Site hosted by Angelfire.com: Build your free website today!

Sección de Cuento: Acero de Primavera   

E L    U NI V E R S O    L I T E R A R I O    D E    H U G O

 Sección de Cuento

 

Fotografía por Brad Poland

 

ACERO DE PRIMAVERA

I.

El sol, al empezar a aparecer en el horizonte, disipaba poco a poco con débiles rayos la gris atmósfera que hasta hacia unos minutos lo rodeaba todo. La luz comenzaba a nacer en la línea en que el agua y el cielo se tocaban, y el azul de la bóveda celeste surgía lentamente al compás de las olas que, una tras otra, rompían en aquella playa. El lugar parecía desierto, ya que solamente se oía graznar a las gaviotas y el sonido de la brisa marina en ciertos momentos. Pero ellos estaban allí. Sentados frente a frente, sobre sus talones, con la espalda recta y los ojos cerrados, en seiza, hacían la meditación ritual correspondiente. Sus katanas respectivas se encontraban en la arena, a su lado. Se preparaban para entablar el combate por una cuestión de honor.

 

Yoritomo y Toshi, se conocían desde la infancia, ya que sus familias habían vivido siempre en Kyoto. Nunca fueron amigos, y si algo hubo entre ellos, fue una cierta admiración y una vaga rivalidad. Yoritomo pertenecía a una socialmente encumbrada familia de samurais. Su padre era muy querido del Shogun, y éste le encomendaba importantes misiones especiales. Era además el asesor militar al que más escuchaba. No formaba parte de su cuerpo de generales, más era su asesor personal. Sobra decir que la familia de Yoritomo estaba dedicada por entero a cuestiones políticas y militares, y ganaba poder con rapidez entre las familias importantes del Japón. La educación de Yoritomo consistía en una formación especial en estas materias, en la compenetración perfecta con las complejidades de la etiqueta samurai y el código del Bushido. La guerra y la política habían hecho de él un hombre ambicioso, hasta cierto punto irascible, y cuando era necesario, duro y cruel. Sin embargo, a cambio poseía una conciencia profunda de su realidad, era un hombre reflexivo y tenía una extrema adhesión a sus convicciones. Estaba dispuesto a respetar, y hasta admirar, a un adversario cuando se mostraba digno de ello.

 

Toshi pertenecía a una familia de antiguo prestigio, cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, pero que se suponía se remontaba a la época del establecimiento de la capital en Nara. En las tradiciones familiares constaba que muchos de sus antepasados habían sido grandes guerreros y maestros en estrategia y artes marciales. Pero la familia, aunque tenía cierto poder, estaba distanciada del entonces presente Shogun. El jefe de la familia no estaba de acuerdo con los sangrientos procedimientos que se habían utilizado para sojuzgar grandes porciones del país y había tratado de convencerlo para que adoptara una política más humana, que respetara las vidas de los campesinos y evitara las frecuentes guerras con tanto derramamiento de sangre. Pero no tuvo éxito. El Shogun adoptó como asesor al padre de Yoritomo y siguió un método contrario. Las consecuencias de esto enfurecieron al padre de Toshi y decidió retirarse del servicio militar, al tiempo que abrió una escuela de artes marciales: una ryu cuya especialidad eran las técnicas de mano vacía y el kenjutsu o arte de la espada.

 

Toshi había aprendido mucho de los monjes budistas que vivían en un monasterio cercano. Había comprendido la necesidad de la disciplina, la ascesis y la piedad. Había practicado el zazen durante mucho tiempo, estudiaba por largos períodos los ejemplos de sus antepasados samurais y reflexionaba constantemente sobre ellos. Aprendió el Bushido en la historia de su familia y en la práctica de las artes de combate. Hasta este punto, su educación era compatible con la de Yoritomo: sus tradiciones familiares eran similares, practicaban el Bushido con reverencia y eran buenos estrategas. Pero algo inesperado ocurrió: Toshi se convirtió al catolicismo como resultado del contacto cercano que tenía con la misión Jesuita establecida cerca de su residencia.

 

Uno de los amigos más íntimos de Toshi había descubierto la nueva fe gracias a un misionero español. Era un joven inteligente que quiso aprender con detalle la doctrina que predicaban estos extranjeros europeos. Durante meses de aprendizaje se fue dando cuenta que la experiencia espiritual que iba viviendo era superior a lo que podían ofrecer el budismo y el tradicional culto a los antepasados. La relación con una persona divina respondía más a sus necesidades y aspiraciones que la impersonal iluminación del budismo. El sentirse apreciado y querido por un Dios Padre y por un Jesucristo hermano, aunque fuera de manera adoptiva, y las consecuencias que surgían de esto para su vida, eran más de lo que el budismo podía ofrecer. Y la conducta que nacía de esta relación personal con Dios tenía una raigambre más profunda y comprometida que el ritualismo del culto a los antepasados. El agradecimiento y la motivación para buscar el bien de sus hermanos nacía directamente de esta experiencia como de una fuente inagotable.

 

Esta experiencia fue la que ofreció a Toshi. Y Toshi fue más lejos que su maestro. Comprendió pronto que la solidaridad entre los hombres basada en vínculos de caridad sería a la larga más efectiva en la construcción de la sociedad de su tiempo, que los métodos represivos y sangrientos del Shogun. Y conocía bien al instigador de semejantes acciones. La injusticia que propiciaba su afán de poder por medio de la conquista creaba rencores en todas las provincias, y con ellos, la posibilidad de cruentas rebeliones en todo el país. Esto sumiría a la nación en una situación de gran desorden y en la que las injusticias se multiplicarían con efectos imprevisibles. Así que decidió entrevistarse con Yoritomo, para convencerlo de lo erróneo de su estrategia y del mal que causaría.

 

 

II.

La claridad que invadía la habitación provenía de las ventanas que se encontraban en su parte superior. Gracias a ella, podían apreciarse con nitidez las pocas gavetas que había junto a las paredes, los tatamis que cubrían la parte elevada del piso, y la veta de la madera en la duela que cubría el suelo del resto de la habitación. Yoritomo, sentado sobre sus talones, estudiaba unos escritos que tenía desplegados sobre una pequeña mesa.

 

--"Adelante, adelante, --respondió Yoritomo cuando el sirviente anunció la visita de Toshi--. He recibido una nota de tu parte solicitándome una entrevista. Hace mucho tiempo que tú y yo no conversamos. ¿De que se trata?"

--"He querido venir a verte para advertirte del gran peligro que corre el Shogun, tu familia, y el destino que compartimos con el Japón. Tú puedes evitarlo."

--"Explícate, Toshi. Nuestro poder crece, dominamos a los clanes más importantes de las islas, y nuestros ejércitos aseguran en puntos estratégicos nuestra independencia frente a cualquier invasión extranjera. Imaginas cosas."

--"El problema es sencillo. Los clanes están descontentos. El campesinado ha perdido demasiado. Tus ejércitos podrían sofocar una revuelta, quizá dos. Pero no rebeliones independientes por todo el territorio de las islas. Tu poder ha costado demasiada sangre."

--"¿Y que me sugieres, gran sabio, Toshi? No me negarás que tienes la experiencia de generaciones de militares en tu familia."

--"Porqué no intentas una nueva perspectiva. Efectúa alianzas con los clanes poderosos de cada provincia. Agrupa al campesinado de igual manera en provincias y efectúa acuerdos con ellos de modo independiente. Es claro que en estas alianzas tendrás que concederles privilegios varios, prerrogativas, y quizás, hasta cierta autonomía. Pero tendrás su amistad. Además no podrás exigirles más allá de lo justo. Si ellos sienten que abusas de tu poder, se pondrán en tu contra. Piénsalo."

--"Alianzas, privilegios, autonomía. Tu estás un poco loco. Las únicas alianzas que haremos son las que nos proporcionen ventajas militares. Los campesinos son perros que no merecen nuestra consideración. Siempre hemos tomado de ellos lo que hemos querido!"

--"Piénsalo bien, Yoritomo. Si no haces lo correcto, ni tu ni yo escaparemos a lo que vendrá."

 

El silencio llenó la habitación tras la salida de Toshi. Yoritomo sabía que Toshi tenía razón, pero este proceder era contrario a la política de conquista del Shogun y a las enseñanzas que había recibido en su familia. Conocía a su padre y podía influir en él, pero más le valdría tener buenas razones para hacerlo. Después de todo, él, Yoritomo, quería una paz bajo su dominio más que una guerra bajo su dirección. Era el momento de tomar una decisión.

 

 

 

III.

El suave aroma de las flores tranquilizaba a Toshi, quien gozaba de un majestuoso atardecer en el jardín de la casa paterna. Los pinos, el estanque con algunos peces de diversos colores, y la lámpara de piedra, llenaban de recuerdos de infancia sus sentidos. El canto de los pájaros ponía musica al ambiente lleno de vida y frescura que le rodeaba. A pesar de que la entrevista recién sostenida le había intranquilizado, aquel no era el momento para pensar en ello. La contemplación de la naturaleza le absorbía. Los últimos rayos de luz del crepúsculo acabaron por dar un toque dramático a la escena. Los seres vivientes, tan activos hacia poco, lentamente empezarían a dormitar hasta la llegada de la obscuridad.

 

Yoritomo fue conducido a la presencia de Toshi. Su rostro era sombrío, reflejaba el hecho de que era portador de malas noticias. El anfitrión lo recibió amablemente y lo invitó a gozar de los últimos momentos del atardecer en su jardín. Pasearon por entre los árboles y al borde del estanque en silencio. Cuando llegaron al pequeño jardín de arena la tensión hizo su aparición entre los dos. La situación casi podía adivinarse.

 

--"¿Cuál ha sido tu decisión, Yoritomo? Supongo que has venido a comunicármela."

--"Es difícil de explicar. He reflexionado mucho sobre tu proposición y creo que tienes razón. Intenté convencer a mi padre de lo errado de su estrategia, pero sin éxito. Sin embargo, de algún modo, esto llegó a oídos del Shogun. Te ha considerado peligroso por la influencia que, debido al prestigio de tu familia, puedas tener sobre mí y sobre los otros clanes. Por esto, desea deshonrar el nombre de tu clan y eliminarte. Mi padre ha delegado la penosa tarea de tu ejecución en mí, más tu sabes que no puedo hacerlo porque sería un asesinato aunque el Shogun logre salvar las apariencias acusando a tu familia de traición."

--"Es preciso que logre ponerme fuera de su alcance."

--"La única manera sería abandonar el país, pero en el extranjero no podrías hacer nada por el Japón, debido al gran control que tiene el Shogun sobre la nación."

--"Entonces, ¿qué me propones?"

--"Cuando el Shogun acuse de traición a tu familia para deshonrarla, tú respondes a la acusación. Combatimos tú y yo, me matas con honor. Así lavarás tu nombre al enfrentar al Shogun y le haré saber de este modo que tienes la razón."

--"Si no hay otro modo, deberá hacerse así. ¿Cuándo combatiremos?"

--"Al amanecer del quinto día, a partir de mañana. Para entonces el Shogun habrá ejecutado su plan y tu habrás respondido conforme a lo que hemos hablado."

 

Yoritomo y Toshi se despidieron. Durante los días siguientes se prepararían física y espiritualmente para el combate. Ambos sabían que ésta era la mejor salida, y aún así, quizás no podrían evitar una guerra civil. Toshi quedaba así durante aquella noche y los días siguientes buscando en el fondo de su alma una mejor salida, alguna que no lo obligara a causar más sufrimientos ni a segar una vida. Tenía sobre sus hombros una gran responsabilidad.

 

 

IV.

Los miraban, a cierta distancia, el padre de Yoritomo y un agente del Shogun para asegurarse de que todo se hiciera como era debido. Los caballos que montaban eran sensibles al peligro y comenzaron a ponerse nerviosos, moviéndose más de lo que sus jinetes les indicaban con los arreos. El sonido del oleaje acompañado por una suave y fresca brisa portadora del aroma de la inmensidad océanica, transmitía la sensación de que aquel instante duraría una eternidad, esperando paciente por un desenlace de trágicas consecuencias. La soledad lo invadía todo alrededor, a la arena, a las rocas, a la vegetación, y especialmente al disco solar, rojo, de dimensiones titánicas, que empezaba a levantarse dejando atrás su marino aposento.

 

Ambos combatientes hicieron el saludo ritual, una inclinación mientras estaban aún sentados, y se pusieron de pie. Ya con su espada a la cintura, conscientes de que los observaban, empezaron a estudiarse mutuamente. No debían en ese momento ser compañeros, sino adversarios, lo que ya en sí implicaba a estas alturas, un sacrificio. Comenzaron por desplazarse circularmente, frente a frente. Cambiaron de flanco varias veces, buscando la oportunidad de un corte que finalizara el encuentro. Ambos se protegían bien, y lo sabían. Como un relámpago, Toshi desenvainó y trazó un corte descendente sobre la cabeza de su oponente. Yoritomo lo bloqueó encontrándolo con su espada y dando al mismo tiempo, un paso al lado izquierdo. Inmediatamente después de defenderse, lanzó una estocada hacia adelante, misma que fue eludida velozmente por un rápido desplazamiento de Toshi hacia la derecha. Ambos contendientes reanudaban la moción circular con que empezaron, cuando Yoritomo ejecutó un corte ascendente hacia el mentón de su adversario, quien lo desvió con su hoja finalizando su movimiento, torciéndolo, con tal vigor, que logró desprender el sable de la mano de su oponente.

 

Yoritomo cayó de rodillas en la arena, y se sentó sobre sus talones, mientras su contendiente quedaba de pie junto a él, con su katana levantada sobre su cabeza, esperando el momento de actuar. Yoritomo debía en ese instante tomar su espada y eventrarse, como lo prescribía el rito del seppuku, y Toshi debía decapitarlo al encorvarse su cuerpo hacia adelante, tal como estaba asimismo indicado. Era la manera de una muerte honorable, en la mejor tradición guerrera japonesa. Mas en el momento de proceder a clavar la hoja en su abdomen, le fue arrebatada por la de Toshi, quien le impedía así llevar a cabo el ritual.

 

Yoritomo miró hacia donde estaba su oponente, y lo encontró ofreciéndole su mano para levantarse. Dudó durante unos instantes. Deseaba terminar esto dándole una oportunidad, más que a Toshi, a una nueva manera de ver el mundo. Al aceptar la oferta de Toshi rompía, definitivamente, con su tradición familiar. Pero decidió aceptar el reto. A la vista de su padre, tomó la mano de su nuevo amigo y se puso de pie. Hizo una inclinación en dirección a los espectadores, y ambos amigos se marcharon. La situación que les esperaba estaría llena de dificultades, obstáculos y quizás de sufrimiento. Pero la construcción de un mundo más justo bien puede empezar cuando dos rivales deponen sus armas y trabajan juntos para lograrlo.

 

FIN

© 2001 Hugo. Todos los derechos reservados.

 

Indice de Sección de Cuento

 

Página Principal