músico científico



- ¿A ella? la mandé en camión para Tijuana un día.

Ha de haber llegado con las nalgas descarapeladas la pobrecita; pero no me da tristeza, ni la extraño, ni la anhelo.
Se preocupaba por someterme siempre a una actitud de pantomima, a alterar mis equilibrios personales, a empobrecer la alegría y a pecadear los placeres.

Era tan molesta y tan inevitable, que no dejaba de interponerse. Paseaba como mi dueña y era tan convenenciera, que desesperaba!

Yo trataba de escucharla y convencerla, convencerme y convencerlos, pero su sutil manera de incomodarme generaba muecas chocantes hacia mí mismo,
como si las hiciera yo frente a un espejo para desgraciarme y contrariar mi voluntad.

Un día, caminando, me entró un sentir de pobreza ronca hacia todo lo que por ahí rondaba: los carteles anaranjados, la gente ciega haciéndose cariños,
los adultos correteando carros verdes, los vendedores abriendo la boca y agitando los brazos como serpentinas, la cara rancia de los que iban sobre los camiones y asomaban sus ojos por la ventana; con aquella indiferencia semejante a la de los tristes y cansados... y a mi lado estaba ella:
enana pintada de gris con los cabellos tiesos, dando pasos enormes y semitrotando para alcanzarme.
Escuchaba su respiración y me daban ganas de vomitarle encima, ¡seguro que se lo hubiera tragado para saborearme otra sazón!

Así que la mandé lo más lejos que pude; y aunque a veces la recuerde un poco (en mi cama, cuando me despierto con la sensación de que la abrazo
mientras duerme sobre su costado, el derecho) me he sentido más feliz desde que me libré de ella.

Es increíble, uno ve a alguien que parece mágico, necesario, incluso libre, divertido, (uno de esos seres con los labios ligeramente separados,
esperando a que yo me incorpore con la lengua dentro y le saque la nostalgia y los deseos para colgarlos desde mi boca.
Un ser esperanzado a que sus ideas suenen distintas cuando yo las beso y las pronuncio conviertiéndose en palabras).

Es penoso, pero después de pasar el primer día juntos, aunque nos mezclemos y sacudamos como sonajas , ese alguien se reencarna en pequeñito,
en insecto, diminuto, tan molesto y miserablemente lastimoso. Aún así, falta valor para darle un manazo de frente y matarlo.
Yo me volteo y sigue: revoloteándome como avispa con su canto de chicharra, encima, a un lado, tras las orejas, entre las piernas, frente a la puerta,
tras la bocina ... Y aunque tiene las mismas cualidades que le daban ese ímpetu de echarle aire a la vida, (alguien), ya no parece atractivo.


II
Miente.
Mentira lo que dice, lo que calla, lo que respira, lo que se traga.
Mentira su mierda porque pasó entre su cuerpo.
Mentira lo que hace, lo que pronuncia, lo que canta, lo que proclama.

Mentira su cabeza.

Miente.
Mentira su enfermedad y su enseñanza. Lo que calcula, lo que comenta.

Mentira sus rayos rojos que salen desde la mesa que flota.

Mentira su pene, sus experimentos.
Mentira su placer.

Mentira su brújula con el norte repetido.

Mentira su nombre de chocolate barato.

Miente.

Mentira cuando tostaba el pan y le embarraba mostaza bailando. Cuando se hundía en el sofá con su cabeza inclinada como midiendo
(o separando) el espacio, recorriéndola con los ojos medio cerrados para enfocar bien a corta distancia.

Mentira su cama egocéntica y narcisa.
Mentira cuando le preguntó ¿que pasaría si se encariñaba con ella?

Una mujer no debe meterse en la cama individual de un hombre: son sólo cunas de bebés que cogen cuando alguien aparece,
(cuando hace frío, cuando es de noche y van directo hacia su puerta), juegan y ese alguien va directo hacia su puerta. Sale.

Sí, su cama era individual. Plana como galleta salada y basta para uno solo.

Miente. A ella la tiene guardada debajo de la cama como hacen los que tienen duendes.
La tiene amarrada con el sexo descubierto y la boca entreabierta para divisarla cuando busque los zapatos, de vez en cuando.
La tiene ahí para cuando quede tiempo, para cuando aprenda a tocar melodías… donde bailen los rayos rojos y formen estrellas de cinco picos.



III
- No. Él era científico. Él era músico. Encantador. Invisible.

enero 2003