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La Mulata de Córdoba


Cuentan que allá por el siglo XVII, vivía en la villa de Córdoba, Estado de Veracruz, México, una hermosa mujer de origen mulato cuyos padres fueron una negra de quién heredó su porte gallardo y un caballero español. Y dicen que esta mujer hermosa se dedicaba a curar a los esclavos negros y a todos los pobres que se enfermaban. Su vida transcurría también entre la bondad de brindar limosna y ayuda a los más necesitados de la villa de Córdoba. La Mulata - como todos le llamaban - no vivía con nadie, y sólo a veces le acompañaba un indio viejo.

Ella, en la soledad de su casa, se dedicaba a la preparación de filtros mágicos y amuletos para sanar las dolencias del espíritu, curar los males de amor, retirar las envidias y casar a las solteronas.

Y también cuentan las malas lenguas, que la Mulata de Córdoba vivía sola porque tenía como amante al Diablo, y que de su casa, por las noches, salían fuertes olores a azufre y brillantes lenguas de fuego. Aseguraban que algunas veces se le veía volar con una escoba, con su rostro bello, pero con una risa que brillaba en sus dientes aperlados.

Un día, una mujer criolla vino desde Córdoba a la Ciudad de México para denunciarla como hechicera y bruja. Lo cierto es que esa mujer estaba celosa dela belleza de la Mulata porque su marido la pretendía.

¡Claro!, la Mulata de Córdoba no tenía ojos para nadie, sólo eran ella y la bondad para con sus pobres.

Cuando el Tribunal del Santo Oficio terminó de escuchar las infamias hacia la Mulata, mandó al inquisidor Villegas a la villa de Córdoba para aprehenderla. Ya presa en el Palacio de la Inquisición, se le preparaba un auto de fe para sentenciarla a la hoguera. Los habitantes de la Ciudad de México y los pueblos que la rodeaban, se enteraron que llevarían a la Mulata de Córdoba a l quemadero de San Diego, que estaba a un costado de la Alameda.

Pero un día, la Mulata en su mazmorra, le dijo al carcelero que le llevara un pedazo de carbón. El carcelero le dijo que en lugar de pedirle carbón le rogara al Santísimo por la salvación de su alma . Pero seducido por la altiva y hermosa presencia de la Mulata, le llevó lo que pedía. Al otro día la Mulata le gritó al carcelero que fuera a ver lo que había pintado en la pared.

- ¿Qué le faltará a este barco que pinté en el muro ?- dijo sonriendo la bella mujer. Y el carcelero dijo: -¡pues a ese barco, que es perfecto , sólo le falta navegar ! - Pues navegará - dijo la Mulata subiéndose inmediatamente al barco, y navegó en el oleaje de la pared hasta perderse en un rincón.

En ese momento se escuchó una estruendosa carcajada de mujer que rebotó en todo el Palacio de la Inquisición . Cuando los guardias bajaron al lugar donde tenían presa a la Mulata, sólo vieron al carcelero que estaba muerto, agarrado fuertemente de los barrotes y con los ojos abiertos y perdidos en un rincón de la mazmorra.

De Luis González Obregón. Con la adaptación de J. Arturo Salcedo Mena.





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