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LUX HISPANA

LA EMPLUMADA

por Alvaro Parra Pinto

La mugrienta anciana atravesó las calles empedradas de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida con paso firme, a pesar de su avanzada edad. Venía de lo alto del páramo, donde había iniciado su solitaria caminata varios días atrás, siguiendo la serpenteante ruta del río Chama. Sólo había subido a la Sierra Nevada en busca de unas hierbas, decía, para poder curar a su comadre.

 

La mayoría de los merideños, al ver a la vieja curandera, apartaba su mirada. Y no era para menos, porque aquella mujer, con su larga y enredada cabellera blanca y sucia vestimenta -cuyo color original no podía saberse a causa de la inmundicia- despertaba el rechazo de todos los citadinos que se cruzaban en su camino.

 

Don Odoario de Zúñiga, alguacil del Santo Oficio, quien andaba de paso por la ciudad serrana, había estado toda la mañana ocupado con los preparativos de su viaje a Cartagena de Indias, pautado para esa misma tarde según órdenes del Comisariato de la Inquisición de El Tocuyo. El inquisidor cruzaba sonriente la Plaza Mayor cuando, de pronto, vió a la andrajosa mujer caminando en la calle. Entonces sintió, desde el mero centro de sus huesos, el fuerte llamado del deber.

 

 

-¡Alto! ¡Detenéos! - exclamó el inquisidor avalanzándose sobre la mujer. -¡Os lo ordeno en nombre de la Santísima Trinidad, tres personas y un solo Dios!!

 

La sorpresa hizo que la aludida dejara caer su bolso, del cual salieron unos pequeños frascos y diversas hierbas.

 

-¿Qué es esto?- preguntó el representante de la Ley Divina- ¿Acaso sóis una detestable herbolaria, de esas que pactan con Belcebú?

-¡No, mi Señor!- respondió ella con humildad, inclinándose para recoger sus pertenencias del suelo- ¡Sólo traigo unas pocas hierbas del páramo... son para una medicina!

 

-¡Mentís charlatana!- bramó enfurecido el inquisidor con un toque de fuego en sus ojos, atrayendo a un grupo de curiosos que en le acto rodeó a la atemorizada víctima. - ¡Sóis una amante de Satanás! ¡Lo veo en vuestra mirada! ¡Sóis una maldita matagente!

 

Los presentes rodearon a la mujer. Casi ninguno de los ávidos espectadores había visto a un inquisidor en acción. Sólo uno había tenido la suerte de estar en el Nuevo Reino de Granada cuando quemaron a la bruja Olivia. Lo recordaba claramente. Primero fue desnudada ante todos, para luego ser bañada en miel y quemada viva. Todavía creía podía oler su peculiar fragancia. Sin dudas, la quema de Olivia había sido la experiencia más emocionante de toda su vida.

 

La vieja fue encerrada en la torre más alta de una de las iglesias de la ciudad, nadie sabe exactamente cuál, aunque hay quienes aseguran que fue en la de San Francisco o, quizás, en la de San Agustín. Lo cierto del caso es que el inquisidor, quien de todas formas partió esa tarde a Cartagena, anunció que regresaría a Mérida en unas semanas para seguirle juicio de derecho a la indeseable hereje. Prometió que, a su retorno, obtendría no sólo la excomunión de la acusada, sino también su consiguiente condena a la hoguera.

 

Incomunicada, en la soledad de su calabozo, la anciana desarrolló un sorprendente plan. Gracias a su agudo ingenio, escaparía del nefasto destino que le acosaba. Para ello, apenas fue encerrada, informó a sus captores que no ingeriría ningún tipo de alimento, a menos que a diario le llevaran aves crudas y enteras, con todo y plumas; que de los contrario, por no poder tolerarlo su peculiar estómago de hechicera, ciertamente moriría de hambre en pocos días. Los carceleros, por temor a que la vieja se les muriera y se quedaran privados del anhelado espectáculo, optaron por seguir al pié de la letra tan extrañas instrucciones.

 

Al recibir su ración diaria, lo primero que hacía la presa era desplumar las aves. Por un lado, colocaba las plumas, y, por otro, las carnes de las aves. Gracias a algunos desperdicios que halló en la celda el primer día de su encierro, pudo fabricar una rudimentaria balanza que mantuvo oculta bajo su cama. Con ella pesaba minuciosamente las carnes de las aves peladas y luego sólo las plumas. De ese modo, además de llegar a coleccionar una gran cantidad de plumaje, logró calcular que para sostener dos libras de carne eran necesarias cuatro onzas de plumas y, en base a esto, finalmente logró determinar cuánto plumaje sería necesario para mantenerla en el aire.

 

El día que el inquisidor regresó a Mérida, la vieja preparó un hediondo pegamento a base de tripa de aves que luego empleó para adherir cientos de plumas a su flacuchenta desnudez y a dos grandes alas de madera destinadas a remar por los aires. Esa madrugada, apenas salió el sol, se arrojó al viento desde lo alto de la torre. Ante la sorpresa de los presentes, la emplumada cruzó el cuielo, dejando atrás a la ciudad, mientras que los asombrados espectadores caían de rodillas, persignándose temerosamente. Para muchos, aquello fue obra del demonio. Por ello nada nos dice al respecto el Archivo Municipal de Mérida ni ningún otro documento llegado a nuestros días. A decir verdad, ya nadie sabe en qué año exacto sucedió ésto, cómo se llamaba la emplumada o cuál fue su destino final. Lo único que sabemos es que su recuerdo, con el paso de los siglos, se convirtió en un lejano destello que por poco se nos pierde para siempre. .

 

 

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