Romance y trajedia en plenilunio

Por: Prof. Ramón Montoya R.

Todo lo que esta típica narración encierra, se desarrolla en Comayagüela. En el tiempo a que nos vamos a referir, era una pequeña población denominada Villa de Concepción. Corría con todo su esplendor tropical el verano en el año de 1918, cuando en la vetusta iglesia colonial de la pequeña villa daban las nueve campanadas de la noche... la clara luz de la luna cual una alfombra de blanco terciopelo, brillaba en el fondo de nuestro cielo azul con matices seductores, emocionando a la juventud en invitándola al amor.

De las puertas de una hermosa residencia en la primera avenida, situada paralela a las vegas del río Choluteca, salían dulces y armoniosas notas musicales, indicando que sus salones se bailaba alegremente. Era la casa de Graciela Morán, que en esas horas inolvidables se encontraba llena de la gente más distinguida del barrio, se celebraba el cumpleaños de Graciela.

La homenajeada era una joven de veinte años, de regular estatura, trigueña, de ojos negros y caballera negra larga y ondulada, su rostro un óvalo perfecto que irradiaba rebosante alegría en todo momento y con natural entusiasmo y simpatía atendía a sus invitados. La fiesta estaba muy alegre, cuando llegó un apuesto jinete a una de las iluminadas puertas de la casa y procedió a bajarse de su brioso corcel con la agilidad de un consumado ranchero.

Con voz autoritaria le entregó el caballo a un hombre, diciéndole que lo llevara al establo cercano; este señor era Roberto Montenegro, novio de Graciela, alto de fuerte complexión física, blanco, pero de aspecto indígena, pelo negro y liso, de nariz larga y encorvada, parecía al pico de las aves de rapiña. Tenía aproximadamente treinta años de edad, era vanidoso, violento y se gastaba un genio de pocos amigos. Penetró en la casa y se paró en el centro del salón de baile ante la consiguiente sorpresa de todos ahí presentes, porque su traje de ranchero con armas y aunque limpio y brillante desentonaban con el que vestían los individuos. Aprovechando el silencio reinante, llamó a su novia y:

–Hazme el favor de hablarle a tus padres, quiero comunicarles cosas muy importantes.

–Está bien Roberto.

Poco después la joven comunicaba a sus padres lo manifestado por su prometido, quien era un rico comerciante y estaba oficialmente reconocido por los padres de Graciela Morán como su novio formal.

–Buenas noches señores, dijo Roberto, quiero manifestarles que tengo todo dispuesto para casarme con Gabriela en la próxima semana. ¿Qué dicen Uds.?

El padre después de pensar un momento, contestó con una sonrisa:

–Nosotros estamos de acuerdo con el deseo de Uds., y ya que la casualidad cabalga a la par de vuestra petición, debemos de aprovecharla.

El señor se refería a la fiesta al decir aquellas palabras. Acto seguido y ante momentánea expectación y silencio de los invitados alzó la voz:

–Quiero aprovechar vuestra presencia, para anunciar el próximo enlace matrimonial de mi hija Gabriela con el caballero Roberto Montenegro aquí presente, acto que se verificará el próximo sábado, quedan invitados todos de mi parte ¡que siga la fiesta!

Un sonoro y estruendo aplauso acogió las palabras del padre de Graciela y aquella alegría festiva se prolongo hasta las primeras horas de la madrugada, cuando la aurora asomaba en el horizonte.

Tal como se anunciara, la boda se realizó el día sábado. El señor Montenegro se radicó con su adorable esposa a dos cuadras de distancia de la casa de sus suegros, que como recordará estaba ubicada paralela a las vegas del río Choluteca que divide las ciudades de Tegucigalpa y Comayagüela. Durante cuatro años la vida de aquel matrimonio transcurrió normalmente, habían procreado una niña que hacía las delicias del hogar, pero Graciela pasaba largas temporadas sola, porque su esposo trabajaba en los pueblos vendiendo mercaderías. Con el tiempo fue aprovechando su libertad para darle expansión a su espíritu romántico y a su belleza física con amores secretos, que pronto la gente empezó a comentar y especialmente condenar la vida libertina que se daba a pesar de su compromiso conyugal.

Enterado Roberto de los referidos acontecimientos que laceraban su honor, dispuso castigar a la infiel. Sin avisar que regresaría, pronto apareció en Comayagüela ingiriendo aguardiente en los estancos apartados. Aproximadamente a las doce de la noche cuando la población dormía, se acercó a la puerta de su casa con todo sigilo, presentaba el aspecto de una fiera en asecho, debido al odio que lo invadía y a la acción del aguardiente... si, ya no era hombre normal, diríamos que se trataba de una bestia salvaje. Con un tremendo puntapié abrió la puerta y con agilidad felina, saltó sobre dos bultos que estaban en su lecho, al primero que era un hombre lo estranguló con sus dos manos, sin darle tiempo de gritar. A la mujer la tomó del pelo, haciéndola rebotar contra el piso y sin soltarla se aproximo hasta la cuna de la niña estrangulándola y lanzándola furiosamente contra la pared, hasta que la inocente quedó sin vida en un charco de sangre. Acoto seguido arrastró a su mujer por las calles empedradas hasta llegar a las vegas del río, muy cerca de la casa de sus suegros y con un filoso cuchillo, remató a su esposa y procedió cortarle de raíz su larga cabellera negra, guardándola en la bolsa de su ensangrentado saco. Seguidamente arrojó el cuerpo destrozado de la mujer a una zanja, por la que corría una pequeña quebrada y a la luz de la luna lanzó al aire una pavorosa y siniestra carcajada; había destruido totalmente su hogar.

El triple crimen fue descubierto al siguiente día y tres días después, las autoridades y varios particulares encontraron a un hombre tendido boca abajo, muy cerca de la zanja donde fue encontrada el cadáver de Graciela Morán. Al darle vuelta constataron que el hombre estaba muerto a consecuencia de intoxicación alcohólica, era de fuerte complexión física, blanco, pero con aspecto de hindú de pelo negro y liso y una nariz larga y encorvada muy parecido al pico de aves de rapiña. No había duda era don Roberto Montenegro. Al registrar sus ropas, encontraron la cabellera ensangrentada de la mujer, dándose cuenta de que el la había asesinado conservando aquella cabellera negra y ondulada hasta el fin de sus días. Si, era el que la policía estaba buscando por toda Honduras, cuyos habitantes estaban horrorizados ante lo macabro y espeluznante de aquel crimen y especialmente por el de la niña; más la justicia divina se encargó de cegar una cuarta vida que no era necesaria en este mundo.

La paz y la moral nuevamente carta de ciudadanía entre la gente laboriosa y alegra de la Villa de Concepción. Sin embargo algunos trasnochadores comenzaron a ver a las doce de la noche cerca del lugar donde fuera encontrado el cuerpo despedazado de Gabriela, a una vaca pintada seguida de una ternerita, la vaca lloraba como una mujer y la ternera como una niña, luego tomaban figuras humanas y la mujer y la niña después de un silencio sepulcral desaparecían ante los aterrorizados testigos.

La presencia de los fantasmas duró aproximadamente tres años, hasta que un valiente como humanitario sacerdote de la iglesia colonial de la villa, se propuso terminar con el embrujo de la vaca pintada. Cuentan que una noche, provisto de agua bendita y de una cuerda de San Francisco, espero pacientemente en el lugar de los hechos a que el reloj marcara las doce de la noche, noche de viento suave, noche tenebrosa, noche de plenilunio.

Al escucharse la última campanada del reloj de la iglesia los perros aullaron anunciando que algo sobrenatural estaba a punto de ocurrir. En el sitio en donde se encontraba el sacerdote la tierra tembló y prolongados lamentos se dejaron escuchar haciendo huir a los curiosos que afirmaron tener valor para acompañar al representante de la iglesia católica, fue entonces que aparecieron la vaca y la ternerita avanzando a paso lento y cansado. El sacerdote se irguió con valor y escuchó claramente la confesión del fantasma, quien aseguró ser el alma en pena de Gabriela Morán y su pequeña hija.

El sacerdote rezó y con toda devoción procedió a rociar con agua bendita a las que parecían ser una mujer y una niña. Les ordenó en el nombre de Dios Todopoderoso que se retiren de la faz de la tierra y regresen al lugar de las almas juzgadas, hasta la consumación de los siglos... Amén.

Así desaparecieron para siempre los protagonistas de esta leyenda regional hondureña, que por ironía nació y concluyo en una noche de plenilunio. La violencia como el huracán, todo lo destruyen.