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Internautas por la Paz y La Libertad

 En ocasiones, cuando me permito un rato de ocio, escribo lo primero que se viene a la mente. Estos son fragmentos de algunas cosas que he escrito, y que no merecen -creo- llamarse cuentos o ensayos. Pero en su momento significaron algo para mí. Y ahí están sin poder hacer nada para cambiarlos...

El Angel Malvado

La jornada de oro y jade (Angel Malvado 2)

La jornada de medianoche (Angel Malvado 3)

Muerte en marzo

Malos negocios

Plaza Francia

Gabriel

Inconcluso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Angel Malvado.

Durante mucho tiempo vivió con el estigma-virtud de "Angel malvado".

Todo empezó cuando descubrió ese gusto por el placer y el dolor, junto a su compañera de viaje. Que nunca usaron látigos y prendas de cuero, pero solían retozar entre heridas y vendajes del alma. Así que el Angel malvado decidió que esa sonrisa tierna no iba bien con su nueva imagen. La desechó bajo los espirales del humo, y se pasó mucho tiempo frente al espejo, contruyendo aquella nueva sonrisa, torva y maliciosa, que en verdad creyó que le sentaba. Y conoció los sitios más oscuros, los más delirantes, los que siempre le fueron prohibidos. Y se deleitó en los placeres de la carne, y endureció la mirada para no permitir que nadie se asomara a su interior. Tanto tornóse en roca, que su misma compañera se alejó, pues su maldad le asustó. Él quedó solo, pero fingió que no importaba. Se despojó de sus blancos ropajes y se vistió de negro, y recorrió mil calles, saludando a todos por igual, porque sabíase el centro de atención. Hasta que llegó al laberinto subterráneo donde todos lo quisieron.

Después de todo era el Angel Malvado, con derecho a pisotear los sentimientos, a reirse de lo bueno, y todos lo celebrarían, hiciese lo que hiciese, porque era uno de los hijos del cielo que un día decidió visitar a los mortales. Pero cometió un error: siguió enamorado. Y cuando el tiempo se negó a bendecirlo con el olvido, uno de los bufones que frecuentaban su corte se enteró y lo hizo público de la forma clandestina, murmurándolo en los pasillos que conducían al salón del trono. Como avalancha, la noticia tomó fuerza y no hubo quien pudiera detenerla. Entonces, los de siempre y muchos más entraron y se sentaron enfrente de él, y bebieron y bailaron, esperando una respuesta de sus labios, que les sacara del desconcierto en el que estaban sumidos. Y el consejero a su mano derecha le suplicó que una vez más mostrase su poder, pero una lágrima obtuvo por respuesta. Todos allí esperaban que se portase como el Angel malvado que ellos necesitaban para justificar sus propios excesos. Pero el Angel ya no podía soportar el peso de esa sonrisa artificial y la dejó caer, estallando en mil pedazos contra el piso.

La música cesó, el baile murió. ¿Pueden diez mil personas ver al mismo tiempo una lágrima rodar? Se acercaron e intentaron convencerlo que aún era el Angel malvado, y que nada lo afectaría, pero en el fondo temían, porque nadie más estaba dispuesto a ocupar el trono y ceñirse la torva y pesada sonrisa sobre el rostro para enmarcararse. El lo comprendió, lo vió claro por vez primera desde hacía ya mucho tiempo. Y desplegó sus alas, que le dolían por el poco uso que les había dado. Pero en un enorme esfuerzo tomó impulso y dejó a sus azorados lacayos, pues ahora tenía la certeza que habían sido todo el tiempo sus amos. No le costó esfuerzo encontrar la salida del laberinto. Pero ya afuera, el sol lo encegueció momentáneamente, y todos los del mundo de la luz le decían que debía renegar de su pasado y abjurar de sus creencias. Se miró y cayó en cuenta que aún llevaba puesta la túnica negra y escarlata que le sirviera en el mundo subterráneo. Y se deshizo de ellas, y voló desnudo sobre el mar alejándose del continente desolado que una vez fue su hogar, pero en cada isla a la que arribaba encontraba leyes que no comprendía. Le prohibían volar, llorar, comer de más, hacer el amor con quien el pueblo entero no aprobara previamente. Debería vestirse de blanco, o de negro, pero nunca de ambos colores. E intentó ser alguien bueno y establecerse en un lugar fijo, de verdad que lo intentó. Pero sus alas habían probado nuevamente la brisa de las alturas -a donde no llegan los lamentos y las miserias- y no estaban dispuestas a soportar el destino de apéndices atrofiados que les aguardaba. Así que un día no aguantó más, y de nuevo se desnudó, para no ser ni blanco ni negro, pues sólo se vendían túnicas en tales colores. Y enrumbó alto, donde las voces no pudiesen alcancarle dictándole lo que hacer.

Y aún está buscando una nube para reposar.......

(18 de enero de 1998)

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La Jornada de Oro y Jade (Angel Malvado 2).

La espuma del mar lamía sus pies, con el acerado frío de la mañana. El Angel malvado despertó. Tenía el rostro cubierto de arena. Se incorporó lentamente, con la vista aún nublada. Sólo recordaba fragmentos de la noche anterior, cuando completamente ebrio, escogió una de esas livianas nubes que se deslizan a gran velocidad por sobre el mar. Pero al parecer ésta no sobrevivió para ver el alba. Un grupo de niños alrededor de él se sobresaltaron al verle moverse. Uno de ellos, el más alto, le hincó repetidamente en un costado con una larga vara. Todos estaban vestidos de forma muy extraña, con ropas de color verde y pintas de colores que semejaban vegetación. Los más pequeños buscaron refugio tras unas dunas en las cercanías. El Ángel trató en vano de limpiarse la arena y restos de algas. Finalmente decidió ingresar al agua para lavarse. Los pequeños espectadores le siguieron de cerca, pero conservando al mismo tiempo una prudente distancia. Sólo uno de ellos se acercó y con señas intentó darle a entender algo, pero él lo ignoró. Aún no podía abandonar ciertos rastros de arrogancia de su anterior vida, así que en una magnífica maniobra extendió las alas, se elevó y al notar que a los azorados muchachos ya les dolía la nuca de mirar hacia arriba, se dejó caer en perfecta picada al océano...

La desesperación le hizo retorcerse, enredándose más en la red dispuesta sobre el agua. Empezó a tragar agua, mientras con uñas y dientes intentaba rasgar las cuerdas que le aprisionaban. Finalmente pudo sacar la cabeza a flote y tomar una bocanada de aire. Una de sus alas sangraba. Al calmarse un poco miró alrededor y pudo notar varios cadáveres de delfines, dejados a medio morder por los peces del lugar. Se liberó de la red y dolorosamente nadó hacia la orilla. Se dejó caer mientras sus pulmones arrojaban cantidades increibles de agua. Desfalleciente, sintió que los niños corrían alejándose, temerosos. Intentó gritarles pero las fuerzas no le alcanzaron. Perdió el conocimiento.

Volvió a abrir los ojos con un escalofrío recorriéndole el cuerpo, a pesar del sol de mediodía. Y comprendió el porqué: estuvo a punto de ahogarse, lo que significaba que cada día se estaba pareciendo más a los mortales. Al abandonar el cielo, sus cualidades empezaron a desvirtuarse, a desaparecer. Y ahora ¿qué?

No tenía prenda alguna que rasgar para fabricarse una venda, de modo que tuvo que conformarse con remojar el ala en la orilla de mar, con la esperanza que la sal cerrase la herida. Caminó a lo largo de la costa, siguendo las pequeñas huellas. Las ruinas que iba encontrando a su paso hablaban de una gran civilización. Enormes edificios derrumbados mostraban aún parte de la magnificencia que una vez tuvieron. Y algunas sombras fugaces y lejanas le convencían más de que existían muchos niños en esa isla. Pero no pudo hallar un solo adulto. Finalmente encontró al grupo principal, los que había visto en la mañana. Le ofrecieron un trozo de carne asada al fuego, pero él lo rechazó. Se había prometido a sí mismo que jamás volvería a comer animal alguno. Pero el hambre suele ser tenaz, y a escondidas de ellos devoró algo, pero se dió cuenta de lo inútil de su acción, pues no había forma de esconderse de sí mismo. Esa noche durmió por primera vez en mucho tiempo cerca al fuego. Ya había olvidado la sensación, acostumbrado como estaba en las últimas semanas al gélido oro y jade del crepúsculo y el alba, pues ya no se permitía abrir los ojos en la noche. Durante varias semanas permaneció con ellos, los niños que jamás hablaban, que jamás reían. Sólo vivían para cazar y entrenarse duramente. Despertaban temprano y empuñaban armas extrañas, que vomitaban fuego y metal, y se iban a practicar todo el día. Un día uno de ellos murió al manipular una de las armas. Era un pequeño con no más de nueve años. El resto permaneció alrededor toda la tarde, sentados, golpeando el suelo con sus armas, en espera de que se levantara. Cuando se cansaron de hacerlo, contruyeron una improvisada balsa, tomaron el cuerpo inerte y lo pusieron en ella. Enrumbaron hacia una pequeña bahía donde no había redes, e intentaron botar la balsa mar adentro. Pero las aguas se negaban a aceptarlo y lo devolvían a la orilla. Empezaron a llorar, intentando arrancarle sonido a sus gargantas pero las palabras no nacían en ellos.

Pobres niños, olvidados por todos. Preparándose para matarse entre sí algún día, pero a la vez tan inocentes, incapaces de comprender aún las leyes que rigen la naturaleza que algún día ellos mismo tratarían de destruir. Ese día en espcial el Angel no había amanecido malvado, sólo sorprendido. Así que tomó el cadáver en sus brazos, lo estrechó con fuerza, y remontó vuelo, aún sentido por la herida. Allá abajo, los hijos de la nada levantaban sus manos y hasta parecía que se despedían tanto de su caído compañero como del ángel mismo. Voló con furia, sintiendo que la rabia invadía sus párpados, y a su paso las gaviotas decidieron ignorar a sus líderes y volaron a sus costados, escoltándolo. El cansancio le invadía, el cuerpo del infante se hacía pesado, pero decidió esforzarse un poco más, el sol empezaba a caer, invadiendo en oro y sangre el horizonte. El jade del mar tornóse rojizo. Entonces dió vuelta sobre sí mismo y se dejó caer en picada. El mar les recibió con un beso de espuma y sal. Llegó hasta unas pequeñas cuevas de coral, y tras espantar a una morena que se negaba a abandonar su refugio, depositó al niño en su nuevo y perpetuo hogar. El aire casi se agotaba. Salió a la superficie donde las gaviotas indiferentes se habían dispersado. Raudo como un rayo recobró altura, sacudiéndose el agua de las alas.

Sintió su rostro húmedo y salado, y supo que no era sólo el mar. Estaba llorando. Se alejó sin mirar atrás, pues si lo hacía, ya no podría marcharse........

(23 de enero de 1998)

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LA JORNADA DE MEDIANOCHE (Angel Malvado 3)
 

"Ya que aceptamos que nada es por siempre
quisiera creer que ni aún la muerte es eterna.

Pero es tan difícil pensar como dioses
anclados del lado opuesto de la puerta.

Hoy la infancia se va en recuerdos
que no fueron exactamente como recordamos.

El deseo nos asiste,
el orgullo nos embiste,
y nos seduce el culto a la perfección.

De la cual nunca gozamos,
tan ladrones tan profanos,
inocentes y a la vez condenados."
 

Se cansó de ser cobarde, de estar huyendo permanentemente. Aquello de buscar una nube para descansar y ser feliz era sólo una excusa, ahora tenía la certeza. Pues en realidad buscaba escapar de todo afecto, de todo lazo. Siendo irresponsable pensó lograr la felicidad, pero el método había dejado de funcionar.

Los lamentos subieron hacia él. El viento, cómplice culposo, los llevaba hacia sus oídos. El olor a muerte y sacrificios saturaba el aire. Intentó alejarse de todo eso, pero parecía que llevaba la enrarecida atmósfera impregnada en su piel. Le tomó tiempo decidir, pero finalmente lo hizo.

Regresó encubierto a la ciudad del bajo mundo donde un día reinó. La noche había caído sobre la tierra. Todo era decadencia. Los hombres arrastraban los pies en busca de un pretexto para llegar al siguiente día. Las mujeres deambulaban con sus críos alrededor, consiguiendo el alimento necesario para no morir, pues los animales grandes estaban vedados para el consumo propio, estando destinados al sacrificio ritual. Los ídolos yacían entre ruinas. Nada quedaba en pie que valiera la pena.

Llegó a la plaza central. Un rostro familiar apareció entre la miseria. La barba blanca y desordenada, los cabellos revueltos, la mirada en blanco. Ángel se acercó a Thanatos, y sin hacer el menor ruido -eso pensó- se sentó a su lado.

-Ha pasado mucho tiempo, Maestro.

- ¿Cómo sabías que era yo? preguntó el Angel Malvado.

- El sonido de sus alas es inconfundible, respondió el anciano.

El Angel se sorprendió. Sus alas estaban escondidas y apretadas tras el grueso manto que llevaba encima. Como en los viejos tiempos, Angel agitó la mano frente al rostro de Thanatos, pues siempre le quedaba la duda de si era realmente ciego.

- Ya no cantas, dijo el Angel Malvado, buscando sin éxito la lira.

- Mal negocio es, los jóvenes se van en cuanto tienen el aliento necesario para huir. Y los que aún quedamos ya no hallamos nada en los cantos y relatos.

- ¿Y cuando fue negocio para tí, si cantabas y pregonabas sólo por el gusto de sentir los corazones vibrar?

- Pero todo se ha perdido ya.

- Alguien me ha llamado ¿sabes quién ha sido?

- Muchos le han invocado. Pero la muerte les asiste. Hizo bien en alejarse de todo esto. No favorecía a su esencia celeste.

El Angel decidió no contarle sobre el episodio en la isla de los niños. Un rezago de vanidad le impidió admitir que estuvo a punto de ahogarse, de modo que su esencia celeste estaba casi perdida. Prefirió una verdad a medias...

- .. y sin embargo cada día creo ser un poco más como ustedes. Ya casi no está en mí la capacidad que tenía cuando abandoné las huestes del Eterno.

Thanatos calló por varios minutos. Su mano intentaba trazar ociosamente algunas figuras sobre la tierra. Su rostro surcado por el tiempo se negaba a ser regado por el manantial que suele esconderse tras los ojos. Y sin embargo su llanto era evidente.

El Ángel Malvado recordó con tristeza aquella ocasión en que puso sus manos sobre el rostro de aquel hombre y le instó a tener fe para poder devolverle la luz a sus ojos. Y el que en esos tiempos era un jovenzuelo bastante atrevido y rebelde se negó a obtener la gracia. Le era preferible la oscuridad familiar desde el vientre de su madre, a la condición de vidente de un mundo desvastado.

Era igual ahora. Se sentía presionado a descargar un poco de aquel mermado poder que aún le asistía para aliviar el sufrimiento de este pueblo que ahora pagaba con su vida los errores del pasado. Y sin embargo, por una extraña dicotomía interna, se abstenía de hacerlo.

- Maestro, usted no pertenece a este mundo. Y aún no tiene cabida en el otro. Pero no es obrando milagros como logrará encontrar su camino. En cuanto ellos vean repuestas sus fuerzas, volverán a caer en lo mismo. Sus corazones se henchirán de orgullo, y erigirán altares y sacrificarán a sus vírgenes. Fornicarán entre ellos... se embriagarán y buscarán un líder que los lleve por esas sendas de maldad por las que usted mismo transitó.

- (...)

- Habrá comprobado ya que el dolor y el destierro pueden ser una forma de refinar el alma.

- Pero ¿cómo puedo volverme y alejarme, con todas sus voces tras de mí?

- Pudo haber sido cualquier otro de los divinos a quien acudieran. Igual, mientras no decidan cambiar por sí mismos, toda ayuda será inútil, todo esfuerzo será vano. Cuando sus manos obtengan la firmeza necesaria empuñarán las armas y lucharán unos contra otros. El motivo lo hallarán donde quieran hallarlo: por un pedazo de tierra, o un insulto, o el orgullo insensible tras una bandera. Porque aún no logran mutar su propia naturaleza.

- ¿Y que hay de tí, anciano? ¿de que te vale toda tu sabiduría si estás aquí, en medio de la nada, dejando el tiempo pasar mientras la muerte ronda tus predios?. El Angel Malvado empezaba a perder la paciencia. A nadie le gusta oir aquello que le recuerda sus propios errores.

- ¿de qué me vale? De nada -Una sonrisa irónica cruzó sus labios- puede comprobar conmigo que el conocimiento es finito, y además completamente inútil si se queda sin acciones reales.

- Pero si tengo en mis manos un poder que otros no poseen, ¿porqué no usarlo? Quiero demostrarte que estás equivocado.

- No es a mí a quien debe demostrárselo, Señor. Soy sólo uno más en esta tierra. Thanatos se puso de pie, apoyado en su bastón, dando por finalizada la charla. No fue necesario despedirse. Ambos sabían que nunca más volverían a encontrarse. La frágil figura desapareció entre la oscuridad, que rápidamente fue reemplazada por fuego de antorchas y piras con restos humeantes de animales sacrificados. El gentío llenaba las calles, como cada noche desde hacía mucho tiempo.

Esa fue una noche casi eterna, la más larga de todos los tiempos. Al influjo de la luna, las pasiones desatadas se retorcían en los corazones. Sacrificios inútiles. Los moradores de aquella tierra desvastada por sus propias manos veían agotarse las posibilidades de que aquel extraño ser alado que algunos viejos recordaban volviese para reconstruir sus murallas, levantar sus banderas, y vengar su orgullo herido por las naciones vecinas.

Ni siquiera se percataron del forastero, de grueso y oscuro manto que silenciosamente cruzó entre la muchedumbre hasta salir del pueblo. Mucho menos se dieron cuenta cuando se despojó de los ropajes y alzó vuelo.

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Muerte en Marzo

El conglomerado humano que se había formado en aquella calle se divisaba al hombre colgando de la ventana, a doce o catorce metros sobre el piso. Al inicio no supe bien qué sucedía, pero el humo que ascendía del edificio confirmó los rumores que ya algunos modificaban y propagaban respecto al incendio. En el tercer piso un anónimo rostro femenino ayudado por alguien más, sostenía una silla por las patas, para que el sujeto del piso superior agarrado de la cornisa de la ventana se apoyara en el respaldar del raquítico mueble.

Quizás lo entendí pero no lo asimilé totalmente. El bochornoso calor de una Lima en marzo nublaba mi percepción. Era como si estuviera frente a una enorme pantalla de televisión en espera de los comerciales que nunca llegaron. Traté de conservar la calma, después de todo era absurdo pensar que aquel hombre se dejara caer, absurdo desde la perspectiva de un individuo como yo, narcotizado por una indolente infancia en un pueblo donde la vida transcurre sin mayor novedad, perfecto para vivir y morir sin mayor problema.

Los curiosos seguían aglomerándose en torno al circo que había nacido en cuestión de minutos en medio de una potencial tragedia. Estudiantes irreverentes buscaban un sitio dentro del alcance de cámaras fotográficas surgidas de la nada. Los que no habían llegado a tiempo para las fotos alzaban la cabeza por encima del gentío, acaso con la recóndita esperanza de que llegaran las cámaras de televisión de los canales capitalinos.
Llegaron los vendedores ambulantes, con su carga de golosinas y cigarrillos de contrabando; también llegaron al lugar sujetos de camisa y corbata con raídos folders bajo el brazo, cubriéndose la frente con el dorso de la mano, para proteger su vista de los inclementes rayos del sol; el circo estaba casi completo, pero aún no llegaban los bomberos. De repente lo inevitable sucedió.

Movió los brazos en desordenada mímica, como dirigiendo la informal muchedumbre de sopranos que entonaron el aria final de su vida. Ansié que algo sucediera, no sé, algo que detuviera la atrocidad que continuaba en marcha; pero nada pasó, nada fuera de lo normal, de lo que tenía que pasar como consecuencia de semejante caída. Desapareció detrás del coro de sopranos y demás voces. El calor desapareció con él. Me abrí paso entre la gente. Algunos apartaban a los curiosos del cuerpo, formando un círculo; aunque a juzgar por las apariencias ya de nada le servía el oxígeno. Lucía como un muñeco sucio, despreciado por un niño que cansado de él, rompió su cabeza contra el piso. Un sentimiento de culpa me invadió inexplicablemente y busqué la forma de salir de allí. Me sentí absurdo, como la muerte misma, absurdo como el pensar que no se soltaría, absurdo como la indiferencia de una ciudad que no comprendía que lo que observaban en el suelo como un fardo fue también una persona que hasta hace poco también podía sufrir y reír, una persona con defectos y virtudes, con una vida e identidad ya perdidas, formando parte inerte del pavimento, del hilo de sangre y del incendio que ahora lamía la azotea de la construcción.

Los bomberos pasaron veloces a mi lado, en dirección opuesta, en una vana carrera contra el tiempo que sin duda les volvió a ganar. Ya en el ómnibus me asaltó aquella paranoia de sentir que en el momento más inesperado yo también podría dejar de existir; presentí que aquel niño que arrojó a la acera su aburrido y necio juguete podría despertar en cualquier momento de su pesadilla, en la que se incluye nuestro universo.
Cerré los ojos y en la ciega cortina de mis párpados le vi levantarse de su lecho mientras nos desvanecíamos como una ilusión.

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Malos Negocios

Conforme a las viejas normas, encendió los cirios, que chisporretearon por unos instantes hasta arder bien. El olor a grasa quemada saturaba el ambiente. Santos se sentó en el suelo, despojado del calzado y con el torso desnudo, agotado. Ya no le quedaban fuerzas. El tiempo se agotaba. Fueron muchos días en los que buscó con ansias, invocó, gritó hasta casi perder la voz. Desesperado, pronunció los mil nombres del maligno, pero éste no se presentó. Ni siquiera una leve brisa que denotara su presencia, ni olor a azufre, ni sombras heladas ni el perro negro que muchos mencionan. Nada. A su alrededor restos de aves y gatos destazados despedían un pútrido olor. Miró sus propias manos, manchadas de sangre y grasa.

La cabeza empezaba a darle vueltas, se inclinó a un lado y vomitó. Creyó ahogarse por un momento, sus entrañas se estremecieron por completo. La puerta chirrió al abrirse. Santos se volvió tan rápido como pudo y vió al jovencito entrar, con una linterna en la mano. Aquel apuntó a su rostro, pero de inmediato bajó el haz de luz al nivel de su pecho.

- Oiga, ¿que pasa aquí?. No obtuvo respuesta. Su voz sonaba más adulta de lo que podría sugerir aquel cuerpo frágil que se adivinaba entre la penumbra. Se acercó, acuclillándose para mirar al rostro del anciano, que trataba de esconder el cuchillo ritual. Un enjambre de moscas levantó vuelo.

- Siempre lo mismo, cuando van a dejar de hacer huevonadas aquí ¿ah? Ni piense en escaparse, que ya llamé a la policía!

- No por favor, no lo haga. Suplicante se aferró a la camisa del joven, manchándola de sangre. Él se soltó bruscamente, y buscó un interruptor para encender las luces, pero no tuvo éxito.

- ¿Como se llama? inquirió

- Santos, Santos da Silva, señor. Sonó cómico el llamar señor al imberbe. Hubiera podido derribarlo y salir corriendo, pero su cuerpo se negaba a responderle, en tanto que las contracciones en su esófago amenazaban con el vómito.

- Pues yo me llamo Angel, respondió el otro, mientras se inclinaba y le extendía la mano. ¿Y que fué lo que Ud. vino a pedir?

Santos trató de contener la risa, pero ésta le ganó. ¡Angel, ja, ja, ja, ja, ja, ha, ha, ha, h.....! Lo repetía una y otra vez. El muchacho le miraba visiblemente desconcertado y no sabía si unirse en su risa o acabar de molestarse y llamar a la policía, que tardaba tanto...

- Es que es gracioso. ¿Ud sabe a quien vine a rezarle? al mismísimo demonio. Y Ud. se aparece aquí, diciendo que se llama Angel, que acaso era compañero del otro o qué? la risa comenzaba a atacarlo nuevamente...

- ¿Y que vino a pedirle? ¿problemas de dinero o mujeres? Debió esperar más de cinco minutos, en tanto que Santos se calmaba, y tras buscar la camisa que se hallaba sobre una banca de la abandonada capilla, se limpió las comisuras de los labios. Un silencio sepulcral llenó la atmósfera.

- Me estoy muriendo, y ya no hay nada que se pueda hacer por mí.

- ¿Y no pensó en pedirle a...? (miró hacia arriba, en inéquivoca alusión al Eterno)

- No soy digno de nada. Sólo tengo mi alma, para venderla a quien mejor pague. No puedo morir todavía, hay tanto por hacer, hay tantos que dependen de mí, no puedo morir, no puedo.... se deshizo en llanto.

El viento afuera empezó a susurrar extraños sonidos entre las lápidas. Angel dejó caer la linterna, y al caer su moribunda luz apuntó a ningun lado en particular. El momento se acercaba. Santos empezó a sentir aquel dolor en su vientre, y supo que el final había llegado. ¡Oiga, a que horas viene la policía, llame a alguien por favor me muero!

- Nadie vendrá ahora, no por usted, se lo aseguro. esta vez fue Angel quien se sentó a reirse.

- ¿Aún cree esos cuentos de viejas?, ¿quién le dijo que estoy interesado en comprar su alma?

Aún en medio del indescriptible dolor que sentía, hubo cabida para el terror, en tanto que veía al joven erguirse, proyectando una extraña sombra, que delataba la maldad de la que era fuente y personificación. El maligno rió a carcajadas, que sin embargo no sonaban tan ominosas como siempre nos han querido hacer creer. Sonaba a un hombre cansado, hastiado, decepcionado, que emplea la risa como un medio para no estallar en lágrimas.

- Por favor, cómpreme, necesito .. aunque ... sea un... año más.

- Todos los meses es lo mismo, se quejó Angel. Todos creen que pueden venir y venderme lo poco que les queda de alma, y yo, como que no sé nada de comercio, seré embaucado por sus promesas. Ahora usted se quedará aquí, y será demasiado tarde. Pudo aprovechar sus últimos días con su familia, organizando sus asuntos, dejándolos en orden, pero no, tenía que dejarse arrastrar por la codicia del tiempo. Cambió abruptamente la voz, y con un tono que pretendió sonar a misericordia sentenció "Pero yo no puedo hacer nada más por usted"

Santos enmudeció, el calor empezó a abandonarlo. Las velas se apagaron al ímpetu de una feroz brisa que ingresó por los ventanales rotos.

- ¿...porqué...?

- Mire a su alrededor. Los restos de misa negra y ritos oscuros estaban allí, acusándolo, burlándose de los vanos intentos de Santos de pronunciar un Padrenuestro, en el último minuto.

- Siempre ha sido mío, agregó. Angel, también conocido como el Maligno, se inclinó sobre el cuerpo aún tibio, besó su frente y lo cobijó con las alas que ahora se dejaban ver. Santos cerró sus ojos y ya no escuchó más.

Los negocios ya no son lo que solían ser, y las ofertas de almas, menos.

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Plaza Francia.

Estudiantes sentados en las bancas, confundiéndose con personas que portan maletines, cartapacios o algún periódico estrujado. Lo más notable: hileras de mesas con el consabido tablero de ajedrez pintado. Sujetos meditabundos, con el cabello revuelto y chispazos de agudeza saltando de tanto en tanto, escudriñando las piezas de plástico en cerebral y eterna lucha. Blanco versus negro. El mundo en dos colores.

Parejas en romance cotidiano. A lo lejos la voz de un iracundo predicador intenta destacar entre la sordina del tráfico urbano y los afanes de personas que cual hormigas se dirigen presurosas a algún lado.
Las sombras de la tarde proyectan la iglesia sobre el gastado piso de pequeños ladrillos. ¿ Dónde están las palomas que solían surcar el cielo manchado de Lima ? Sólo unas cuantas nos hablan del pasado, arrullándose entre ellas para llevar mejor el peso del aire cargado e inestable del centro de la urbe.

Los afanes continúan. La lucha no cesa. Infinidad de caminos se cruzan sin llegar a tocarse entre sí. Los destinos se multiplican. El sosiego pasajero no despeja la desconfianza al ver a alguien acercándose con las manos en los bolsillos del pantalón.

Sólo en el tablero el tiempo se ha detenido. No le afecta ni siquiera la sucesión de rostros absortos. Después de todo la cadena es la misma. Esto es la plaza Francia.

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Gabriel.

Le llamaban Gabriel. La realidad le sorprendió en un autobús, sentado, recibiendo la fría brisa de inicios de junio en su escaso cabello. Fue allí donde le vi por primera vez, a la misma hora y lugar donde le vería en muchas otras veces. Corbata ancha y puños de la camisa raídos, cayendo sobre sus enjutas manos que acariciaban las páginas de un pequeño libro, y un saco que no iba con el color del pantalón, enmarcaban la imagen de un anciano espigado y alto, seco de carnes, ligera y casi ridícula versión de un Quijote del siglo veinte. Sus ojos pequeños y hundidos revisaban repetitivamente las líneas del libro amarillento, deslizándose en sus páginas como quien busca algo más que un relato trágico, algo más que un poema atroz, mucho más que las letras de viejos tangos que algún ocioso reunió ha mucho tiempo. Quizás buscaba en las letras y palabras ya en desuso, perdiéndose entre ellas, buscando desesperadamente un puente entre ayer y hoy iluminado por aquella chispa que perdió entre copa y copa de algún oscuro bar.

....

Le llamaban Gabriel. La realidad le sorprendió aquella triste mañana en aquel autobús, cuando elevó la vista sobre su libro de juergas y chispas y reconoció el rostro de aquel amigo. Levantó la mano en el típico saludo de antes y sonrió. Quizás fue allí donde la realidad decidió hacerlo reaccionar. Durante dos segundos se miraron fijamente a los ojos en un vano intento de requerir a las pupilas un trozo de pasado, un poco de luminoso y feliz ayer. Pero aquel ‘amigo’, atrapado en su rutina de trabajo y huelga, de orgullo y humillación, de días y noches, fue incapaz de aceptar lo que los ojos de Gabriel gritaban. Tal vez antes, cuando aún vivía su vida, él hubiera entendido, pero no ahora, no desde que se dejó enredar por el sistema que no creó y nunca creyó. Había desarrollado un miedo constante e instintivo al contacto con las piezas sobrantes en el mecanismo; así que empuñó su maletín de herramientas y sueños rotos y avanzó al fondo del vehículo, en tanto que Gabriel seguía mirando al punto fijo e inerte flotante en el espacio que segundos antes ocupara la vista de su amigo. Desplazándose a decenas de kilómetros sobre su vida, comprendió por enésima vez que era el quien sobraba en el engranaje, era él quien giraba en otro sentido y velocidad, alejándose cada vez más del punto donde rompió el límite. Hundió sus hombros y bajó la cabeza, vencido.

...

Le llamaban Gabriel. La muerte le sorprendió sentado frente al mar, entrecerrando sus ojos cautivos del oro y jade que flotaban en el agua. Llegó ahí sintiendo el frío de miles de miradas que no existen helando su espalda. Dejó al viento jugar en su cabeza, susurrando temores y recuerdos en su oído, huyendo sin mayor prisa. Alzó la mirada al disco naranja que se ocultaba en el horizonte. Apretó el libro aquel de tangos, chispas y copas contras su pecho y musitó tenuemente la letra de un viejo cantar, cobijado por la dulce y fulgurante majestad del astro rey que ya moría, como su propia vida...
La policía pregunta a los curiosos, en vana espera de que alguien sepa cómo se llamaba el anciano que para todos formaba parte del paisaje, del ambiente; tan familiar que pasó su tiempo siendo inadvertido. Simplemente le llamaban Gabriel.

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Inconcluso

Llegó a la conclusión de que odiaba el cigarrillo. Terminó de dar forma a la idea en tanto que los espirales de humo subían y se disipaban en torno a él. Aunque en realidad éstos no desaparecían; se infiltraban en su ropa y garganta, picándole en el paladar y amargando los besos que nunca dio, haciendo todavía más espesa su saliva, más espesa aún de lo que la ardiente noche de estío provocaba en sus largos insomnios. Hacía ya un buen rato que se había sumergido en ese aislado mar de humo en el que solía retozar. El radio a su costado, pese a estar al máximo volumen, parecía haber sido aplastado por la madrugada, acallado por completo en el inquietante vacío de tres de la mañana, en el que los miedos saltan y caminan entre los muebles y demás objetos inanimados que reposan liberados de los azares humanos.

Nada se antojaba en ese momento tan terrible como la angustia de tener los ojos abiertos en medio del pequeño mundo inanimado y prohibido a los mortales, con los sentidos alerta en tanto que todos los demás descansaban de sus odios y temores, en fin, de todo aquel ritmo que marca el presagio de un inminente final.


Por enésima vez deseó que la vida fuera una especie de borrador. Un enorme campo de pruebas en el que pudiera enmendar los errores cometidos, y poder ser perfecto en un mundo perfecto. Tal vez volver a ser un púber y descubrir esa primera vez en forma diferente....

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