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En ocasiones, cuando me permito un rato de ocio, escribo lo primero
que se viene a la mente. Estos son fragmentos de algunas cosas que he escrito,
y que no merecen -creo- llamarse cuentos o ensayos. Pero en su momento significaron
algo para mí. Y ahí están sin poder hacer nada para
cambiarlos...
El Angel Malvado
La jornada de oro y jade (Angel
Malvado 2)
La jornada de medianoche (Angel
Malvado 3)
Muerte en marzo
Malos negocios
Plaza Francia
Gabriel
Inconcluso
El Angel Malvado.
Durante mucho tiempo vivió con el
estigma-virtud de "Angel malvado".
Todo empezó cuando descubrió ese gusto por el placer y
el dolor, junto a su compañera de viaje. Que nunca usaron látigos
y prendas de cuero, pero solían retozar entre heridas y vendajes
del alma. Así que el Angel malvado decidió que esa sonrisa
tierna no iba bien con su nueva imagen. La desechó bajo los espirales
del humo, y se pasó mucho tiempo frente al espejo, contruyendo aquella
nueva sonrisa, torva y maliciosa, que en verdad creyó que le sentaba.
Y conoció los sitios más oscuros, los más delirantes,
los que siempre le fueron prohibidos. Y se deleitó en los placeres
de la carne, y endureció la mirada para no permitir que nadie se
asomara a su interior. Tanto tornóse en roca, que su misma compañera
se alejó, pues su maldad le asustó. Él quedó
solo, pero fingió que no importaba. Se despojó de sus blancos
ropajes y se vistió de negro, y recorrió mil calles, saludando
a todos por igual, porque sabíase el centro de atención. Hasta
que llegó al laberinto subterráneo donde todos lo quisieron.
Después de todo era el Angel Malvado, con derecho a pisotear los
sentimientos, a reirse de lo bueno, y todos lo celebrarían, hiciese
lo que hiciese, porque era uno de los hijos del cielo que un día
decidió visitar a los mortales. Pero cometió un error: siguió
enamorado. Y cuando el tiempo se negó a bendecirlo con el olvido,
uno de los bufones que frecuentaban su corte se enteró y lo hizo
público de la forma clandestina, murmurándolo en los pasillos
que conducían al salón del trono. Como avalancha, la noticia
tomó fuerza y no hubo quien pudiera detenerla. Entonces, los de siempre
y muchos más entraron y se sentaron enfrente de él, y bebieron
y bailaron, esperando una respuesta de sus labios, que les sacara del desconcierto
en el que estaban sumidos. Y el consejero a su mano derecha le suplicó
que una vez más mostrase su poder, pero una lágrima obtuvo
por respuesta. Todos allí esperaban que se portase como el Angel
malvado que ellos necesitaban para justificar sus propios excesos. Pero
el Angel ya no podía soportar el peso de esa sonrisa artificial y
la dejó caer, estallando en mil pedazos contra el piso.
La música cesó, el baile murió. ¿Pueden diez
mil personas ver al mismo tiempo una lágrima rodar? Se acercaron
e intentaron convencerlo que aún era el Angel malvado, y que nada
lo afectaría, pero en el fondo temían, porque nadie más
estaba dispuesto a ocupar el trono y ceñirse la torva y pesada sonrisa
sobre el rostro para enmarcararse. El lo comprendió, lo vió
claro por vez primera desde hacía ya mucho tiempo. Y desplegó
sus alas, que le dolían por el poco uso que les había dado.
Pero en un enorme esfuerzo tomó impulso y dejó a sus azorados
lacayos, pues ahora tenía la certeza que habían sido todo
el tiempo sus amos. No le costó esfuerzo encontrar la salida del
laberinto. Pero ya afuera, el sol lo encegueció momentáneamente,
y todos los del mundo de la luz le decían que debía renegar
de su pasado y abjurar de sus creencias. Se miró y cayó en
cuenta que aún llevaba puesta la túnica negra y escarlata
que le sirviera en el mundo subterráneo. Y se deshizo de ellas, y
voló desnudo sobre el mar alejándose del continente desolado
que una vez fue su hogar, pero en cada isla a la que arribaba encontraba
leyes que no comprendía. Le prohibían volar, llorar, comer
de más, hacer el amor con quien el pueblo entero no aprobara previamente.
Debería vestirse de blanco, o de negro, pero nunca de ambos colores.
E intentó ser alguien bueno y establecerse en un lugar fijo, de verdad
que lo intentó. Pero sus alas habían probado nuevamente la
brisa de las alturas -a donde no llegan los lamentos y las miserias- y no
estaban dispuestas a soportar el destino de apéndices atrofiados
que les aguardaba. Así que un día no aguantó más,
y de nuevo se desnudó, para no ser ni blanco ni negro, pues sólo
se vendían túnicas en tales colores. Y enrumbó alto,
donde las voces no pudiesen alcancarle dictándole lo que hacer.
Y aún está buscando una nube para reposar.......
(18 de enero de 1998)

La Jornada de Oro y Jade (Angel Malvado
2).
La espuma del mar lamía sus pies, con el acerado frío de
la mañana. El Angel malvado despertó. Tenía el rostro
cubierto de arena. Se incorporó lentamente, con la vista aún
nublada. Sólo recordaba fragmentos de la noche anterior, cuando completamente
ebrio, escogió una de esas livianas nubes que se deslizan a gran
velocidad por sobre el mar. Pero al parecer ésta no sobrevivió
para ver el alba. Un grupo de niños alrededor de él se sobresaltaron
al verle moverse. Uno de ellos, el más alto, le hincó repetidamente
en un costado con una larga vara. Todos estaban vestidos de forma muy extraña,
con ropas de color verde y pintas de colores que semejaban vegetación.
Los más pequeños buscaron refugio tras unas dunas en las cercanías.
El Ángel trató en vano de limpiarse la arena y restos de algas.
Finalmente decidió ingresar al agua para lavarse. Los pequeños
espectadores le siguieron de cerca, pero conservando al mismo tiempo una
prudente distancia. Sólo uno de ellos se acercó y con señas
intentó darle a entender algo, pero él lo ignoró. Aún
no podía abandonar ciertos rastros de arrogancia de su anterior vida,
así que en una magnífica maniobra extendió las alas,
se elevó y al notar que a los azorados muchachos ya les dolía
la nuca de mirar hacia arriba, se dejó caer en perfecta picada al
océano...
La desesperación le hizo retorcerse, enredándose más
en la red dispuesta sobre el agua. Empezó a tragar agua, mientras
con uñas y dientes intentaba rasgar las cuerdas que le aprisionaban.
Finalmente pudo sacar la cabeza a flote y tomar una bocanada de aire. Una
de sus alas sangraba. Al calmarse un poco miró alrededor y pudo notar
varios cadáveres de delfines, dejados a medio morder por los peces
del lugar. Se liberó de la red y dolorosamente nadó hacia
la orilla. Se dejó caer mientras sus pulmones arrojaban cantidades
increibles de agua. Desfalleciente, sintió que los niños corrían
alejándose, temerosos. Intentó gritarles pero las fuerzas
no le alcanzaron. Perdió el conocimiento.
Volvió a abrir los ojos con un escalofrío recorriéndole
el cuerpo, a pesar del sol de mediodía. Y comprendió el porqué:
estuvo a punto de ahogarse, lo que significaba que cada día se estaba
pareciendo más a los mortales. Al abandonar el cielo, sus cualidades
empezaron a desvirtuarse, a desaparecer. Y ahora ¿qué?
No tenía prenda alguna que rasgar para fabricarse una venda, de
modo que tuvo que conformarse con remojar el ala en la orilla de mar, con
la esperanza que la sal cerrase la herida. Caminó a lo largo de la
costa, siguendo las pequeñas huellas. Las ruinas que iba encontrando
a su paso hablaban de una gran civilización. Enormes edificios derrumbados
mostraban aún parte de la magnificencia que una vez tuvieron. Y algunas
sombras fugaces y lejanas le convencían más de que existían
muchos niños en esa isla. Pero no pudo hallar un solo adulto. Finalmente
encontró al grupo principal, los que había visto en la mañana.
Le ofrecieron un trozo de carne asada al fuego, pero él lo rechazó.
Se había prometido a sí mismo que jamás volvería
a comer animal alguno. Pero el hambre suele ser tenaz, y a escondidas de
ellos devoró algo, pero se dió cuenta de lo inútil
de su acción, pues no había forma de esconderse de sí
mismo. Esa noche durmió por primera vez en mucho tiempo cerca al
fuego. Ya había olvidado la sensación, acostumbrado como estaba
en las últimas semanas al gélido oro y jade del crepúsculo
y el alba, pues ya no se permitía abrir los ojos en la noche. Durante
varias semanas permaneció con ellos, los niños que jamás
hablaban, que jamás reían. Sólo vivían para
cazar y entrenarse duramente. Despertaban temprano y empuñaban armas
extrañas, que vomitaban fuego y metal, y se iban a practicar todo
el día. Un día uno de ellos murió al manipular una
de las armas. Era un pequeño con no más de nueve años.
El resto permaneció alrededor toda la tarde, sentados, golpeando
el suelo con sus armas, en espera de que se levantara. Cuando se cansaron
de hacerlo, contruyeron una improvisada balsa, tomaron el cuerpo inerte
y lo pusieron en ella. Enrumbaron hacia una pequeña bahía
donde no había redes, e intentaron botar la balsa mar adentro. Pero
las aguas se negaban a aceptarlo y lo devolvían a la orilla. Empezaron
a llorar, intentando arrancarle sonido a sus gargantas pero las palabras
no nacían en ellos.
Pobres niños, olvidados por todos. Preparándose para matarse
entre sí algún día, pero a la vez tan inocentes, incapaces
de comprender aún las leyes que rigen la naturaleza que algún
día ellos mismo tratarían de destruir. Ese día en espcial
el Angel no había amanecido malvado, sólo sorprendido. Así
que tomó el cadáver en sus brazos, lo estrechó con
fuerza, y remontó vuelo, aún sentido por la herida. Allá
abajo, los hijos de la nada levantaban sus manos y hasta parecía
que se despedían tanto de su caído compañero como del
ángel mismo. Voló con furia, sintiendo que la rabia invadía
sus párpados, y a su paso las gaviotas decidieron ignorar a sus líderes
y volaron a sus costados, escoltándolo. El cansancio le invadía,
el cuerpo del infante se hacía pesado, pero decidió esforzarse
un poco más, el sol empezaba a caer, invadiendo en oro y sangre el
horizonte. El jade del mar tornóse rojizo. Entonces dió vuelta
sobre sí mismo y se dejó caer en picada. El mar les recibió
con un beso de espuma y sal. Llegó hasta unas pequeñas cuevas
de coral, y tras espantar a una morena que se negaba a abandonar su refugio,
depositó al niño en su nuevo y perpetuo hogar. El aire casi
se agotaba. Salió a la superficie donde las gaviotas indiferentes
se habían dispersado. Raudo como un rayo recobró altura, sacudiéndose
el agua de las alas.
Sintió su rostro húmedo y salado, y supo que no era sólo
el mar. Estaba llorando. Se alejó sin mirar atrás, pues si
lo hacía, ya no podría marcharse........
(23 de enero de 1998)

LA JORNADA DE MEDIANOCHE (Angel Malvado
3)
"Ya que aceptamos que nada es por siempre
quisiera creer que ni aún la muerte es eterna.
Pero es tan difícil pensar como dioses
anclados del lado opuesto de la puerta.
Hoy la infancia se va en recuerdos
que no fueron exactamente como recordamos.
El deseo nos asiste,
el orgullo nos embiste,
y nos seduce el culto a la perfección.
De la cual nunca gozamos,
tan ladrones tan profanos,
inocentes y a la vez condenados."
Se cansó de ser cobarde, de estar huyendo permanentemente. Aquello
de buscar una nube para descansar y ser feliz era sólo una excusa,
ahora tenía la certeza. Pues en realidad buscaba escapar de todo
afecto, de todo lazo. Siendo irresponsable pensó lograr la felicidad,
pero el método había dejado de funcionar.
Los lamentos subieron hacia él. El viento, cómplice culposo,
los llevaba hacia sus oídos. El olor a muerte y sacrificios saturaba
el aire. Intentó alejarse de todo eso, pero parecía que llevaba
la enrarecida atmósfera impregnada en su piel. Le tomó tiempo
decidir, pero finalmente lo hizo.
Regresó encubierto a la ciudad del bajo mundo donde un día
reinó. La noche había caído sobre la tierra. Todo era
decadencia. Los hombres arrastraban los pies en busca de un pretexto para
llegar al siguiente día. Las mujeres deambulaban con sus críos
alrededor, consiguiendo el alimento necesario para no morir, pues los animales
grandes estaban vedados para el consumo propio, estando destinados al sacrificio
ritual. Los ídolos yacían entre ruinas. Nada quedaba en pie
que valiera la pena.
Llegó a la plaza central. Un rostro familiar apareció entre
la miseria. La barba blanca y desordenada, los cabellos revueltos, la mirada
en blanco. Ángel se acercó a Thanatos, y sin hacer el menor
ruido -eso pensó- se sentó a su lado.
-Ha pasado mucho tiempo, Maestro.
- ¿Cómo sabías que era yo? preguntó el Angel
Malvado.
- El sonido de sus alas es inconfundible, respondió el anciano.
El Angel se sorprendió. Sus alas estaban escondidas y apretadas
tras el grueso manto que llevaba encima. Como en los viejos tiempos, Angel
agitó la mano frente al rostro de Thanatos, pues siempre le quedaba
la duda de si era realmente ciego.
- Ya no cantas, dijo el Angel Malvado, buscando sin éxito la lira.
- Mal negocio es, los jóvenes se van en cuanto tienen el aliento
necesario para huir. Y los que aún quedamos ya no hallamos nada en
los cantos y relatos.
- ¿Y cuando fue negocio para tí, si cantabas y pregonabas
sólo por el gusto de sentir los corazones vibrar?
- Pero todo se ha perdido ya.
- Alguien me ha llamado ¿sabes quién ha sido?
- Muchos le han invocado. Pero la muerte les asiste. Hizo bien en alejarse
de todo esto. No favorecía a su esencia celeste.
El Angel decidió no contarle sobre el episodio en la isla de los
niños. Un rezago de vanidad le impidió admitir que estuvo
a punto de ahogarse, de modo que su esencia celeste estaba casi perdida.
Prefirió una verdad a medias...
- .. y sin embargo cada día creo ser un poco más como ustedes.
Ya casi no está en mí la capacidad que tenía cuando
abandoné las huestes del Eterno.
Thanatos calló por varios minutos. Su mano intentaba trazar ociosamente
algunas figuras sobre la tierra. Su rostro surcado por el tiempo se negaba
a ser regado por el manantial que suele esconderse tras los ojos. Y sin
embargo su llanto era evidente.
El Ángel Malvado recordó con tristeza aquella ocasión
en que puso sus manos sobre el rostro de aquel hombre y le instó
a tener fe para poder devolverle la luz a sus ojos. Y el que en esos tiempos
era un jovenzuelo bastante atrevido y rebelde se negó a obtener la
gracia. Le era preferible la oscuridad familiar desde el vientre de su madre,
a la condición de vidente de un mundo desvastado.
Era igual ahora. Se sentía presionado a descargar un poco de aquel
mermado poder que aún le asistía para aliviar el sufrimiento
de este pueblo que ahora pagaba con su vida los errores del pasado. Y sin
embargo, por una extraña dicotomía interna, se abstenía
de hacerlo.
- Maestro, usted no pertenece a este mundo. Y aún no tiene cabida
en el otro. Pero no es obrando milagros como logrará encontrar su
camino. En cuanto ellos vean repuestas sus fuerzas, volverán a caer
en lo mismo. Sus corazones se henchirán de orgullo, y erigirán
altares y sacrificarán a sus vírgenes. Fornicarán entre
ellos... se embriagarán y buscarán un líder que los
lleve por esas sendas de maldad por las que usted mismo transitó.
- (...)
- Habrá comprobado ya que el dolor y el destierro pueden ser una
forma de refinar el alma.
- Pero ¿cómo puedo volverme y alejarme, con todas sus voces
tras de mí?
- Pudo haber sido cualquier otro de los divinos a quien acudieran. Igual,
mientras no decidan cambiar por sí mismos, toda ayuda será
inútil, todo esfuerzo será vano. Cuando sus manos obtengan
la firmeza necesaria empuñarán las armas y lucharán
unos contra otros. El motivo lo hallarán donde quieran hallarlo:
por un pedazo de tierra, o un insulto, o el orgullo insensible tras una
bandera. Porque aún no logran mutar su propia naturaleza.
- ¿Y que hay de tí, anciano? ¿de que te vale toda
tu sabiduría si estás aquí, en medio de la nada, dejando
el tiempo pasar mientras la muerte ronda tus predios?. El Angel Malvado
empezaba a perder la paciencia. A nadie le gusta oir aquello que le recuerda
sus propios errores.
- ¿de qué me vale? De nada -Una sonrisa irónica
cruzó sus labios- puede comprobar conmigo que el conocimiento es
finito, y además completamente inútil si se queda sin acciones
reales.
- Pero si tengo en mis manos un poder que otros no poseen, ¿porqué
no usarlo? Quiero demostrarte que estás equivocado.
- No es a mí a quien debe demostrárselo, Señor.
Soy sólo uno más en esta tierra. Thanatos se puso de pie,
apoyado en su bastón, dando por finalizada la charla. No fue necesario
despedirse. Ambos sabían que nunca más volverían a
encontrarse. La frágil figura desapareció entre la oscuridad,
que rápidamente fue reemplazada por fuego de antorchas y piras con
restos humeantes de animales sacrificados. El gentío llenaba las
calles, como cada noche desde hacía mucho tiempo.
Esa fue una noche casi eterna, la más larga de todos los tiempos.
Al influjo de la luna, las pasiones desatadas se retorcían en los
corazones. Sacrificios inútiles. Los moradores de aquella tierra
desvastada por sus propias manos veían agotarse las posibilidades
de que aquel extraño ser alado que algunos viejos recordaban volviese
para reconstruir sus murallas, levantar sus banderas, y vengar su orgullo
herido por las naciones vecinas.
Ni siquiera se percataron del forastero, de grueso y oscuro manto que
silenciosamente cruzó entre la muchedumbre hasta salir del pueblo.
Mucho menos se dieron cuenta cuando se despojó de los ropajes y alzó
vuelo.

Muerte en Marzo
El conglomerado humano que se había formado en aquella calle se
divisaba al hombre colgando de la ventana, a doce o catorce metros sobre
el piso. Al inicio no supe bien qué sucedía, pero el humo
que ascendía del edificio confirmó los rumores que ya algunos
modificaban y propagaban respecto al incendio. En el tercer piso un anónimo
rostro femenino ayudado por alguien más, sostenía una silla
por las patas, para que el sujeto del piso superior agarrado de la cornisa
de la ventana se apoyara en el respaldar del raquítico mueble.
Quizás lo entendí pero no lo asimilé totalmente.
El bochornoso calor de una Lima en marzo nublaba mi percepción. Era
como si estuviera frente a una enorme pantalla de televisión en espera
de los comerciales que nunca llegaron. Traté de conservar la calma,
después de todo era absurdo pensar que aquel hombre se dejara caer,
absurdo desde la perspectiva de un individuo como yo, narcotizado por una
indolente infancia en un pueblo donde la vida transcurre sin mayor novedad,
perfecto para vivir y morir sin mayor problema.
Los curiosos seguían aglomerándose en torno al circo que
había nacido en cuestión de minutos en medio de una potencial
tragedia. Estudiantes irreverentes buscaban un sitio dentro del alcance
de cámaras fotográficas surgidas de la nada. Los que no habían
llegado a tiempo para las fotos alzaban la cabeza por encima del gentío,
acaso con la recóndita esperanza de que llegaran las cámaras
de televisión de los canales capitalinos.
Llegaron los vendedores ambulantes, con su carga de golosinas y cigarrillos
de contrabando; también llegaron al lugar sujetos de camisa y corbata
con raídos folders bajo el brazo, cubriéndose la frente con
el dorso de la mano, para proteger su vista de los inclementes rayos del
sol; el circo estaba casi completo, pero aún no llegaban los bomberos.
De repente lo inevitable sucedió.
Movió los brazos en desordenada mímica, como dirigiendo
la informal muchedumbre de sopranos que entonaron el aria final de su vida.
Ansié que algo sucediera, no sé, algo que detuviera la atrocidad
que continuaba en marcha; pero nada pasó, nada fuera de lo normal,
de lo que tenía que pasar como consecuencia de semejante caída.
Desapareció detrás del coro de sopranos y demás voces.
El calor desapareció con él. Me abrí paso entre la
gente. Algunos apartaban a los curiosos del cuerpo, formando un círculo;
aunque a juzgar por las apariencias ya de nada le servía el oxígeno.
Lucía como un muñeco sucio, despreciado por un niño
que cansado de él, rompió su cabeza contra el piso. Un sentimiento
de culpa me invadió inexplicablemente y busqué la forma de
salir de allí. Me sentí absurdo, como la muerte misma, absurdo
como el pensar que no se soltaría, absurdo como la indiferencia de
una ciudad que no comprendía que lo que observaban en el suelo como
un fardo fue también una persona que hasta hace poco también
podía sufrir y reír, una persona con defectos y virtudes,
con una vida e identidad ya perdidas, formando parte inerte del pavimento,
del hilo de sangre y del incendio que ahora lamía la azotea de la
construcción.
Los bomberos pasaron veloces a mi lado, en dirección opuesta,
en una vana carrera contra el tiempo que sin duda les volvió a ganar.
Ya en el ómnibus me asaltó aquella paranoia de sentir que
en el momento más inesperado yo también podría dejar
de existir; presentí que aquel niño que arrojó a la
acera su aburrido y necio juguete podría despertar en cualquier momento
de su pesadilla, en la que se incluye nuestro universo.
Cerré los ojos y en la ciega cortina de mis párpados le vi
levantarse de su lecho mientras nos desvanecíamos como una ilusión.

Malos Negocios
Conforme a las viejas normas, encendió los cirios, que chisporretearon
por unos instantes hasta arder bien. El olor a grasa quemada saturaba el
ambiente. Santos se sentó en el suelo, despojado del calzado y con
el torso desnudo, agotado. Ya no le quedaban fuerzas. El tiempo se agotaba.
Fueron muchos días en los que buscó con ansias, invocó,
gritó hasta casi perder la voz. Desesperado, pronunció los
mil nombres del maligno, pero éste no se presentó. Ni siquiera
una leve brisa que denotara su presencia, ni olor a azufre, ni sombras heladas
ni el perro negro que muchos mencionan. Nada. A su alrededor restos de aves
y gatos destazados despedían un pútrido olor. Miró
sus propias manos, manchadas de sangre y grasa.
La cabeza empezaba a darle vueltas, se inclinó a un lado y vomitó.
Creyó ahogarse por un momento, sus entrañas se estremecieron
por completo. La puerta chirrió al abrirse. Santos se volvió
tan rápido como pudo y vió al jovencito entrar, con una linterna
en la mano. Aquel apuntó a su rostro, pero de inmediato bajó
el haz de luz al nivel de su pecho.
- Oiga, ¿que pasa aquí?. No obtuvo respuesta. Su voz sonaba
más adulta de lo que podría sugerir aquel cuerpo frágil
que se adivinaba entre la penumbra. Se acercó, acuclillándose
para mirar al rostro del anciano, que trataba de esconder el cuchillo ritual.
Un enjambre de moscas levantó vuelo.
- Siempre lo mismo, cuando van a dejar de hacer huevonadas aquí
¿ah? Ni piense en escaparse, que ya llamé a la policía!
- No por favor, no lo haga. Suplicante se aferró a la camisa del
joven, manchándola de sangre. Él se soltó bruscamente,
y buscó un interruptor para encender las luces, pero no tuvo éxito.
- ¿Como se llama? inquirió
- Santos, Santos da Silva, señor. Sonó cómico el
llamar señor al imberbe. Hubiera podido derribarlo y salir corriendo,
pero su cuerpo se negaba a responderle, en tanto que las contracciones en
su esófago amenazaban con el vómito.
- Pues yo me llamo Angel, respondió el otro, mientras se inclinaba
y le extendía la mano. ¿Y que fué lo que Ud. vino a
pedir?
Santos trató de contener la risa, pero ésta le ganó.
¡Angel, ja, ja, ja, ja, ja, ha, ha, ha, h.....! Lo repetía
una y otra vez. El muchacho le miraba visiblemente desconcertado y no sabía
si unirse en su risa o acabar de molestarse y llamar a la policía,
que tardaba tanto...
- Es que es gracioso. ¿Ud sabe a quien vine a rezarle? al mismísimo
demonio. Y Ud. se aparece aquí, diciendo que se llama Angel, que
acaso era compañero del otro o qué? la risa comenzaba a atacarlo
nuevamente...
- ¿Y que vino a pedirle? ¿problemas de dinero o mujeres?
Debió esperar más de cinco minutos, en tanto que Santos se
calmaba, y tras buscar la camisa que se hallaba sobre una banca de la abandonada
capilla, se limpió las comisuras de los labios. Un silencio sepulcral
llenó la atmósfera.
- Me estoy muriendo, y ya no hay nada que se pueda hacer por mí.
- ¿Y no pensó en pedirle a...? (miró hacia arriba,
en inéquivoca alusión al Eterno)
- No soy digno de nada. Sólo tengo mi alma, para venderla a quien
mejor pague. No puedo morir todavía, hay tanto por hacer, hay tantos
que dependen de mí, no puedo morir, no puedo.... se deshizo en llanto.
El viento afuera empezó a susurrar extraños sonidos entre
las lápidas. Angel dejó caer la linterna, y al caer su moribunda
luz apuntó a ningun lado en particular. El momento se acercaba. Santos
empezó a sentir aquel dolor en su vientre, y supo que el final había
llegado. ¡Oiga, a que horas viene la policía, llame a alguien
por favor me muero!
- Nadie vendrá ahora, no por usted, se lo aseguro. esta vez fue
Angel quien se sentó a reirse.
- ¿Aún cree esos cuentos de viejas?, ¿quién
le dijo que estoy interesado en comprar su alma?
Aún en medio del indescriptible dolor que sentía, hubo
cabida para el terror, en tanto que veía al joven erguirse, proyectando
una extraña sombra, que delataba la maldad de la que era fuente y
personificación. El maligno rió a carcajadas, que sin embargo
no sonaban tan ominosas como siempre nos han querido hacer creer. Sonaba
a un hombre cansado, hastiado, decepcionado, que emplea la risa como un
medio para no estallar en lágrimas.
- Por favor, cómpreme, necesito .. aunque ... sea un... año
más.
- Todos los meses es lo mismo, se quejó Angel. Todos creen que
pueden venir y venderme lo poco que les queda de alma, y yo, como que no
sé nada de comercio, seré embaucado por sus promesas. Ahora
usted se quedará aquí, y será demasiado tarde. Pudo
aprovechar sus últimos días con su familia, organizando sus
asuntos, dejándolos en orden, pero no, tenía que dejarse arrastrar
por la codicia del tiempo. Cambió abruptamente la voz, y con un tono
que pretendió sonar a misericordia sentenció "Pero yo
no puedo hacer nada más por usted"
Santos enmudeció, el calor empezó a abandonarlo. Las velas
se apagaron al ímpetu de una feroz brisa que ingresó por los
ventanales rotos.
- ¿...porqué...?
- Mire a su alrededor. Los restos de misa negra y ritos oscuros estaban
allí, acusándolo, burlándose de los vanos intentos
de Santos de pronunciar un Padrenuestro, en el último minuto.
- Siempre ha sido mío, agregó. Angel, también conocido
como el Maligno, se inclinó sobre el cuerpo aún tibio, besó
su frente y lo cobijó con las alas que ahora se dejaban ver. Santos
cerró sus ojos y ya no escuchó más.
Los negocios ya no son lo que solían ser, y las ofertas de almas,
menos.

Plaza Francia.
Estudiantes sentados en las bancas, confundiéndose
con personas que portan maletines, cartapacios o algún periódico
estrujado. Lo más notable: hileras de mesas con el consabido tablero
de ajedrez pintado. Sujetos meditabundos, con el cabello revuelto y chispazos
de agudeza saltando de tanto en tanto, escudriñando las piezas de
plástico en cerebral y eterna lucha. Blanco versus negro. El mundo
en dos colores.
Parejas en romance cotidiano. A lo lejos la voz de un iracundo predicador
intenta destacar entre la sordina del tráfico urbano y los afanes
de personas que cual hormigas se dirigen presurosas a algún lado.
Las sombras de la tarde proyectan la iglesia sobre el gastado piso de pequeños
ladrillos. ¿ Dónde están las palomas que solían
surcar el cielo manchado de Lima ? Sólo unas cuantas nos hablan del
pasado, arrullándose entre ellas para llevar mejor el peso del aire
cargado e inestable del centro de la urbe.
Los afanes continúan. La lucha no cesa. Infinidad de caminos se
cruzan sin llegar a tocarse entre sí. Los destinos se multiplican.
El sosiego pasajero no despeja la desconfianza al ver a alguien acercándose
con las manos en los bolsillos del pantalón.
Sólo en el tablero el tiempo se ha detenido. No le afecta ni siquiera
la sucesión de rostros absortos. Después de todo la cadena
es la misma. Esto es la plaza Francia.

Gabriel.
Le llamaban Gabriel. La realidad le sorprendió
en un autobús, sentado, recibiendo la fría brisa de inicios
de junio en su escaso cabello. Fue allí donde le vi por primera vez,
a la misma hora y lugar donde le vería en muchas otras veces. Corbata
ancha y puños de la camisa raídos, cayendo sobre sus enjutas
manos que acariciaban las páginas de un pequeño libro, y un
saco que no iba con el color del pantalón, enmarcaban la imagen de
un anciano espigado y alto, seco de carnes, ligera y casi ridícula
versión de un Quijote del siglo veinte. Sus ojos pequeños
y hundidos revisaban repetitivamente las líneas del libro amarillento,
deslizándose en sus páginas como quien busca algo más
que un relato trágico, algo más que un poema atroz, mucho
más que las letras de viejos tangos que algún ocioso reunió
ha mucho tiempo. Quizás buscaba en las letras y palabras ya en desuso,
perdiéndose entre ellas, buscando desesperadamente un puente entre
ayer y hoy iluminado por aquella chispa que perdió entre copa y copa
de algún oscuro bar.
....
Le llamaban Gabriel. La realidad le sorprendió aquella triste
mañana en aquel autobús, cuando elevó la vista sobre
su libro de juergas y chispas y reconoció el rostro de aquel amigo.
Levantó la mano en el típico saludo de antes y sonrió.
Quizás fue allí donde la realidad decidió hacerlo reaccionar.
Durante dos segundos se miraron fijamente a los ojos en un vano intento
de requerir a las pupilas un trozo de pasado, un poco de luminoso y feliz
ayer. Pero aquel amigo, atrapado en su rutina de trabajo y huelga,
de orgullo y humillación, de días y noches, fue incapaz de
aceptar lo que los ojos de Gabriel gritaban. Tal vez antes, cuando aún
vivía su vida, él hubiera entendido, pero no ahora, no desde
que se dejó enredar por el sistema que no creó y nunca creyó.
Había desarrollado un miedo constante e instintivo al contacto con
las piezas sobrantes en el mecanismo; así que empuñó
su maletín de herramientas y sueños rotos y avanzó
al fondo del vehículo, en tanto que Gabriel seguía mirando
al punto fijo e inerte flotante en el espacio que segundos antes ocupara
la vista de su amigo. Desplazándose a decenas de kilómetros
sobre su vida, comprendió por enésima vez que era el quien
sobraba en el engranaje, era él quien giraba en otro sentido y velocidad,
alejándose cada vez más del punto donde rompió el límite.
Hundió sus hombros y bajó la cabeza, vencido.
...
Le llamaban Gabriel. La muerte le sorprendió sentado frente al
mar, entrecerrando sus ojos cautivos del oro y jade que flotaban en el agua.
Llegó ahí sintiendo el frío de miles de miradas que
no existen helando su espalda. Dejó al viento jugar en su cabeza,
susurrando temores y recuerdos en su oído, huyendo sin mayor prisa.
Alzó la mirada al disco naranja que se ocultaba en el horizonte.
Apretó el libro aquel de tangos, chispas y copas contras su pecho
y musitó tenuemente la letra de un viejo cantar, cobijado por la
dulce y fulgurante majestad del astro rey que ya moría, como su propia
vida...
La policía pregunta a los curiosos, en vana espera de que alguien
sepa cómo se llamaba el anciano que para todos formaba parte del
paisaje, del ambiente; tan familiar que pasó su tiempo siendo inadvertido.
Simplemente le llamaban Gabriel.

Inconcluso
Llegó a la conclusión de que odiaba el cigarrillo. Terminó
de dar forma a la idea en tanto que los espirales de humo subían
y se disipaban en torno a él. Aunque en realidad éstos no
desaparecían; se infiltraban en su ropa y garganta, picándole
en el paladar y amargando los besos que nunca dio, haciendo todavía
más espesa su saliva, más espesa aún de lo que la ardiente
noche de estío provocaba en sus largos insomnios. Hacía ya
un buen rato que se había sumergido en ese aislado mar de humo en
el que solía retozar. El radio a su costado, pese a estar al máximo
volumen, parecía haber sido aplastado por la madrugada, acallado
por completo en el inquietante vacío de tres de la mañana,
en el que los miedos saltan y caminan entre los muebles y demás objetos
inanimados que reposan liberados de los azares humanos.
Nada se antojaba en ese momento tan terrible como la angustia de tener
los ojos abiertos en medio del pequeño mundo inanimado y prohibido
a los mortales, con los sentidos alerta en tanto que todos los demás
descansaban de sus odios y temores, en fin, de todo aquel ritmo que marca
el presagio de un inminente final.
Por enésima vez deseó que la vida fuera una especie de borrador.
Un enorme campo de pruebas en el que pudiera enmendar los errores cometidos,
y poder ser perfecto en un mundo perfecto. Tal vez volver a ser un púber
y descubrir esa primera vez en forma diferente....

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