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Sección de Colaboraciones: Paredes   

E L    U NI V E R S O    L I T E R A R I O    D E    H U G O

 Sección de Colaboraciones

 

 

Paredes

por Amanda Morrison

 

"La poesía al alcance de todos."

~Octavio Paz, "Hijos de la Malinche"

 

Ella se dio cuenta de la blancura del lugar. Era casi pura, como el color de la nieve reciente bajo el sol del campo. Luces escondidas iluminaban las paredes vacías. No había puerta ni ventanas. No había muebles; solamente una cama cubierta por manta blanca. No le sorprendió estar allí. No sentía hambre ni sed. Se sentó en la cama. Esperó y esperó, pero nadie vino. Las horas pasaron.

Empezó a pensar en la música. Abrió la boca, pero no pudo cantar. Dentro de su cabeza podía escuchar una melodía, pero no podía expresarla. Se sentía como un pájaro mudo. Se tocó los labios con los dedos. No podía ver el rojo de sus labios ni el azul de sus ojos. La melodía continuaba, cada nota caía como una gota de lluvia en su mente quieta. Cuando se sintió cansada, se acostó, y durmió pacíficamente, soñando con antiguas montañas.

Al día siguiente, se levantó, y después de un momento de confusión, percibió la presencia de la mujer, vestida con una blusa y una falda blanca, casi invisible, tan cerca de la pared. La mujer le preguntó, "¿Cómo estás, Marisa?"

Marisa se fijó en la forma de sus dientes. La mujer respondió con una mirada serena, y le preguntó, "¿Quieres que te traiga alguna cosa?" Marisa permaneció en silencio, y la mujer, tras dirigirle una cuidadosa mirada, salió.

Era la directora, y volvió cada día por la mañana. Durante ese período, le ofreció a Marisa muchas cosas diversas: un teléfono, cuadernos para escribir, visitas con amigos, frutas sabrosas. Marisa no aceptó ninguna cosa; solamente se quedó en el cuarto blanco, con la cabeza llena de la melodía y los sueños de las montañas. No extrañaba a la sociedad, mas quiso caminar al viento otra vez. Este deseo aumentaba cada día, pero ella lo guardaba secretamente. Una idea había empezado a formarse. Entre la alma y la mente, fue confirmada.

Al siguiente día, cuando la directora apareció e hizo a Marisa las preguntas cotidianas, Marisa contestó simplemente, "Por favor, tráeme un lápiz." No tuvo que esperar mucho tiempo para obtenerlo.

Marisa no lo usó inmediatamente. Pasaron algunos días, y ella soñaba con las montañas y los ríos. Algunas veces, decía en voz baja unas palabras. Las escribía después en la pared. Las palabras de Marisa, escritas con la mano izquierda, no mostraban miedo ni desesperación. Cuando la lista estuvo completa, ella se sentó en la cama para esperar. Su idea, bajo las blancas luces, fue mas luminosa que éstas. Ella supo entonces que era el momento perfecto de empezar. Alrededor de la palabra "agua" Marisa dibujó un lago inmenso, hasta que el vocablo desapareció. Llenó el espacio denominado "cielo" con nubes, y un viento agradable, una verdadera brisa. Creó sus propias montañas, un sol y una luna. Dio a luz a pájaros y a animales, todo con el lápiz. Para su mural, usó casi todas de las paredes. Detalló su obra con alegría. Sintió fortalecerse al realizar su obra. Cuando puso la mano en el centro de la imagen de las montañas, reconoció el calor de la tierra. Se sintió segura, más segura de lo que se había sentido hace meses. Sus ojos saltaban entre las imágenes. De repente, el cuarto no era tan frío ni tan vacío como antes, pero todavía faltaba algo que Marisa no podía expresar. No había colores. Cada figura estaba inmóvil y muda de expresión vital. Marisa se dio cuenta de que había que añadir algo, pero no sabía qué elemento faltaba.

Durante los días siguientes, ella añadió más figuras y representaciones del mundo que existía en su propia mente y afuera del cuartito. Ella representó toda la belleza que pudo recordar, con dibujos de su familia, dibujos de los flores en el jardín de su madre, un retrato de su padre en el campo. Dibujó su pequeña escuela, y todos los libros que había leído durante la niñez y la adolescencia. Dibujó recuerdos gráficos de la música y los conciertos en las paredes, muy cerca del grupo de amigos, y también representó la guitarra de Diego. Cuando hizo esto, Marisa empezó a llorar y cantar al mismo tiempo. La melodía interna que la había acompañado durante esos meses era la melodía de Diego. Cantó en voz alta la canción, y se sintió viva, casi por primera vez. Pudo ver los resultados de su trabajo como una acumulación de la belleza, y de las conexiones de Marisa con su propio mundo, su gente, y sus deseos. Se acostó y descansó con un corazón de cristal.

Sin embargo, ella tuvo que, como obligación inherente, representar la fealdad también. Dibujó con su valiente lápiz fuegos peligrosos, las caras que sin compasión que había visto. Además, representó las enfermedades y la ignorancia, y los años perdidos en que ella no supo que camino tomar. Representó todos sus sentimientos de orfandad, muy cerca de las representaciones de la familia, y de sus estudios. De esa manera pudo borrarlos un poco. En la pared, Marisa guardó un espacio vacío, el cual le sirvió para representar el cuarto blanco. Lo situó muy lejos de las montañas, y era pequeño. En las representaciones de lo negativo, Marisa se tardó dos días. Al final de estos esfuerzos, esperó y descansó.

Todavía no había solucionado el problema del color. Era algo difícil. Los colores eran esenciales para su obra. Ella no contaba con recursos como tinta o pinturas, y no quiso pedírselos a la directora. Pensó y pensó, tocándose los labios. De repente, se dio cuenta de la solución. La respuesta estaba en sus labios. Lentamente, ella cruzó el cuarto hasta que estuvo delante de las montañas. Las besó deliberadamente. Las montañas de grafito se convirtieron en una profusión de colores ígneos, los generosos rojos y cafés de la antigua historia. Encantada, y muy contenta, Marisa empezó a llorar otra vez. Tocó sus propias lágrimas, que fluían de sus ojos azules, y pintó el cielo y los mares con ellas. Las aguas, por fin, fueron intensamente azules, en todos sus tonos.

Marisa se dio cuenta de su poder. Pensó en la selva, en la densa hierba, y por algunos momentos, estuvo completamente quieta. Con el dedo, comenzó a pintar las plantas, y los seres orgánicos: las hojas de los árboles, las plantas, las plumas de los loros. Cada cosa verde tomó un perfecto verde. Después de un rato, no fue necesario concentrarse tan forzadamente para pintar la obra. Su habilidad se tornó fluida, porque fue necesario colorear sus imágenes. El color vino de dentro, de su imaginación y de su médula creativa, hace tanto tiempo calladas.

Cuando todo el mural, cada pedazo de su mundo inventado y recordado, tuvo un color apropiado, Marisa estuvo otra vez en frente del espacio en blanco, que representaba ese cuarto. Tomó el lápiz y rápidamente dibujó una puertita. Esperó unos minutos con mucha calma. Miró a todo lo que había creado desde dentro de la profunda blancura. Pudo reconocer todo su pasado representado en esas paredes, y pudo ver un nuevo camino hacia el futuro. Al fin se cerraron los ojos, se abrió la puerta, y la blancura escapó por ella. Toda la obra se encontró afuera, con colores más brillantes que los que se había imaginado. Ella emprendió el camino, preparada para pintar su propio mundo. Marisa sintió todo.

5 de mayo de 2002

 

© 2002 Amanda Morrison. Todos los derechos reservados.

 

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Fotografía: 

Casa Gilardi, Tacubaya, Ciudad de México, México

Luis Barragán, Arquitecto

Fotografía por Salas Portugal