miedo, era el posterior efecto que me causaban; quedaba tan aterrorizado después de aquellas historietas de misterio y espanto, que era un problema después tener que irme a la cama. Totalmente posesionado por el miedo, me era difícil reconciliar el sueño, y contra la voluntad de mis padres, dormía con la luz encendida aquella noche.

Lo agradable y precioso de la leyenda es que, con un poco de ingenio, nos po- demos introducir y salir de ella, como se introduce y sale de su concha a su antojo un caracol; la podemos estirar y encoger y sin darnos cuenta y aún intencional- mente, la amasamos como una masa de harina o de nixtamal y hacemos "figuras" de todas clases como nos de la gana.

Con el tiempo y cuando la inocencia de la niñez comenzó a ser repuesta en mi mente, por la aviesa precocidad de la adolescencia, comencé a descubrir los miste- rios de la leyenda; comencé a descubrir las ocasionales alteraciones en la repeti- ción de las historietas de mi abuelo querido. Unas veces era una mula que después, inexplicablemente, en la misma historieta en una posterior narración, aparecía siendo de repente un macho; y era así como la prolífica inventiva de mi abuelo en conspiración con la senilidad de su avanzada edad, sometía aquellas aventuras a una progresiva metamorfosis, que para nosotros, los mozalbetes ingenuos, no solo pasaba inadvertida, sino que las hacia más excitables.

Un tío mío decía que la leyenda era "inventos de los miedosos". Los cuentos de camino real, decía mi tío refiriendose más a la leyenda que recorría los pasillos del mito trujillano, los han inventado los borrachos miedosos. Mi tío era incre- dulo y dejó esta vida sin concederle cuartel ni darle tregua, mucho menos, a la fantasía popular del mito y la leyenda. Nunca le dio crédito a ninguna de las famosas leyendas que abundan en el folklore trujillano. Mi tío decía además, que aquellos cuentos los habían inventado los trujillanos, bajo los efectos del alcohol y algunos del delirium tremens; no había tal cosa de Sucia ni de jinete sin cabeza; todo era obra de la imaginación de los consumidores consuetudinarios de alcohol del pueblo. Mi tío sostenía a pie juntillas, que para cada uno de aquellos fenómenos que la gente tomaba como cosas sobrenaturales, había una explicación lógica. No había tal cosa de sobrenatural, para él todo era natural.

Para respaldar la objetividad de su opinión, mi tío relataba la historia que le tocó a él vivir con respecto a la famosa Sucia, que muchos trujillanos, entre los que se encontró mi abuelo querido, han jurado y aun juran hoy, que deambula sin rumbo fijo, por los rios y las laderas de los cerros aledaños del pueblo. Trujillo al ser una ciudad colonial, esta saturada, entre otras cosas, de historias de fantasmas de da- mas y caballeros cuyos espíritus, en las noches de luna, regresan del más allá, añorando todavia, algún amor prohibido o una ilusión truncada. que sus almas apesaradas se llevaron a la eternidad.

Ese día, contaba mi tío, se dispuso a partir para su finca a las cuatro de la madru- gada. mientras cabalgaba por el último trecho de la playa que era parte del re- corrido hacia la finca, montado en su acostumbrado caballo, comenzó este extra- ñamente a dar bufidos mostrando las inequívocas señales de inquietud de los equinos; con la cabeza en alto, las orejas paradas y la crin y la cola encrespadas, contaba mi tío, su caballo desistía en continuar el paso proyectando insistente- mente hacia adelante, en la impenetrable oscuridad de la noche, sus azorados ojos.

Mi tío sorprendido por el inusual comportamiento de su cabalgadura, que se su- ponía estar acostumbrado a transitar por aquel camino, comenzó a preocuparse pensando que, más que algún ser humano, su caballo podría estar presintiendo la presencia de algún gato montés o uno de los tigrillos que solían aparecer, de vez en cuando, por aquellas zonas de la región. Al continuar la marcha, con la re- nuencia de su caballo pudo apercibir a la distancia entre las sombras de la noche, alumbrada por una media luna, una figura que aumentaba y disminuía; se hacia grande y pequeña a la vez. Por un momento tenia la apariencia de una forma hu- mana, que luego se transformaba en un bulto contrastando con las blancas arenas de la playa.

Te confieso, declaraba mi tío, que al principio sentí miedo y me recorrió un esca- lofrío por la espalda, a la vez que se me pusieron de punta, los pelos de la cabeza. No se me ocurrió otra cosa más que la tal Sucia, en la que yo no creía ni estaba dispuesto a aceptar mucho menos. Rehusando a rendirme a la superstición y con- vertirme en un testigo más de la superchería plebeya, en lugar de alejarme azucé mi caballo con las espuelas para acercarme más a la forma que tenia en frente de mi.

Por fin logré acercarme a la forma aquella, continuaba narrando mi tío, y poco a poco, entre más me acercaba, comencé a distinguir a una mujer desgreñada en harapos que caminando por la orilla del mar a aquellas horas de la madrugada; llevando bajo el brazo izquierdo, un manojo de virutas mientras iba por la playa, agachandose cada vez que recogía una más. Conseguí aproximarme todo lo que pude y por fin conseguí identificar la "Sucia"; se trataba de Chepa, la viejita garífuna partera, que confundida ya por la demencia de la senilidad de sus no- venta y pico de años, se escapaba por las madrugadas a recoger leña para cocinar, decía ella. Sus parientes ya sabían donde encontrarla, cuando no amanecía en la casa.

Si yo hubiera sido un miedoso o, simplemente, hubiera estado con mis tragos entre pecho y espalda, decía mi tío, hoy andaría diciendo que me habia salido la Sucia y hubiera sumado mi experiencia a la de tantos otros que habrán visto otras chepas y antes de comprobarlo, prefirieron unirse a la caravana que fabrica las leyendas y los mitos de las que existe siempre una, en cada rincón de la tierra. Después de todo, quizás hicieron lo mejor. ¿Se imaginan ustedes como sería este mundo de aburrido, si no hubieran leyendas y mitos?

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