Sección de Cuento: El Ocaso del Viento Divino
E L U NI V E R S O L I T E R A R I O D E H U G O
Sección de Cuento

EL OCASO DEL VIENTO DIVINO
"…este es el recuerdo de los sucesos que en su día me fue dado vivir, el lamento que aún hoy ahoga el corazón de muchos en nuestra nación. El terror que nos provoca el porvenir es más profundo que el sonido de nuestros caracoles cuando llena el espacio, vacío hasta entonces, de armonía, en el "mitote" de Huitzilopochtli. La visión del humo del cañón en el aire y el olor azufroso que penetra a quien se acerca, reviven una y otra vez el irreal estruendo que tanta destrucción nos ha traído. Es la muerte quien reina ahora en el recinto sagrado: vísceras de hombres diseminadas por el polvoso suelo cubren fragmentos de dardos y plumas que solían adornar nuestros atuendos, cabellos largos y negros se adivinan entre las piedras de los muros caídos de nuestros palacios al tiempo que trozos de múltiples huipiles bordados dan a la escena una extraña policromía."
"La salida de la ciudad, de Tlatelolco y de la gran Tenochtitlán, fue general. En Amáxac se reunieron nuestros valientes guerreros, sobrevivientes y derrotados, perdiendo toda esperanza en sus deidades y temiendo que les sobreviniera el cataclismo de la caída del quinto sol. Otros emprendieron la huida hacia el Tepeyácac, con la esperanza de librarse de la ira de los "dioses" que poco tiempo hacía, destruyeron sus hogares y tomaron sus pertenencias; aunque su extrema avidez de oro, les hizo desdeñar los jades, las plumas de quetzal y las turquesas. Jamás les importaron los finos trabajos de orfebrería de nuestros artesanos, todo el metal precioso fue fundido en barras para su transporte. Tomaron a nuestras mujeres, pero solo a las de piel trigueña, aún cuando vestían tan solo andrajos. Se llevaron a nuestros hijos, los fuertes y de corazón viril, para esclavizarlos y hacerlos sus servidores."
"El alma del pueblo mexícatl ha sido humillada, arde en sus corazones el pavor de la derrota y la indignación ante las numerosas vejaciones que estos "dioses" trajeron a la nación tenochca."
"Fue entonces, cuando nosotros, los sacerdotes de Ehécatl en el templo tetzcocano, decidimos entregarnos a los "dioses" venidos más allá de las aguas inmensas. Quisimos ofrecerles las pinturas en donde está, desde tiempo inmemorial, relatada la historia de nuestro pueblo y de tan insignes gobernantes como Nezahualcóyotl. En estas pinturas, deseamos ofrecerles la sabiduría de los antiguos, y lo más precioso que poseemos: el culto a nuestro dios Ehécatl."
"Subimos a una barca y cruzamos la laguna, teniendo gran cuidado en evitar que se mojaran nuestros presentes. Los relámpagos cruzaban el cielo y éste retumbaba llenando nuestro corazón de espanto. Las aguas estaban como teñidas de rojo y parecía que ese color gris obscuro que invadía el cielo, iba a cubrir todo signo de vida sobre la tierra. Con ese profundo miedo que se apoderó de nosotros, llegamos a donde empezaban las casas de Tenochtitlán. Penetramos por una de esas calles de agua que la ciudad tiene en número tan grande, contemplando con terror y asombro los muros despedazados y los restos humanos esparcidos por el suelo, que comenzaban a despedir un fuerte hedor. Seguimos nuestro camino hasta el recinto sagrado, en donde los "dioses" detenían a las personas y les exigían la entrega del oro que perdieron durante la huida por el Canal de los Toltecas."

"Cuando nos presentamos ante ellos, arrebataron los presentes de nuestras manos, extendieron las mantas que contenían las pinturas y comenzaron a reír, comenzaron a mofarse. De pronto, la furia se adueñó de ellos, y nos tomaron por los hombros y nos zarandearon, y nos gritaron con gran enojo en una lengua extraña. No pude resistirme más al terror que estremecía mis huesos, y corrí, alejándome del lugar. Oí el estruendo de sus armas a mi espalda y gritos furiosos en esa extraña lengua, así que me apresuré aún más. Los relámpagos continuaban cruzando el cielo y el sonido de los truenos aunado al de las armas de los "dioses", me llenaba de pavor."
"Al fin, llegué a la orilla de la laguna, pero no se veía ninguna barca en los alrededores. Me introduje en el agua y comencé a internarme cada vez más en ella, hasta que me vi hundido hasta el pecho. El fondo era un poco resbaladizo, un poco lodoso, pero lograba avanzar con cierta lentitud. Cada zancada que daba me exigía un mayor esfuerzo, y ansiaba el momento en que terminara de cruzar aquella distancia que me parecía, cada vez más, interminable. La desesperación hizo presa de mí, y estuve a punto de desfallecer, cuando llegué a la orilla opuesta. Me tiré en la ribera hasta que recobré, poco a poco, el aliento. Mi "maxtlatl" se había perdido en algún punto de la laguna, así como el "tilmatli" que cubría mis hombros."
"Me di cuenta entonces, de que estaba completamente desnudo, y traté de incorporarme. Fue en ese momento que comencé a oír ladridos y gruñidos en la lejanía. Una extraña furia incrementaba la intensidad de éstos, y entremezclados con dichos gruñidos, escuché alaridos de dolor. Evoqué entonces el relato de uno de los jóvenes adoradores que frecuentaban el templo de Ehécatl, donde yo servía, que hablaba de cómo los "dioses" castigaban a los que les ofendían echándolos a un lugar donde los devorarían los perros."
"Conocí en ese instante la desesperanza, y una gran tristeza me hizo lamentar nuestro destino, derramando lágrimas entre ruegos a mi señor Ehécatl. Solo, parado sobre una pequeña elevación del terreno, contemplé a lo lejos la ciudad victimada, la ruina del pueblo mexícatl, y mientras una llovizna caía sobre lo que quedaba de nuestro mundo, pensé que el aliento de Quetzalcóatl ya no daría más la vida a nuestro ser…"
FIN
Mitote: baile fundamentalmente religioso, en el que tomaban parte hasta seis mil personas, en círculos concéntricos que tenían como núcleo un altar central en que se encontraban los músicos.
Maxtlatl: ceñidor que formaba parte de la indumentaria masculina.
Tilmatli: manta cuadrangular anudada al cuello o sobre el hombro, parte de la indumentaria masculina.
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