Don Luis de Argote y Góngora, que es así como en realidad se llama este poeta, nació en Córdoba en 1561. Su padre, don Francisco de Argote, licenciado en Salamanca, era un gran bibliófilo y humanista que cuidó con gran esmero de su preparación. Poseía una copiosa biblioteca calificada por el erudito Díaz de Ribas como la «gran librería», la cual era frecuentada en diversas tertulias literarias.
A la educación de Góngora no sólo influyó el ambiente literario de su casa, también lo hizo de manera decisiva la intervención de su tío materno, don Francisco de Góngora, racionero de la catedral de Córdoba, el cual cedió a su sobrino los beneficios eclesiásticos que tenía en diversas localidades, asegurándole así un modesto bienestar económico, y poder estudiar en la Universidad de Salamanca, donde se matriculó de Cánones desde el año 1576 hasta el curso 79-80.
Si bien Góngora fue un estudioso precoz, ya que estudió leyes y cánones, su verdadera vocación fueron las letras. Pero no sólo las letras parecían impedir su vocación eclesiástica, ya que Góngora fue amonestado constantemente por sus distracciones durante las horas de coro o sus charlas en las horas de rezo; se decía de él que vivía «como un mozo» y que andaba «de día y de noche en cosas ligeras». Eran bien conocidas sus aficiones al juego y a las corridas de toros (prohibidas a los clérigos).
De sus misiones fuera de la ciudad, encargadas por el cabildo catedralicio de Córdoba, apenas tenemos documentación. Sí es cierto que en 1602 estaba en Valladolid, donde temporalmente residía la Corte. En varias ocasiones estuvo en Madrid, donde frecuenta los círculos literarios más selectos, y entra en contacto con la clase noble de la Corte. A través del duque de Lerma, por entonces ministro del Rey, en 1617, se le designa capellán real de Felipe III, para lo cual tuvo que ordenarse sacerdote a la edad de cincuenta y cinco años. La muerte de su protector y amigo, el duque de Lerma, al cual le dedicas su Panegírico, y su conocida afición al juego llevaron a Góngora a una grave situación económica, por lo que tuvo que ganarse el favor del siempre omnipotente conde-duque de Olivares, ministro del Rey.
En 1627 volvió a Córdoba, aquejado de «arterioesclerosis prematura», enfermedad que llevaba padeciendo largo tiempo; sufría desvanecimientos, fuertes dolores de cabeza, y pérdida de la memoria. Murió el 23 de mayo de ese mismo año en su ciudad natal.