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ENLACES DE LOS CONTRAYENTES Y CASA
Marilyn Monroe: I Wanna Be Loved by You.

Después de la casa, el cuarto protagonista es el vestido. Gracias a Lola, Mariola y Rosario Gumiel por dar cuerpo a la imagen simbolista-renacentista que deseaba. Aclaro que, a los siete años, quedé traumatizada por no poder llevar el disfraz de novia en la primera comunión, y que se me impusieron un traje como los de mi abuela y el pelo cardado en consecuencia.
¡Más vale resolver las deudas con el pasado tarde que nunca!
Los cubos anclados en el barranco, el atardecer. El pueblo en la falda de la pirámide truncada es Hita.
El pin sectario: basado en las iniciales "A+A", y en los elementos orgánicos que queráis. Fundido en plata.
Antonio lee versos de Virgilio: "Todo aquel que ha conquistado el corazón de un amigo
y logrado el amor de una mujer, una su gozo al nuestro".
Bau más contento que nadie...
Neptuno (Mayi, mi padre) discursea sobre el amor mientras Antonio espera para tocar Wagner al órgano y el sol nos bendice.
"Donde no hay amor, poned amor y encontraréis amor" (S. Juan de la Cruz).
Aplausos tras la ceremonia.

Un buen beso...
Marilyn interpretada por Ana (oídos sensibles, ¡protegeos!). Andrés, I wanna be loved by you...
La sesión de fotos afuera. Ésta es la foto "oficial" que habéis recibido.
Con Alma Lazarte y Carlos Loiseau, los padres de Andrés, venidos por unos meses de Argentina.
Con Ingalil Rudín, madre de Ana, y Bruno, hijo de Andrés.
Con Lucía, Bruno y Ale Loiseau Costa, los hijos de Andrés, y Bau, que es el único que no le ve la gracia.
Mezcolanza hispano-argentina: Lu, Ale, el primo Anatol (reportero que no necesita ponerse de puntillas), Íñigo, Marisa, Vero.
Familia y amigos.
Un primo arquitecto de Andrés, Gustavo Loiseau, y su mujer, Ana, venidos de Marbella.
La prima sueca Eva Rudin, venida de Valladolid, donde vive con Gaspar, su marido español y sus tres hijos mixtos.
La prima Belén Iribas Lahaye (venida de París, donde encargó dos niñas a Gilles, un francés idéntico a ella pero en rubio), con sus padres, María Asunción y Totoño.
El grupo aventurero de mis alumnos de pintura del MIRA, Pozuelo: Concha (con su marido), la profa, Rosa Laá, Yolanda, Isabel, Lorenzo y Evaristo.
Jorge Iribas, su mujer, Marta, y la prima Laura.
El sol se hunde en el valle intemporal, que un día fue fondo de mar.
¡Cielos, qué cielos!
Cuatro piezas de verdadera guitarra flamenca de manos del maestro Bruno.
Fermín, el de Memphis, repartiendo buena onda a los novios.
Nora, sonriente hermana de Andrés, y nuestra asesora vegetal particular.
Los novios improvisan una danza renacentista.
El ramo lo coge Irene, la novia de Antonio Marchesi... ¡Se casarán el 11 de septiembre próximo!
Escena nocturna desde el exterior.
La casa, colgada del barranco.
La mañana siguiente... sobrevivió el fantasma de la novia.
Las "tornabodas" fueron una buena fiesta... La próxima boda a la que vaya será como invitada, porque en las dos bodas que llevo en mi haber, todo ha ido tan rápido (aunque ésta duró unas seis horas) que casi no me he enterado... Tengo la sensación de que me dio tiempo apenas a saludar a los invitados, ¡y ya se había acabado todo! Menos mal que, sobre todo gracias al empeño de Ingalil, Anatol y Vero, al menos tenemos algunos registros en fotos y vídeo para fijar un recuerdo. De todos modos, me lo pasé muy bien. Andrés, esa misma mañana, se compró el pantalón ceremonial y luego estuvo limpiando y ordenando hasta las seis de la tarde. El pobre estaba agotado. Los últimos días habían sido de un trajín increíble, intentando terminar las obras de la casa, transportando cargas, ultimando todo... La urbanización, en el pueblo de Trijueque, tiene el rimbombante nombre de Mirador del Cid. Lo cierto es que, dado que la casa es casi todo ventanas y da a un desnivel de 300 m. sobre la planicie castellana, totalmente rural y con la sierra al fondo, quizá merezca ese nombre (creo que el paisaje debe de haber cambiado muy poco en los últimos cinco siglos). Había amenazado lluvia, pero finalmente el tiempo se mantuvo seco, aunque con el dramatismo de jirones de nubes que daban más tridimensionalidad al cielo. El campo estaba floridísimo, con margaritas y amapolas (espontáneas, que crecían sobre los escombros) y, en el valle, cultivos muy verdes, nutridos de semanas de lluvia. Habíamos encendido antorchas, que puntuaban el terreno y marcaban las zonas de riesgo donde la gente podría despeñarse (afortunadamente, estas balizas cumplieron bien su función). Conforme iban entrando los invitados, mi padre les ofrecía una chocolatina con el diseño tridimensional de nuestro logotipo (unos días antes repasé a mano las 130 chocolatinas, un trabajo que pasó su cuenta porque de vez en cuando sucumbía a la tentación, y guardé el recuerdo grabado en varios lugares de mi amplia cara), y también les ponía un pin de nuestra autoría, símbolo de Eros (con lo cual, el personal parecía una logia, todos portando el distintivo). Hicimos esperar, como casi siempre sucede, a los invitados (¡gracias por vuestra paciencia!). Finalmente desembarcamos del coche de mi marido, convenientemente polvoriento y lleno de barro (...el coche). Andrés era un mosquetero que despertaba suspiros entre las damas, y yo quedé contenta con el aspecto quattrocentesco de vestido y peinado (el pelo ondulado, con un volumen añadido de dos extensiones de 50 cm., del mismo color, y perlas prendidas en la cabeza). La "ceremonia" la ofició con elegancia Antonio, un amigo profesor de historia del arte, que leyó, circunspecto y con pajarita, pasajes de Virgilio y tocó en el teclado, a modo de órgano, una marcha nupcial de Wagner. (Pablito y Pilar la celebraron simultánea y privadamente en Brasil.) Algunos invitados ya nos estaban llamando Romeo y Julieta, cuando el sol, que comenzaba a acercarse al horizonte, iluminó una banda que justo nos cubría las caras. Mayi hizo un discurso emotivo sobre el amor. Durante este tiempo, Bau, el perro de mis padres se acercaba una y otra vez, moviendo el rabo, e intentaba subírseme en el regazo. Andrés y yo estábamos sentados en un banco, casi apoyado en la pared blanca, detrás del cual caía, desde siete metros de altura, una banda de seda bordada que nos trajo de Vietnam un amigo (¡gracias, Jose!), y que, merced a la magia escenográfica del momento, quedó muy escueta y dramática, con aires de brocado de reino cristiano. Bruno, el hijo de Andrés, dijo también algunas palabras de devoción a su padre. En vista de que no hubo más discursos más o menos espontáneos, me dirigí al micrófono para dedicarle a Andrés una canción de Marilyn, I Wanna Be Loved by You, a capella y con un apoyo de diafragma bastante dudoso, aunque el resultado, a juzgar por las risas de los asistentes, debió de ser simpático. Luego pasamos a la terraza y hubo charlas y fotos, con un catering original y parece que exquisito. Al cabo de un rato, Bruno dio un concierto de guitarra flamenca clásica, muy profesional, y Fermín, compañero laboral de Andrés, que en otras vidas fue siempre Elvis, se reencarnó y cantó unas canciones. La timidez de mi prima Laura nos impidió oír su voz, la lírica Viviana se tuvo que ir demasiado pronto para estudiar su examen del día siguiente, y Martín y Noemí tenían sendos conciertos pagados esa noche, lejos de allí. Llegó el momento del baile. Andrés y yo improvisamos una especie de danza renacentista, llena de reverencias, y lo demás fueron bebidas y meneo de caderas (en mi caso, más que nada aspavientos de brazos, porque la cola del vestido me volvía pato en movimiento, y prefería ser novia en reposo). Lucía, la hija mayor de Andrés, es técnica de sonido, y se ocupó sin descanso de la mesa de mezclas y de poner la música. Faltaron muchos de mis mejores amigos, pero vinieron personas con las que no contaba, como dos primas, casadas y con dos y tres hijos, que dejaron a su familia y viajaron, Belén por dos días desde París, y Eva por unas horas, conduciendo, desde Valladolid, o los primos de Andrés, Gustavo y Ana, desde Marbella. También asistieron muchos de mis alumnos (a los que considero amigos), casi toda la familia más cercana, compañeros de trabajo de Andrés y algunos amigos suyos. En total, iban a ser 96 personas, y, por diversas bajas, finalmente fueron 78, así que sobró muchísima comida, pero no tuvimos la astucia de pedir que la dejaran en la nevera (por lo cual el día siguiente, que pasamos en la casa, casi desfallecíamos, no se sabe si de hipoglucemia, de resaca, o de languidez postnupcial).
Desde ese fin de semana, estamos yendo los viernes por la tarde-noche y volviendo los domingos. Seguimos trabajando en la casa (¿algún día conseguiremos darla por terminada?) y disfrutamos enormemente del paisaje, la luz, los pajaritos y la multitud de insectos (polillas incluidas). Quizá por la altura, dormimos.... ¡con edredón! Como no hay cortinas y son todo ventanas, somos testigos del amanecer panorámico (después de lo cual nos cubrimos con mascarillas, de ésas que te dan en los aviones, como las de las películas americanas de los años cincuenta). Ir a este loft en el campo, torre de control o garaje a 1000 m. de altura, es como ir de vacaciones, pero a una horita de Madrid. De noche, se vislumbra un resplandor que proviene de nuestra ciudad cotidiana, ahora casi invisible. ¡Da mucha pereza volver a trabajar!
Sois siempre bienvenidos.
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Última actualización: 23/06/2004 / Last updated: 06/23/2004
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